Bueno, tras un mes de dejar totalmente abandonado en la miseria a mi pobre bloguito, retomo la actividad. Lo primero, relatar un poco las vacaciones, que han sido chachis y súper reparadoras. Después ya se verá...
Y ahora... ¡al tema!
Petit tour parisinoamsterdanés de Jota y Veruca Salt
Primera parada - Ámsterdam
Día 1: llegada y esas cosas
Llegar a Ámsterdam para alguien a quien le parece más probable morir a bordo de un avión que pillar cagalera después de beber agua del río Támesis es relativamente fácil gracias a ese maravilloso y olvidado medio de transporte que es el tren. Las líneas de tren de alta velocidad europeas son estupendas, y te permiten llegar al otro lado del continente en menos de lo que tardas en decir Heineken.
Para aquellos que realicéis viajes de este tipo, es aconsejable transportar una serie de cosas, imprescindibles para no asesinar al vecino de asiento en un momento de estrés colectivo. A saber:
1. Una videoconsola con un juego altamente adictivo, que podáis endosar con facilidad a vuestro novio cuando se ponga pesado.
2. Utensilios para pasar la noche cómodamente (manta, almohada, antifaz, papel higiénico...)
3. Un libro de más de seiscientas páginas.
4. Un libro más delgado por si acaso se os acaba el primero y os veis obligados a leer un número de la revista Paisajes datado de 1996.
5. Agua.

Éste es más o menos el aspecto que presenta una persona después de pasar una noche en las maravillosas butacas superreclinables de RENFE.
El segundo paso a la hora de pasar unos días en Ámsterdam es dar con un hotel que no sea demasiado caro, esté limpio y cerca del centro. Cuando veáis que se trata de un milagro imposible, probad con un albergue, donde no os sajarán flagrantemente como a nosotros.
Lista de maravillas de nuestro hotel, que era razonablemente bueno y caro (para que os hagáis una idea of the pércal):
1. Para empezar, estamos FUERA del hotel. Concretamente dos edificios más allá de la recepción, como unos pringados.
2. Las escaleras asesinas, tipo Everest, que sin duda marcarán vuestra estancia en momentos tan cruciales como la subida de maletas, o cuando tengáis que bajar corriendo a trompicones a desayunar a las 09.55 de la mañana. ¿Qué horas de desayunar son esas?

Las escaleras infernales.
3. Afortunadamente la habitación tiene baño, no así váter, que como no cabía en tan pequeño espacio lo emplazaron en un diminuto habitáculo que está en la puerta de al lado, por lo que tenemos que salir al pasillo en bragas (yo) y gayumbos (Jota), cada vez que queremos hacer pis. Grande Jota cuando entramos en el cuarto y casi sufre un colapso nervioso al ver el no-emplazamiento del trono.
4. La habitación se limpia de forma aleatoria y sorpresiva. Según mis registros, la metodología de nuestro hotel era la siguiente:
Día 1: no recogen la habitación
Día 2: no recogen la habitación
Día 3: no recogen la habitación pero dejan dos toallas nuevas de baño y dos de manos
Día 4: recogen la habitación y dejan dos toallas nuevas de baño y dos de manos
Día 5: recogen la habitación y dejan cuatro toallas nuevas de baño pero ninguna de manos
Día 6: recogen la habitación y dejan cuatro toallas nuevas de baño, ninguna de manos, y quitan la de los pies además de una almohada (¿?)
5. En algún lugar del edificio hay una puerta de emergencia que cada vez que es atravesada por alguien dispara una alarma anti-nuclear, con nuestro consiguiente infarto. Inexplicablemente, la puerta de emergencia es atravesada varias veces al día.
6. La habitación da a un patio interior bastante feo, aunque cuando los vecinos pinchan Radiohead se escucha en todo el edificio y mola un montón.
7. El personal en general es increíblemente simpático y amable, así como nuestros vecinos de cuarto, que llegan al hotel a las 3 de la mañana entonando el Aleluya de Haendel.
8. Al tercer día de nuestra estancia en Ámsterdam, descubrimos que las mismas botellas de agua que vende la máquina estafadora de la recepción las tienen en el LIDL de la esquina, un 2.000 % más baratas.
No tengo parole.
Día 2: mercadillo de Waterlooplein + millones de compras + barrio rojo + la intrincada búsqueda del Hemoal

Ohhhhh, llueve...
Nuestra primera parada amsterdanesa fue Waterlooplein, un mercadillo diario en el que puedes encontrar desde una cámara de fotos de la segunda guerra mundial hasta ropa vintage de esa que sólo llevan los homeless de tu barrio y Chris Martin en sus conciertos.
En uno de estos puestos, conseguí que Jota se comprase su primera camisa de segunda mano. Estaba súperorgulloso de sí mismo: no hay moderno que se precie que no porte ropa sudada antes por otro.

He aquí la adquisición.
Además del Waterlooplein y del mercado de las flores, las principales calles comerciales de Ámsterdam están justo en el centro de la ciudad, por lo que es imposible llegar al Dam sin pasar por ellas. O al menos eso le hice creer a Jota, así que no le digáis lo contrario.

¿Qué coño es eso del Dam? ¡Yo aquí he venido a comprar!
Al otro lado del Dam está el barrio rojo, donde las prostitutas se han convertido en un reclamo turístico más. La verdad es que se hace un poco raro pasear por delante de esos escaparates fluorescentes desde los que observan como tu intentas mirarlas y no mirarlas al mismo tiempo mientras ellas se secan el pelo o se pintan las uñas tan ricamente.
Cuando ya habíamos dado dos mil vueltas por el barrio rojo, enseguida nos dimos cuenta de que, de repente, estábamos otra vez en Waterlooplein. Como los canales de la ciudad tienen forma concéntrica, es fácil acabar siempre en el mismo sitio en un infinito bucle espacio-temporal, así que es probable que más de una vez os veáis sentados en el restaurante Rembrandt's Corner comiendo sopa de maíz con salmón, ese plato tradicional en Cisjordania, Bielorrusia y otros lugares recónditos del universo. Si además a este factor le sumáis ciertos problemas 'de tránsito' por parte de alguno de los miembros del comando expeditivo, es posible que viváis un bizarre moment como el siguiente en una apotheke (véase, farmacia bizarra), un extraño lugar en el que es fácil encontrar Multicentrum y líquido revelador en la misma estantería (bizarra).
Jota: excuse me, i was looking for, ehhh... hemorroids cream.
Dependiente amsterdanés, con un semblante más recto que la línea del horizonte ( .___. ): hemorroids?
Jota: yes, it's for... ehhhh... you know.... ehhh (señalándose detrás)
Dependiente: yes?
Jota: for the ass...
Dependiente: yes, yes, you can explain.
Jota (completamente congestionado): it's when you have difficulties, ehhhh... to go to the bathroom.
Dependiente: ohhhh, you mean laxants.
Jota: no, no, no, no... it's when, ehhhhh... it hurts and you have, ehhhhh... little burning things in your ass....
Dependiente: ohhhhh! you mean ññkfvnmnzfdjn.
El dependiente dice algo incomprensible lleno de vocales y de jotas y kas, se va directo al estante con los Hemoales y cosas parecidas y asquerosas, y le endosa uno a Jota, que lo sostiene en la mano mientras el apothekero le pregunta sobre los jugadores del Real Madrid para, acto seguido, llamarlos pendejos.
Hemoal en mano, y tras llevar andando desde las doce de la mañana, damos por finalizado nuestro segundo día amsterdanés con los siguientes cánticos, fruto de nuestro gran ingenio e imaginación:
Estoy sola aquí porque hoy no he parado de caminar
No estás sola, yo llevo ya diez horas
¡Y yo!
Yo saliiiiiiií a compraaaaar y no parooooo de andaaaaar
Es así, que más da caminar por Ámsterdam...

Al desvarío contribuyó que llevásemos dos horas y media dando vueltas si encontrar el hotel.
Día 3: Van Gogh Museum + Jordaan + encuentro con las arpías
Estés donde estés alojado en Ámsterdam, siempre te va a parecer que el museo Van Gogh está a unos dos mil kilómetros de la ciudad. Lo sé porque en esta ocasión nuestro hotel estaba en el mismo canal y recuerdo la travesía como algo infernalmente largo.
Si sois muy fans del pintor desorejado, el museo probablemente os decepcionará un poco, ya que la entrada es bastante cara y las obras expuestas son escasas y están bastante mal distribuidas, por lo que los turistas se apelotonan delante de ellas hasta formar unas colas que son un poco de vergüenza ajena. Además, casi una tercera parte del edificio está destinada a colecciones itinerantes.
Después del museo, pillamos un tranvía hasta el centro para comer los platos preparados del supermercado central de la ciudad, que cuestan una tercera parte del precio de un menú corriente en Ámsterdam. Tras ponernos gochos a base de megasandwiches y ensalada de fresas con camembert, paseamos hacia una de las zonas menos conocidas por los turistas, más chulas y bonitas: Jordaan, un barrio residencial donde se concentran los pocos restaurantes que no tienen carta escrita en inglés, así como un montón de pequeñas tiendas de ropa y discos retro, donde Jota se compró unos cedés de jazz que sin duda fueron su mejor inversión del viaje.
De vuelta al canal principal, pasamos por delante una pequeña galería, que parecía vender fotografías de músicos en gran formato, como Debbie Harry, Bowie, Led Zeppelin... En el centro de la tienda, dos viejas pellejas conversaban junto a dos copas de vino como si el mundo no fuera con ellas. Fue entonces cuando conocimos a LAS ARPÍAS.
Jota (abriendo la boca por primera vez después de que llevásemos diez minutos siendo los únicos clientes de la tienda): excuse me, do you sell pictures or prints?
Arpía nº1, con voz plenamente snob y ofendida por la interrupción: oh! do you mean some kind of 'posters' or something? (escupiendo la palabra 'posters' como si fuese caca del suelo)
Jota: estoooo.... yes.
Arpía nº1: noooooo, these are original pictures taken by overworld artists.
Jota: ahhhhhh. And what is the price?
Arpía nº1: oh, the smallest format is 450 €.
Yo: mhhhhhh...
La mujer se gira hacia su compañera y sigue hablando, mientras nosotros observamos el catálogo lleno de láminas chulas sustancialmente más pálidos que antes. Por lo bajini, comenzamos a planear cómo birlarlo sin que las malignas se den cuenta, y cuando estamos a punto de consumar nuestro plan, la malvada arpía nº 1 se percata de que aún seguimos allí y muy dignamente nos indica la salida con un:
Arpía nº1: do you need any more information?
Jota: no, it's ok.
Arpía nº1, con un deje claramente maquiavélico en su voz de bruja: you like them, don´t you? I think she said (refiriéndose a mí) 'oh, I wish we had more money'. Ahahahahahaha....
A lo que nos levantamos y nos fuimos.
Día 4: American Apparel + tarde bizarra en general
American Apparel es una marca que sólo tiene tiendas en ciudades guays como Barcelona, Londres, Montreal o Nueva York, y no en puebluchos como Madrid. Por eso cuando descubrí el American Apparel que había escondido en la calle de nuestro hotel grité y grité como jamás lo había hecho antes, y arrastré a Jota dentro de ese universo de colorinchis fosforescentes y elastán hasta que se le salieron los ojos y le rodaron delante de los dependientes, que por supuesto no se inmutaron ante el suceso. Están entrenados para eso.

Convenientemente Americanapparelizada.
Atravesamos la ciudad buscando donde comer y acabamos en una terraza que hacía esquina en el canal Singel, para mí uno de los que más recuerdos me traen de esta ciudad. Pasear por Singel mola un montón porque la ausencia de persianas te permite cotillear desde la calle el interior de las casas.
El restaurante resultó ser lo más bizarro que hemos visitado en mucho tiempo.
La carta, escrita en spanglish, tenía tapas de lo más variadas, así que al final acabamos decantándonos por unos calamares, pan con ali oli, champiñones salteados y sopa de cebolla. Decir que alguno de estos platos estaba rico sería mentir, pero es que además todo ello estaba aderezado por los alegres gritos del camarero, que no hablaba ni holandés ni inglés, sino algún extraño idioma entre el esperanto y la lengua de Mordor.
Para continuar con los bizarre moments, por la tarde visitamos el Sex Museum de la calle Rokin, que tenía unas estatuas de cera que daban mucho miedito, todo con unas dimensiones que ya quisiera Rocco Siffredi para sus películas. Para terminar, Jota, que alberga a un pequeño guiri fanático en su interior, se empeñó en que teníamos que dar un paseo en barca por los canales de Ámsterdam, así que allá que nos fuimos con 17 familias, que no paraban de gritarse cosas y grabarlo todo en vídeo como si estuviesen rodando un documental sobre patos y cisnes.
Día 5: MacBike + encuentro con Dieguito
En Ámsterdam el medio de transporte más habitual es la bici, y no es ninguna tontería: el noventa por ciento del terreno está bajo el nivel del mar, y apenas hay pendientes, por lo que es mucho más cómodo y barato ir así. Como además en Ámsterdam llueve un día sí y otro también, sus ciudadanos han desarrollado extraordinarias capacidades para moverse a bordo de sus bicis, llegando a verse escenas en las que una misma persona sujetaba un paraguas, fumaba y hablaba por teléfono todo a la vez y sin dejar de pedalear.
Por eso el día 5 de nuestra estancia en Ámsterdam nos levantamos con mucha energía, dispuestos a pillarnos una bici de alquiler en Waterlooplein, el mercadillo guay que está junto al barrio judío, y donde hicimos una mini parada buscando un souvenir para la mía mamma, que según palabras de Jota se tradujo en 'pasar cuatro horas agitando molinillos de café'.
Como no teníamos mucha idea de a dónde dirigirnos para alquilar nuestras súper bicis bicivoladoras, nos dirigimos a un hacedor de batidos y zumos, que muy amablemente nos indicó que MacBike era la empresa que poseía el monopolio del alquiler de bicis en toda a ciudad. Toma Moreno.
MacBike resultó ser un lugar lleno de raros y friquis, entre ellos uno que cada dos palabras chapurreaba cosas como 'fiesta' y 'marihuaaaaaana', una mujer con serpientes en el pelo que te miraba fijamente y que lo mismo gritaba que hablaba muy bajito muy bajito, y una especie de Shaggy, el de Scooby Doo, de tres metros de altura.
Después de dejar un DNI, 100 euros, una copia de la tarjeta de crédito, una muestra de ADN, el último pañal que cambiamos a un bebé y un recogemigas, salimos muy contentos del taller con nuestras bicis, felicidad que se prolongó las siguientes 24 horas y que se saldó con Jota siendo mortalmente aplastado por un Sedán, Veruca estrellándose con una furgoneta que daba marcha atrás para después arrollar la rueda trasera de Jota, y ambos siendo maldecidos por conductores, ciclistas y viandantes en general, por ir siempre 'in the wrong way'.
En este ciclocaos estábamos cuando nos encontramos en pleno mercado de las flores con Dieguito, mítico habitante del gallego de Malasaña, que estaba recorriendo junto a su novia algunos de los pueblos cercanos a la capital holandesa.
Qué pequeño es el mundo.

Encuentro Dieguital.
Las ruedas de nuestras bicis nos devolvieron nuevamente a Jordaan, donde pudimos investigar mejor la zona, y dimos con un fingerfood restaurant con terraza, plagado de chicas modernas que nos enseñaban las bragas al sentarse (Jota se mostró muy contento con este aspecto) y nos invitaban a 'burlesque parties'. Muy guay todo.
Por la noche, encontramos un restaurante italiano que no estaba mal del todo, La Traviata. Por alguna extraña ley universal no escrita, los lunes, Ámsterdam cierra la mayoría de tiendas, y los restaurantes dejan de servir las cenas súper temprano, así que la mayoría de hindúes y vegetarianos que practicamos estaban fermé.
Día 6: Museo de Ana Frank
Después de devolver las bicis, paseamos por el barrio judío y dimos con una bombonería ultracara pero que olía de morirse: Puccini. Entramos atraídos por el olor y compramos cosas tan ricas como bombones de arándanos y peras y naranjas confitadas recubiertas de chocolate. Aghghghghggh....

'La verdad, no sé para qué me pido esto si no me gusta el capuccino...'
Por la tarde, y después de hacer compras varias en una pequeña tienda de santería muy colorista, llena de estampas de la Virgen y amuletos de la suerte, visitamos por fin la casa-museo de Ana Frank.
La casa de Ana Frank es uno de los lugares más respetados y visitados de todo Ámsterdam, y hasta ella peregrinan lectores y curiosos de todo el mundo. El museo está ubicado en el edificio que albergaba las oficinas del padre de Ana, Otto, y en cuya trastienda la familia al completo se ocultó durante la segunda guerra mundial hasta que fueron descubiertos y deportados.
La casa es inquietante, más grande de lo que se imagina uno leyendo el libro, pero más pequeña de lo que humanamente deberían ocupar ocho personas. No tiene muebles, pero las paredes conservan algunas de las fotografías que Ana pegó durante su encierro allí, así como algunos de sus libros, marcas personales y la copia original del diario. Fotos y vídeos ponen cara a una de las millones de víctimas del holocausto. Basta una sola Ana Frank para conmovernos, dijo Primo Levi, y tenía razón.
(Fin de la primera parte)







HELLO!
Canada
Rusia
Grecia
México
Enhorabuena por esas supervacaciones y por volver al fin para darnos muuuucha envidia a tooodosss!
Jejeje! Lo de buscar Hemoal en Amsterdam y la consecuente explicación al farmaceútico es muy grande! Y la extraña manera de arreglar las habitaciones, me recuerda muuucho al motel de malamuerte en el que estuve en Roma... empiezo a pensar que una vez que pasas los Pirineos el mundo se transforma y economía e higiene se hacen un poco incompatibles ¬¬
A mi el Museo de Ana Frank me dejó un poco K.O.
Esperaremos la segunda parte :)
Un beso!
Lo del Hemoal fue enorme... ¡aunque no le tiene mucho que envidiar tu historia de las tizas irrompibles!
El museo de Ana Frank es muy jebi, por eso lo dejamos para el final...
Qué grande la escena de Hemoal. Cuando la leía me imaginaba a Jota cual Bridget Jones cuando, en la peli 'Sobreviviré', entra en una farmacia en un pueblecito de montaña para pedir un test de embarazo...
Muy bueno, qué gusto volver a leerte
Decirte que me ha encantado tu post, empezé a seguirlo por casualidad y estoy enganchadísima :) me río mucho con tus comentarios extras....
Con tu frase final, me he acordado que llevo bastante tiempo sin escuchar ese cd de Piratas (soy de Vigo)
Aperta
Eii que buenas vacaciones.. pero que es tu pose frente la estauta eso se respeta !!!