ENVIDIA COCHINA Y PODRIDA

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Si hubiera un solo hombre inmortal, sería asesinado por los envidiosos
(Chumy Chúmez)

 

Soy una envidiosa. Es triste pero cierto.

Para no sentirme tal mal con este sentimiento que sufro a diario, me he dicho muchas veces eso de que es “envidia sana”. Pero no me lo creo ni yo, la envidia sana no existe: la envidia es insana por naturaleza. Y si no me creen, repasen conmigo los pecados capitales. Les recuerdo que la envidia ocupa el quinto lugar; eso no es ninguna tontería.

De pequeña envidiaba a una niña de mi clase porque tenía un soplo en el corazón: eso le hacía delicada y además podía saltarse la clase de gimnasia. A mí esa enfermedad me parecía lo mejor que te podía pasar. ¡Yo también quería tenerla!.

También envidiaba a los que se partían los huesos porque les ponían escayolas. Para mi desgracia, nunca me rompí nada, aún tirándome a conciencia desde la ventana de mi clase que estaba en un primer piso. Ilesa perdida me quedé (y castigada 3 meses sin recreo, lo cual, no era nada envidiable).

Sin mencionar lo que he envidiado los aparatos en los dientes, la deformidad del brazo de la hija del portero (no lo podía estirar del todo y a mí me gustaba como le quedaba) y hasta envidié, que a una vecina se le quemara la casa: entraron los bomberos en tropel a rescatarla y además, con lo que cobró del seguro, pudo redecorarla.

¿Soy un ser anormal o una envidiosa perdida? (que no una perdida envidiosa). Supongo que ambas cosas.

El otro día, mi compañero de cama, pasó una noche terrible: Se la pasó vomitando y con diarrea. Prácticamente hacía las dos cosas a la vez (para que luego digan que los hombres  no pueden). Así, a bote pronto, parece que una gastroenteritis con vómitos incluidos no puede ser nada envidiable, pero lo es… puede llegar a serlo... y mucho.

Se creía morir. Se levantaba cada cinco minutos, mareado, con sudores fríos, retorciéndose en la cama. Según él, estaba viviendo un calvario.

Por la mañana llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar y, el muy cruel, lo hizo nada más sonar mi despertador. Sinceramente, me puse verde de envidia (por lo que me puse zapatos rojos, combinaban muy bien).

¿¡Por qué tenía yo que madrugar y él quedarse en la cama todo el día!? ¡Yo también quería ponerme mala y no ir a trabajar! ¡Yo también quería!. Además, era justo lo que necesitaba para quitarme un par de kilos enquistados.

A mediodía le llamé para ver que tal se encontraba y con un hilito de voz, me contestó que muy mal. Que de su cuerpo ya sólo salía un liquidito, que no tenía nada más que expulsar, que tenía fiebre y que estaba enganchado a una botella de suero oral que sabía a rayos.

Un quejica, pensé, éste no sabe lo que es un dolor de ovarios. No hay un solo mes de menstruación que no desee con todas mis fuerzas que la naturaleza de un giro y que los hombres sufran dismenorrea crónica. Algún día de estos se cumplirá mis deseos y vendrá Paco con las rebajas.

Cuando llegué a casa, después de una larga y agotadora jornada laboral, me le encontré tumbadito en el sofá, viendo el Diario de Patricia, tapado con su mantita y reclamando mimos y atenciones. ¿Eso era estar enfermo? ¡pues yo también quería!.

- Él: La cena de anoche me sentó mal. Creo que el pescado estaba en mal estado
- Yo: No puede ser, yo cené exactamente lo mismo que tú
- Él: Pero a ti nada te sienta mal, aunque te comas un bocadillo de moho…

¿¡Por qué el tiene que tener un estómago delicado y yo no?!.  ¿Por qué? ¿Qué hice en mi vida anterior para que se me haya castigado con un tubo digestivo a prueba de bombas?

- Él: No te tomes mi suero que casi no me queda…
- Yo: ¡Yo también quiero tomarlo! ¡EGOISTA!

Esa noche él no cenó, pero yo me preparé una suculenta cena:

- Las sobras del pescado del día anterior
- Dos yogures caducados
- Un manzana pocha
- Un vaso de horchata (de una botella abierta desde antes de irnos de vacaciones)

Me senté a ver la tele y a esperar mi gastroenteritis.

- Yo: De esta me pongo mala seguro. Dame muchos besos con lengua, con suerte es vírico y me lo pegas.
- Él: Ya estás enferma, pero de la cabeza.

Mi enfermedad no llegó. Al día siguiente me desperté con la esperanza de encontrarme fatal, pero estaba como una rosa. Sin embargo, él seguía deshaciéndose en el baño.

Para colmo de males, al día siguiente, me llamó mi amiga.

- Ella: Me han dado un golpe en el coche por detrás. Me han puesto un collarín
- Yo: Jo, que suerte… siempre he querido llevar uno…

Seguro que me castigan los dioses y me pongo mala el jueves que tengo una súper fiesta.

 

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12 comentarios

Hola. Lo tuyo no es envidia a, sino deseos de. Descubrir a personas con tan fina ironía como tu, siempre es gratificante. Lo he leído todo, por ver si me indigestaba y me ponía malito, pero, no ha habido suerte. Jeje. Un saludo.

Mi querida Kiku, me complace saber que compartimos el mismo pecado: la envidia, ciertamente, no puede ser sana, de otro modo no puede uno explicarse el dolor de estómago, la sensación de ahogamiento en la traquea, las palpitaciones como si los hematíes fueran bólidos, que uno tiene cuando siente envidia, amén del calor interno que emerge, yo creo que producto de la antorcha en vivo que el diablo prende en nuestra sangre cuando ni ésta nos llega de tanto desear lo que no podemos tener.

En realidad yo no tengo constancia de haber sido muy envidiosa a lo largo de mi vida, y eso que siempre he tenido motivos: ni soy guapa, ni soy lista… Si me descuido, ni soy; sin embargo, confieso que a medida que cumplo años, la envidia empieza a ser proporcional a dicha edad: ya no deseo ser esa alta, delgada y rubia pivón que ellos desean, ni la excelente cocinera que es mi madre y que todos halagan, ni la cariñosa y super-woman anfitriona que es mi cuñada (tan asquerosamente perfecta), ni la dotadísima abogada, ingeniera o médica, ni tan siquiera deseo tener un novio guapo (acaban dando problemas, seguro) … No, lo que yo no puedo aguantar a esta altura de mi vida son los ricos/ociosos, binomio inseparable: empiezo a arder en el infierno, pero es que les tengo tanta envidia que ni Lucifer sabe en qué escala colocar mi pecado y así poder clasificarme: son tantas las razones como usted pueda imaginar, amiga Kiku… Quiero imaginar que si usted desearía tener una gastroenteritis para quedarse en casa y no ir a trabajar, no puedo menos que suponer qué puede sentir hacia esos individuos que, sencillamente, ni se levantan porque necesitan dormir más para no envejecer.

¡Mi enhorabuena, Kiku!

Hombre!!!! Te pasas un poquito de envidia, eh???
Yo siempre he envidiado alguna cosilla, como lo de la escayola que como tú jamás he llevado porque no hay manera de romperme nada...pero...una gastroenteritis....uy, por Dios, se pasa fatal...no compensa...

Jhonny Salomón: Lo tuyo ha sido una buena definición, casi hasta me gusta más que lo de “envidia sana” que ya no cuela para nada. Muchas gracias por tu comentario, para mí es un placer que te guste y sobre todo que te resulte gratificante! :-D

Oneof5: Compañera de pecado, eres brutal. No puedo más que postrarme a tus píes ante tal comentario. Efectivamente, tal y como sospechas, me pongo verde de envidia cada vez que pienso en esos malditos ricos/ocioso. Si Lucifer no supiera ponerte en su escala de valores, lo haré yo: te pudrirás en el infierno, pero no te preocupes, ahí estaré yo contigo. Ah, vivir de lo tu cuñada tiene que ser un sinvivir… no soportaría una cena de navidad con ella: algo oscuro seguro que esconde. Lo sé.

Pilar: De verdad crees que es peor una gastroenteritis que una escayola? ;-) no sé yo, creo que cuando te quitan la escayola estás llenita de pelos… Yo prefiero dos días en el baño que, con lo que me cuesta ponerme a dieta, es mi solución perfecta ;-)

¡Las veces que he intentado envenenarme yo también para no ir a trabajar a la mañana siguiente! Pero mi estómago es como ese pan que “lo aguanta todo”. Y lo más jodido no es encontrarse bien y tener que ir a trabajar, sino que lo que no mata, engorda. Mala suerte la nuestra, querida Coolkiku. Cuídese, no vaya a caer enferma.

a mi me pasa lo contrario!!me encantaría sentir enviadia..caminar por la calle y saber que todas se mueren por un bolso como el mío, que piensan "qué suerte tiene de ir del brazo de ese tio" o...pero no puedo, me siento mal y pienso...que se lo queden, seguro que se lo merecen más que yo...¿QUE PUEDO HACER? QUIERO SER ENVIDIOSA

Heidi: A nosotras nada nos sienta mal porque seguro que a ti, como a mi, se te enquista. Aix. Una desgracia, querida, una desgracia… De pequeña me comí un trozo de tiza porque alguien me dijo que daba fiebre.. ¿te dio fiebre a ti? Pues a mí tampoco… Cuídate mucho tu también. No te me envenenes ;-)

Iden: Querida, qué hace una chica como tú en un sitio como este? Irás al cielo, lo sé… En caso extremo, te dejo que des tu bolso, pero tu chico? Tu chico No!!!

Jajaja, ¡a mí también me engañaron con lo de la tiza! Evidentemente lo probé. Y evidentemente no me dio fiebre. ¡Maldita sea! Jeje.

Fantástico. No llego yo a envidiar tanto a los demás, pero cuando me entra una gastroenteritis, o una sesión inmunda de calambres estomacales de 3 días a los que estoy abonada una vez al año, o cualquier otra tontería (todo menos la regla, las mujeres somos fuertes y tenemos que demostrarlo doblegando a nuestros ovarios), me pongo secretamente contenta. Aún recuerdo con nostalgia aquella intoxicación de calamares que me hizo perder 10 kilitos, y luego todos me preguntaban que qué dieta había seguido... ains.

Besotes.

illyakin: Me matas de envidia, ¿puedes compartir con nosotros, por favor, qué hacer con los calamares para que te hagan perder 10 kilitos de nada??!! Dejarlos al sol durante cuántos días? (lástima que estemos en invierno) Es injusto, yo también quiero!

Besos...

Kiku, el secreto está en la salsa y en el relleno. Han de ser solicitadoss y consumido en un bar que previamente lo haya reciclado del día (o dos) anterior, habiéndolo dejado bien expuesto al medio ambiente durante más horas de las recomendables y, por fin, recalentado en el microondas.

Luego has de ponerte muy mona e ir de boda. Tras la cena, en el primer cubata (a lo sumo el segundo), notarás cómo la estancia empieza a darte vueltas, los sudores recorren tu piel, el frío se te mete en el sentío y la taza del váter parece que esté limpia y tó. El efecto más cojonudo es cuando consigues llegar a tu cama al cabo de dos o tres horas. Todo da vueltas, y de pronto sientes que te viene el vómito, pero con ese deje de mareo de coche tan característico. La noche te la pasas de imaginaria, siguiendo más o menos el siguiente esquema: cabeza en váter --> vuelvo a la cama - cabeza en almohada + 30 segundos = cabeza da vueltas --> eses por el pasillo --> cabeza en váter y vuelta a empezar = no pegar ojo (= 10 kilos menos).

Nunca he podido reproducir exactamente los hechos causísticos, de manera que ahora gozo de saludable sobrepeso. Qué le vamos a hacer...

Espero haber solventado tus dudas. Besitos.

Querida Kiku:

Definitivamente me sigues inspirando (esto de ser diablesa requiere mucha dedicación) ;)

Abrazos y besos,

Aldonza

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