Para tener buena salud lo haría todo menos tres cosas: hacer gimnasia, levantarme temprano y ser persona responsable
(Oscar Wilde)
Llevo treinta y pocos años haciendo de mi existencia una película... o mejor dicho: un peliculón. Dependiendo del día puede ser una peli porno, un dramón, una comedia, un melodrama o, incluso, una de terror. He tenido temporadas en las que he llegado a concentrar todas las categorías en tan solo 24 horas. Soy así de intensa, que le voy a hacer.
Y es que siempre he sido muy dada al melodrama. Creo que ver Lo que el viento se llevó siendo yo un renacuajo, me creó un trauma hasta ahora insuperable. Desde entonces, mi pose preferida cuando se me lleva la contraria, es ponerme la mano en la frente, echar la cabeza para atrás y simular un desmayo la mar de vaporoso.
Mis problemas (si es que se le puede denominar así a lo trivial) han ido dependiendo del momento. Sobrellevar una adolescencia, los estudios, el trabajo, convertirme en "alguien"... El amor, el amor, el amor. Tener una casa, cargar con una hipoteca, pagar facturas. Trabajar, trabajar, trabajar... Conseguir dinero para más tarde gastármelo a mi antojo. Viajar, viajar, viajar...
Y mis relaciones, siempre centro y eje principal de mi vida, las que me han hecho tomar decisiones tajantes, locas e incluso divertidas. Mi principal fuente de problemas, de energía y alegrías. Encontrar el amor, perderlo, reencontrarlo, vivirlo, llorarlo, odiarlo...
El amor, viajar, el dinero, el amor, el trabajo... Uf. Yo que siempre he pensado que llevaba una vida intensa, nunca imaginé que lo mejor estaba por llegar...
El caso es que siempre he tenido algo entre manos de lo que preocuparme. Si no tenía dinero, tenía amor, pero si tenía amor y dinero entonces no tenía el trabajo adecuado. Cuando creía tenerlo todo, me buscaba alguna inquietud... y si no la encontraba, me la inventaba.
Y resulta, que de un tiempo a esta parte, mi vida era plena y yo estaba encantada de que así fuera. Había llegado el momento de disfrutar de lo que, en teoría, tanto me había costado encontrar y lograr.
En el amor no podía estar mejor, el dinero no era algo de lo que tuviera que preocuparme, mi trabajo el aceptable, físicamente me veía mejor que nunca, las uñas no se me rompían y mi pelo estaba la mar de brillante. ¿Acaso se le puede pedir más a la vida?.
Y un día, de la forma más tonta, me veo haciéndome un reconocimiento ginecológico de rutina. Y ese día, de la forma más tonta también, siento en mis carnes que algo no marcha del todo bien.
Días después, sin comerlo, beberlo y mucho menos esperarlo y mientras me doy cuenta de que no me está gustando nada la cara de la ginecóloga. Sólo pude oír: bla bla bla, no te preocupes, bla bla bla, cáncer de útero, bla bla bla, células atípicas, bla bla bla, no tienes de lo que preocuparte...
¡¿Qué no tengo de lo que preocuparme?! La enfermedad más grave que he sufrido, ha sido una resaca de espanto y ¿¡tú me dices que no tengo de lo que preocuparme!?.
Estaba claro que no sabía con quien hablaba, si he logrado hacer un drama, remover cielo y tierra por algo infinitamente menos importante, con esto, te aseguro que yo, reina de la tragedia, puedo montar el número más grave de la historia del celuloide.
Y así fue...
Yo, adelantándome a los acontecimientos, poniéndome en lo peor, lamentándome por mi sensatez al no haberme quedado embarazada con 16 años (o, en su momento, de la persona no adecuada) y llorando por los rincones, no supe como canalizar todo eso.
No, mi útero no por favor. Eso es un golpe bajo.
Durante estos días, sólo he sabido buscar información sobre lo que tengo (craso error, demasiada información no es buena), lamentarme y lloriquear. Pero, oiga usted, mis dramas también tienen un límite y ya me he agotado de ser la Magdalena. Por fin he conseguido afrontar que lo que tengo, ni es nuevo para la medicina, ni es nada que no tenga solución, ni tiene porque convertirse en algo irreversible.
Así que, como Ave Fénix, resurjo de mis cenizas y ya estoy (casi) preparada para todo lo que me echen. Me esperan tiempos de estar abierta de piernas más de lo que me gustaría y en escenarios y situaciones no idílicas... pero ¿quién dijo que la vida era fácil?.
"A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"







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