De una manera insensata
ha vuelto a meter la pata.
Hablo de Lydia Lozano
y su apetito malsano
de, impertinente, meterse
en donde nadie la llama,
que de eso ya tiene fama,
para después esconderse
en el rincón de la lástima
que nos producen sus lágrimas
por más que su desembarco
sea meterse en nuevos charcos.
Cuando comete un tropiezo,
lo soluciona llorando,
y muchos ya están pesando
que son lágrimas de atrezo
las que suele ir derramando.
(Otros, con muy mal estilo
y con acerada puya,
ya dicen que son las suyas
lágrimas de cocodrilo
que a la audiencia traen en vilo
y así se logra más bulla).
Lo cierto es que se derrumba
cuando se le ve el plumero
y cae en el atolladero,
y hay quien teme que sucumba
cuando se siente perdida
y, con voz que es de ultratumba,
dice que se siente herida.
La última desavenencia
la tuvo Lydia con Kiko
cuando ella se fue del pico
y cometió la imprudencia
de contar su enfermedad,
algo que él le había contado
de modo muy reservado,
porque lo quería guardar
en la estricta intimidad.
Y, al final, ha resultado
que algo que estaba olvidado
-y por Kiko superado-
fue mucho más aireado.
Lydia es un poco desastre.
Su mente es cajón de sastre
y su falta de prudencia
dejó, como consecuencia,
a Kiko para el arrastre.












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