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Novedades en la categoría Confesiones Pecaminosas

 

obsesion.jpgPara que el sueño, la riqueza y la salud se disfruten de verdad, es necesario interrumpirlos
(Jean Paul)

 

Nadie sabe más de tendencias, moda, portadas y revistas que nuestra querida, adorada y entrañable Heidi y por tanto, a nadie más que a ella se le puede permitir el abrir una web cuyo nombre sea fashionisima.es.

Si te interesa la moda, las celebridades y cual es el último grito para este verano, pues ya estás haciendo de fashionisima tu Biblia, tu libro de cabecera y tu credo: sin ella, no serás nada.

Heidi puede actualizar la web hasta 10 veces en un solo día y sus artículos, claros, concisos, participativos y muy divertidos, os alegrarán la existencia de manera prodigiosa.

El caso es que el otro día Heidi me habló de su nueva sección: "la obsesión de la semana",  y me invitó a que participara con una de las mías... ¿Tenéis vosotros obsesiones?, si es así, ir mandándoselas ya que por lo que a mí respecta, tengo tantas que no sé por cual empezar....: digamos que no recuerdo una sola semana en mi vida que en mi cabeza no floreciera una nueva obsesión.


La comida macrobiótica: Un buen día y sin ayuda de nadie, decidí que los alimentos que tomaba eran los causantes de todos mis males y, de nuevo, yo solita y sin ayuda de nadie, decidí también que la solución estaba en comer única y exclusivamente comida macrobiótica. Durante un tiempo me pasé los días comprando vegetales, frutas, algas y productos de soja fermentados. Y fue más o menos cuando se me puso cara de acelga, cuando decidí que me había aburrido de esta nueva filosofía tan poco apetitosa.

Esto me recuerda a cuando me hice vegetariana... Dejé de serlo en el momento en que me metí, creo que sin darme cuenta, un muslo de pollo grasiento en la boca... La verdad es que nunca tuve mucha credibilidad con esto del vegetarianismo, ya que sostenía que era de una nueva ola de vegetarianos que pueden comer huevo, pescado, calzar zapatos de piel y que sostienen que el pollo y el pavo no son carne de verdad, sino un genérico o algo así.

 

El maletín del maquillaje: Recuerdo que me encontraba yo un día sentada en el baño de mi casa (sentada porque sí, con la tapa cerrada y mirando al infinito...por dios, que yo soy un ser puro; al igual que me gusta sentarme en el sofá, pues también me gusta sentarme en mi taza del váter) cuando me sorprendí a mí misma dándome cuenta que no podía seguir viviendo si no me compraba urgentemente un maletín de maquillaje de esos profesionales y enormes con millones de compartimentos. Nunca imaginé que la búsqueda de un maletín me fuera a resultar tan complicada, porque yo tenía un maletín en mente y no me valía cualquiera. Después de visitar absolutamente todas las tiendas en las que vendían este tipo de maletines y dedicar dos semanas a la búsqueda, acabé comprándomelo por Internet en Bobbi Brown un maletín que consiguió que durmiera tranquila hasta mi próxima obsesión.

 

Un par de zapatos (uno de tantos): Creo que los zapatos en general (y este par de zapatos en particular), son el objeto de mis mayores obsesiones. Recuerdo la vez que me enamoré de un par de zapatos que yacían en el escaparate de una tienda en la zona de Taksim en Estambul. Yo iba con  prisas y no tenía tiempo para entrar, pero me ocurrió lo que suele pasar con este tipo de obsesiones: que yo ya me había enamorado y que los zapatos no podían salir de mi cabeza. Durante tres días no encontré el momento para volver a esa zapatería y comprarlos, esto sucedió durante un viaje de trabajo y no encontraba ni el modo ni el momento de acercarme hasta ahí. El último día, ya subida en un taxi camino del aeropuerto, pedí al taxista que diera la vuelta y me llevara a Taksim para poder comprarlos. Cuando llegué, me dieron la trágica noticia de que no los tenían de mi talla: ni corta ni perezosa opté por comprarme los de un número menor (siempre creo que el dilatador de calzado va a hacer el milagro que nunca hace). Perdí mi vuelo, tuve que hacer otra noche en Estambul y a mi empresa el par de zapatos le costó un nuevo billete de avión y otra noche de hotel. A mí, sin embargo, no sólo me costaron un ojo de la cara, sino que la única vez que me los puse, conseguí que se me quedaran los pies como los de esta geisha.


La Vaporera: ¿Qué es una vaporera? Pues simplemente un artilugio que te permite cocinar los alimentos al vapor. Cualquiera que me lea pensará que soy una sibarita de paladar fino: pues nada más lejos. Pero esta obsesión la tengo muy reciente y no puedo más que compartirla con vosotros. Desconozco como empezó la historia de la vaporera, sólo recuerdo que un día amanecí completamente obsesionada con adquirir una. Como últimamente ando mal de tiempo y no puedo recorrerme todas las tiendas que me gustaría, "sólo" pude optar por ocupar toda una mañana de trabajo en buscar y comprar vía Internet, la vaporera que me hiciera feliz. Como no conseguí decidirme entre la vaporera clásica de bambú y la ultra moderna de silicona de la marca Lékué, pues acabé comprándome las dos. Durante una semana y media sólo cenamos pescado al vapor. Ahora, tanto mi novio como yo sabemos que las vaporeras nunca volverán a salir del armario de la cocina donde las he guardado pero... ¿y lo feliz que me hicieron ellas durante esas dos semanas?.


El reciclaje y el cambio climático: No sé de donde me saqué que el ponerle freno al cambio climático dependía en exclusiva de lo que hiciéramos nosotros dos en casa. Fue tal mi obsesión por el calentamiento global, por las corrientes marinas y por el balance radiactivo terrestre, que durante días tuve unas terribles pesadillas donde comprobaba que nunca más iba a poder tirarme en el césped, ni darme baños de espuma y que tendríamos que vivir en una casa muy fea y yo no podría peinarme nunca más (¿?). A todo esto, el espíritu de Al Gore (también sin peinar) me acechaba y me culpaba a mí del mal global ya que nunca puse en mi casa un bonito cubo de basura para reciclar. Estos sueños me hicieron comprar el maldito cubo y como no me valía cualquiera, gasté más gasolina, más energía y más papel (había que consultar revistas de diseño), de lo que Al Gore hubiera podido imaginar en sus peores pesadillas.

 

La rosa mosqueta: ¿Alguien sabe la cantidad de maravillosas propiedades dermatológicas que tiene la rosa mosqueta? Pues son muchas: muchas y muy buenas. Más o menos os lo resumiría de este modo: la rosa mosqueta es la octava maravilla del mundo y si no te haces con al menos una crema que tenga como base la rosa mosqueta, morirás. Y si no mueres, tendrás una piel horrible el resto de tu vida. El caso es que yo, inocente de mí, un buen día di con un aceite de rosa mosqueta, lo compré y desde entonces me creó una adición terrible y una obsesión aún mayor. No me bastó ni con el aceite ni con leer todo lo que encontrara sobre este tipo de rosa: tuve que comprarme todas las cremas y aceites del mercado que contuvieran rosa mosqueta. Hasta me alegré de que a mi amiga la operaran de apendicitis para demostrarle lo buena cicatrizante que es. Y no, no tengo acciones ni nada parecido. Es una obsesión como otra cualquiera. Probadla y veréis.

 


Me queda hablaros sobre la obsesión por un bolso deportivo de Merc (muy cachondo teniendo en cuenta que yo no hago nada de deporte), por cuando me dio por comer únicamente brotes de soja, cuando me dio por llenar mi casa de orquídeas salvajes. La obsesión que sufrí por una gabardina, por una casa (sí, también por una casa) y un largo etcétera.... Pero sería imposible escribir un solo artículo sobre todas mis obsesiones. Necesitaría una colección de 12 tomos de esos que si se te cae uno en el píe, te lo rompe en dos.

A las obsesiones hay que tratarlas bien y con sumo cuidado y darles todo aquello que piden, si no lo haces, te sale un eczema horrible en la cara que no podrás curártelo ni con rosa mosqueta.

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¿Qué es esto?
 

 

hasta-el-utero-de-ser-mujer-090408-01.jpgPara tener buena salud lo haría todo menos tres cosas: hacer gimnasia, levantarme temprano y ser persona responsable
(Oscar Wilde)


   
Llevo treinta y pocos años haciendo de mi existencia una película... o mejor dicho: un peliculón. Dependiendo del día puede ser una peli porno, un dramón, una comedia, un melodrama o, incluso, una de terror. He tenido temporadas en las que he llegado a concentrar todas las categorías en tan solo 24 horas. Soy así de intensa, que le voy a hacer.

Y es que siempre he sido muy dada al melodrama. Creo que ver Lo que el viento se llevó siendo yo un renacuajo, me creó un trauma hasta ahora insuperable. Desde entonces, mi pose preferida cuando se me lleva la contraria, es ponerme la mano en la frente, echar la cabeza para atrás y simular un desmayo la mar de vaporoso.

Mis problemas (si es que se le puede denominar así a lo trivial) han ido dependiendo del momento. Sobrellevar una adolescencia, los estudios, el trabajo, convertirme en "alguien"... El amor, el amor, el amor. Tener una casa, cargar con una hipoteca, pagar facturas. Trabajar, trabajar, trabajar... Conseguir dinero para más tarde gastármelo a mi antojo. Viajar, viajar, viajar...

Y mis relaciones, siempre centro y eje principal de mi vida, las que me han hecho tomar decisiones tajantes, locas e incluso divertidas. Mi principal fuente de problemas, de energía y alegrías. Encontrar el amor, perderlo, reencontrarlo, vivirlo, llorarlo, odiarlo...

El amor, viajar, el dinero, el amor, el trabajo... Uf. Yo que siempre he pensado que llevaba una vida intensa, nunca imaginé que lo mejor estaba por llegar...

El caso es que siempre he tenido algo entre manos de lo que preocuparme. Si no tenía dinero, tenía amor, pero si tenía amor y dinero entonces no tenía el trabajo adecuado. Cuando creía tenerlo todo, me buscaba alguna inquietud... y si no la encontraba, me la inventaba.

Y resulta, que de un tiempo a esta parte, mi vida era plena y yo estaba encantada de que así fuera. Había llegado el momento de disfrutar de lo que, en teoría, tanto me había costado encontrar y lograr.

En el amor no podía estar mejor, el dinero no era algo de lo que tuviera que preocuparme, mi trabajo el aceptable, físicamente me veía mejor que nunca, las uñas no se me rompían y mi pelo estaba la mar de brillante. ¿Acaso se le puede pedir más a la vida?.

Y un día, de la forma más tonta, me veo haciéndome un reconocimiento ginecológico de rutina. Y ese día, de la forma más tonta también, siento en mis carnes que algo no marcha del todo bien.

Días después, sin comerlo, beberlo y mucho menos esperarlo y mientras me doy cuenta de que no me está gustando nada la cara de la ginecóloga. Sólo pude oír: bla bla bla, no te preocupes, bla bla bla, cáncer de útero, bla bla bla, células atípicas, bla bla bla, no tienes de lo que preocuparte...

¡¿Qué no tengo de lo que preocuparme?! La enfermedad más grave que he sufrido, ha sido una resaca de espanto y ¿¡tú me dices que no tengo de lo que preocuparme!?.

Estaba claro que no sabía con quien hablaba, si he logrado hacer un drama, remover cielo y tierra por algo infinitamente menos importante, con esto, te aseguro que yo, reina de la tragedia, puedo montar el número más grave de la historia del celuloide.

Y así fue...

Yo, adelantándome a los acontecimientos, poniéndome en lo peor, lamentándome por mi sensatez al no haberme quedado embarazada con 16 años (o, en su momento, de la persona no adecuada) y llorando por los rincones, no supe como canalizar todo eso.

No, mi útero no por favor. Eso es un golpe bajo.

Durante estos días, sólo he sabido buscar información sobre lo que tengo (craso error, demasiada información no es buena), lamentarme y lloriquear. Pero, oiga usted, mis dramas también tienen un límite y ya me he agotado de ser la Magdalena. Por fin he conseguido afrontar que lo que tengo, ni es nuevo para la medicina, ni es nada que no tenga solución, ni tiene porque convertirse en algo irreversible.

Así que, como Ave Fénix, resurjo de mis cenizas y ya estoy (casi) preparada para todo lo que me echen. Me esperan tiempos de estar abierta de piernas más de lo que me gustaría y en escenarios y situaciones no idílicas... pero ¿quién dijo que la vida era fácil?.

"A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"

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¿Qué es esto?
 

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El secreto de un matrimonio feliz es perdonarse mutuamente el haberse casado
(Sacha Gvitry)

 

Casarse es una ordinariez y celebrarlo, aún más.

Lo mismo da que se case Paulina Rubio, Eva Longoria o tu prima Pili la de Cuenca, al final, siempre es más de lo mismo. Da igual lo original que se quiera ser celebrando el bodorrio porque, casarse, hace centenares de años que dejó de ser innovador. Rara será la vez que nos encontremos con algo que no hayamos visto antes.

Varían los presupuestos, el lugar y los novios (a veces ni eso), pero los denominadores comunes siempre están ahí: las tías, las abuelas, las adolescentes vestidas de mujer y las mujeres vestidas de adolescentes. Los tobillos hinchados, los chales, las gasas y, como no, el satén. El sudor que corre por la doble capa de maquillaje, los tacones insoportables y el dolor de pies. El borracho de siempre, los amigos gritones, las apariencias y el cotilleo. Las flores naturales, los pelos enlacados, los moños de peluquería de barrio y las medias reductoras.

Los éxitos del verano (del verano del 78, del verano del 85, del verano del 06…)

No puedo olvidarme de las copas, de las barras libres y de la comida en abundancia. Ni de las perlas, las manicuras, los litros de perfume y los bronceados de última hora y, como no, del invitado especial en todas las bodas: del niño que siempre llora en mitad de la ceremonia.

Cientos y miles de fotos que quedaran para la posteridad, despliegues de cámaras digitales, de sonrisas falsas, familiares reencontrados y coches recién salidos del auto lavado.

Puedes hacer una boda multitudinaria o en petit comité, puedes celebrarlo en una masía, en un castillo o en un salón de bodas chapado a la antigua. Puedes creerte innovador y celebrarlo en la playa o en el ático de un hotel. Podrás celebrarlo con vistas a la ciudad, en una casa rural o en un restaurante de lujo. Puedes hacer que salga una tarta del techo llena de bengalas o contratar a un cantante de moda para que amenice la fiesta. Podrás sentirte una persona dichosa, pero la historia se escribe así: ella tendrá sus dudas el día de antes y él tragará saliva en el altar.

Recolectarás dinero o lo perderás, harás un viaje hortera a Cancún o te inclinarás por el turismo de “aventura” yendo a Birmania. Pondrás tu foto de boda en un marco de plata o, creyéndote el más moderno, pondrás un montón de ellas en un marco digital. Amargarás la vida a tus colegas enseñándoles las fotos de la ceremonia olvidándote de que ellos también estuvieron allí. Creerás que una larga vida llena de niños, felicidad y domingos por la mañana con tostadas te está esperando pero, hagas lo que hagas, y sientas como te sientas, estarás cometiendo un desacato a tu independencia y libertad. Habrás firmado (en el 99% de los casos) un régimen de bienes gananciales que significa que, en caso de ruptura, tendrás que dividirlo todo entre dos.

Podrás pretender que los invitados te paguen el convite y también el viaje de novios, pero no estarán para pagarte el abogado que llevará tu divorcio. Podrás darles los mejores langostinos y el menú más elaborado, pero cenarás solo el día que descubras el móvil de tu pareja llenito de mensajes cariñosos que no iba dirigidos precisamente a ti.

A mí, personalmente, no me gustan las bodas, me gustan más los divorcios. He vivido más divorcios que bodas y, estos últimos, me resultan mucho más alentadores y positivos. A los que se casan, ya saben lo que les espera: una vida (en teoría) juntos. El divorciado no sabe que hacer con su vida y un montón de planes y recomendaciones le rondan por la cabeza. La persona casada ya sabe (también en teoría) con quien se va a despertar sea cual sea el día de la semana. El divorciado no lo sabe ni lo quiere saber.

Reconozco que para nosotras es muy tentadora la idea de vestirse de princesita y de ser el centro de atención, pero no es buena la idea de pasar por eso a cualquier precio. Aunque os suene a loca de atar, os recomiendo lo que yo hice hará cosa de un par de años: me compré mí propio vestido de novia sin ningún ánimo de casarme.

Me enteré de que una tienda de alta costura ponía en venta, a muy buen precio, vestidos de novia de la temporada anterior de, nada más y nada menos, Lorenzo Caprile y allí me planté, con mi santa impaciencia, a probarme todo lo que me pusieran por delante. ¿Por qué renunciar a tener mi propio vestido de novia sólo porque no quiero casarme?.

Fue una de las mejores adquisiciones que he hecho en mi vida: me satisfizo todo lo que yo pretendía y vistió mi desmedido antojo. De tarde en tarde me lo planto y me estoy un rato con él: me miro al espejo, me recojo el vestido a lo Sissi y puede que hasta haga alguna reverencia gratuita a alguno de mis gatos cuando me los cruzo en el pasillo. Si tengo que hacerme la cena, pues me la hago con el vestido puesto, porque el día que decido ponérmelo, me cuesta mucho quitármelo. A veces me pongo a ver la tele con el o puede que hasta ponga una lavadora. Hago todas esas tareas aburridas que se tienen que hacer pero que, hechas vestida de blanco y de largo, se tornan de un ligero color púrpura.

Puestos a confesar, revelaré que el vestido de marras no sólo me ha servido para hacer tareas domésticas: en un par de ocasiones ha sido partícipe de divertidos jueguecitos sexuales que pocas novias, el día de su noche de bodas y con un marido borracho en la cama, habrán podido disfrutar.

Con todo esto te digo, a ti, mujer, que no te cases por vestirte de blanco o en su defecto para comprarte un gran trapo. Si es eso lo que quieres, cómpralo, póntelo y disfrútalo. Siempre y en cualquier caso, te saldrá más barato.

Con todo esto te digo, a ti, hombre, que no te cases porque tengas beneficios fiscales. A la larga, esos beneficios se volverán contra ti y se convertirán en horribles monstruos que no te dejaran salir de casa.

Pero que nadie se equivoque, yo estoy a favor de la vida en pareja, del compromiso y de las tostadas con mermelada de fresa los domingos por la mañana, pero no de la necesidad de un acto hortera y poco original, ni de la obligación de firmar un contrato, ni de dar a quien no se lo merece y a quien se ha convertido en un agua pasada, lo que siempre ha sido tuyo.

Y el gustito que da decir que NO a la pregunta ¿quieres casarte conmigo?. Seamos originales, señores. El NO también existe.

(Ah, y ¡Feliz 2008!)

 

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¿Qué es esto?
 
la-mala-que-hay-en-mi-201207-01.jpg
Lo que me gustaría es que te encontraras con una persona que te tratara como tú me trataste a mí, pero más me gustaría que esa persona pudiera ser yo.
(Anónimo)


Tengo días que me siento Lucifer. Y no es que haga nada del otro barrio: aún no me ha dado por robar las pensiones de la tercera edad ni por maltratar animales (dios me libre). No fabrico cócteles molotov en mi casa y nunca he echado cicuta en la sopa de nadie (aunque ganas no me han faltado). Manifestarme me da pereza y los sindicatos ni te cuento.

Si cojo el transporte público, y aunque tenga un dolor de pies que se me refleje hasta en el ojo izquierdo, cedo mi asiento a embarazadas y personas mayores.

Pero oiga usted, una tiene su paciencia y, cuando la sobrepasan, suelo tener una ligera tendencia a convertirme en Satanás.

Bien es verdad que sacarme de mis casillas es relativamente sencillo. Por ejemplo, basta con que me des golpecitos en el brazo mientras me hablas o que invadas mi espacio vital (hay que evitar, en la medida de lo posible, hablar tan cerca de tu interlocutor que se pueda averiguar por el olor del aliento, que se cenó la noche anterior).

Pero si hay algo que realmente me desquicia, es que me interrumpan cuando estoy en pleno proceso creativo. Una vez lo puedo soportar, dos también, pero a la décimo cuarta, los ojos se me inyectan en sangre y echo tanta espuma por la boca que parezco un extintor.

Creerme si os digo que una hiena a mi lado, es como un ternerito.

Intentar trabajar una mañana desde casa es poco menos que imposible. No sólo porque los malditos carteros comerciales llaman al telefonillo cada 5 min. y porque todos los empleados del gas, agua, teléfono y un tropel de mensajeros, llaman a mi puerta, sino porque un día tuvimos la brillante idea de poner teléfono fijo en casa y nos castigaron con un número heredado que, para más INRI, acaba en 00 y es como la centralita del teléfono de la esperanza.

Así que me inspiración suele verse truncada con frases del tipo:

- No, se ha equivocado

- No, está llamando a un domicilio particular

- Lo siento, esto no es una clínica

- Que no, señora, que no me sé el teléfono de ninguna inmobiliaria

- Que no, joder, que esto no es ningún centro comercial

- Siento ser yo quien se lo diga, pero sus dedos marcando en el teclado deben ser como pollas, porque es la tercera vez que ha marcado mal el número…

- ¿Yo? ¿grosera yo?


En un ataque de desesperación, pensé que lo mejor era seguirles la corriente. Ya que no podía luchar contra las equivocaciones, me aliaría con ellas. De ese modo, al menos pasaría un rato entretenido y comprobaría cuán lejos podía llegar con mis dudosas dotes de actriz.

Y sí, pasé un día entretenido, pero ahora no sé que hacer con todas estas citas. Creo que en mi vida, tuve una agenda tan apretada (amén de que jamás me he sentido tan polifacética).

- El próximo miércoles tengo que hacer una citología vaginal a las 10:00 hrs. Por la tarde, haré una colposcopia y dos ecografías abdominales

- El jueves por la mañana una resonancia magnética y una prueba de contraste

- Tengo un recado para el Sr. Molinero: que el Sr. Aguilar Fischer no podrá asistir a la cena del día 22

- El día 21, a eso de las 12:00 hrs, Dª Consuelo Girones vendrá a buscar su pedido de langostinos y gambas… y no sé como hacerlo, porque las quiere tan buenas como las del año pasado

- También tengo reservado el Salón Giralda de un hotel

- Y tengo que mandar un presupuesto de calendarios para el 2008 antes de mañana a las 12:00 hrs.

Sólo un señor me cazó, enseguida supo que yo no era una trabajadora de Iberdrola, la verdad es que me entró la risa, no lo pude remediar.

Mira que listos son cuando quieren, ¿eh?

 

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¿Qué es esto?
 

estas-deplimida-141107-01.jpg

Nunca mates una mosca sobre la cabeza de un tigre
(Proverbio Chino)


Suntuoso, así se llama el chino cacique de mi barrio. Si conoces Madrid y conoces el distrito centro, sabrás de lo que hablo. Mi chino Suntuoso tiene en la misma calle: Alimentación Suntuoso I, Alimentación Suntuoso II, tienda de Fotografía Suntuoso, tienda de Moda Suntuoso y tienda de ¿todo a euro? Suntuoso.

Mi chino me salva la vida cada dos por tres. ¿Qué a las tantas de la noche quiero chocolate? ahí está Suntuoso. ¿Qué me he quedado un domingo sin comida para los gatos? ahí está Suntuoso. ¿Qué de pronto un día me despierto necesitando fervientemente una regadera para regar las plantas que no tengo? ahí, una vez más, está Suntuoso.

Suntuoso es maravilloso, su propio nombre lo dice. Suntuoso es celestial, tiene todo lo que necesites y a la hora que lo necesites. Es un chino fantástico que si no tienes lo que buscas, te lo consigue. Si le preguntas si tiene tabaco mientras tiene gente en la tienda, te dice que no, pero cuando comprueba que nadie le escucha, te pregunta qué tabaco es el que quieres y te lo saca de una bolsa de plástico que tiene guardada dentro de una mochila.

Pero hoy Suntuoso ha sido un chino muy malo: me ha dejado abatida para el resto del día. Suntuoso me ha metido el dedo en la yaga, en la que escuece, en esa yaga en la que no quieres que nadie te meta el dedo… Suntuoso me ha puesto en ridículo delante de un montón de clientes. Se ha portado muy mal. Fatal.

Es por la noche, en Madrid hace frío y mi teléfono hace cosas muy raras: sólo recibe llamadas de amigas, padre, madre y hermanas. No sé que le pasa que no entran llamadas ni mensajes de hombres (mi padre no cuenta). El teléfono se ha empeñado en mortificarme. Yo no hago otra cosa que mirarlo, agitarlo e ir a las opciones del teléfono y comprobar, una y otra vez, que no tengo nada bloqueado que haga que los maromos que están en mi agenda, les impida el comunicarse conmigo. Pero nada… mi teléfono sólo suena para llamadas sin relevancia.

A eso de las 23:30 hrs he decidido que tenía una urgente necesidad de visitar a Suntuoso y hacer algo de compra: avituallamiento que hasta ese momento no me había dado cuenta que necesitaba y que, de pronto, he pensando que tengo que adquirir ya que si no lo hago, moriré.

He cogido de sus diferentes estanterías todo lo que necesitaba, lo he soltado todo sobre el mostrador sin que se me cayera nada y, cuando me disponía a pagar y mientras me metía todo en sus bolsas recicladas de El Corte Inglés, me ha dicho:

Suntuoso: Estás deplimida, ¿eh?
Yo: ¿yo? ¿Pol qué? (es que ya hablo algo de chino)
Suntuoso: No, pol nada… ja ja ja ja ja

¿“ja ja ja ja ja”? ¡Chino Maldito! ¡¿por qué tienes que reírte de mí?! ¡¿En qué notas que estoy deplimida?!, ¡¿sólo porque llevo: tres tabletas de chocolate, una tarrina de medio litro Häagen Dazs de vainilla con nueces de Macadamia, una tarrina de medio litro de Häagen Dazs de chocolate con trozos de chocolate, un paquete de mini Donuts, un paquete de Donetes, un litro de batido de Okey de fresa y una caja de galletas Fontaneda Hob-Nobs 60% Avena, trigo y chocolate negro pero integrales para no engordar?! ¡¿Sólo porque me lleve todo eso y te haga millonario, me tienes que decir a la cara, sin pudor ni compasión, que estoy deplimida?!.

Suntuoso, eres el chino más malo sobre la faz de la tierra, eso no se hace a tu clienta VIP: la que te anima a abrir un restaurante de comida a domicilio, la que te llena la caja registradora, la que te preguntas que estás viendo en la tele china, la que te recomienda que te eches un champú anticaspa y la que siempre se acuerda de ti cuando tiene algo urgente que comprar… ¡Eso no se me hace! Y menos, chino maldito, cuando tienes la tienda llena de gente mirándome con cara de “es verdad, pobrecilla, está deplimida”.

Ha conseguido que salga de la tienda sintiéndome fatal, casi a punto de llorar; cargada como una mula, muerta de frío, viendo como la gente lo pasa bien y viendo, también, como mi maldito móvil sigue sin sonar en forma de llamada o mensaje de hombre… Pero… aja-já… Aún me quedaba algo que decir, dos palabritas que iba a entender muy bien. Yo nunca me callo y mucho menos cuando he sido humillada.

Llena de valor he dado media vuelta, he entrado en la tienda y después de dejar todas las bolsas en el suelo, me he acercado a Suntuoso y le he dicho en voz baja y al oído para que nadie nos oyera:

Yo: ¿Tienes tabaco?
Suntuoso: Sí, ¿el de siemple?
Yo: El de siemple

 

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¿Qué es esto?
 

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Si hubiera un solo hombre inmortal, sería asesinado por los envidiosos
(Chumy Chúmez)

 

Soy una envidiosa. Es triste pero cierto.

Para no sentirme tal mal con este sentimiento que sufro a diario, me he dicho muchas veces eso de que es “envidia sana”. Pero no me lo creo ni yo, la envidia sana no existe: la envidia es insana por naturaleza. Y si no me creen, repasen conmigo los pecados capitales. Les recuerdo que la envidia ocupa el quinto lugar; eso no es ninguna tontería.

De pequeña envidiaba a una niña de mi clase porque tenía un soplo en el corazón: eso le hacía delicada y además podía saltarse la clase de gimnasia. A mí esa enfermedad me parecía lo mejor que te podía pasar. ¡Yo también quería tenerla!.

También envidiaba a los que se partían los huesos porque les ponían escayolas. Para mi desgracia, nunca me rompí nada, aún tirándome a conciencia desde la ventana de mi clase que estaba en un primer piso. Ilesa perdida me quedé (y castigada 3 meses sin recreo, lo cual, no era nada envidiable).

Sin mencionar lo que he envidiado los aparatos en los dientes, la deformidad del brazo de la hija del portero (no lo podía estirar del todo y a mí me gustaba como le quedaba) y hasta envidié, que a una vecina se le quemara la casa: entraron los bomberos en tropel a rescatarla y además, con lo que cobró del seguro, pudo redecorarla.

¿Soy un ser anormal o una envidiosa perdida? (que no una perdida envidiosa). Supongo que ambas cosas.

El otro día, mi compañero de cama, pasó una noche terrible: Se la pasó vomitando y con diarrea. Prácticamente hacía las dos cosas a la vez (para que luego digan que los hombres  no pueden). Así, a bote pronto, parece que una gastroenteritis con vómitos incluidos no puede ser nada envidiable, pero lo es… puede llegar a serlo... y mucho.

Se creía morir. Se levantaba cada cinco minutos, mareado, con sudores fríos, retorciéndose en la cama. Según él, estaba viviendo un calvario.

Por la mañana llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar y, el muy cruel, lo hizo nada más sonar mi despertador. Sinceramente, me puse verde de envidia (por lo que me puse zapatos rojos, combinaban muy bien).

¿¡Por qué tenía yo que madrugar y él quedarse en la cama todo el día!? ¡Yo también quería ponerme mala y no ir a trabajar! ¡Yo también quería!. Además, era justo lo que necesitaba para quitarme un par de kilos enquistados.

A mediodía le llamé para ver que tal se encontraba y con un hilito de voz, me contestó que muy mal. Que de su cuerpo ya sólo salía un liquidito, que no tenía nada más que expulsar, que tenía fiebre y que estaba enganchado a una botella de suero oral que sabía a rayos.

Un quejica, pensé, éste no sabe lo que es un dolor de ovarios. No hay un solo mes de menstruación que no desee con todas mis fuerzas que la naturaleza de un giro y que los hombres sufran dismenorrea crónica. Algún día de estos se cumplirá mis deseos y vendrá Paco con las rebajas.

Cuando llegué a casa, después de una larga y agotadora jornada laboral, me le encontré tumbadito en el sofá, viendo el Diario de Patricia, tapado con su mantita y reclamando mimos y atenciones. ¿Eso era estar enfermo? ¡pues yo también quería!.

- Él: La cena de anoche me sentó mal. Creo que el pescado estaba en mal estado
- Yo: No puede ser, yo cené exactamente lo mismo que tú
- Él: Pero a ti nada te sienta mal, aunque te comas un bocadillo de moho…

¿¡Por qué el tiene que tener un estómago delicado y yo no?!.  ¿Por qué? ¿Qué hice en mi vida anterior para que se me haya castigado con un tubo digestivo a prueba de bombas?

- Él: No te tomes mi suero que casi no me queda…
- Yo: ¡Yo también quiero tomarlo! ¡EGOISTA!

Esa noche él no cenó, pero yo me preparé una suculenta cena:

- Las sobras del pescado del día anterior
- Dos yogures caducados
- Un manzana pocha
- Un vaso de horchata (de una botella abierta desde antes de irnos de vacaciones)

Me senté a ver la tele y a esperar mi gastroenteritis.

- Yo: De esta me pongo mala seguro. Dame muchos besos con lengua, con suerte es vírico y me lo pegas.
- Él: Ya estás enferma, pero de la cabeza.

Mi enfermedad no llegó. Al día siguiente me desperté con la esperanza de encontrarme fatal, pero estaba como una rosa. Sin embargo, él seguía deshaciéndose en el baño.

Para colmo de males, al día siguiente, me llamó mi amiga.

- Ella: Me han dado un golpe en el coche por detrás. Me han puesto un collarín
- Yo: Jo, que suerte… siempre he querido llevar uno…

Seguro que me castigan los dioses y me pongo mala el jueves que tengo una súper fiesta.

 

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¿Qué es esto?
 

esclava-del-telefono-141107-01.jpg

 

Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda
(Martin Luther King)

 

Si algún enemigo de los que tengo, supiera que para tenerme en vilo tan sólo es necesario hacerme una llamada con número oculto, entonces se pasaría en día haciéndolo (que buena idea acabo de dar a alguno/a ¿eh?). 

Tristemente es así. Supongo que mi vida últimamente carece de fuertes emociones. Eso, o  que me he vuelto un ser completamente anormal, que también puede darse el caso.

No suelo despegarme de mi móvil, pero cuando lo hago, suena insistentemente.

Si espero una llamada y esa llamada no llega precisamente porque la estoy esperando, suelo usar un truco. Como ya sé que mi teléfono sólo suena cuando no estoy junto a él, lo que hago es que lo dejo en una habitación, y aunque esté sola en casa, pego un grito al aíre diciendo algo así como “¡me bajo a comprar!, tardaré en llegar, no me llevo el móvil…” pero en realidad, y sin que el teléfono lo sepa, me quedo tras la puerta esperando pacientemente. Entonces, suena y lo cojo a traición. ¡Ja! ¿Acaso se cree más listo que yo?

Os parecerá mentira, pero son muchas las veces que me ha funcionado. Probadlo y veréis.

Mi teléfono y yo tenemos una extraña relación. Si yo me meto en la ducha, entonces se pone a sonar como un desaforado. Un remedio  muy útil y que también practico a menudo, es dejar el teléfono en el salón, meterme en el baño con la puerta entreabierta, hacer como que me voy a la ducha (volver a pegar un grito al aire diciendo “¡voy a darme un largo baño!” también puede volver a valer), sentarme en el wc y esperar: Aproximadamente dos minutos más tarde, comienza a sonar.

Ninguno de estos trucos funciona si me llevo el teléfono al lavabo. Si lo hago, enmudece.

Hace unos días, me separé del teléfono. Era mediodía, y yo tan solo hice el inocente gesto de acercarme al despacho de mi jefe. Tarde en volver a mi sitio aproximadamente cuatro  minutos. Cuando regresé, mi teléfono tenía una llamada perdida de un número oculto.

Una tragedia. Que a mí me ocurra algo así, es la peor calamidad que me puede pasar. El mayor de los desastres.

Fue entonces cuando enloquecí.

Antes de perder la calma, lo que suelo hacer en estos casos, es llamar a las personas habituales: mi madre, mi padre, mi hermana, mi amiga… y entonces les pregunto “¿me has llamado?”, si la respuesta es “no”, entonces es cuando viene el problema.

Efectivamente seguí los pasos: hice las llamadas y usé  los trucos tradicionales (hasta me senté en la taza del váter de la oficina con la puerta abierta por si sonaba), pero nada. No hubo manera.

Intenté no pensar en ello y di el tiempo prudencial para que la persona misteriosa de número oculto, volviera a insistir. No hubo forma: una hora más tarde, la llamada aún no se había producido.

Comí, intenté hacer mis ejercicios de relajación, usé mil veces los trucos de las voces al aire, pero dieron las siete de la tarde y nada, que no sonaba la llamada misteriosa.

Tuve que tomar cartas en el asunto.

Desde la A a la Z llamé a todos y cada uno de mis contactos (bueno, alguno me salté, gente como “Fontanero”, “Información Telefónica”, “TeleChino”…) y nada de nada, que ninguno había llamado.

Este tipo de estupideces, no sólo me cuestan un dinero que luego se hace presente en la factura del teléfono, sino que además (y considerablemente peor), me hace perder la dignidad como persona.

Entre las llamadas que hice, tuve que hacer de tripas corazón y llamar a mis ex para preguntarles si me habían llamado (todo es posible, la posibilidad de que me llamaran para decirme que aún estaban locamente enamorados de mí, que cada día que pasaba era un sinvivir y que no conseguían olvidarme, podía ser una opción), pero la respuesta de todos fue que no. Y lo peor de todo es que sé, a ciencia cierta, que creyeron que les llamé como excusa para volver a ponerme en contacto con ellos. Panda de cretinos, parece mentira que no me conozcan.

Un día que prometía ser normal e incluso bueno, se convirtió en una pesadilla. Me fui a mi casa (caminando 4 kilómetros de nada, no fuera a ser que me sonara el teléfono en el metro) y me deprimí.

Sólo una vez sonó el teléfono, pero era mi amiga para preguntarme si ya había resuelto el caso. A esas alturas yo había hecho todo tipo de conjeturas, las cuales expuse con sumo detenimiento.

Conjetura # 1: Podía darse el caso que los del ¡HOLA! me hubieran llamado para decirme que dejara de escribir estupideces en el blog. Que años de gloriosa reputación en su revista para que yo, en cuestión de semanas, hubiera tirado todo al traste.

Conjetura # 2: Recuerdo a un tipo al que, hará cosa de dos años, le di mi número de teléfono y jamás me llamó. Puede que ahora, sintiéndose preparado, hubiera decidido hacerlo.

Conjetura # 3: Zapatero: Sí, podría ser que Zapatero (o un Ministro) que me hubiera llamado para agradecerme el magnifico trabajo que estaba haciendo para la humanidad escribiendo mis miserias en “Pastelitos Envenenados”.

Conjetura # 4: Llamaban para comunicarme que iban a darme el Premio Pulitzer, pero al no haber contestado el teléfono, se lo darían a otra persona.


Es por todo esto por lo que os comunico que, desde que recibí la maldita llamada con número oculto, tengo un tic en un ojo, sufro de insomnio y doy, constantemente, voces al aire diciendo que voy a hacer cosas que en realidad no hago.

Por favor, si fuiste tú el que llamaste con número privado, vuelve a hacerlo: prometo contestar.

Todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no?.

 

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¿Qué es esto?
 
delicatessen-de-merde-121107-01.jpg

La mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo
(William Shakespeare)


La semana pasada me dio por ser una cocinitas, qué le vamos a hacer, fue mi aire de última hora.

De pronto me obsesioné con ser una perfecta ama de casa de los años 50. A pesar de que siempre he mantenido mi casa ordenada y limpia, en lo que respecta a la cocina, ella y yo nunca hemos sido grandes amigas: la uso lo justo y necesario para alimentarme de forma rápida y sencilla (o lo que es lo mismo: usando el microondas).

Pero tuve la imperiosa necesidad de invitar a un tropel de personas a cenar en mi casa. Y no quería que fuera una cena cualquiera: quería cocinar para ellos, demostrarles mis (desconocidas) dotes culinarias. Asombrarles con ricos y elaborados platos, exquisitos entrantes, deliciosos postres… quería verles chuparse los dedos, que se chuparan unos a otros y que me alabaran y me dieran las gracias por haberles hecho descubrir un sin fin de delicados y nuevos sabores.

Quería que vivieran un verdadero placer gastronómico. No podía ser tan complicado; cosas peores había hecho.

Después de horas consultando recetarios, libros de mi madre, recetas por Internet, etc,, decidí el menú: una cosa sencillita, “solamente” iba a hacer:

Entradas: Bocaditos orientales, Porridge y compota de frutos secos y albondiguillas Frikadeller (¿quién carajo sabía lo que era “Frikadeller”?, pero sonaba tan bien…)

Primer Plato: Filetes de pez espada al jengibre

Segundo Plato: Faisán asado con ciruelas y pasas

Postre: Strudel de melocotón y almendras y sorbete de arándanos rojos


Hice la lista de la compra con los ingredientes necesarios, tres cositas de nada: tan sólo eran 2 folios escritos por las dos caras.

La primera en la frente fue una vez llegué al hipermercado. Una vez obtuve el carro (conseguirlo no fue tarea sencilla), me di cuenta de que no sabía manejarlo. Después de estrellarlo contra 3 estanterías y atropellar los pies a dos señoras que me insultaron sin compasión, me dispuse a llenarlo con todo lo necesario.

Dos horas más tarde, lo tenía prácticamente lleno y segundos después, me di cuenta de que no había echado prácticamente nada de lo que necesitaba.

A partir de ahí, un baile de despropósitos. Me di cuenta de lo siguiente:

- No sabía diferenciar los tomates para ensalada del resto de tomates (maldito racismo)
- Parece mentira, pero los puerros y las cebolletas son prácticamente iguales
- El jengibre es el comestible mas feo del mundo
- No sabía dónde buscar el requesón (¿qué tenía que buscar? ¿un queso muy grande?)
- El carro se pierde con mucha facilidad
- ¡¿Por qué carajo tengo que cogerlo y pesarlo yo todo?! ¡¿Dónde están los fruteros de antaño?!

Y en medio de la sección de embutidos, entre chorizos y butifarras, tuve una crisis de ansiedad (soy muy dada a sufrirlas, que todo hay que decirlo).

No sé cómo ni por qué, comencé a cuestionarme mi vida:

- Si no era capaz de diferenciar mi carro del resto de carros y un día llegaba a ser madre, ¿cómo iba a diferenciar el carro de mi niño del resto de carros de los otros niños?.

- Si me confundí tres veces y cogí tres carros diferentes, ¿quién me garantizaba que, en un futuro, no iba a coger el carro de otro niño dejando al mío en manos de vete tú a saber quién?

- Si un día era madre y tenía que volver a hacer la compra ¿cómo iba a conducir dos carros a la vez?

Y sobre todo: ¡¿por qué el jengibre era tan feo?!

Pero a pesar de todas las inclemencias, yo seguí con mi plan de hacer una cena espectacular…. Y llegó el día D y la hora H.

6 horas antes  me dispuse a prepararlo todo. 2 horas después volvió a darme otra crisis de ansiedad.

Ahora me pregunto cómo se lo ha montado mi madre todo estos años para preparar cenas de nochebuena, navidad, cumpleños, etc y que le saliera todo tan rico y tan bien y, sobre todo, cómo nunca acabó ingresada en un psiquiátrico.

Ahora me pregunto cómo se lo montó mi madre para darnos de cenar y comer a todos, y que lo hiciera todos los días del año.

Ahora me preguntó por qué mi madre nunca insistió en enseñarme a cocinar.

No puedo describiros el horror que vivió mi cocina: fue digno de película de terror. Tampoco me siento capaz de haceros entender mi estado de nerviosismo, creerme si os digo que la niña del exorcista a mi lado era la Madre Teresa de Calcuta.

Lo que sí es verdad, es que he llegado a una conclusión: la cocina está hecha para los que saben hacer varias cosas a la vez: trocear alimentos y manejar diferentes fuegos; atender  el horno y batir huevos; fregar cacharros y hacer rebozados; limpiarte las manos y abrir la nevera; etc…

Es justo eso lo que debo de perfeccionar, porque yo hago cosas a la vez, pero no debo de hacerlo con toda la rapidez necesaria: hablo por teléfono y fumo a la vez; veo la tele mientras me pinto las uñas de los pies; camino por la calle y veo escaparates…
 
Esa noche mis invitados cenaron y efectivamente descubrieron nuevos sabores (principalmente a carbonilla). Pero no vamos a engañarnos, todo lo que puse fue una porquería y sólo el aspecto daba ganas de vomitar. No tuve grandes halagos ni me besaron los pies, pero agradecieron mi esfuerzo. Tan sólo un invitado se aventuró a decir algo desagradable y lamentablemente (y por los puntos que le han tenido que dar en el labio), no podrá usar la boca en las próximas semanas con normalidad.

 

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¿Qué es esto?
 

 

quien-tiene-una-vecina-091107-01.jpg

Mal que me quieren mis comadres porque les digo las verdades; bien que me quieren mis vecinas porque les digo las mentiras
(Anónimo)


Quien tiene una vecina, tiene un tesoro… y más si tienes una vecina como la mía. Ella es francesa, parisina exactamente. El que sea una francesita instalada en Madrid no es que sea una ventaja… más bien diría yo que es un inconveniente. Sobre todo porque cuando me “alquilo” películas de su casa, no siempre tengo la opción de poder verlas en español. Pero esto algo que contaré más tarde.


Yo me instalé en la comunidad un año antes que ella, el antiguo propietario de la que ahora es su casa, me daba menos juego: directamente era un aburrido sin vida social. Sin embargo, mi vecina me ha brindado la oportunidad de pasarme largos y entretenidos ratos con la oreja pegada en la pared de mi salón escuchando las conversaciones con sus amiguetes y amantes. También para seguir sus orgasmos y la frecuencia con que los práctica. La verdad sea dicha, mucho, lo que se dice mucho, no lo hace la buena mujer.


Mi vecina, al igual que yo, tiene gato (aunque ella uno y yo dos) pero no es eso en lo único que coincidimos: ambas tenemos que salir de viaje con frecuencia. Cuando nos dimos cuenta del enorme favor que podríamos hacernos mutuamente cuidando de nuestros mininos cuando estuviéramos fuera (echarles comida, ponerles agua, cambiar la tierra…), felices nos dimos las llaves de nuestras casas y decidimos que cuando una no estuviera, la otra se haría cargo de los gatos. 


A mí, muy lejos de parecerme un incordio el tener que atender a Leo (que así se llama su gato), me parece un plan perfecto. Mi vecina me avisa, me da las llaves y al día siguiente ya estoy en su casa ocupándome del gatito en cuestión.


Ocupándome del gatito, de sus películas, de sus cd’s, de su ropa, de sus zapatos, de sus perfumes, de su sofá, de sus revistas y de todo de lo que pueda arramplar en su ausencia.

Qué interesante es la vida de los demás, sobre todo cuando la cotilleas de un modo clandestino. Si ella me permitiera fisgonear en su casa, no tendría gracia y  probablemente no lo haría. Pero es marcharse de viaje y no poder soportar la tentación de entrometerme en su intimidad.

Mi vecina tiene una colección de zapatos bastante exquisita y lo mejor de todo es que calza mi mismo número. Mi vecina tiene buen gusto para la ropa y tiene un vestido verde y negro de Dolce Galbbana que en cuanto no está y se lo deja, yo me lo planto y me queda de miedo. Mi vecina es tan astuta como yo, o más.

Ayer fui a su casa para ver que me “alquilaba” de su videoteca. Me llené de alegría y júbilo cuando comprobé que ya se había hecho con la última temporada de House.
Me fui rápidamente a mi casa con la nueva adquisición; me tiré en el sofá y cual fue mi desgracia al comprobar que el menú de todos y cada unos de los DVD’s de House, sólo me daba las siguientes opciones de idioma:

- Český
- Dansk
- Deutsc
- E۸۸hnika
- English
- Françai
- Nederlands
- Works
- Portugués
- Svenska

¿Y el español? ¡¿dónde está el español?! ¡¿Qué maldito idioma es el E۸۸hnika?!. Creía morirme, menuda mala pasada me había jugado la mala pécora. No sé a que francesa de tres al cuarto se le ocurre comprar todas las temporadas de House, en unos formatos que no te dejen ver los capítulos en mi idioma. Mi domingo echado al traste.

Pasé del inglés, no estaba yo para pensar… y teniendo en cuanta que sólo iba a entender los nombres de los protagonistas y a duras penas, opté por verme la serie en portugués. Fue un aburrimiento, así no tenía ninguna gracia.

Volví a su casa para devolver las películas y para ver si tenía otras opciones interesantes en su videoteca que tuvieran como opción el español, pero no, nada interesante, el resto de las pelis ya se las había “alquilado”.


De la forma más tonta me encontré en pijama, tumbada en su sofá y viéndome todos y cada uno de sus álbumes de fotos.

No solo descubrí que tiene una madre que se conserva muy bien y la sospecha de que ella se ha operado la nariz, sino que además comprobé ¡qué la jodia de ella asistió a una fiesta con un vestido mío!.

¡Já!, ¡lo sabía!, ¡sabía que ella hacía exactamente lo mismo que yo!, ¡sabía que yo no era la única descerebrada de la comunidad!. Ya la última vez que me marché de viaje sospeché que alguien había andado husmeando entre mis cosas; pero una amiga me convenció diciéndome que no todo el mundo era igual de descarada que yo. Sí, sí…  ya veo que el descaro no entiende de nacionalidades.

Lo malo no fue descubrir que se había puesto mi ropa: lo peor fue comprobar que a ella le quedaba mejor que a mí.

El domingo que prometía ser tedioso y lleno de capítulos en portugués, se puso harto interesante. Una vez comprobado que se había plantado uno de mis vestidos, me llevó a hacer un exhaustivo examen de cada una de las fotos de su colección. Comprobé, atónita, que en otra ocasión se había puesto mis sandalias negras de Farrutx. Una verdadera y sorprendente desgracia.

¿Cuántas cosas se había puesto sin mi permiso?. Por un lado me sentía orgullosa de mi armario, por otro, dolida y estafada; pero sobre todo me sentía impotente por no poder demostrarle mi resquemor. A ver quién era la guapa que le decía cómo había descubierto la engañifa.

Una cosa me llevó a la otra, y sin darme cuenta me sorprendí mirando en sus joyeros para ver que encontraba.

¿Qué creéis que encontré? Pues, buscando buscando, di con un par de pendientes míos. La verdad es que lo pendientes en cuestión me costaron cuatro perras y ni si quiera los había echado en falta… pero eran MIS pendientes; yo al menos le devolvía las cosas...

Mi vecina volvió de viaje y yo tardé poco y menos en llamar a su puerta. Ahí estaba yo; sonriente, con MIS pendientes en mis lindas orejitas; con sus llaves en la mano y dándola la bienvenida a su dulce hogar. Me faltó la tarta de manzana para ser la perfecta vecina cínica americana, pero no estaba dispuesta a cocinar para ella (amén de que no tengo ni idea de cómo se hace una tarta de manzana). Comprobé como, sorprendida y sin decir ni mu, miraba los pendientes... y  mientras yo me regodeaba en silencio, las dos hicimos mutis por el foro.

Ambas sabemos ahora que tenemos un pacto tácito. Nos “robamos” con permiso y lo consentimos, y como hay que cuidar al vecindario y a la mano que da de comer a tus gatos, he comprado la última temporada de “Las Chicas de Gilmore”, para que las “alquile” de mi casa cuando me marche de viaje. Además, he limpiado detenidamente todas y cada una de mis sandalias para que pueda ponérselas en mi ausencia.

Que disfrute de mi casa con salud, que eso haré yo con la suya.

 

 

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