Archivos Consejos Contraproducentes: Febrero 2008

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Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia
(Umberto Eco)

 

No sé ni me importa quién ha sido la actriz más elegante en la ceremonia de entrega de los Oscar y la verdad es que me interesa bien poco quién era el diseñador del horrible vestido de Anne Hathaway.

Sin embargo, como carezco de principios, no puedo más que pararme a ver las fotos de las celebridades… y es entonces cuando me agarro un cabreo yo sola que no se lo salta un gitano. Parece que nos olvidamos del motivo de tanto despliegue de trapos. ¿Qué importa si la película era una ful de Estambul? Parece que lo que importa de verdad es si a Calista Flockhartle le hace falta un cocido o si el color del vestido de Amy Adams era el perfecto para su color de pelo y piel.

Creo que este año he superado mi propio récord viendo instantáneas de la ceremonia y, para colmo de males, sólo he podido asquearme viendo el cuasi morreo que se pegan Javier Barden y su madre: ¿Alguna vez alguien les ha hablado de lo que es el complejo de Edipo?. Hombre, por dios, que los demás también tenemos estómago…

El caso es que a mí ver ese tipo de fotos y/o revistas de belleza me hacen mucho mal. Dañan mi autoestima profundamente. Si un día salgo de casa viéndome más bonita que un San Luís y luego me veo uno de esos reportajes, cuando voy al baño y me miro en el espejo, sólo puedo ver el granazo que está a punto de salirme o comprobar que la celulitis que yo creía haber combatido, ahora se ha vuelto más evidente que nunca.

Y ya no digo nada si me veo un “Especial Culos” que de año en año saca alguna que otra revista, o me chupo un reportaje de la Pasarela Cibeles. Ipso facto me veo como una vaca polaca y tengo que comerme tres tabletas de chocolate y un litro de helado para combatir la depresión.. y claro, eso efectivo, lo que se dice efectivo, no es.

Sin embargo, las fotos que me ponen, las que me hacen sentir una tía estupenda, son las del tipo Britney Spears comiendo pollo con las pezuñas y limpiándose los dedos en un vestido de Chanel. A Sarah Jessica Parker sin maquillaje o la celulitis de Scarlett Johannson (porque tiene, que lo he visto yo). Es entonces cuando me siento humana, dichosa y maciza.

Dicho todo esto, reclamo reportajes más humanos, que alimenten mi ego (y el de más de una que me consta que es como yo). Fotos de mujeres de andar por casa. Reclamo el que semanalmente nos nutran con reportajes del tipo “Pierce Brosnan en la playa con Keely Shaye donde nos muestra orgullosa sus carnes como un cachalote en el agua” o, como el reportaje de nuestra querida Heidi en Trendencias mostrando a Katie Holmes con las tetas por la cintura.

Eso sí, pueden ahorrarse a Pilar Bardem morreando a su hijo…

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¿Qué es esto?
 

 

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No me digas que me quieres. Demuéstramelo
(Omage Jossy)

 

Tengo un novio que es más rojo que un clavel… y eso, aunque no lo parezca, me repercute muchísimo en el puñetero día de San Valentín.

Yo, sinceramente, creo que se hizo rojo para no tener que regalarme nada en el día de los enamorados. Es más, voy a atreverme a ir más lejos: creo que a los hombres se les educa para ser rojos y, de este modo, no tener que regalar nada en el día de San Valentín.

Esta teoría tiene, evidentemente, sus excepciones: aquellos tipos que mandan flores y compran regalos, suelen ser los que se han criado entre mujeres, los huérfanos de padre y los hijos de progenitores muy de derechas. No me pregunten por qué, es así y punto.

Al final, siempre es la misma historia…  no sé como me lo monto pero yo siempre le acabo escuchando la misma cantinela chirriante sobre el capitalismo, el dinero, la industria, el comercio, etc.

Y, que quieren que les diga, no me lo trago… y no me lo trago porque, entre otras cosas, cuando termina de soltarme el rollo y yo aún estoy ojiplática intentando encontrar la relación entre el pobre San Valentín y Karl Marx, el colega va y se marcha a trabajar a un banco. Sí señores, han oído bien: a un banco.

He de reconocer que siempre he tenido muy mala suerte en lo que al día de San Valentín se refiere. Siempre me han tocado los rojos que, si no lo eran, se volvían unos pocos días antes del 14 de febrero en anticonsumistas radicales, activistas ecológicos y altermundistas que, sin saber lo que era, quedaba bastante bien como excusa para no comprarme una jodida y puñetera rosa roja.

Hasta la punta de la boina estoy de escuchar lo que sigue:

- El día de San Valentín es un invento de los Centros Comerciales

- No te sorprendo el día de San Valentín porque ya te sorprendo todos los días

- Prefiero hacerte regalos otros días sin que venga a cuento

- Para mí todos los días es el día de los enamorados


¡Anda ya!, eso se lo cuentas a otra que yo ya te tengo calado. Todas esas frases estarían geniales si fuéramos un poco consecuentes con lo que decimos y, entre otras cosas, tampoco compráramos en los Centros Comerciales en Navidad, Reyes, rebajas, el día de la madre, el día del padre y el día de la madre del cordero.

Por otra parte y en lo que se refiere a las sorpresas, ¿cuántas sorpresas crees que me das el resto del año? Hummm, déjame pensar: NINGUNA.

Y sí, queda genial eso de que para ti todos los días es el día de los enamorados pero da la casualidad de que para mí, el día de los enamorados es el 14 de este mes y, tomando la cita con la que empiezo este artículo:  No me digas que me quieres. Demuéstramelo. Y si me lo demuestras con un viaje de fin de semana, con una de esas piezas de bisutería que tanto me gustan o con un ramo de flores reventón, tu testimonio tendrá más credibilidad.

Y, para finalizar, comunicaré a todos los interesados, que los ramos de flores gustan más si con ellos, la beneficiaria, consigue dar mucha envidia al resto de mujeres que la rodean.

Es decir, si le llevas un ramo de flores a casa, estará bien, pero si se lo mandas a la oficina donde todas sus compañeras puedan verlo y envidiarlo, entonces estará mucho mejor. Que a ti te parezca una horterada no es asunto suyo. A ella le gusta y punto.

Feliz Semana de los Enamorados.

 

 

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