Archivos Confesiones Pecaminosas: Noviembre 2007

envidia-cochina-podrida-181107-01.jpg

Si hubiera un solo hombre inmortal, sería asesinado por los envidiosos
(Chumy Chúmez)

 

Soy una envidiosa. Es triste pero cierto.

Para no sentirme tal mal con este sentimiento que sufro a diario, me he dicho muchas veces eso de que es “envidia sana”. Pero no me lo creo ni yo, la envidia sana no existe: la envidia es insana por naturaleza. Y si no me creen, repasen conmigo los pecados capitales. Les recuerdo que la envidia ocupa el quinto lugar; eso no es ninguna tontería.

De pequeña envidiaba a una niña de mi clase porque tenía un soplo en el corazón: eso le hacía delicada y además podía saltarse la clase de gimnasia. A mí esa enfermedad me parecía lo mejor que te podía pasar. ¡Yo también quería tenerla!.

También envidiaba a los que se partían los huesos porque les ponían escayolas. Para mi desgracia, nunca me rompí nada, aún tirándome a conciencia desde la ventana de mi clase que estaba en un primer piso. Ilesa perdida me quedé (y castigada 3 meses sin recreo, lo cual, no era nada envidiable).

Sin mencionar lo que he envidiado los aparatos en los dientes, la deformidad del brazo de la hija del portero (no lo podía estirar del todo y a mí me gustaba como le quedaba) y hasta envidié, que a una vecina se le quemara la casa: entraron los bomberos en tropel a rescatarla y además, con lo que cobró del seguro, pudo redecorarla.

¿Soy un ser anormal o una envidiosa perdida? (que no una perdida envidiosa). Supongo que ambas cosas.

El otro día, mi compañero de cama, pasó una noche terrible: Se la pasó vomitando y con diarrea. Prácticamente hacía las dos cosas a la vez (para que luego digan que los hombres  no pueden). Así, a bote pronto, parece que una gastroenteritis con vómitos incluidos no puede ser nada envidiable, pero lo es… puede llegar a serlo... y mucho.

Se creía morir. Se levantaba cada cinco minutos, mareado, con sudores fríos, retorciéndose en la cama. Según él, estaba viviendo un calvario.

Por la mañana llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar y, el muy cruel, lo hizo nada más sonar mi despertador. Sinceramente, me puse verde de envidia (por lo que me puse zapatos rojos, combinaban muy bien).

¿¡Por qué tenía yo que madrugar y él quedarse en la cama todo el día!? ¡Yo también quería ponerme mala y no ir a trabajar! ¡Yo también quería!. Además, era justo lo que necesitaba para quitarme un par de kilos enquistados.

A mediodía le llamé para ver que tal se encontraba y con un hilito de voz, me contestó que muy mal. Que de su cuerpo ya sólo salía un liquidito, que no tenía nada más que expulsar, que tenía fiebre y que estaba enganchado a una botella de suero oral que sabía a rayos.

Un quejica, pensé, éste no sabe lo que es un dolor de ovarios. No hay un solo mes de menstruación que no desee con todas mis fuerzas que la naturaleza de un giro y que los hombres sufran dismenorrea crónica. Algún día de estos se cumplirá mis deseos y vendrá Paco con las rebajas.

Cuando llegué a casa, después de una larga y agotadora jornada laboral, me le encontré tumbadito en el sofá, viendo el Diario de Patricia, tapado con su mantita y reclamando mimos y atenciones. ¿Eso era estar enfermo? ¡pues yo también quería!.

- Él: La cena de anoche me sentó mal. Creo que el pescado estaba en mal estado
- Yo: No puede ser, yo cené exactamente lo mismo que tú
- Él: Pero a ti nada te sienta mal, aunque te comas un bocadillo de moho…

¿¡Por qué el tiene que tener un estómago delicado y yo no?!.  ¿Por qué? ¿Qué hice en mi vida anterior para que se me haya castigado con un tubo digestivo a prueba de bombas?

- Él: No te tomes mi suero que casi no me queda…
- Yo: ¡Yo también quiero tomarlo! ¡EGOISTA!

Esa noche él no cenó, pero yo me preparé una suculenta cena:

- Las sobras del pescado del día anterior
- Dos yogures caducados
- Un manzana pocha
- Un vaso de horchata (de una botella abierta desde antes de irnos de vacaciones)

Me senté a ver la tele y a esperar mi gastroenteritis.

- Yo: De esta me pongo mala seguro. Dame muchos besos con lengua, con suerte es vírico y me lo pegas.
- Él: Ya estás enferma, pero de la cabeza.

Mi enfermedad no llegó. Al día siguiente me desperté con la esperanza de encontrarme fatal, pero estaba como una rosa. Sin embargo, él seguía deshaciéndose en el baño.

Para colmo de males, al día siguiente, me llamó mi amiga.

- Ella: Me han dado un golpe en el coche por detrás. Me han puesto un collarín
- Yo: Jo, que suerte… siempre he querido llevar uno…

Seguro que me castigan los dioses y me pongo mala el jueves que tengo una súper fiesta.

 

| | Comentarios (12) | TrackBacks (0)
  • Compartir:
  • Añadir a del.icio.us
  • Añadir a marcadores de google
  • Añadir a menéame
  • Añadir a YahooMyWeb
  • Añadir a fresqui
  • buscar en Technorati


¿Qué es esto?
 

esclava-del-telefono-141107-01.jpg

 

Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda
(Martin Luther King)

 

Si algún enemigo de los que tengo, supiera que para tenerme en vilo tan sólo es necesario hacerme una llamada con número oculto, entonces se pasaría en día haciéndolo (que buena idea acabo de dar a alguno/a ¿eh?). 

Tristemente es así. Supongo que mi vida últimamente carece de fuertes emociones. Eso, o  que me he vuelto un ser completamente anormal, que también puede darse el caso.

No suelo despegarme de mi móvil, pero cuando lo hago, suena insistentemente.

Si espero una llamada y esa llamada no llega precisamente porque la estoy esperando, suelo usar un truco. Como ya sé que mi teléfono sólo suena cuando no estoy junto a él, lo que hago es que lo dejo en una habitación, y aunque esté sola en casa, pego un grito al aíre diciendo algo así como “¡me bajo a comprar!, tardaré en llegar, no me llevo el móvil…” pero en realidad, y sin que el teléfono lo sepa, me quedo tras la puerta esperando pacientemente. Entonces, suena y lo cojo a traición. ¡Ja! ¿Acaso se cree más listo que yo?

Os parecerá mentira, pero son muchas las veces que me ha funcionado. Probadlo y veréis.

Mi teléfono y yo tenemos una extraña relación. Si yo me meto en la ducha, entonces se pone a sonar como un desaforado. Un remedio  muy útil y que también practico a menudo, es dejar el teléfono en el salón, meterme en el baño con la puerta entreabierta, hacer como que me voy a la ducha (volver a pegar un grito al aire diciendo “¡voy a darme un largo baño!” también puede volver a valer), sentarme en el wc y esperar: Aproximadamente dos minutos más tarde, comienza a sonar.

Ninguno de estos trucos funciona si me llevo el teléfono al lavabo. Si lo hago, enmudece.

Hace unos días, me separé del teléfono. Era mediodía, y yo tan solo hice el inocente gesto de acercarme al despacho de mi jefe. Tarde en volver a mi sitio aproximadamente cuatro  minutos. Cuando regresé, mi teléfono tenía una llamada perdida de un número oculto.

Una tragedia. Que a mí me ocurra algo así, es la peor calamidad que me puede pasar. El mayor de los desastres.

Fue entonces cuando enloquecí.

Antes de perder la calma, lo que suelo hacer en estos casos, es llamar a las personas habituales: mi madre, mi padre, mi hermana, mi amiga… y entonces les pregunto “¿me has llamado?”, si la respuesta es “no”, entonces es cuando viene el problema.

Efectivamente seguí los pasos: hice las llamadas y usé  los trucos tradicionales (hasta me senté en la taza del váter de la oficina con la puerta abierta por si sonaba), pero nada. No hubo manera.

Intenté no pensar en ello y di el tiempo prudencial para que la persona misteriosa de número oculto, volviera a insistir. No hubo forma: una hora más tarde, la llamada aún no se había producido.

Comí, intenté hacer mis ejercicios de relajación, usé mil veces los trucos de las voces al aire, pero dieron las siete de la tarde y nada, que no sonaba la llamada misteriosa.

Tuve que tomar cartas en el asunto.

Desde la A a la Z llamé a todos y cada uno de mis contactos (bueno, alguno me salté, gente como “Fontanero”, “Información Telefónica”, “TeleChino”…) y nada de nada, que ninguno había llamado.

Este tipo de estupideces, no sólo me cuestan un dinero que luego se hace presente en la factura del teléfono, sino que además (y considerablemente peor), me hace perder la dignidad como persona.

Entre las llamadas que hice, tuve que hacer de tripas corazón y llamar a mis ex para preguntarles si me habían llamado (todo es posible, la posibilidad de que me llamaran para decirme que aún estaban locamente enamorados de mí, que cada día que pasaba era un sinvivir y que no conseguían olvidarme, podía ser una opción), pero la respuesta de todos fue que no. Y lo peor de todo es que sé, a ciencia cierta, que creyeron que les llamé como excusa para volver a ponerme en contacto con ellos. Panda de cretinos, parece mentira que no me conozcan.

Un día que prometía ser normal e incluso bueno, se convirtió en una pesadilla. Me fui a mi casa (caminando 4 kilómetros de nada, no fuera a ser que me sonara el teléfono en el metro) y me deprimí.

Sólo una vez sonó el teléfono, pero era mi amiga para preguntarme si ya había resuelto el caso. A esas alturas yo había hecho todo tipo de conjeturas, las cuales expuse con sumo detenimiento.

Conjetura # 1: Podía darse el caso que los del ¡HOLA! me hubieran llamado para decirme que dejara de escribir estupideces en el blog. Que años de gloriosa reputación en su revista para que yo, en cuestión de semanas, hubiera tirado todo al traste.

Conjetura # 2: Recuerdo a un tipo al que, hará cosa de dos años, le di mi número de teléfono y jamás me llamó. Puede que ahora, sintiéndose preparado, hubiera decidido hacerlo.

Conjetura # 3: Zapatero: Sí, podría ser que Zapatero (o un Ministro) que me hubiera llamado para agradecerme el magnifico trabajo que estaba haciendo para la humanidad escribiendo mis miserias en “Pastelitos Envenenados”.

Conjetura # 4: Llamaban para comunicarme que iban a darme el Premio Pulitzer, pero al no haber contestado el teléfono, se lo darían a otra persona.


Es por todo esto por lo que os comunico que, desde que recibí la maldita llamada con número oculto, tengo un tic en un ojo, sufro de insomnio y doy, constantemente, voces al aire diciendo que voy a hacer cosas que en realidad no hago.

Por favor, si fuiste tú el que llamaste con número privado, vuelve a hacerlo: prometo contestar.

Todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no?.

 

| | Comentarios (9) | TrackBacks (0)
  • Compartir:
  • Añadir a del.icio.us
  • Añadir a marcadores de google
  • Añadir a menéame
  • Añadir a YahooMyWeb
  • Añadir a fresqui
  • buscar en Technorati


¿Qué es esto?
 
delicatessen-de-merde-121107-01.jpg

La mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo
(William Shakespeare)


La semana pasada me dio por ser una cocinitas, qué le vamos a hacer, fue mi aire de última hora.

De pronto me obsesioné con ser una perfecta ama de casa de los años 50. A pesar de que siempre he mantenido mi casa ordenada y limpia, en lo que respecta a la cocina, ella y yo nunca hemos sido grandes amigas: la uso lo justo y necesario para alimentarme de forma rápida y sencilla (o lo que es lo mismo: usando el microondas).

Pero tuve la imperiosa necesidad de invitar a un tropel de personas a cenar en mi casa. Y no quería que fuera una cena cualquiera: quería cocinar para ellos, demostrarles mis (desconocidas) dotes culinarias. Asombrarles con ricos y elaborados platos, exquisitos entrantes, deliciosos postres… quería verles chuparse los dedos, que se chuparan unos a otros y que me alabaran y me dieran las gracias por haberles hecho descubrir un sin fin de delicados y nuevos sabores.

Quería que vivieran un verdadero placer gastronómico. No podía ser tan complicado; cosas peores había hecho.

Después de horas consultando recetarios, libros de mi madre, recetas por Internet, etc,, decidí el menú: una cosa sencillita, “solamente” iba a hacer:

Entradas: Bocaditos orientales, Porridge y compota de frutos secos y albondiguillas Frikadeller (¿quién carajo sabía lo que era “Frikadeller”?, pero sonaba tan bien…)

Primer Plato: Filetes de pez espada al jengibre

Segundo Plato: Faisán asado con ciruelas y pasas

Postre: Strudel de melocotón y almendras y sorbete de arándanos rojos


Hice la lista de la compra con los ingredientes necesarios, tres cositas de nada: tan sólo eran 2 folios escritos por las dos caras.

La primera en la frente fue una vez llegué al hipermercado. Una vez obtuve el carro (conseguirlo no fue tarea sencilla), me di cuenta de que no sabía manejarlo. Después de estrellarlo contra 3 estanterías y atropellar los pies a dos señoras que me insultaron sin compasión, me dispuse a llenarlo con todo lo necesario.

Dos horas más tarde, lo tenía prácticamente lleno y segundos después, me di cuenta de que no había echado prácticamente nada de lo que necesitaba.

A partir de ahí, un baile de despropósitos. Me di cuenta de lo siguiente:

- No sabía diferenciar los tomates para ensalada del resto de tomates (maldito racismo)
- Parece mentira, pero los puerros y las cebolletas son prácticamente iguales
- El jengibre es el comestible mas feo del mundo
- No sabía dónde buscar el requesón (¿qué tenía que buscar? ¿un queso muy grande?)
- El carro se pierde con mucha facilidad
- ¡¿Por qué carajo tengo que cogerlo y pesarlo yo todo?! ¡¿Dónde están los fruteros de antaño?!

Y en medio de la sección de embutidos, entre chorizos y butifarras, tuve una crisis de ansiedad (soy muy dada a sufrirlas, que todo hay que decirlo).

No sé cómo ni por qué, comencé a cuestionarme mi vida:

- Si no era capaz de diferenciar mi carro del resto de carros y un día llegaba a ser madre, ¿cómo iba a diferenciar el carro de mi niño del resto de carros de los otros niños?.

- Si me confundí tres veces y cogí tres carros diferentes, ¿quién me garantizaba que, en un futuro, no iba a coger el carro de otro niño dejando al mío en manos de vete tú a saber quién?

- Si un día era madre y tenía que volver a hacer la compra ¿cómo iba a conducir dos carros a la vez?

Y sobre todo: ¡¿por qué el jengibre era tan feo?!

Pero a pesar de todas las inclemencias, yo seguí con mi plan de hacer una cena espectacular…. Y llegó el día D y la hora H.

6 horas antes  me dispuse a prepararlo todo. 2 horas después volvió a darme otra crisis de ansiedad.

Ahora me pregunto cómo se lo ha montado mi madre todo estos años para preparar cenas de nochebuena, navidad, cumpleños, etc y que le saliera todo tan rico y tan bien y, sobre todo, cómo nunca acabó ingresada en un psiquiátrico.

Ahora me pregunto cómo se lo montó mi madre para darnos de cenar y comer a todos, y que lo hiciera todos los días del año.

Ahora me preguntó por qué mi madre nunca insistió en enseñarme a cocinar.

No puedo describiros el horror que vivió mi cocina: fue digno de película de terror. Tampoco me siento capaz de haceros entender mi estado de nerviosismo, creerme si os digo que la niña del exorcista a mi lado era la Madre Teresa de Calcuta.

Lo que sí es verdad, es que he llegado a una conclusión: la cocina está hecha para los que saben hacer varias cosas a la vez: trocear alimentos y manejar diferentes fuegos; atender  el horno y batir huevos; fregar cacharros y hacer rebozados; limpiarte las manos y abrir la nevera; etc…

Es justo eso lo que debo de perfeccionar, porque yo hago cosas a la vez, pero no debo de hacerlo con toda la rapidez necesaria: hablo por teléfono y fumo a la vez; veo la tele mientras me pinto las uñas de los pies; camino por la calle y veo escaparates…
 
Esa noche mis invitados cenaron y efectivamente descubrieron nuevos sabores (principalmente a carbonilla). Pero no vamos a engañarnos, todo lo que puse fue una porquería y sólo el aspecto daba ganas de vomitar. No tuve grandes halagos ni me besaron los pies, pero agradecieron mi esfuerzo. Tan sólo un invitado se aventuró a decir algo desagradable y lamentablemente (y por los puntos que le han tenido que dar en el labio), no podrá usar la boca en las próximas semanas con normalidad.

 

| | Comentarios (16) | TrackBacks (0)
  • Compartir:
  • Añadir a del.icio.us
  • Añadir a marcadores de google
  • Añadir a menéame
  • Añadir a YahooMyWeb
  • Añadir a fresqui
  • buscar en Technorati


¿Qué es esto?
 

 

quien-tiene-una-vecina-091107-01.jpg

Mal que me quieren mis comadres porque les digo las verdades; bien que me quieren mis vecinas porque les digo las mentiras
(Anónimo)


Quien tiene una vecina, tiene un tesoro… y más si tienes una vecina como la mía. Ella es francesa, parisina exactamente. El que sea una francesita instalada en Madrid no es que sea una ventaja… más bien diría yo que es un inconveniente. Sobre todo porque cuando me “alquilo” películas de su casa, no siempre tengo la opción de poder verlas en español. Pero esto algo que contaré más tarde.


Yo me instalé en la comunidad un año antes que ella, el antiguo propietario de la que ahora es su casa, me daba menos juego: directamente era un aburrido sin vida social. Sin embargo, mi vecina me ha brindado la oportunidad de pasarme largos y entretenidos ratos con la oreja pegada en la pared de mi salón escuchando las conversaciones con sus amiguetes y amantes. También para seguir sus orgasmos y la frecuencia con que los práctica. La verdad sea dicha, mucho, lo que se dice mucho, no lo hace la buena mujer.


Mi vecina, al igual que yo, tiene gato (aunque ella uno y yo dos) pero no es eso en lo único que coincidimos: ambas tenemos que salir de viaje con frecuencia. Cuando nos dimos cuenta del enorme favor que podríamos hacernos mutuamente cuidando de nuestros mininos cuando estuviéramos fuera (echarles comida, ponerles agua, cambiar la tierra…), felices nos dimos las llaves de nuestras casas y decidimos que cuando una no estuviera, la otra se haría cargo de los gatos. 


A mí, muy lejos de parecerme un incordio el tener que atender a Leo (que así se llama su gato), me parece un plan perfecto. Mi vecina me avisa, me da las llaves y al día siguiente ya estoy en su casa ocupándome del gatito en cuestión.


Ocupándome del gatito, de sus películas, de sus cd’s, de su ropa, de sus zapatos, de sus perfumes, de su sofá, de sus revistas y de todo de lo que pueda arramplar en su ausencia.

Qué interesante es la vida de los demás, sobre todo cuando la cotilleas de un modo clandestino. Si ella me permitiera fisgonear en su casa, no tendría gracia y  probablemente no lo haría. Pero es marcharse de viaje y no poder soportar la tentación de entrometerme en su intimidad.

Mi vecina tiene una colección de zapatos bastante exquisita y lo mejor de todo es que calza mi mismo número. Mi vecina tiene buen gusto para la ropa y tiene un vestido verde y negro de Dolce Galbbana que en cuanto no está y se lo deja, yo me lo planto y me queda de miedo. Mi vecina es tan astuta como yo, o más.

Ayer fui a su casa para ver que me “alquilaba” de su videoteca. Me llené de alegría y júbilo cuando comprobé que ya se había hecho con la última temporada de House.
Me fui rápidamente a mi casa con la nueva adquisición; me tiré en el sofá y cual fue mi desgracia al comprobar que el menú de todos y cada unos de los DVD’s de House, sólo me daba las siguientes opciones de idioma:

- Český
- Dansk
- Deutsc
- E۸۸hnika
- English
- Françai
- Nederlands
- Works
- Portugués
- Svenska

¿Y el español? ¡¿dónde está el español?! ¡¿Qué maldito idioma es el E۸۸hnika?!. Creía morirme, menuda mala pasada me había jugado la mala pécora. No sé a que francesa de tres al cuarto se le ocurre comprar todas las temporadas de House, en unos formatos que no te dejen ver los capítulos en mi idioma. Mi domingo echado al traste.

Pasé del inglés, no estaba yo para pensar… y teniendo en cuanta que sólo iba a entender los nombres de los protagonistas y a duras penas, opté por verme la serie en portugués. Fue un aburrimiento, así no tenía ninguna gracia.

Volví a su casa para devolver las películas y para ver si tenía otras opciones interesantes en su videoteca que tuvieran como opción el español, pero no, nada interesante, el resto de las pelis ya se las había “alquilado”.


De la forma más tonta me encontré en pijama, tumbada en su sofá y viéndome todos y cada uno de sus álbumes de fotos.

No solo descubrí que tiene una madre que se conserva muy bien y la sospecha de que ella se ha operado la nariz, sino que además comprobé ¡qué la jodia de ella asistió a una fiesta con un vestido mío!.

¡Já!, ¡lo sabía!, ¡sabía que ella hacía exactamente lo mismo que yo!, ¡sabía que yo no era la única descerebrada de la comunidad!. Ya la última vez que me marché de viaje sospeché que alguien había andado husmeando entre mis cosas; pero una amiga me convenció diciéndome que no todo el mundo era igual de descarada que yo. Sí, sí…  ya veo que el descaro no entiende de nacionalidades.

Lo malo no fue descubrir que se había puesto mi ropa: lo peor fue comprobar que a ella le quedaba mejor que a mí.

El domingo que prometía ser tedioso y lleno de capítulos en portugués, se puso harto interesante. Una vez comprobado que se había plantado uno de mis vestidos, me llevó a hacer un exhaustivo examen de cada una de las fotos de su colección. Comprobé, atónita, que en otra ocasión se había puesto mis sandalias negras de Farrutx. Una verdadera y sorprendente desgracia.

¿Cuántas cosas se había puesto sin mi permiso?. Por un lado me sentía orgullosa de mi armario, por otro, dolida y estafada; pero sobre todo me sentía impotente por no poder demostrarle mi resquemor. A ver quién era la guapa que le decía cómo había descubierto la engañifa.

Una cosa me llevó a la otra, y sin darme cuenta me sorprendí mirando en sus joyeros para ver que encontraba.

¿Qué creéis que encontré? Pues, buscando buscando, di con un par de pendientes míos. La verdad es que lo pendientes en cuestión me costaron cuatro perras y ni si quiera los había echado en falta… pero eran MIS pendientes; yo al menos le devolvía las cosas...

Mi vecina volvió de viaje y yo tardé poco y menos en llamar a su puerta. Ahí estaba yo; sonriente, con MIS pendientes en mis lindas orejitas; con sus llaves en la mano y dándola la bienvenida a su dulce hogar. Me faltó la tarta de manzana para ser la perfecta vecina cínica americana, pero no estaba dispuesta a cocinar para ella (amén de que no tengo ni idea de cómo se hace una tarta de manzana). Comprobé como, sorprendida y sin decir ni mu, miraba los pendientes... y  mientras yo me regodeaba en silencio, las dos hicimos mutis por el foro.

Ambas sabemos ahora que tenemos un pacto tácito. Nos “robamos” con permiso y lo consentimos, y como hay que cuidar al vecindario y a la mano que da de comer a tus gatos, he comprado la última temporada de “Las Chicas de Gilmore”, para que las “alquile” de mi casa cuando me marche de viaje. Además, he limpiado detenidamente todas y cada una de mis sandalias para que pueda ponérselas en mi ausencia.

Que disfrute de mi casa con salud, que eso haré yo con la suya.

 

 

| | Comentarios (7) | TrackBacks (0)
  • Compartir:
  • Añadir a del.icio.us
  • Añadir a marcadores de google
  • Añadir a menéame
  • Añadir a YahooMyWeb
  • Añadir a fresqui
  • buscar en Technorati


¿Qué es esto?
 

Publicidad

Publicidad