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Novedades en la categoría Consejos Contraproducentes


diarrea-verbal-060508-01.jpgHay una cosa más terrible que la calumnia: La verdad
(Charles-Maurice Talleyrand Périgord)

 


No sé qué habré podido tomar últimamente que me ha producido, como efecto secundario, diarrea verba e incontinencia oral. Bien es verdad que nunca he sido muy de callarme las cosas aunque, bien es verdad también, que siempre me ha gustado hacer uso de la diplomacia. Pero es que de un tiempo a esta parte, carezco del talento de adornar las palabras y tengo la imperiosa necesidad de decir las cosas tal y como las pienso. Así, sin anestesia ni nada. A pelo.

Vamos, que si antes alguien sufría de halitosis y a mí me tocaba hablar con esa persona largo y tendido, podía hacérselo saber con decoro y disimulo mientras le metía en la boca un puñado de caramelitos de menta. Pero ahora, debido al terrible efecto secundario que sufro, no puedo disimular ni una décima de segundo. Según me aguanto la respiración y hago como que me abanico, le hago saber que su aliento huelo peor que la comida de tortuga.

La semana pasada tuve que hacer unas compras de urgencia y me metí en uno de esas tiendas que abren los 365 días del año (venga, vale, si insistís os diré que la tienda en cuestión era el OpenCor de la calle Fuencarral de Madrid). El caso es que nada más entrar me topé con una enorme estantería con ideas para regalar en el Día de la Madre...

Cual fue mi sobresalto al comprobar que entre tanta horterada tipo cojines en forma de corazón, estuches de maquillajes, aparatos de electromusculación para elevar glúteos y reducir tripa, bisutería barata y CD's de Eros Ramazzotti, no se hallaba ni un solo libro. Creerme, ni uno solo. Es que ni por error.

Mi problema es que se me ha dotado, entre otras cosas, de una muy buena memoria y, recordé, que para el Día del Padre, esas misma estantería se había llenado de máquinas de afeitar, radios despertadores y libros. Muchos libros.

No pude más que sacar a la feminista que llevo dentro (y que, todo hay que decirlo, suelo tener oculta) y mientras echaba espuma por la boca, maldecía en arameo y ante la mirada estupefacta del dependiente de metro y medio que le tocó soportarme, exigí hablar con el encargado... Y ya puestos, con el encargado del encargado.

Parece ser que, para el encargado de tres al cuarto, a nosotras, mujeres, madres y no madres, lo que más nos gusta hacer en nuestro tiempo libre es abrazar cojines de rayón, enchufarnos a la gimnasia pasiva mientras escuchamos al llorica de Eros Ramazzotti y nos pintamos las sombras de azul celeste. Valiente imbécil.

Daros por defendidas. Porque después de soltar todo tipo de improperios le hice saber que si no añadía un solo libro en la estantería (tal y como hizo para el día del padre) íbamos a salir en los papeles.

Al día siguiente tuve que ir para comprobarlo. Podéis estar tranquilas, nuestro honor está a salvo. No eran muchos los libros que el imbécil había ordenado poner, pero menos daba una piedra. Súper Kiku, defensora de los derechos humanos, había hecho su buena acción. Por el rabillo del ojo pude comprobar como el encargado no me quitaba ojo, creo que con cara de "pobrecilla, está loca" pero esa noche dormí como una bendita.

Pero ése es sólo un pequeño ejemplo. Mi necesidad de decir lo que pienso y de aderezarlo con palabras malsonantes,  ha ido mucho más allá.

Si antes alguien se atrevía a comentarme que tenía mala cara, corriendo me iba al baño e intentaba solucionarlo. Pero ahora, soy otra, y el destino hizo que la misma petarda de siempre se cruzara en mi camino para volver a decirme que no tenía yo mi mejor fisonomía. Como dios me quedé cuando le solté algo sobre su analfabetismo incurable y que hiciera el favor de comerme el miembro viril que desgraciadamente no tenía.

Decir palabrotas es una gran terapia. Os lo recomiendo con vehemencia... Según echo un sapo y una culebra por la boca, siento que me quito tres kilos de encima y que soy invencible y todopoderosa. Tenemos una lengua rica en lo que a tacos se refiere ¡hagamos uso de ésta riqueza lingüística!.

Hoy, que visto un precioso vestido globo de Lurdes Bergada, alguien ha tenido a bien el decirme que era raro y de harapienta. Craso error. Haciendo uso de mi riqueza lingüística malsonante y gracias a su comentario desacertado,  por fin he podido decir absolutamente todo lo que pienso de ella, empezando por reconocer que fui yo y solamente yo, la que le bauticé con el apodo de "Repu la cerda".

Está feo decirlo, pero cuando ha roto a llorar, sólo he podido sonreír de medio lado y encenderme un cigarrillo. Hay placeres que no se pagan con dinero.

En fin... que voy a darme una vuelta por el blog de Sheila Morataya, a ver si se me pega algo de bondad...

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¿Qué es esto?
 

arriba-el-antiglamour-270208-01.jpe

Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia
(Umberto Eco)

 

No sé ni me importa quién ha sido la actriz más elegante en la ceremonia de entrega de los Oscar y la verdad es que me interesa bien poco quién era el diseñador del horrible vestido de Anne Hathaway.

Sin embargo, como carezco de principios, no puedo más que pararme a ver las fotos de las celebridades… y es entonces cuando me agarro un cabreo yo sola que no se lo salta un gitano. Parece que nos olvidamos del motivo de tanto despliegue de trapos. ¿Qué importa si la película era una ful de Estambul? Parece que lo que importa de verdad es si a Calista Flockhartle le hace falta un cocido o si el color del vestido de Amy Adams era el perfecto para su color de pelo y piel.

Creo que este año he superado mi propio récord viendo instantáneas de la ceremonia y, para colmo de males, sólo he podido asquearme viendo el cuasi morreo que se pegan Javier Barden y su madre: ¿Alguna vez alguien les ha hablado de lo que es el complejo de Edipo?. Hombre, por dios, que los demás también tenemos estómago…

El caso es que a mí ver ese tipo de fotos y/o revistas de belleza me hacen mucho mal. Dañan mi autoestima profundamente. Si un día salgo de casa viéndome más bonita que un San Luís y luego me veo uno de esos reportajes, cuando voy al baño y me miro en el espejo, sólo puedo ver el granazo que está a punto de salirme o comprobar que la celulitis que yo creía haber combatido, ahora se ha vuelto más evidente que nunca.

Y ya no digo nada si me veo un “Especial Culos” que de año en año saca alguna que otra revista, o me chupo un reportaje de la Pasarela Cibeles. Ipso facto me veo como una vaca polaca y tengo que comerme tres tabletas de chocolate y un litro de helado para combatir la depresión.. y claro, eso efectivo, lo que se dice efectivo, no es.

Sin embargo, las fotos que me ponen, las que me hacen sentir una tía estupenda, son las del tipo Britney Spears comiendo pollo con las pezuñas y limpiándose los dedos en un vestido de Chanel. A Sarah Jessica Parker sin maquillaje o la celulitis de Scarlett Johannson (porque tiene, que lo he visto yo). Es entonces cuando me siento humana, dichosa y maciza.

Dicho todo esto, reclamo reportajes más humanos, que alimenten mi ego (y el de más de una que me consta que es como yo). Fotos de mujeres de andar por casa. Reclamo el que semanalmente nos nutran con reportajes del tipo “Pierce Brosnan en la playa con Keely Shaye donde nos muestra orgullosa sus carnes como un cachalote en el agua” o, como el reportaje de nuestra querida Heidi en Trendencias mostrando a Katie Holmes con las tetas por la cintura.

Eso sí, pueden ahorrarse a Pilar Bardem morreando a su hijo…

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¿Qué es esto?
 

 

san-valetin-y-los-topicazos-110208-01.jpg

No me digas que me quieres. Demuéstramelo
(Omage Jossy)

 

Tengo un novio que es más rojo que un clavel… y eso, aunque no lo parezca, me repercute muchísimo en el puñetero día de San Valentín.

Yo, sinceramente, creo que se hizo rojo para no tener que regalarme nada en el día de los enamorados. Es más, voy a atreverme a ir más lejos: creo que a los hombres se les educa para ser rojos y, de este modo, no tener que regalar nada en el día de San Valentín.

Esta teoría tiene, evidentemente, sus excepciones: aquellos tipos que mandan flores y compran regalos, suelen ser los que se han criado entre mujeres, los huérfanos de padre y los hijos de progenitores muy de derechas. No me pregunten por qué, es así y punto.

Al final, siempre es la misma historia…  no sé como me lo monto pero yo siempre le acabo escuchando la misma cantinela chirriante sobre el capitalismo, el dinero, la industria, el comercio, etc.

Y, que quieren que les diga, no me lo trago… y no me lo trago porque, entre otras cosas, cuando termina de soltarme el rollo y yo aún estoy ojiplática intentando encontrar la relación entre el pobre San Valentín y Karl Marx, el colega va y se marcha a trabajar a un banco. Sí señores, han oído bien: a un banco.

He de reconocer que siempre he tenido muy mala suerte en lo que al día de San Valentín se refiere. Siempre me han tocado los rojos que, si no lo eran, se volvían unos pocos días antes del 14 de febrero en anticonsumistas radicales, activistas ecológicos y altermundistas que, sin saber lo que era, quedaba bastante bien como excusa para no comprarme una jodida y puñetera rosa roja.

Hasta la punta de la boina estoy de escuchar lo que sigue:

- El día de San Valentín es un invento de los Centros Comerciales

- No te sorprendo el día de San Valentín porque ya te sorprendo todos los días

- Prefiero hacerte regalos otros días sin que venga a cuento

- Para mí todos los días es el día de los enamorados


¡Anda ya!, eso se lo cuentas a otra que yo ya te tengo calado. Todas esas frases estarían geniales si fuéramos un poco consecuentes con lo que decimos y, entre otras cosas, tampoco compráramos en los Centros Comerciales en Navidad, Reyes, rebajas, el día de la madre, el día del padre y el día de la madre del cordero.

Por otra parte y en lo que se refiere a las sorpresas, ¿cuántas sorpresas crees que me das el resto del año? Hummm, déjame pensar: NINGUNA.

Y sí, queda genial eso de que para ti todos los días es el día de los enamorados pero da la casualidad de que para mí, el día de los enamorados es el 14 de este mes y, tomando la cita con la que empiezo este artículo:  No me digas que me quieres. Demuéstramelo. Y si me lo demuestras con un viaje de fin de semana, con una de esas piezas de bisutería que tanto me gustan o con un ramo de flores reventón, tu testimonio tendrá más credibilidad.

Y, para finalizar, comunicaré a todos los interesados, que los ramos de flores gustan más si con ellos, la beneficiaria, consigue dar mucha envidia al resto de mujeres que la rodean.

Es decir, si le llevas un ramo de flores a casa, estará bien, pero si se lo mandas a la oficina donde todas sus compañeras puedan verlo y envidiarlo, entonces estará mucho mejor. Que a ti te parezca una horterada no es asunto suyo. A ella le gusta y punto.

Feliz Semana de los Enamorados.

 

 

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¿Qué es esto?
 

todos-tenemos-un-precio.jpg

Todo hombre tiene su precio, lo que hace falta es saber cual es
(Joseph Fouché)


Feministas, lesbianas activistas, moralistas coñazo, predicadores, catequistas, defensores de los derechos humanos, reformadores y/o todo aquel propenso al escándalo: dejad de leer aquí. Éste es un artículo escrito en forma de opinión personal y como siempre, caricaturizado y satirizado. La gente con tendencia a echarse las manos a la cabeza, mejor que deje de leer ahora y evitaremos comentarios desagradables.

A los amantes de la sátira, pasen y lean.

Hace unos días, en una cena que organizó una amiga, una de sus invitadas (una chica a la que yo sólo conocía de tan sólo dos o tres ocasiones), nos contó algo… y lo hizo llena de lágrimas. Ése “algo” que nos relató, me ha tenido reflexiva este fin de semana.

La amiga de mi amiga es una persona muy formada, habla perfectamente cuatro idiomas, tiene una ingeniería y es, cuanto menos, inteligente. Esta chica trabaja en una multinacional norteamericana…y a ésta chica su jefe, le ha hecho una proposición deshonesta. Resumiendo: el Director General de la empresa donde trabaja, le propuso que a cambio de favores sexuales, ella sería ascendida de forma automática y le daría unas condiciones laborales y un suelo con el que ahora no cuenta ni por asomo.

Esta chica contestó que, por supuesto, no iba a acceder a tal vejación. Se va a despedir de la empresa y pretende tomar medidas legales. Intentará demostrar lo indemostrable y quiere dejarse el pellejo en hundir a ese maldito cabrón. Ésta chica, no para de llorar y tiene un disgusto que no se lo salta un gitano.

La verdad es que la veía llorar y se me partía el corazón. Pero que conste que, sintiéndolo mucho por ella, yo, desde aquí, quiero hacer un llamamiento a ese señor y también al Presidente y Director General de mi empresa:

¡YO QUIERO TENER UN JEFE ASÍ!

Sí, yo quiero un jefe así, de hecho ahora mismo es lo que más deseo. No puedo dejar de pensar en ello. ¡Yo le cambio mi jefe por ese Director General a la voz de ya!.

Si me pongo a analizar, me doy cuenta de que el día que menos trabajo, hago 9 horas. Lo normal es que me tenga que comer un sandwich o una ensalada en mi puesto de trabajo. Lo más normal es que no pueda bajar a la calle a tomar un café y, el día que lo hago, mi móvil no deja de sonar. Lo normal es que haga 12 horas diarias y, os aseguro que como siga mucho tiempo así, yo acabo con camisa de fuerza y unas gafas de culo de botella de dejarme los ojos frente al ordenador.

Tengo un trabajo en el que mi teléfono no para de sonar (¿sabéis lo que estresa eso?). Me entran una media de ochenta e-mails diarios que debo dejar contestados. Mientras, suelo tener una reunión cada dos días de mínimo cuatro horas en las que me suelen caer marrones por doquier que me fastidian el planning hecho. Por otra parte, he de hacer viajes relámpagos que me consumen cada vez más (viajes que me hacen estar pringada todas las horas del día salvo en las que estoy durmiendo que, todo hay que decirlo, suelen ser muy pocas).

Hago una media de 25 horas extras al mes que, por supuesto, no me pagan. Mi sueldo es bastante miserable y tengo más responsabilidades y disgustos de los que debería. Eso sin contar que las vacaciones las cojo cuando lo decide mi jefe, que mi despacho da a un patio interior lleno de ruidos y que si caigo enferma, igualmente tengo que sacar el trabajo.

Y digo yo…: ¿todo eso puedo solucionarlo con una mamada felación?. Por favor, lo SUPLICO, que alguien me diga cómo, cuándo y dónde he de hacerlo. Chupo y hago lo que sea necesario. No quiero perder esa grandísima oportunidad de oro a cambio de un ascenso, mejores condiciones y, por descontado, más dinero.

Por favor, Presidente y Director General de mi empresa, escúchenme bien: hay un señor de una multinacional norteamericana que hace proposiciones muy interesantes y que nada tienen que ver con las tonterías que ofrecen ustedes tipo “apartamentos de verano o clases de idiomas”, ésas ofertas se las pueden meter ustedes por donde les quepa, a mí me interesa infinitamente más lo que ofrece el otro señor.

Yo hago el favorcito una y tres veces, no me importa, de hecho prometo poner todo el interés y buen hacer que pongo a diario en este trabajo. Supongo que por mucho que tenga que chupar y por muy lento que sea, va a ser imposible que me tire las 12 horas que de media echo aquí.

También pueden sodomizarme como hacen ahora, pero háganlo de forma literal. ¿O les parece qué no es suficiente forma de dar por el culo sodomizar el domingo que me llaman mientras estoy en el cine, la llamada urgente de las once de la noche de un lunes o el viaje que me ponen cuando yo ya tenía un fin de semana planeado?

Por favor, háganlo literalmente y, a cambio, dejen que me vaya de vacaciones cuando quiera, pueda salir a mi hora y desconectar los fines de semana con un sueldo digno.

¿Por abrirme de piernas un rato van a darme mi merecido ascenso?. Ok, perfecto, acepto el trato. Abro lo que haga falta y hasta les hago las piruetas de El Circo del Sol. Tanto ustedes como yo, nos vamos a ahorrar un montón de trámites y problemas. Cuándo ustedes me digan, quedamos para los frotamientos y para firmar mi nuevo contrato. Si tengo que esperar a que me lo den por mis propios méritos, puedo morirme del asco; así que hagámoslo por el camino fácil: follando haciendo el amor. A mí me parece una idea estupenda.

¿Ustedes consideran que tengo un sueldo digno?. Si tenemos en cuenta que paso tanto tiempo trabajando que no me queda tiempo a gastar dinero, entonces sí. Pero si por una mamadita felación a mí me triplican el sueldo, les aseguro que va a ser la mejor que les hayan hecho en la vida. Ya me encargaré yo de gastar mi dinero en psicólogos si hace falta, ustedes no se preocupen por eso.

A mí me parece que tal intercambio de favores es un trámite estupendo y lo tomo como un camino rápido y fácil: una forma de atajar. Yo ya sé cuanto valgo y si yo no pongo en duda mis cualidades e inteligencia para desarrollar un trabajo con un buen cargo y un buen sueldo, que nadie lo haga por mí… y si alguien lo pone en duda, a mi plim, ya me encargaré yo de demostrar mi valía profesional.

Medítenlo, piensen que no todas están dispuestas a esto, y porque dentro de unos años dejaré de ser atractiva y ya me habré cansado de demostrarles, durante doce horas, cinco días a la semana, todo lo que valgo. Si no lo hacen ustedes, tendré que echar mi currículo en una multinacional norteamericana y cruzar los dedos para que me acepten: o arrodillarme y hacer de tripas corazón.

Ya saben donde estoy: al fondo a la derecha, en el despacho interior de la cuarta planta. Espero impaciente sus proposiciones deshonestas.

A sus pies.

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¿Qué es esto?
 

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Lo que hay de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de desagradar
(Charles Baudelaire)


Es una línea muy delgada la que separa la elegancia del mal gusto. Y esta línea, en Navidad, se atraviesa con mucha facilidad.

Todos los años, por estas fechas, acabo traumatizada por lo mismo de siempre: por las miles de personas que se van a la Plaza Mayor de Madrid a comprarse pelucas.

Señores, por dios, ¿qué tiene de navideño ponerse una peluca?. ¿Tiene algo que ver con el niño Jesús? ¿con los Reyes Magos? ¿con Papa Noel, quizá?.

Algo se me escapa, y muy probablemente sea el sentido del humor que hay que tener para caminar por la calle hecha una payasa. Y sí, efectivamente tengo muy acusado el sentido del ridículo.

Familias enteras se pasean customizadas por el centro de Madrid convirtiendo sus calles en la Freak Parade. Y yo, cada vez que me cruzo con una peluca, un sudor frío me recorre la espalda y un instinto asesino se apodera de mí.

¿Acaso es tan difícil no ser grotesco?

Desde aquí, solicito al Alcalde que exija a los puestos tradicionales de la Plaza Mayor a vender única y exclusivamente belenes, figuritas, luces de navidad, abetos, pinos, villancicos, etc…. Estoy segura de que, entre todos, podemos hacer una ciudad mejor.

Supongo que este trauma tiene mucho que ver con el que mi padre, por estas fechas y cuando contaba yo con la bonita edad del pavo, me fuera a buscar al colegio con un gorro de Papa Nöel. Yo corrí como una desaforada; pero en dirección contraría.

Y cambiando de tercio pero sin irme demasiado del tema, os hablaré de algo más: el espumillón.

Yo oigo la palabra espumillón y me viene automáticamente a la cabeza Chencho, al que seguro que recordáis de la película de La gran familia. Chencho, aquel niño de apenas 2 años, allá por los años 60, se pierde el día de Navidad entre la multitud de la Plaza Mayor mientras que el abuelo –el maravilloso actor Pepe Isbert- le buscaba desesperadamente llamándole con su voz enronquecida — "¡Chencho!, hijo mío, ¿dónde estás? ¡Chencho!...".

Es una extraña asociación de ideas: Espumillón igual a Chencho.

Y no es que esté en contra del espumillón, nada más lejos, lo que me horroriza es el mal uso de éste.

El pasado puente de diciembre, mientras nosotros decorábamos nuestro árbol de navidad (sin espumillón y superando traumas), mi amiga Maite me llamó desconsolada: había discutido enérgicamente con su pareja.

¿Qué creéis que ocurrió?

Pues que él quiso poner espumillón alrededor de los cuadros. Valiente hortera.

Por supuesto, le aconsejé que por ahí no pasara, por el espumillón en los cuadros, no. ¡Nunca!.

¿Acaso hay algo peor que eso?

 

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¿Qué es esto?
 

 

los-ex-tercera-071107-01.jpg

Un millón de palabras no te traerían de vuelta, lo sé, lo sé porque lo intenté.
Tampoco un millón de lágrimas, lo sé, porque las lloré...

 


Y hoy, la tercera y última tanda sobre los ex. Espero que os haya servido de ayuda o al menos, que hayáis pasado un rato entretenido. Espero, igualmente, que hayáis aprendido que el ex perfecto no existe y que es mejor obviar a esa persona con la que un día se compartieron fluidos, tiempo, dinero, casa, coche, perro y televisor.

El ex novio, novio de tu amiga: Fue tu novio durante un tiempo y de pronto, por esos avatares del destino (o porque ya no te aguantaba más), acabó siendo el novio de tu amiga. Hay que ser fuerte para soportar este tipo de ex, se puede caer en la trampa de preguntarse a diario qué tiene tu amiga que no tengas tú. Lo primero que hay que pararse a pensar es si ella es una amiga de las buenas o una simple conocida que te trae al fresco. En el primer caso, más vale que aceptes pronto la relación porque si no, acabarás haciendo doblete y tendrás a un ex novio y a una ex amiga. Por una cuestión de salud mental, hay que olvidar que una vez tuviste contacto físico con él, de lo contrario, correrás el riesgo de quedarte idiotizada de por vida. En reuniones y cenas, evita hablar todo lo que puedas, porque si eres como yo y perteneces a esa especie que tiene la boca como la de un buzón, creerás que todo lo que dices tiene doble sentido. Como cada vez que os veis, tus nervios te traicionan y no dejas de hacer el memo ni un solo instante, a nadie le sorprende que ya no esté contigo y esté con ella… Resumiendo: este ex no debería de existir ya que puede acabar con los nervios de cualquier persona. Demasiado estresante para soportarlo de por vida.

El ex laboral: ¡Qué malo es tener un ex que trabaja contigo, qué malo!, otro para mandar a la hoguera y otro que debería estar totalmente prohibido. A este no te lo quitas de encima ni con agua caliente. Estás condenada a sufrirle hasta que uno de los dos cambie de empleo (y tal y como están las cosas, cualquiera deja un trabajo así como así). No puedes engañarle diciendo que no puedes quedar porque tienes una reunión (una sola llamada de teléfono y sabrá que es falso), no puedes utilizar como excusa para no verle que estás de trabajo hasta las cejas, porque lo más seguro es que se pase por tu despacho y te pille ojeando el Elle… no puedes utilizar ninguna excusa laboral (que siempre son perfectas) porque lo más probable es que te pille… Lo peor de tener un ex así es que te toca verle en todo momento. Cuando estabais juntos os encontrabais en el ascensor y saltaban chispas, ahora, si coincidís (porque ya te cuidas muy mucho de que no sea así), decides que mejor te subes dieciocho pisos a patita por eso de que quien mueve las piernas, mueve el corazón. Solución: ignorar que un día tuviste algo con esta persona y someterte a un lavado de cerebro que te permita olvidar que mantuvisteis una relación. Ya sabes eso de “donde tengas la olla no metas la…”


El ex legal*: No es que sea un ex legal porque sea muy buena persona, es que la ley dice que es tu ex… si lo dijo un juez, no vas a ser tú el que lo ponga en duda. Un divorcio no tiene por qué ser algo traumático si mandas a tu ex a tomar viento y con un poco de suerte no le vuelves a ver. Los traumas vienen cuando algo te sigue encadenándote a él o ella. No hay que olvidar en ningún caso que esa persona te hizo perder el tiempo de una forma excepcional y se quedó con tus mejores años. Sí, vale, que también hubo momentos mágicos donde los dos os sentíais andar por las nubes: pero se os picaron las muelas de tanta dulzura y eso terminó. Si os andáis quejando que de que tu ex marido o tu ex mujer os siguen amargando la vida, es hora de arrancar de raíz a ese cáncer. Desaparece de su vida, sácalo del mapa, conciénciate de que se acabó y manda tejer un felpudo en el que ponga “Capri c'est fini”. Comienza tu nueva vida nueva sin esa persona y disfruta del no tener que rendir cuentas a nadie. Olvídate de todas esas tonterías que llevas escuchando toda la vida de paz, cordialidad, educación y buenos modales. Vete al mejor bufete de abogados y sal del juzgado cantando a voz en grito esa terrible canción de Pimpinela que tanto juego puede dar: “Vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta […] Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios, que no te desean […] Vete, olvida que existo, que me conociste y no te sorprendas…”. Prepárate para todo y ármate de valor: ¿qué a tu ex le da por ir a bares de alterne y gastarse todo el dinero en el Casino Gran Madrid? ¿qué se gasta un pastizal en un deportivo descapotable y biplaza? Pues bravo por él, al fin y al cabo nunca dejaste de fastidiarle hasta convencerle en comprar el maldito monovolumen. No hagas mala sangre de eso, tú puedes dedicarte a inyectarte botox por todo tu cuerpo y a dormir desnuda sin el miedo de que ese asqueroso barrigón te ponga la mano encima. Si por el contrario, a ti te da por hacer turismo sexual en Cuba y tirarte a todo lo que tenga nuez, pues ¡ole, ole y ole!… pero nunca, en ningún caso, compartas tus nuevas aficiones con tu ex, ni las entenderá, ni las querrá saber: no puede existir amistad entre dos persona que primero se enamoraron, luego se alimentaron de pasión, más tarde firmaron una hipoteca, luego un matrimonio y por último, dejaron de quererse para después pasar a desearse poco menos que la muerte.


(*)Estos consejos no son aplicables si el matrimonio tiene hijos, ahí ni me meto que son palabras mayores.

 

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¿Qué es esto?
 
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Los amores son como los niños recien nacidos; hasta que lloran, no se sabe si viven

(Jacinto Benavente)

 

 

Y lo prometido es deuda… Hoy, la segunda parte de los ex.

La ex por antonomasia: Esta es la que más fastidia, mucho más que “La ex incómoda”. La otra, al fin y al cabo, le plantó tu chico, pero aquí fue ella la que se bajó del carro… y claro, cada vez que se la menciona, a ti se te ponen los pelos como escarpias. Nunca has visto su foto y no te puedes comparar. Nunca os habéis encontrado estando juntos pero él, se la encuentra hasta en la sopa. Es con la que siempre tendrás la duda de si quedará algún resquicio de amor hacia ella y, aunque a él le duela la boca de decirte que tú eres su gran amor, cada vez que la menciona se te da la vuelta el estómago. Cuando crees que lo tienes superado y que ya no sale a flote su nombre, un día va y te viene con un: “Amor, ¿sabes quién me ha llamado hoy?”, “no cariño ¿a quién?...”, “¡a Marta!”, “¿Qué Marta?, “¡Marta mi ex!” y va y te cuenta que “la pobre” lo está pasando fatal porque en el trabajo no está contenta y quiere que tu chico la recomiende a alguno de sus contactos… Y tú haces de tripas corazón y mientras sueltas un “Vaya, hoy en día nadie está conforme con su puesto de trabajo”, en realidad estás recitando en tu interior un sin fin de insultos. Sin duda, este espécimen debería de estar prohibida.


El ex de la vergüenza: Es ese que aún te preguntas que tipo de trauma estabas pasando por esa época para haber estado con semejante ejemplar. Te has deshecho de todas sus fotos, pero no porque no hayas podido superar que ya no tengas nada con él, sino por la vergüenza ajena que sientes. El pobre es más feo que mandar a tu abuela a por drogas y si por casualidad tu actual pareja se entera de que tuviste algo que ver con él, lo más bonito que te dice es algo así como “cariño, estuviste con ese tipo antes de operarte de la vista, ¿no?” mientras se troncha de la risa. Es (y verás la de topicazos que voy a tener que escuchar por decir esto) el típico que si no te hubiera hecho ni caso, ahora estarías llorando de rincón en rincón por su amor, pero como te tuvo en palmitas y te consintió todo (impertinencias, insolencias, paranoias…) pues decidiste que mejor pasabas de él. Esta especie puede sufrir mucho por ti, así que por su propio bien, mejor mantenerse a varios kilómetros de distancia.


El ex que escuece: Cuando le ves es como si te abriera en canal y te echaran pimentón dentro. Mejor no saber de él, mejor no verlo, mejor que nadie te diga nada de él. Que a nadie se le ocurra decir que está con tal o cual persona porque sabes que no lo vas a digerir bien. Al que en su momento le deseaste la muerte y que ahora, superando traumas, te conformas con que sufra una gonorrea y/o sífilis, que se quede ciego de un ojo y que el otro no lo pueda cerrar nunca, que se quede cojo y le salgan pústulas por toda la cara y ampollas sangrantes, que se quede calvo a trozos y que tenga un pitido permanente en los dos oídos. Es el que todo lo relacionado con él te va a salir mal y que si te le encuentras por casualidad (porque tuvo la brillante idea de quedarse a vivir en tu mismo barrio) te pilla en ese domingo en el que has bajado a la tienda de los chinos a comprar sin peinar… y sin pintar… y con la marca del cojín en la cara, más sola que un ajo y maldiciendo en alto porque acabas de pisar la caca de un perro que aún estaba caliente… y te topas con él, que está radiante, estupendo, con aire de triunfador y te suelta, con una risita malévola, que se te ve estupenda… Esta especie es venenosa y mortal. Habría que aniquilarla.

Y de nuevo, esto es todo por hoy, espero que hayan disfrutado. Mañana la tercera y última entrega con cuatro nuevos tipos de ex. ¡Búsquenla en “Pastelitos Envenenados”!.
 

 

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¿Qué es esto?
 

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 Soportaría gustosa una docena más de desencantos amorosos, si ello me ayudara a perder un par de kilos
(Sidonie Gabrielle Claudine Colette)

¿Quién no tiene un ex en su vida? Seguro que quien más y quien menos, tiene alguno guardado en el fondo de su corazón… y de su teléfono móvil.

Nuestros amigos tienen ex, nuestros compañeros de trabajo tienen ex y salvo mi madre y padre (que no cuentan porque son de otra generación), tiene a un ex guardado en la manga.

Que conste que sobre este tema puedo hablar con conocimiento de causa, porque no tendré un yate atracado en una isla del caribe, pero desde luego, lo que sí que tengo son ex. Los tengo para dar y regalar, de todos los tipos, colores y formas; grandes, pequeños y medianos; tarados, cuerdos y temerarios; los tengo lunáticos, responsables y perturbados; enamorados y desesperados, los tengo maduros y verdecitos. Tengo información suficiente como para hacer una tesis doctoral en lugar de un artículo de blog.

Y con la sana intención de volver a sentar cátedra, en mi no modesta opinión, creo que los ex sólo sirven para incordiar. Por mucho que intenten convencerme de que se puede llegar a  tener una relación cordial y de amistad con ellos, que es lo adecuado y recomendable entre gente adulta, yo creo que se ha de hacer justo todo lo contrario: lo sano y adecuado para la salud mental de todos nosotros, los ex deberíamos de desaparecer y marcharse con tanta paz como la que se deja.

Sí, ya sé que muchos de vosotros os lleváis estupendamente con vuestras ex parejas, pero a mí eso no me vale… Yo también me llevo bien con algunos de mis ex y os aseguro que sus parejas están deseando que me pase una apisonadora por encima. No hace falta que nadie me diga, que no soy precisamente querida por ellas.

Dicho todo esto, voy a pasar a mencionaros, en esta primera parte del artículo, unos cuantos tipos de ex. Seguro que hasta les ponéis poner nombre y apellido.


El ex llorón depresivo: Es el que se encarga de recordarte día tras día que le has fastidiado la vida y que eres una hija de mala madre. Es el que te hace sentir culpable y te repite, una y otra vez, que nunca podrá superar la ruptura. De vez en cuando (gracias a su ya elaborado plan en hacerte sentir mal) consigue que te vayas a la cama con un gra remordimiento de conciencia, pensando en que verdaderamente le has destrozado y que no mereces vivir por haber sido tan mala y cruel. Sabes que te maldice en sus oraciones y que aunque le sorprendas con un matasuegras, guirnalda al cuello y bailando el chá chá chá como un desaforado, te dirá que en realidad no lo está pasando nada bien y cambiará automáticamente su cara a la de cordero degollado. Este tipo es muy dado a soltar lagrimitas y en cuanto te despistas y te pones cariñosa queriéndole decir “ya pasó, ya pasó…”, él ya te está metiendo la mano por debajo de la falda.


La ex incómoda: Es la ex novia de tu pareja, es esa maldita que nunca termina de echarse novio. La que se empeña en invitar a tu pareja a comer, a cenar, a desayunar… la que llama a horas intempestivas para decir “¡Fulanito!, no puedes ni imaginarte por dónde estoy: ¡en ese pueblecito tan mono al que me trajiste por sorpresa!, ¡no sabes cuanto me estoy acordando de ti… bueno… de nosotros!” (y yo de todos tus muertos, piensas). Es la que fue abandonada por él y nunca terminará de aceptarlo. La que de vez en cuando le lloriquea y le manda, despechada, un montón de fotos porque ella ya no las quiere tener… Y sabes que no te llega ni a la suela del zapato, pero te revuelve el estómago cada vez que se pone en contacto con él.
 

El ex peligroso: Es el que pone en peligro cualquier relación que tengas (por muy asentada que esté) porque sabes que él + copas + tonteo es = a acabar rememorando viejos tiempos en el catre. El que hizo contigo lo que quiso y el que sabe que aún puede hacerlo. Es el que más vale que no te ponga un dedo encima porque, aunque estés a un solo día de tu boda, como te toque, se te va a poner el culo en pompa y vas a tardar medio segundo en restregarte por su pierna. Es con el que aprendiste que es lo que NO quieres en una relación pero que sabes a ciencia cierta, que no tendrás otra relación con el que tengas mejor sexo. A esta especie hay que mantenerla lejos, muy lejos, es un bicho peligroso porque puede arruinar todo con sólo tocarte.

Y por hoy, esto es todo. En breve, la segunda entrega con nuevos tipos de ex. ¡No te los pierdas!.

 

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¿Qué es esto?
 

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De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes
(Jules Renard)


La mentira es humana y la piadosa, necesaria.
 
Con esta frase comienzo este artículo, este blog y con ella pretendo sentar cátedra.
 
Soy de la opinión que las parejas no deben de contárselo todo. Bien es verdad que la confianza y sinceridad son pilares básicos en una relación pero, creo sinceramente, que contarlo TODO a nuestra pareja o a un proyecto de ella, no es absolutamente necesario. Más bien todo lo contrario…
 
El tiempo, la convivencia y la confianza, nos harán rectificar o sincerarnos si el tiempo, y nosotros, lo creemos oportuno.
 
Pero ojo, que nadie se equivoque, mi intención no es invitaros a mentir, sólo os induzco a endulzar una verdad que necesariamente no debe saberse con total exactitud. O lo que es lo mismo: (venga, vale) mentir.

Y para ejemplo, un botón: Pongámonos en situación. Imaginemos que salimos con alguien, que esa persona nos gusta, que ha pasado el filtro de las primeras citas y que tienes la sana intención de volver a verle todo el tiempo que haga falta. De hecho, te sorprendes a ti misma queriendo pasar los fines de semana junto a él y porque, el otro día y sin darte cuenta, te pescaste haciendo limpieza en tu armario por si un día le da por dejar algo de ropa en tu casa.

Supón, también, que habéis salido a cenar, que la última copa la tomáis en casa, que os sentís pletóricos, encandilados e incluso enamorados y que, después de una velada llena de confesiones, donde os habéis contado vuestras inquietudes, miedos y hasta os habéis dado los nombres de vuestras primas lejanas, él a la luz de una vela, algo embriagado por todo el vino que habéis tomado, se atreve a preguntarte:

- ¿Con cuántos hombres te has acostado?

WARNING! ¡Es una pregunta trampa!, ¡no la respondas o al menos no lo hagas antes de haber meditado bien tu respuesta!. Recuerda que puedes guardar silencio, que cualquier cosa que digas puede ser utilizada en tu contra y que tienes derecho a un abogado y a tenerlo presente en el interrogatorio… Aunque, evidentemente, no es momento para llamar a ningún letrado y que se pase el resto de la noche con vosotros.

Por nada del mundo se te ocurra poner la mirada perdida mientras cuentas con los dedos y en voz baja: “sesenta y cuatro, sesenta y cinco, sesenta y seis…” mientras él te mira ojiplático.

Distrae su atención, simula un ataque de tos, derrámate la cera de la vela por el cuerpo, saca el perfumador de tu bolso y échate colonia en los ojos, incluso grita ¡fuego, fuego!. Haz cualquier cosa pero no digas, bajo ningún concepto, la verdad: ¿quién dijo que la omisión de la información era mentir?, seguramente un tipo con una novia inteligente que se negó a confesar que se había beneficiado hasta a el apuntador.

Piénsalo, digas lo que digas nunca debes darle la respuesta correcta porque ni él mismo sabe lo que quiere escuchar. Imagina que son 72 (que buena cifra, chica, tú sí que sabes pasarlo bien), pues, seguramente, le va a parecer algo desorbitado; pero igualmente si le dices 54, 31 ó 12. Cualquier número le parecerá que son demasiados. Además, te arriesgas a tener un número mayor al de él y eso, digan lo digan y por muy en el siglo XXI que estemos, no es tu mejor carta de presentación.

Si, por el contrario, dices “contigo sumáis dos”. ¿Dos? Pues ese número tampoco le gustará nada. Creerá que era demasiado inexperta y casta.

Y si, por un casual, se te ocurre decir “uy, tendría que contarlos, nunca me he puesto a ello”, pensará que son tantos que el resultado de la operación es igual a incalculable.

Todas sabemos que en algún momento de tu vida, antes o después, te has puesto con tu querida amiga, un lápiz, un papel y unas cuantas risas a anotar con cuantas se ha acostado cada una. A algunas de vosotras os saldrán nombres como “el fotógrafo”, “el del bar de los mojitos” o “Federico/Fernando/Felipe” porque eres incapaz de recordar como se llamaba. Pero no te preocupes, no serás ni la primera ni a la última a la que le pase eso. Ese tipo de despistes y confesiones déjalas para ti y para tu amiga, pero en ningún caso y bajo ningún concepto, lo compartas con él. ¿Para qué?.

También puedes hacer oído sordos a su pregunta, morderle el lóbulo de la oreja y poniéndote mimosa decirle: “miéntame Pinocho, miénteme”. Si tiene dos dedos de frente y la picardía que ti te sobra, sabrá que quieres añadirle a lista de los que tienen nombre, apellido y talla.

 

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