El último Gran Hermano
se ha pasado de la raya,
todo resultó morralla
pues se les fue de la manos.
Halloween al final fue
una auténtica pasada:
sí, pasada...de frenada,
rayana con la cutrez;
una solemne...guarrada
y una enorme ordinariez
que también quedó empatada
con la más tonta...memez.
Los "vómitos" que caían
sobre los que nominaban
maldita gracia que hacían
a quienes los soportaban
viendo la televisión.
Sí: eran vómitos de pega
pero llamarlos así
ya te indica el pedigrí
de quien parió tal idea.
Se pasaron un montón.
De forma muy chabacana
sonaban a palangana
que tiras por el balcón
diciendo "agua va, fulana".
Penosa fue la función
que, al final de todo tuvo
menos imaginación,
que ésta ausente siempre estuvo:
siempre el mismo pasadizo
con aroma de chamizo
y siempre los mismos sustos,
adobados de mal gusto.
Ante tanto despelote
¿qué hizo Mercedes Milá?
Intentó echar un capote
y es que para eso está.
Es lógico que Mercedes
dé a todos su bendición,
y comprenderán ustedes
que busque una explicación
a lo que es inexplicable
y niegue lo que es palpable
pues...le pagan un riñón.
Pero no va a convencerme
de que tiene la razón.
(Tampoco podrá negarme
que fue un programa ramplón).














