Archivos Mayo 2008

 

obsesion.jpgPara que el sueño, la riqueza y la salud se disfruten de verdad, es necesario interrumpirlos
(Jean Paul)

 

Nadie sabe más de tendencias, moda, portadas y revistas que nuestra querida, adorada y entrañable Heidi y por tanto, a nadie más que a ella se le puede permitir el abrir una web cuyo nombre sea fashionisima.es.

Si te interesa la moda, las celebridades y cual es el último grito para este verano, pues ya estás haciendo de fashionisima tu Biblia, tu libro de cabecera y tu credo: sin ella, no serás nada.

Heidi puede actualizar la web hasta 10 veces en un solo día y sus artículos, claros, concisos, participativos y muy divertidos, os alegrarán la existencia de manera prodigiosa.

El caso es que el otro día Heidi me habló de su nueva sección: "la obsesión de la semana",  y me invitó a que participara con una de las mías... ¿Tenéis vosotros obsesiones?, si es así, ir mandándoselas ya que por lo que a mí respecta, tengo tantas que no sé por cual empezar....: digamos que no recuerdo una sola semana en mi vida que en mi cabeza no floreciera una nueva obsesión.


La comida macrobiótica: Un buen día y sin ayuda de nadie, decidí que los alimentos que tomaba eran los causantes de todos mis males y, de nuevo, yo solita y sin ayuda de nadie, decidí también que la solución estaba en comer única y exclusivamente comida macrobiótica. Durante un tiempo me pasé los días comprando vegetales, frutas, algas y productos de soja fermentados. Y fue más o menos cuando se me puso cara de acelga, cuando decidí que me había aburrido de esta nueva filosofía tan poco apetitosa.

Esto me recuerda a cuando me hice vegetariana... Dejé de serlo en el momento en que me metí, creo que sin darme cuenta, un muslo de pollo grasiento en la boca... La verdad es que nunca tuve mucha credibilidad con esto del vegetarianismo, ya que sostenía que era de una nueva ola de vegetarianos que pueden comer huevo, pescado, calzar zapatos de piel y que sostienen que el pollo y el pavo no son carne de verdad, sino un genérico o algo así.

 

El maletín del maquillaje: Recuerdo que me encontraba yo un día sentada en el baño de mi casa (sentada porque sí, con la tapa cerrada y mirando al infinito...por dios, que yo soy un ser puro; al igual que me gusta sentarme en el sofá, pues también me gusta sentarme en mi taza del váter) cuando me sorprendí a mí misma dándome cuenta que no podía seguir viviendo si no me compraba urgentemente un maletín de maquillaje de esos profesionales y enormes con millones de compartimentos. Nunca imaginé que la búsqueda de un maletín me fuera a resultar tan complicada, porque yo tenía un maletín en mente y no me valía cualquiera. Después de visitar absolutamente todas las tiendas en las que vendían este tipo de maletines y dedicar dos semanas a la búsqueda, acabé comprándomelo por Internet en Bobbi Brown un maletín que consiguió que durmiera tranquila hasta mi próxima obsesión.

 

Un par de zapatos (uno de tantos): Creo que los zapatos en general (y este par de zapatos en particular), son el objeto de mis mayores obsesiones. Recuerdo la vez que me enamoré de un par de zapatos que yacían en el escaparate de una tienda en la zona de Taksim en Estambul. Yo iba con  prisas y no tenía tiempo para entrar, pero me ocurrió lo que suele pasar con este tipo de obsesiones: que yo ya me había enamorado y que los zapatos no podían salir de mi cabeza. Durante tres días no encontré el momento para volver a esa zapatería y comprarlos, esto sucedió durante un viaje de trabajo y no encontraba ni el modo ni el momento de acercarme hasta ahí. El último día, ya subida en un taxi camino del aeropuerto, pedí al taxista que diera la vuelta y me llevara a Taksim para poder comprarlos. Cuando llegué, me dieron la trágica noticia de que no los tenían de mi talla: ni corta ni perezosa opté por comprarme los de un número menor (siempre creo que el dilatador de calzado va a hacer el milagro que nunca hace). Perdí mi vuelo, tuve que hacer otra noche en Estambul y a mi empresa el par de zapatos le costó un nuevo billete de avión y otra noche de hotel. A mí, sin embargo, no sólo me costaron un ojo de la cara, sino que la única vez que me los puse, conseguí que se me quedaran los pies como los de esta geisha.


La Vaporera: ¿Qué es una vaporera? Pues simplemente un artilugio que te permite cocinar los alimentos al vapor. Cualquiera que me lea pensará que soy una sibarita de paladar fino: pues nada más lejos. Pero esta obsesión la tengo muy reciente y no puedo más que compartirla con vosotros. Desconozco como empezó la historia de la vaporera, sólo recuerdo que un día amanecí completamente obsesionada con adquirir una. Como últimamente ando mal de tiempo y no puedo recorrerme todas las tiendas que me gustaría, "sólo" pude optar por ocupar toda una mañana de trabajo en buscar y comprar vía Internet, la vaporera que me hiciera feliz. Como no conseguí decidirme entre la vaporera clásica de bambú y la ultra moderna de silicona de la marca Lékué, pues acabé comprándome las dos. Durante una semana y media sólo cenamos pescado al vapor. Ahora, tanto mi novio como yo sabemos que las vaporeras nunca volverán a salir del armario de la cocina donde las he guardado pero... ¿y lo feliz que me hicieron ellas durante esas dos semanas?.


El reciclaje y el cambio climático: No sé de donde me saqué que el ponerle freno al cambio climático dependía en exclusiva de lo que hiciéramos nosotros dos en casa. Fue tal mi obsesión por el calentamiento global, por las corrientes marinas y por el balance radiactivo terrestre, que durante días tuve unas terribles pesadillas donde comprobaba que nunca más iba a poder tirarme en el césped, ni darme baños de espuma y que tendríamos que vivir en una casa muy fea y yo no podría peinarme nunca más (¿?). A todo esto, el espíritu de Al Gore (también sin peinar) me acechaba y me culpaba a mí del mal global ya que nunca puse en mi casa un bonito cubo de basura para reciclar. Estos sueños me hicieron comprar el maldito cubo y como no me valía cualquiera, gasté más gasolina, más energía y más papel (había que consultar revistas de diseño), de lo que Al Gore hubiera podido imaginar en sus peores pesadillas.

 

La rosa mosqueta: ¿Alguien sabe la cantidad de maravillosas propiedades dermatológicas que tiene la rosa mosqueta? Pues son muchas: muchas y muy buenas. Más o menos os lo resumiría de este modo: la rosa mosqueta es la octava maravilla del mundo y si no te haces con al menos una crema que tenga como base la rosa mosqueta, morirás. Y si no mueres, tendrás una piel horrible el resto de tu vida. El caso es que yo, inocente de mí, un buen día di con un aceite de rosa mosqueta, lo compré y desde entonces me creó una adición terrible y una obsesión aún mayor. No me bastó ni con el aceite ni con leer todo lo que encontrara sobre este tipo de rosa: tuve que comprarme todas las cremas y aceites del mercado que contuvieran rosa mosqueta. Hasta me alegré de que a mi amiga la operaran de apendicitis para demostrarle lo buena cicatrizante que es. Y no, no tengo acciones ni nada parecido. Es una obsesión como otra cualquiera. Probadla y veréis.

 


Me queda hablaros sobre la obsesión por un bolso deportivo de Merc (muy cachondo teniendo en cuenta que yo no hago nada de deporte), por cuando me dio por comer únicamente brotes de soja, cuando me dio por llenar mi casa de orquídeas salvajes. La obsesión que sufrí por una gabardina, por una casa (sí, también por una casa) y un largo etcétera.... Pero sería imposible escribir un solo artículo sobre todas mis obsesiones. Necesitaría una colección de 12 tomos de esos que si se te cae uno en el píe, te lo rompe en dos.

A las obsesiones hay que tratarlas bien y con sumo cuidado y darles todo aquello que piden, si no lo haces, te sale un eczema horrible en la cara que no podrás curártelo ni con rosa mosqueta.

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¿Qué es esto?
 


diarrea-verbal-060508-01.jpgHay una cosa más terrible que la calumnia: La verdad
(Charles-Maurice Talleyrand Périgord)

 


No sé qué habré podido tomar últimamente que me ha producido, como efecto secundario, diarrea verba e incontinencia oral. Bien es verdad que nunca he sido muy de callarme las cosas aunque, bien es verdad también, que siempre me ha gustado hacer uso de la diplomacia. Pero es que de un tiempo a esta parte, carezco del talento de adornar las palabras y tengo la imperiosa necesidad de decir las cosas tal y como las pienso. Así, sin anestesia ni nada. A pelo.

Vamos, que si antes alguien sufría de halitosis y a mí me tocaba hablar con esa persona largo y tendido, podía hacérselo saber con decoro y disimulo mientras le metía en la boca un puñado de caramelitos de menta. Pero ahora, debido al terrible efecto secundario que sufro, no puedo disimular ni una décima de segundo. Según me aguanto la respiración y hago como que me abanico, le hago saber que su aliento huelo peor que la comida de tortuga.

La semana pasada tuve que hacer unas compras de urgencia y me metí en uno de esas tiendas que abren los 365 días del año (venga, vale, si insistís os diré que la tienda en cuestión era el OpenCor de la calle Fuencarral de Madrid). El caso es que nada más entrar me topé con una enorme estantería con ideas para regalar en el Día de la Madre...

Cual fue mi sobresalto al comprobar que entre tanta horterada tipo cojines en forma de corazón, estuches de maquillajes, aparatos de electromusculación para elevar glúteos y reducir tripa, bisutería barata y CD's de Eros Ramazzotti, no se hallaba ni un solo libro. Creerme, ni uno solo. Es que ni por error.

Mi problema es que se me ha dotado, entre otras cosas, de una muy buena memoria y, recordé, que para el Día del Padre, esas misma estantería se había llenado de máquinas de afeitar, radios despertadores y libros. Muchos libros.

No pude más que sacar a la feminista que llevo dentro (y que, todo hay que decirlo, suelo tener oculta) y mientras echaba espuma por la boca, maldecía en arameo y ante la mirada estupefacta del dependiente de metro y medio que le tocó soportarme, exigí hablar con el encargado... Y ya puestos, con el encargado del encargado.

Parece ser que, para el encargado de tres al cuarto, a nosotras, mujeres, madres y no madres, lo que más nos gusta hacer en nuestro tiempo libre es abrazar cojines de rayón, enchufarnos a la gimnasia pasiva mientras escuchamos al llorica de Eros Ramazzotti y nos pintamos las sombras de azul celeste. Valiente imbécil.

Daros por defendidas. Porque después de soltar todo tipo de improperios le hice saber que si no añadía un solo libro en la estantería (tal y como hizo para el día del padre) íbamos a salir en los papeles.

Al día siguiente tuve que ir para comprobarlo. Podéis estar tranquilas, nuestro honor está a salvo. No eran muchos los libros que el imbécil había ordenado poner, pero menos daba una piedra. Súper Kiku, defensora de los derechos humanos, había hecho su buena acción. Por el rabillo del ojo pude comprobar como el encargado no me quitaba ojo, creo que con cara de "pobrecilla, está loca" pero esa noche dormí como una bendita.

Pero ése es sólo un pequeño ejemplo. Mi necesidad de decir lo que pienso y de aderezarlo con palabras malsonantes,  ha ido mucho más allá.

Si antes alguien se atrevía a comentarme que tenía mala cara, corriendo me iba al baño e intentaba solucionarlo. Pero ahora, soy otra, y el destino hizo que la misma petarda de siempre se cruzara en mi camino para volver a decirme que no tenía yo mi mejor fisonomía. Como dios me quedé cuando le solté algo sobre su analfabetismo incurable y que hiciera el favor de comerme el miembro viril que desgraciadamente no tenía.

Decir palabrotas es una gran terapia. Os lo recomiendo con vehemencia... Según echo un sapo y una culebra por la boca, siento que me quito tres kilos de encima y que soy invencible y todopoderosa. Tenemos una lengua rica en lo que a tacos se refiere ¡hagamos uso de ésta riqueza lingüística!.

Hoy, que visto un precioso vestido globo de Lurdes Bergada, alguien ha tenido a bien el decirme que era raro y de harapienta. Craso error. Haciendo uso de mi riqueza lingüística malsonante y gracias a su comentario desacertado,  por fin he podido decir absolutamente todo lo que pienso de ella, empezando por reconocer que fui yo y solamente yo, la que le bauticé con el apodo de "Repu la cerda".

Está feo decirlo, pero cuando ha roto a llorar, sólo he podido sonreír de medio lado y encenderme un cigarrillo. Hay placeres que no se pagan con dinero.

En fin... que voy a darme una vuelta por el blog de Sheila Morataya, a ver si se me pega algo de bondad...

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