Jamás ha habido un niño tan adorable que la madre no quiera poner a dormir
(Ralph Waldo Emerson)
¿Son los padres responsables de nuestra personalidad? ¿o eso es sólo un recurso facilón?. ¿Son nuestros padres los causantes de nuestros miedos, traumas, desasosiegos y ansiedades?. No son ni uno ni dos los estudios que opinan que efectivamente es así... pero hay opiniones para todo.
No voy a ser yo quien cuestione ciertas teorías, ni me voy a mojar poniéndome del lado de la víctima de una infancia difícil. Tampoco me decantaré por el lado de unos padres que, en su momento, también fueron hijos victimas de sus padres. No voy a debatir nada, sólo dejaré la pregunta en el aire: ¿es inevitable que, de alguna manera, acabemos siendo un espejo de nuestros progenitores?. ¿Nacemos o nos hacemos?.
Lo que está claro es que esto es la pescadilla que se muerde la cola.
Piénsenlo señores, recapaciten y háganlo con total sinceridad. Evitémonos los aspavientos diciendo que por nada del mundo podrían llegar a parecerse al cabeza de su familia y analicen este tema de forma objetiva. Estoy segura de que, un alto porcentaje de los lectores, se habrán sorprendido más de una vez diciéndose a si mismos "¡horror!, me parezco a mi madre/padre...".
Mi propia experiencia me dice que sí, que lamentablemente me parezco a mi madre. No sólo porque físicamente soy calco de su persona, sino porque según cumplo años, el parecido es tan asombroso que he decidido dejar de luchar contra lo evidente: me parezco a mi madre y cuanto más empello pongo en no parecerme a ella, la semejanza se convierte en algo terriblemente impactante.
Mi madre no quería tener hijos, pero de todos modos nací un frío y helador día de invierno. Las malas lenguas (exactamente la lengua viperina de mi abuela que era igual o peor que la de mi madre -con lo que se vuelve a ratificar la teoría de los parecidos entre los padres y lo hijos-) cuentan que cuando yo tan sólo contaba con unas horas de vida, alguien se aventuró a decir que era clavadita a la madre que me parió. Mi reflexiva madre sólo pudo responder con un desgarrador "eso es sólo lo que me faltaba".
Mi madre no me dio de mamar para que no se le estropearan sus bonitos y turgentes pechos (cosa que no sirvió para nada ya que las tetas, antes o después, se caen y a día de hoy le llegan más o menos a la altura de la cintura). Mi madre jugaba poco o nada conmigo porque mi energía, literalmente, le producía una jaqueca que tardaba días en remitir. Mi madre nunca me llevó ni me recogió del colegio... porque para eso estaba "la chica".
Mi madre hizo de la puesta en escena, de los modales y del vestir, una forma de vida y yo he seguido sus pasos a píes juntillas: aún habiéndola odiado por haber dedicado todo su tiempo a ello, por dedicarse a algo tan superficial y por ser prácticamente ése su único tema de conversación.
Mi madre le daba al bebercio, empinaba el codo o simplemente era una borrachuza, como ustedes quieran llamarlo, pero mi madre era de la alta sociedad y para esas personas lo adecuado era decir que bebía para "matar el gusanillo" o que simplemente era un "hábito social". El mismo hábito que le hacía tener resacas tan brutales que en casa no podía oírse ni a una hormiga caminando por la alfombra... o el mismo hábito social que le hacía tomarse, de cuando en cuando y para desayunar, un pelotazo de Chivas.
El caso es que, para qué negarlo, yo he llegado a odiar a mi madre, y creo que como yo, muchas personas en su época adolescente. Verdaderamente era muy complicado hacer comprender ciertos asuntos a nuestros padres, sobre todo en una época tan compleja como es la del pavo, ya que las hormonas y el vello corporal hablaban por nosotros.
Pero en defensa de ellos he de decir que lamentablemente desconocíamos lo que pasaba por sus cabezas; sólo nos ocupábamos de mirarnos el ombligo, de pretender ampliar la hora de llegada casa y de obtener el último grito en pantalones vaqueros. Nunca nos paramos a pensar en que podrían estar con el morro torcido porque tenían problemas matrimoniales, de trabajo o porque habían sido victimas de una infidelidad. Ésas cosas también las han vivido nuestros padres... aunque no lo queramos creer. Todo está inventado...
Sí, lo siento, tu madre pudo ser infiel a tu padre (o viceversa)... no pienses que porque hiciera las mejores tortillas de patatas y las más exquisitas croquetas, porque pasara el aspirador a diario a tu dormitorio o porque te bordara las iniciales en tu ropa interior cuando te ibas de campamento, no fuera capaz de ponerle los cuernos a tu padre. Efectivamente eran otros tiempos, pero estaban hechos de lo mismo que nosotros: de carne y hueso. Ellos también tenían impulsos sexuales y aunque se reprimieran más, a veces también daban rienda suelta a sus instintos animales.
El caso es que mis padres no eran los padres al uso. Mientras yo crecía comprobaba como en casa de mis amigas lo normal era tener la foto de boda sobre el mueble del salón y como sus madres prepararan sandwiches de foie gras y piñatas en sus fiestas de cumpleaños. Nada de eso tenía yo... aunque sí tuve otras cosas que no tenían mis compañeras, olvidándonos de lo material, yo disponía de la simpatía y sabiduría de los amantes de mi madre.
No fueron ni uno ni dos... pero siempre fueron muy amables conmigo. A uno, mi predilecto, le recuerdo con gran ternura: Don Álvaro Ignacio de Irazabal, el gran señor que me regaló, por mi octavo cumpleaños, la colección de libros de Pollyanna, de Eleanor H. Porter, y al cual le debo mi afición por la lectura.
Don Álvaro le duro mucho tiempo y se convirtió en uno más de la familia, no sé si mi poderosa imaginación me traiciona, pero juraría que le recuerdo cenando con nosotros y con mi padre presidiendo la mesa.
Nunca subestimes la curiosidad de un niño, puede llegar a ser brutal: les espié hasta que un día dejó de parecerme gracioso y me di cuenta de que el estar fisgoneando quitaba mucho tiempo a mis estudios y lectura. Al fin y al cabo, ya no veía nada nuevo. Curiosamente, cuando espiaba, lo hacía con mesura, para poder otorgarles algo de intimidad en mi propia casa. Llegado un momento puntual de la escena de amor, no sé si por pudor o por no querer ver lo evidente, retiraba la vista y me marchaba a mi cuarto.
Don Álvaro Ignacio de Irazabal desapareció de la noche a la mañana. Con los años, la curiosidad volvió a poder conmigo e intenté localizarle. A Don Álvaro se le había tragado la tierra.
A mis 25 años, le confesé todo esto a mi psicólogo y horas después se lo recordé a mi madre. Mi psicólogo guardó silencio y mi madre se limitó a tragar saliva, mirar para otro lado y aguantarse las lágrimas en unos ojos terriblemente enrojecidos. No quise preguntar más, estaba claro que fue alguien sumamente importante y se lo dejé para su intimidad y recuerdo. Hay cosas que es mejor no saber.
Pero el paso de los años, la madurez y las vivencias te hacen comprender a los que antes eran "los mayores". Ahora, con más edad con la que mi madre me tuvo, he llegado a perdonarla y hasta a quererla. No puedo vivir con ella, pero tampoco sin ella. Al fin y al cabo le debo grandes cualidades como la obsesión por la limpieza, el enfermizo orden, la afición por las cosas caras y una importante colección de hombres.
He comprendido que también ellos tuvieron debilidades y que sus formas no fueron las perfectas. He aceptado que tengo un padre y una madre que, aunque ninguno de los dos sean modelos a seguir, son los que me convirtieron, para bien o para mal, en lo que soy. Al fin y al cabo se tomaron muchas molestias en hacer de mí una mujer de provecho y aunque ambos creamos que no lo han conseguido, yo me siento muy orgullosa de haber tenido a una madre, que en los años de la transición española, este país se le antojaba rancio para unas expectativas demasiado altas para aquel entonces.
Y aunque inevitable y desafortunadamente me parezca a mi madre (de mi padre hablaré otro día porque él también tiene para dar y regalar), acepto gustosa la herencia.







HELLO!
Canada
Rusia
Grecia
México
Detestaba la forma de ser de mi padre, siempre trabajando y cuando podía de fiesta, mientras mi madre se lamentaba en casa porque no sabía donde estaba, pero con sus perfectos modales y educación, hasta que falleció...ahora, cuando me dicen que soy un calco a él en forma y fondo, la sonrisa me llena la cara, y el orgullo el alma!!!
Querida Kiku:
Seguro que sin tu madre no hubieras tenido ni la mitad de esa malicia glamourosa que nos encanta!!!!
De mi madre he de decir que fue la maestra que me enseño a silbar entre dientes soltando veneno tan bien como ella lo hizo siempre. Una herencia curiosa, tanto la tuya como la mía... igual trasciende en el linaje, igual nos la quedamos para nosotras.
Silbidoss suavess
(Espero sinceramente que te estén yendo bien las cosas y que vuelvas pronto con energía e ideas renovadas. Se te echa de menos por estos bloglares)
Me alegro de leerte rubia... y de leerte tan bien!
Aish padres... a veces cuesta creer que esas personitas, tan próximas y a la vez tan distantes, sientan, amen, deseen...
Son como un coloso, una esfinge, el imponente león marmóreo que vigila las puertas de tu casa... y resulta que detrás de esa coraza de responsabilidad, seriedad, respeto... detrás hay una personita que no difiere tanto de lo que eres tú o de lo que serás en 20 años.
Un besazo rubia!
unadecina Afortunadamente, en nuestros casos, no sentimos orgullosas… ya sabes eso que se dice de “Al que al cielo escupe, a la cara le cae” …
Mercé Eres un amor… ¿será que el glamour y la malicia, de alguna manera, van de la malo?
Silbido de Serpiente Menudo nick sugerente que te has puesto, eh? Shhhhh Linajes como ese, tiene que trascender… DEBE trascender.
Efebo Catalán Querido mío, aunque a ti te queda mucho para comprobar eso de la paternidad y aunque tú aún estás en lado del niño que mira expectante (juas juas), aceptaremos tu comentario como sabio y lleno de razón. Con 20 años más y cuando asomen tus canas, me lo cuentas :-p Un beso, guapo
Comentaros a todos que existen unos pequeños problemas con los comentarios y el blog y, aunque os diga eso de “El comentario que envió fue recibido y está retenido para su aprobación por parte del administrador del weblog”, antes o después, acabarán colgándolo…
¡¡VIVA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN!!
CUÁNTA SAPIENCIA! Nunca pensé que pudiera parecerme taaanto a mi madre. Ni siquiera la distancia, el no haber convivido juntas...nada, es inevitable...de repente yo, la persona más desorganizada del mundo se ve organizando las vacaicones del 2009...ya tengo contratados aviones y hoteles..
Queremos más post!
UN BESO
Afortunadamente todas las mujeres acaban siendo iguales a sus madres.
Algunas madres, lamentablemente, se empeñan en acabar pareciendose a sus hijas.
Un beso.
Pete Vicetown.