... que diría Madonna.
Ay, sí, estoy desolada. El otro día vagaba por los canales de la tele buscando a un Pablo o a un Iván que echarme a la boca, pero nada, allí no había nadie.
¿Qué será de mi vida sin OT? No lo puedo imaginar.
Amargadita estoy, creedme.
Mientras mis neuronas no hacen más que recocerse de calor, pensar en las vacaciones y echar de menos OT, los días van pasando, y al final me junto con un montón de cosas que querría haber escrito pero la falta de tiempo me lo ha impedido. ¡Maldita sea!
En fin, hablando de otras cosas... hace poco Hong Kong Blues y Kiku Montejo comentaban que llegada la treintalescencia uno comienza a poner hojas de reclamaciones a diestro y siniestro, según como le venga en gana...
Yo les envidiaba por pertenecer a un club especial de treintalescentes, aún inédito para mí. Pero ahora ya no. Ahora yo misma, en plena veinticincoalescencia, estoy entrando en una espiral de reclamaciones que no se la salta un gitano. Veamos unos pocos y recientes ejemplos:
Situación 1: el malvado dependiente de la tienda de zapatos

Así recuerdo al dependiente maligno.
Todo empezó cuando, en una tarde de enajenación mental, decidí compararme unas indescriptibles botas con flecos, hasta entonces sólo vistas en las películas de John Wayne y en Kate Moss.
Todos sabemos que Kate Moss y yo compartimos un inmejorable gusto por la moda.
Cuando me percaté de mi error, ya era tarde: estaba en casa, sufriendo la mirada de pavor de mi madre, que contemplaba horrorizada cómo mis piernas, ya de por sí regordetas, asomaban por encima de los flecos cual pareja de morcillas.
No me quedaba otra opción que descambiarlas. 85 leuros no son cosa de broma, no señor.
Una vez en la tienda, alegre y vivaz como soy yo, expliqué al dependiente la situación, y esperé pacientemente a que me diese mi dinero de vuelta. No fue así: atónita, observé el gesto de desaprobación del dependiente facineroso, que me miraba igual que se miran las cacas de perro que te encuentras por la calle. No había duda: dudaba de mi sincero y humilde 'sólo me las he puesto en casa porque no me combinaban con nada' (una manera sutil y elegante de decir 'es que mis piernas parecen dos obuses dentro de ellas'). El malvado señor rápidamente procedió a extraer muestras del tacón con un palito de algodón y analizarlas bajo una lámpara de LEDS ultravioleta, para comprobar si, efectivamente, me había puesto las botas en mi casa o no. Pasada media hora, el dependiente malpensado me dio los resultados de su investigación: necesariamente había tenido que hacerme el camino de Santiago con las botas puestas, ya que estaban harto desgastadas, y se negó a cambiarlas.
Hasta ahí podíamos llegar.
Tras amenazarnos mutuamente durante un buen rato, gritarnos un montón de cosas feas que no quiero recordar, tildar entre otras cosas las botas de 'una mierda porquería de botas que hacen las piernas gordas a la gente', y demás cosas finas, al final me acabaron haciendo un vale descuento con un mes de validez, que probablemente no descambiaré nunca ya que jamás volveré a esa tienda de gente malvada y adoradora de Satanás.
Situación 2: los absurdos mecanismos del intercambiador de Príncipe Pío

Esto es más o menos lo que provocó mi defensa de los derechos humanos autobuseros.
El viernes pasado, Jota y yo decidimos acercarnos al parque de nieve de Xanadú para hacer un poco de snowboard aprovechando que en Madrid era fiesta. Tras arrastrar nuestras tablas desde los confines del mundo en los que vivimos (no os creáis que es una tarea fácil no no), llegamos por fin al intercambiador de Principe Pío, lugar de donde parten los autobuses que llevan a Xanadú. Tras subir las tablas y pagar nuestro correspondiente viaje, el conductor se percató del volumen de las bolsas y, muy solícito, nos pidió que abandonásemos el autobús. A lo que yo le respondí:
- No.
Y me senté muy contenta, mientras los demás pasajeros me gritaban totalmente enloquecidos y Jota iba adquiriendo el color de los repollos progresivamente. Con la llegada del inspector la cosa no mejoró y, tras amenazarnos con llamar a la policía, con paralizar la línea y con enviarme a una manada de rottwailers hambrientos si no me bajaba, al final accedí, sólo por no ver más la cara de descomposición de Jota.
Sinceramente, no sé por qué yo no puedo realizar ese trayecto y los demás si cuando todos pagamos lo mismo.
Ya en el andén, el inspector me explicó que la empresa no disponía de seguro para llevar bultos grandes a bordo. Algo inentendible si tenemos en cuenta que ésa es la única línea que viaja desde el centro de Madrid hasta Xanadú, y que la otra línea disponible sale de Móstoles Central, que es lo mismo que decir Parla, Colmenar Viejo o Gandía, para entendernos.
Grandes momentos vividos en esos alegres minutos:
Conductor (intentando agarrar la tabla para que no entrase en el autobús): salga del coche.
Yo (muy digna): por favor, no me toque.
Yo (al guardia de seguridad, después de esperar un cuarto de hora a que llegase el inspector): ¿dónde dice que está escondido el inspector?
Yo (a grito pelado): ¡nos están tratando como a delincuentes! ¡¡quiero una hoja de raclamaciones! ¡¡UNA HOJA DE RECLAMACIONEEEEES!!
Jota: venga, vamos a bajarnos, que van a llamar a la policía.
Yo: a mí la palabra policía no me dice nada. Es como si me dicen la palabra árbol: 'voy a llamar a la policía', 'voy a llamar al árbol'. ¿Ves? Nada.
Inspector: a esta línea no pueden subir personas con tablas de snowboard.
Yo: ¿por qué? ¿es que su política de admisión sólo permite que vayan a Xanadú las tecnochonis y los bakalas?
Inspector: no sé de qué me está usted hablando, señorita.
Situación 3: los eficientes trabajadores de RENFE

Esto no le llega ni a la suela de los zapatos a RENFE.
Me desplazo hasta la estación de Atocha para recoger los billetes de tren que Jota y yo hemos adquirido previamente por teléfono, a fin de evitarnos tener que hacer las colas de compra en taquilla. Después de que la telefonista nos jurase y perjurase que podríamos sacarlos cómodamente en las máquinas expendedoras, y tras observar con un escalofrío la cola de dos mil quince personas que había en las mesas de información y atención al cliente, me dispongo a realizar lo que en principio iba a ser una maniobra sencilla, propia del siglo XXI.
ACCIÓN: retirar billete
PIN: 12345678
ESTE BILLETE DEBE SER RETIRADO EN TAQUILLA
¿Cómo?
Miro con pavor las taquillas, llenas de señores enfurecidos con aspecto de llevar ahí mucho rato. Me doy media vuelta, y pregunto a una mujer muy amable, que me explica que las máquinas expendedeoras sólo sirven para los billetes nacionales y que, a menos que París sea desde ayer parte de Castilla la Mancha o Extremadura, iba a tener que hacer la cola infernal como todo el mundo.
Reprimo mis instintos asesinos hacia la mujer con un poco de control mental zen-relax, y me pongo a esperar pacientemente mi turno.
Espero mi turno...
Espero mi turno...
Espero un poco más mi turno...
Espero mi turno...
Llega por fin mi número y cuál es mi sorpresa cuando veo ante mis propios ojos que el señor Renfero que se encarga de los billetes internacionales se marcha a tomar un refrigerio.
Espero a que vuelva...
Espero a que vuelva...
Espero a que vuelva...
Le pregunto a una mujer Renfera que si acaso los empleados de la empresa no trabajan sino que se dedican a vagar por la estación mientras la gente se suicida entre palmeras y chorros de vapor. Cierto es que dicha mujer acababa de sufrir serias amenazas físicas por parte de otro cliente en otra cola, y no estaba muy feliz, así que, sin mediar palabra, se pone a gritar totalmente histérica no sé qué cosas.
Yo no tendría un trabajo tan estresante en la vida.
Pasado un rato, mi número se ilumina desde otra taquilla, y corro por encima de miles de maletas y niños no vaya a ser que piensen que no lo tiene nadie y me salten. Le cuento mi periplo al taquillero y, como no debía verme ya lo bastante nerviosa y alterada, decide no sé por qué dejar lo que estaba haciendo, mirarme fijamente a los ojos, y decirme:
- Pues claro que los billetes internacionales se pueden sacar en las máquinas expendedoras, ¿quién le ha dicho que no?
Hoy tengo dos canas más.
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