Boris Izaguirre anuncia
que deja televisión,
y acertada es su renuncia
a su habitual profesión:
adopta tal decisión
con firmeza y con cordura
pues ve en la literatura
su auténtica vocación.
Una vocación de ley,
con todas las etiquetas
y una eficaz espoleta:
Boris Izaguirre es
finalista del Planeta.
Junto a Sardá fue la estrella
que un día en "Cronicas Marcianas
protagonizó jaranas
que dejaron mella y huella.
Jugando a exhibicionista
desde su afán transgresor,
un sólido novelista
ya se cocía en su interior.
Totalmente extravertido
en la pequeña pantalla,
Boris, el controvertido,
ahora tira la toalla.
Creador de fina pluma
(aquí no hay doble sentido).
Boris, de pronto, se suma
al clan de los elegidos,
y quiere aportar frescura,
novedad e inconformismo
al momento que, ahora mismo,
vive la literatura.
Más que como un escritor,
él se define cronista
y sueña con que el lector
no pierda nunca de vista
que aquel que se desnudaba,
de pronto, en pleno plató,
y que el morbo fomentaba,
es el mismo Boris que hoy
se embarca en el bello viaje
de darnos los personajes
que hay en su imaginación.
Discutido e indiscutible,
fomentó un día la polémica
pues vio en ella una posible
orientación...terapéutica.

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