Todo ha sido calor desde que dejamos Sana´a. Llevadero en Mareb, ardiente en el desierto, asfixiante en Shabwa, con tormenta de arena en Shibam, insomne en la noche de Seiyun si no llega a volver la luz... y el aire acondicionado, o agradable durante el almuerzo en Tarim. Calor seco de arena y piedra, calor a todas horas que me obliga a beber más agua que en toda mi vida junta, pero calor disfrutado porque no me pesa. Porque no concibo vivir sin poder ver el mar pero el desierto me atrae con fuerza irresistible y me adapto bien a él, congeniamos, nos gustamos.
Pero la etapa que comenzó en Seiyun y ha atravesado el Wadi Do´an y sus pueblos (Sif, Bada,Al-Mashad,Al-Hajjara,Al-Khurayba...), el calor al que me he adaptado bastante bien, va a terminar en el mar y no estoy preparada para el golpe de humedad que lo acompaña.

Es de noche cuando llegamos a Al-Mukalla pero decidimos dar un largo paseo por La Corniche y llegarnos hasta la ría que acompaña la zona de expansión de la ciudad. Me doy cuenta de las ganas que tenía de ver el oceáno Indico y olerlo, tan distinto de mi Atlántico elegido o mi Cantábrico de nacimiento, pero el calor es tan pegajoso que apenas llegada ya estoy añorando lo dejado atrás. Después de tantas horas de coche esta losa húmeda no es lo que más deseo pero una ligera brisa y las risas con el compañero que la agencia (y el destino) me ha adjudicado hacen que mi ánimo mejore y pueda disfrutar plenamente de lo que el lugar ofrece.


Como regalo de bienvenida una nueva muestra de la hospitalidad de estas gentes, un grupo de jóvenes se empeñan en cedernos sus mesas para que podamos cenar todos juntos en la reducida terraza que hemos elegido y entonces todas las reticencias sucumben ante las bandejas de pescado frito y la cerveza sin alcohol fresquita.

 

El nuevo día nos regalará otra visión de AlMukalla hecha de pescadores, chavales tirándose al agua, un palacio-museo en el que aún son visibles los daños causados por las bombas de la última guerra norte-sur y mercados de pescado. Pero ahora el calor sofocante ha sido corregido y aumentado por el espléndido sol que luce.


En esos momentos pienso, como aquel legionario de Asterix, "Enrólate, te dicen. Conocerás mundo, te dicen"

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¿Qué es esto?
 

 

Entre el desierto y el mar Arábigo, entre Shibam-Hadramut y Al Mukalla, el viaje nos lleva a atravesar el Wadi Do´an un "trayecto a lo largo del valle sencillamente impresionante, no solo por la belleza paisajística de su entorno, sino también por los fascinantes yacimientos arqueológicos y las hermosísimas aldeas que franquean su trazado".


En esta zona el color de la tierra, la piedra y el adobe se mezclan de tal forma que muchas veces uno no sabe donde empieza el edificio o termina la montaña. Pero salpicando aquí y allá de color nuestra visión están las casas-torre encaladas entera o parcialmente, todo depende de los recursos que se tengan porque la cal es cara por estos pagos. Casas que parecen fortalezas por su altura y sus pequeñas ventanas. Casas grandes para familias extensas que, además tienen que reservar espacio para los animales. Casas, muchas, la mayoría, que hablan de emigración hacia la zona de Indonesia porque los que se han ido, cuando regresan se traen los colores de las islas y perfilan ventanas y decoran esquinas con una explosión de arco iris. Y para muestra excesiva el palacio de Khaylla, enteramente decorado y que de puro kitch resulta delicioso por fuera e impresionante por dentro, y con el que el sultán ha querido reintegrar parte de su riqueza a la zona transformando sus dos primeras plantas en hotel. Buena costumbre de los ricos de este país que de su bolsillo construyen escuelas, carreteras y hospitales.


Pero, para mí, lo más hermoso de esta zona fué el pueblo de la fotografía. No sé si es Al Hajjarain o Al Khureiba (¿alguien lo sabe?) pero encontrar semejante espectáculo a la vuelta de aquella curva me dejó sin habla. De nuevo que pena no ir de mochilera para poder perderse en el palmeral, para recorrer las calles que subían empinadas por la ladera, para adentrarse por el wadi arriba y descubrir otras aldeas, otros palmerales. E incluso, con suerte, verme sorprendida por una llegada del agua que desde las montañas baje y llene durante un tiempo el wadi.

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¿Qué es esto?
 

 

 

Una de las variadas cosas en contra de los viajes organizados es que no puedes seguir tu propio ritmo a la hora de los encuentros y desencuentros con la gente del pais visitado, pero una es más que consciente de su nivel de idiomas por debajo del subsuelo y de la falta de tiempo vacacional así que a Yemen se fué, nuevamente, con una agencia. Ha sido el destino donde más he lamentado no poder disponer libremente del tiempo.
Pero algún oasis hubo en ese desierto...


Ali, el conductor de nuestro coche. Devoto musulman pero que no nos machacaba con emisoras de radio religiosas; adicto al qat que soportaba con sonrisas y paciencia nuestras bromas y riñas, e incluso las incitaba; magnífico cocinero; excelente conductor pero, sobre todo, hombre cercano al que tomamos sincero cariño y del que costó despedirse. Inolvidables serán las largas conversaciones que manteníamos, él en árabe y nosotros en español, y que vistas desde fuera cualquiera se diría que nos entendíamos. Quería hacernos creer que todo lo que decíamos lo grababa en el casette y luego se lo traducía el guía yemení. Lástima que no pudiéramos aceptar la invitación a casa de sus padres por falta de tiempo.


La muchacha de Jibla que se unió al grupo según llegamos porque haciendo eso desde niña había aprendido inglés, frances, italiano y español... que, por cierto, hablaba muy bien. Con 16 años transmitía tanta serenidad y madurez que lamenté no poder prolongar el encuentro.
El anciano que, enterándose de que no nos habíamos tomado nada durante el rato en que estuvimos compartiendo la celebración de una boda, cogió un termo de té y un montón de vasos y recorrió un buen trecho para poder invitarnos.
El otro anciano que, mientras esperábamos a los coches en Shahara, subío a una ventana y cantó para nosotros una hermosa canción de las montañas.


Y, por encima de todos, Shawba. La niña de Yufrus de inmensos ojos y sonrisa triste que me dió la mano y ya no quisimos separarnos. Que, sin saber por qué, caló tan hondo que un año después aún me emociona recordarla. De la que no puedo poner su foto porque me hizo prometer que a nadie se la daría. A la me gustaría creer que le llegan todos mis deseos de que tenga una vida feliz.

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¿Qué es esto?
 

 

Para la foto Seiyun es, fundamentalmente, el impresionante palacio del Sultán reconvertido en Museo Etnográfico.Para mí Seiyun son tres cosas bien distintas.

 

Es unos anillos dobles que al cerrarse sobre sí mismos muestran la imagen de unas manos entrelazadas y de los cuales compré tres para que mis dos amigas más cercanas y yo compartiéramos un símbolo de nuestra preciosa amistad. Un eslabón más que me une a mi familia elegida y que nunca me quito. Pero también es el recuerdo de un momento absolutamente delicioso en que una pandilla de maduritos dejamos que nuestros niños interiores salieran a hacer de las suyas y tomaran una sala del museo como improvisada sala de juegos. Recordar las prisas para dejar todo colocado y las caras de absoluta inocencia cuando entró el vigilante nos hizo reir durante días.


Pero ante todo fué una gran lección para mí misma. No hacía mucho que había descubierto el proverbio, creo que árabe, que dice "Si no puedes arreglarlo ¿por qué te preocupas? y si puedes arreglarlo ¿por qué te preocupas?" y aquella primera noche en Seiyun comprobé qué cierto es que lo que diferencia a unos acontecimientos de otros, a unas situaciones de otras, no son ellas mismas sino como nos enfrentamos nosotros a ellas. En mi caso fué descubrir que no tenía la faldriquera en donde guardaba el dinero y el pasaporte, y que mi último recuerdo de ella era de la noche anterior, la del campamento en el desierto. Un minuto de pánico y entonces el proverbio acudió a mi mente y con él la serenidad suficiente para analizar la situación. Había dos posibilidades en relación con el momento en que me la quité para cambiarme de ropa: o se había caido en la arena o lo había dejado dentro del coche. Si estaba enterrada en la arena había que darla por perdida y, pensaba, para mí se había acabado el viaje y al día siguiente tendría que regresar a Sanaá. Si estaba en el coche mi querido Alí la habría encontrado al limpiar y la habría dejado en la guantera. No tenía mucho sentido despertarlo después de un largo día de conducción. Así que como no podía arreglarlo apliqué el proverbio, me fuí a cenar con dinero prestado, no dejé que se me fuera la olla cuando me fuí a dormir... y cuando, tras el desayuno, la encontré supe que jamás debería olvidar aquella lección.


El miedo, la frustración,el pánico,la impaciencia y todas sus hermanas no son buenas compañeras de viaje. De cualquier tipo de viaje.

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¿Qué es esto?
 

 

 

 

En Octubre de 2006 estuve viajando por Yemen durante 18 días, descubriendo un país único apenas rozado por la influencia del turismo pues su historia más reciente de guerras civiles lo había descartado incluso para la mayoría de los viajeros más experiementados.  Pero en los últimos tiempos la situación se había tranquilizado tanto que de nuevo podía ser colocado en el punto de mira y gracias a ello puedo decir que hoy por hoy ese ha sido el mejor viaje que he hecho nunca.

Tristemente un año después un brutal atentado acababa con la vida de nueve españoles a las puertas de la ciudad de Mareb y de nuevo el turismo huía de Yemen.  Este es el relato escrito nada más conocer la trágica noticia de aquellos días.  Mi particular homenaje a un maravilloso y desconocido país plagado de blancos y negros pero fascinante. Este es el Yemen que yo viví.

 

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Aún no me he recuperado de la noticia del atentado de ayer y desde que me enteré mi cabeza no ha dejado de estar en aquel país rememorando luces,sombras,olores,desiertos y montañas... Hay destinos que "te tocan" y a mí Yemen me llegó al corazón.


Aquel encuentro nocturno con Sanaá y su increible y maravillosa arquitectura a la luz de las anaranjadas farolas. Las primeras sonrisas (omnipresentes durante todo el viaje), las primeras peticiones de "suras" (fotos) solo por el placer de ser retratados y el primer restaurante (un fino plástico por mantel, un ruido y calor más que elevados y una comida deliciosa). Aquello fué amor a primera vista.

Luego, a la luz del día, caminar sus intrincadas callejuelas. Sorprenderse con los huertos de barrio que son oasis de verdor en medio de la piedra y la cal. El cigarrillo en la boca del panadero que no restará un ápice de sabor a los distintos y exquisitos panes. Los niños que rien, se acercan, te tocan y no piden dinero. Perderse por los zuqs (mercados) y que te acaben improvisando un restaurante en la plazoleta para que disfrutes un ardiente "salta" (el plato más típico de Yemen) sin pasar demasiado calor. Aceptar con una sonrisa los snacks que te tiende el adolescente que se cruza contigo, te dá la bienvenida a su país... y se pierde. Ver el atardecer sobre los tejados de Old Sanaá desde la azotea o mafraj del TajTalha Hotel.


En el primer día de ruta enfilar hacia Mareb, para siempre ya dolorosamente recordado, y tocar "El Mito y La Historia" en la capital del Reino de Saba, con tantas lecturas ligadas a aquellos parajes. Asombrarse con lo que fúe la Gran Presa y, posteriormente, entrar de lleno en el desierto. En el increible, caluroso, infinito y bello desierto. En la noche solo iluminada por la Luna en creciente me alejo del campamento tanto como necesito para no oir más que a la suave brisa nocturna y a mi felicidad.


El amanecer nos trae, de la mano de nuestro imponente guía beduino, una larga travesía entre las dunas. Solo Dios sabe donde encuentra las referencias en esta paisaje, tan igual y tan distinto, pero las conoce al dedillo y nos lleva hasta el Wadi Hadramut para reencontrarnos con el asfalto. Allí "volamos" sobre el lecho seco de rio cerrado por altas paredes verticales que irán abriendo sus brazos a medida que se acerquen al mar. Quisiera abrir la ventanilla y sacar medio cuerpo fuera para disfrutar a manos llenas de la luz, la arena y la velocidad... pero mis compañeros me matarían. La carretera nos lleva directos a Shibam-Hadramut y todas las fotos vistas anteriormente se quedan cortas ante ese frente de fachada de casas de adobe de 8 ó 10 pisos que llevan 3 siglos en pié. Camino con tranquilidad las callejuelas de esta pequeña ciudad, más bella por fuera que por dentro, y la niña que llevo dentro envidia a la panda de canijos que han convertido un pequeño charco de lodo en su parque de atracciones. Una pequeña colina al otro lado de la carretera nos regala un atardecer sobre el wadi y la ciudad. Los ocres, dorados y verdes de la tierra se mezclan con los azules, naranjas y rosados del cielo... y yo no tengo ojos suficientes para atrapar tanta belleza ni palabras para agradecer lo que estoy viviendo.


Pero me siento inmensamente feliz.

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¿Qué es esto?
 

kovalam5.jpgEra una amplia habitación, con dos grandes ventanas en ángulo que nos regalaban vistas, la una sobre el Indico y la otra sobre la mezquita rosa del promontorio, y a cuyo pie crecía un arbol alto y hermoso en cuyas ramas vivían unos cuantos cuervos de graznido permanente que en las horas de la siesta lograban sacar a flote nuestros más sádicos pensamientos.


Era una terraza frente al mar donde cenar los más deliciosos langostinos fritos que uno pueda imaginar y un flan casero como "pa´quitar el sentío".


Era una playa para la gente del pueblo donde varar la ingente cantidad de barcas que proporcionaban el sustento y en donde, al atardecer, en cuclillas y fumando un bidi, se reunían los hombres a hacer sus necesidades cerca del agua para que la marea, al subir, se las llevara. Las mujeres lo hacían al amanecer y con más prisa.


Era una iglesia grande y blanca surgiendo en medio de un bosque de palmeras y enfrentada, desde el otro lado de la playa, a la mezquita como silencioso recordatorio de esa pequeña India católica que también existe.


Era otra playa para el baño y los paseos en donde ver temprano en la mañana el esfuerzo unísono de tantos hombres por sacar a tierra aquellas enormes y alargadas barcas para poder descargarlas. Era donde unas muchachas con grandes cestos de frutas en la cabeza se disputaban, sin apremiarte y sin pelearse, el ser las primeras en venderte algo, porque la que lo consiguiera sería ya, para el resto de tu estancia, la que te esperase con las más exquisitas frutas al salir del baño o te calmase la sed con las piñas más dulces que se pueda imaginar. Era donde unos chiringuitos de comidas de día, y copas de noche, hechos con cuatro tablas y un toldo juntaban a los escasos turistas que por allí recalaban con los hippies que habían huido de Goa ahora que ya era demasiado conocido como para seguir siendo un paraiso perdido. Era donde le peleabas a las moscas la ración de papas fritas con ketchup (y perdías) y donde llorabas abrasado por el picante de una tortilla massala. Era donde compartíamos las olas las occidentales de bikini y las indias de sari. Era donde, con la noche ya cerrada, pasear por la orilla del mar entre miles de luciernagas de agua. Era un lugar para ser feliz.


Era Kovalam Beach

 

Foto cortesía de Google 

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¿Qué es esto?
 

7572038orinoco.jpgComo Como ahora estoy en Madrid no puedo consultar en mi diario de viaje (siempre hago uno, ya les hablé del Alzheimer prematuro) y por tanto no tengo ni idea qué fué lo que nos llevó a coger aquel autobús en Ciudad Bolivar, atestado de personas, animales y cosas, y recorrer durante toda una noche unas carreteras que estoy segura fué mejor no distinguir, pero donde comprobé que el cuerpo humano es capaz de adaptarse absolutamente a todo si la necesidad apremia.
Muy cansada debía ya de estar cuando en aquellos potros de tortura pude dormir practicamente todo el recorrido, aunque lo mejor fué cuando se vació el largo asiento trasero, aproveché a estirarme y con cada bache mi cuerpo literalmente levitaba y posteriormente caía de nuevo a plomo. Incluso allí seguí durmiendo.
Ya digo, no tengo ni idea, pero la siguiente parada en nuestro periplo por Venezuela iba a ser Pto. Ayacucho. Llegamos temprano por la mañana buscando un café, unas arepas y una cama y la casualidad nos hizo cruzarnos con un médico que, después de pasar años viviendo y trabajando por y para los indígenas, había decidido darles una vida un poco más "normal" a sus hijos y había vuelto y montado una pequeña empresa de turismo. Buena gente el doctor... buena conversación, desencanto respecto al gobierno y las posibilidades reales de los pueblos indígenas, información sobre lo que Venezuela fué y entonces era (estámos en 1992 y la posterior subida del crudo aún no se había producido para poder llevar de nuevo dólares al país),confianza, pese a todo, en las posibilidades de los que apostaban por no dejarse llevar por la desidia nacional....en fin, un regalo para el viajero.
Contratamos con él un recorrido de 5 días por los cayos del Orinoco. Una pareja de suizos, nosotros dos, un cocinero y un patrón a bordo de un gran tronco vaciado, con tablones por todo asiento, donde pasar 6-8 horas diarias. Suena duro, lo fué hasta que el trasero se acostumbró, pero fué una experiencia increible.
La selva... rodeándote por todos lados, inmensa, olorosa, repleta de vida, de sonidos, de luces y sombras pero que cuando se abría mostraba un poblado donde, sin faltar una vez, encontrábamos un grupo de niños bañándose en el atracadero y que celebraban nuestra aparición como una fiesta.
La selva... llenando el suelo de la cabaña donde dormimos la primera noche de cucarachas que crujían bajo nuestros pies y a las que ignorabas o te cortabas las venas.
La selva... tan llena de las mariposas a las que el suizo era aficionado, y donde, al saberse en las riberas, los niños nos esperaban en nuestras paradas con todo tipo de ejemplares en desinteresada colaboración.
La selva... con sus noches durmiendo en hamaca en un roquero en medio del rio bajo una luna de ensueño.
La selva... con sus pequeños mosquitos puri-puri cuya picadura no molestaba pero dejaba una lesión tan escandalosa que mis piernas, saeteadas por mil sitios, parecían infectadas por algún mal incurable.
La selva dura, hermosa y vulnerable. ¿Como perdonar a quien la destruye después de haberla conocido?

Foto cortesía de Google

 

 

 

 

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¿Qué es esto?
 

Mercado del Puerto     Salimos de Mérida, en los Andes venezolanos, a última hora de la tarde, en un autobús que nos llevó de vuelta a Caracas, y 35 horas despúes aterrizabamos en Montevideo tras sobrevolar Colombia, Perú (con parada), Argentina (con parada), Chile (con parada), de nuevo Argentina (con parada) y finalmente Uruguay. Aquello ha sido lo más parecido a viajar en autobús, pero a 9.000, que yo he hecho en mi vida.
Allí nos esperaban unos grandes que amigos, que después de 15 años de exilio, pasaban en su patria unas vacaciones y mi VISA.... ¿Pero como? ¿se olvidó la VISA? ¿es posible olvidarse de la fuente de manutención para un viaje de 3 meses?. Si, es posible, el Allzheimer prematuro es lo que tiene, se te va la pinza y de repente te encuentras a chopecientos mil kms de distancia de tu bolso y negándote a mirarte en el espejo porque sabes la cara de boba que te vas a encontrar. Algo que le puede pasar a cualquiera (y digan que sí porque si no la cara de boba se me va a regresar 15 años después y tampoco es plan).
Total.... besos, abrazos, VISA y la pregunta de rigor: ¿qué quieren hacer? ¿les llevamos al hotel?. Mi ex y yo otra cosa no, pero para la buena mesa somos como cochino para cáscaras, así que saltamos cual resorte "Queremos ir a comer un buen asado de tira"... a las 5 de la tarde. Alucinados pero dispuestos nos llevaron a un asadero que de pura casualidad andaba abierto y pudimos darnos el primer homenaje.


Y todo esto para hablarles de mi mejor recuerdo de Montevideo, y perdonen si algún uruguayo está leyendo esto pero esa es mi cruda realidad: El Mercado del Puerto. Como su nombre explica es un antiguo mercado pero ahora reconvertido en una gran parrilla para asar la mejor carne del mundo. Y es que cada puesto de venta trastocó en pequeño restaurante de barra y pocas mesas en donde los ejecutivos de la zona de negocios van a almorzar lo que hay que almorzar: bistecs, asados, chichulines,chuletas... todo lo que una vaca criada en esas estancias interminables pueda llegar a dar.
Una mesa con mantel de cuadros rojos y blancos, una botella de vino chileno delicioso, un acordeón y dos guitarras de justo fondo.  Mejor imposible.

.......................................................................................................................................... 

Por aquel año de 1992 Montevideo nos recordó a las imágenes del NODO que retrataban el Madrid de los años 60 solo que por las calles lo que circulaban eran coches americanos con 20 ó 30 años a sus espaldas pero cuidados con exquisito mimo porque la situación económica de entonces no estaba como para pensar en cambiar de coche con demasiada alegría, y por las aceras se veían a muchos jóvenes de larga melena, barba descuidada y ropas con aire hippy.  Tras años de férrea dictadura el país comenzaba a hablar.

Tras un par de días enfilamos a nuestro destino principal:  una estancia, o rancho ganadero, donde pasaríamos los próximos tres días compartiendo con la familia propietaria el trabajo diario y las noches de charlas.   Para comenzar ningún recibimiento mejor que un asado de oveja recién sacrificada al atardecer. Y para quien se diga eso de "¿oveja? ¡pero si esa carne no hay quien la coma de puro dura!" les diré que pocas veces he comido un cordero lechal que superase en sabor y ternura lo que allí nos sirvieron, de hecho cuando comentamos que en España nos comiamos a los corderos se echaban las manos a la cabeza ante tamaño sacrilegio.

Buena comida, buen descanso y a la mañana siguiente estábamos preparados para ensillar los caballos y salir al campo a recoger el ganado para llevarlo a vacunar, porque lo que hace insuperable la carne en Argentina y Uruguay es que las reses apenas pisan el establo, la vida se le va en recorrer las grandes llanuras comiendo el pasto más fresco y claro, así sale luego el producto. La verdad es que acostumbrados a nuestra vida diaria de urbanitas el pasarnos horas de aquí para allá guiando a los animales, bajo un cielo turquesa, saciando la sed con fría agua de cantimplora, deteniéndonos a fumar un cigarrillo mientras la vista se nos perdía en el horizonte tan lejano y compartiendo risas con los niños fue todo un regalazo.

El otro fue poder gozarnos un auténtico huracán de los de 180 kms/hora desde la seguridad de aquella casa bien asentada en sus cimientos.  Sin luz, sin teléfono, pegada al ventanal del salón y con un vaso de buen vino en la mano pasé horas viendo a la naturaleza cantarles las cuarenta a todo cuanto se encontraba a su paso.  Un espéctaculo de relámpagos infinitos, objetos voladores y lluvia torrencial que a mí me tenía impresionada y que nos nuestros amigos vivían con la normalidad que da haber visto ya unos cuantos como aquellos en su vida. 

Así que Uruaguay en mi memoria es eso: buena comida, naturaleza en estado puro y hospitalidad. 

 

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¿Qué es esto?
 

            

 

Entre las muchas alternativas de viajes posibles hay una que resulta muy gratificante: el fin de semana con las amigas.  Pequeños "kitkats" en medio del ajetreo de nuestro día a día familiar y laboral que ayudan a recargar las pilas y a estrechar los lazos con aquellas que tantas veces suponen el punto de apoyo que necesitamos cuando la vida nos zarandea.  Acabo de regresar de uno de esos auto-regalos que algunas de mis amigas y yo nos hacemos de vez en cuando, y esta vez el destino ha sido Milán.

Cuando el tiempo escasea y se desea ajustar el presupuesto no hay más remedio que echarle horas a internet para hacer posible el encontrar vuelos y alojamientos baratos y el llevarse desde casa toda la información posible sobre lugares a visitar, medios de transporte, rudimentos del idioma, etc.  Así fue que con nuestro completo dosier bajo el brazo aterrizamos en Bérgamo a primera hora de la tarde del sábado, lo que hizo que ese día se fuera entre la acomodación, un primer largo paseo por la zona del hotel y una espléndida cena en un restaurante familiar.

El domingo bien temprano, bajo un cielo totalmente despejado que compensaba las bajas temperaturas, nos dirigimos al lago Como, a una hora de tren,  en compañía de gran número de milaneses deseosos de caminar sus montañas o disfrutar de algunos de los pueblos que llenan las orillas.   Un corto recorrido por el centro de la ciudad de Como y tomamos un autobús que nos lleva, disfrutando de increíbles panorámicas, hasta el pueblecito de Bellagio, eminentemente turístico pero, pese a todo, tranquilo y acogedor.  Terrazas medio llenas de caras que absorben cada rayo de sol, cantidad de moteros disfrutando de su afición o esperando al ferry que los llevará al otro lado, y empinadas callejuelas empedradas a las que se abren minúculas tiendas, restaurantes recogidos y balcones esperando llenarse de flores.                                            Es imposible imprimir alguna prisa a nuestros pasos, el cuerpo pide sentarse en cualquier banco a contemplar la cercana otra orilla, difuminada bajo la intensa luz del mediodía, la silueta de las cimas que nos rodean y que mayoritariamente están cubiertas de nieve pues forman parte de las estribaciones de los Alpes, el vuelo bajo de los hidroaviones que unen los extremos de este largo lago, y el lento pasar de los veleros.      El regreso lo hacemos en barco para poder disfrutar a placer de las estampas de cuadro que forman los pueblos que vamos encontrándonos, en su mayoría con un centro que gira alrededor de una iglesia cuyo campanario se refleja en las hoy tranquilas aguas  y una periféria de casas que trepan por laderas más o menos empinadas.  Casas de gente corriente y mansiones de ensueño, barcas de pescadores y embarcaderos privados con yate, bosques intocados y jardines perfectamente diseñados.                                Las últimas horas de la tarde se nos van en transportes públicos, porque Milán es bastante grande y la información que nos falta dificil de encontrar, y en una espléndida cena en el encantador restaurante Maitó de la Piazza Susa.

La mañana del lunes queda dedicada al centro histórico.  Il Duomo, que con sus fachadas recién limpiadas y sus altísimos pináculos recortándose contra un cielo absolutamente turquesa realmente impresiona, lástima que no fuera posible subir a la terraza, por estar todavía trabajándose en su restauración, porque dicen que las vistas son dignas de no perdérselas.  La Galería Vittorio Emanuele, monumental zona comercial con muchas menos grandes firmas de las esperadas, el gran Palacio Sforzesco y Santa Maria delle Grazie, cuyo cenáculo y "La última cena" de Da Vinci no pudimos ver por ser el día descanso del personal.  Ahora que lo mejor de aquellas horas, y perdónenme los amantes del arte y la historia, fue el recorrido por la Vía Monte Napoleone y su concentración de los grandes de la moda. Armani, Valentino, YSL, Dior, Versace, Celine, Ferragamo...  impresionante una gabardina de St. Laurent en seda marfil que era todo un guiño al maestro Balenciaga.

Y como fin de fiesta la tarde la dedicamos a un tranquilo recorrido por la cercana y deliciosa ciudad de Pavia cuyo centro es un dédalo de calles empedradas, hermosas y antiguas casas de silenciosos patios, y recoletas plazas donde dejar pasar el tiempo entre cafés y risas.  Acercarnos hasta el río, cruzar despacio el viejo  puente y deleitarnos con los juegos de las luz en las rápidas aguas deja huella en nuestra memoria.

Ya solo queda regresar a Milán para hacer un último brindis al terminar la cena deseando poder seguir organizando escapadas como estas y que nuestra amistad dure muchos, muchos años.

                       

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¿Qué es esto?
 

Descansando en el Taj MahalEl primer viaje, lo mismo que el primer amor, nunca se olvida. También permanecen en nuestra memoria los que hicimos durante la infancia, acompañando a nuestros padres o profesores en las primeras salidas del entorno habitual ciudad-pueblo-provincia, pero el que realmente consideramos el primero es aquel que hicimos sin su compañía, cuando debutamos en aquello de hacerlo como, a donde y con quien queríamos. Yo tuve la suerte de inaugurar mi afición viajera por todo lo alto, con un periplo de tres meses por India y 20 años después aún puedo cerrar los ojos y recordar muchos de los momentos vividos como si hubieran ocurrido ayer.

No hay país que genere tantas emociones en mí como este... Más allá de mi interés por la literatura india comtemporánea, su cine o su música, India remueve las capas más profundas de mi alma de forma incompresible pero real. Una buena amiga, firme creyente en eso de las vidas pasadas, dice que alguna vida pasé alli, seguro,y que, además, la debí de pasar muy bien .Y debe de ser cierto lo que dice porque, desde que tengo memoria, ese país ocupó el primer lugar entre los destinos sobre los que pondría mis pies. La frase "Algún día iré a India" era mi letanía secreta.

Nací en una norteña y pija capital de provincias, lluviosa y fria en mi memoria, que tuvo la capacidad de hacerme sentir aprisionada. Quizás por eso siempre tuve claro que viajaría, que viajaría mucho, y que viviría en muchos lugares diferentes. Lo gracioso fué que mis originales planes de nomadismo chocaron de frente con una isla en el Atlántico y mis, a priori, seis meses por trabajo se convirtieron en 20 años de amor incondicional por Tenerife. Pero ese otro tema.


Por eso, porque ese anhelo había permanecido escondido esperando el momento oportuno, cuando durante una cena de compañeros de trabajo allá por 1989, el amigo de una amiga dijo la frase mágica ("Este año me voy de nuevo a India") salté como un resorte y me metí por la cara en conversación ajena. ¡Aquel chico ya había estado una vez, volvía ese año y no descartaba regresar al siguiente...! Después de un buen rato de oir fascinada información de primera mano le arranqué la promesa de que, si al año siguiente volvía de nuevo, podría acompañarle.
Año y medio después aterricé en el aeropuerto de Delhi. Desde entonces han pasado 19 años y mil y una cosas pero el recuerdo de aquella primera bocanada de aire al salir por la puerta del avión sigue siendo uno de los recuerdos más nítidos, evocadores y emocionantes de mi vida.
Es en momentos como este cuando una desearía tener la calidad literaria suficiente como para poder trasladar a un papel el cúmulo de sensaciones que puede generar una inspiración profunda. Palabras-tópico como calor, humedad, noche, especias, humanidad... no bastan para transmitir la capacidad de definición que tenía aquel aire.
Recuerdo haberme detenido brevemente en la escalerilla ante la sorpresa de algo tan intenso, delicioso y deseado. Recuerdo haber inspirado profundamente tratando de llenarme  de todas las promesas que guardaba en su interior aquel olor único. Recuerdo sonreir de oreja a oreja y saltar de alegría en mi interior.


"Eso" era India.
Ya había llegado.

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