Archivos Noviembre 2007

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Los amores son como los niños recien nacidos; hasta que lloran, no se sabe si viven

(Jacinto Benavente)

 

 

Y lo prometido es deuda… Hoy, la segunda parte de los ex.

La ex por antonomasia: Esta es la que más fastidia, mucho más que “La ex incómoda”. La otra, al fin y al cabo, le plantó tu chico, pero aquí fue ella la que se bajó del carro… y claro, cada vez que se la menciona, a ti se te ponen los pelos como escarpias. Nunca has visto su foto y no te puedes comparar. Nunca os habéis encontrado estando juntos pero él, se la encuentra hasta en la sopa. Es con la que siempre tendrás la duda de si quedará algún resquicio de amor hacia ella y, aunque a él le duela la boca de decirte que tú eres su gran amor, cada vez que la menciona se te da la vuelta el estómago. Cuando crees que lo tienes superado y que ya no sale a flote su nombre, un día va y te viene con un: “Amor, ¿sabes quién me ha llamado hoy?”, “no cariño ¿a quién?...”, “¡a Marta!”, “¿Qué Marta?, “¡Marta mi ex!” y va y te cuenta que “la pobre” lo está pasando fatal porque en el trabajo no está contenta y quiere que tu chico la recomiende a alguno de sus contactos… Y tú haces de tripas corazón y mientras sueltas un “Vaya, hoy en día nadie está conforme con su puesto de trabajo”, en realidad estás recitando en tu interior un sin fin de insultos. Sin duda, este espécimen debería de estar prohibida.


El ex de la vergüenza: Es ese que aún te preguntas que tipo de trauma estabas pasando por esa época para haber estado con semejante ejemplar. Te has deshecho de todas sus fotos, pero no porque no hayas podido superar que ya no tengas nada con él, sino por la vergüenza ajena que sientes. El pobre es más feo que mandar a tu abuela a por drogas y si por casualidad tu actual pareja se entera de que tuviste algo que ver con él, lo más bonito que te dice es algo así como “cariño, estuviste con ese tipo antes de operarte de la vista, ¿no?” mientras se troncha de la risa. Es (y verás la de topicazos que voy a tener que escuchar por decir esto) el típico que si no te hubiera hecho ni caso, ahora estarías llorando de rincón en rincón por su amor, pero como te tuvo en palmitas y te consintió todo (impertinencias, insolencias, paranoias…) pues decidiste que mejor pasabas de él. Esta especie puede sufrir mucho por ti, así que por su propio bien, mejor mantenerse a varios kilómetros de distancia.


El ex que escuece: Cuando le ves es como si te abriera en canal y te echaran pimentón dentro. Mejor no saber de él, mejor no verlo, mejor que nadie te diga nada de él. Que a nadie se le ocurra decir que está con tal o cual persona porque sabes que no lo vas a digerir bien. Al que en su momento le deseaste la muerte y que ahora, superando traumas, te conformas con que sufra una gonorrea y/o sífilis, que se quede ciego de un ojo y que el otro no lo pueda cerrar nunca, que se quede cojo y le salgan pústulas por toda la cara y ampollas sangrantes, que se quede calvo a trozos y que tenga un pitido permanente en los dos oídos. Es el que todo lo relacionado con él te va a salir mal y que si te le encuentras por casualidad (porque tuvo la brillante idea de quedarse a vivir en tu mismo barrio) te pilla en ese domingo en el que has bajado a la tienda de los chinos a comprar sin peinar… y sin pintar… y con la marca del cojín en la cara, más sola que un ajo y maldiciendo en alto porque acabas de pisar la caca de un perro que aún estaba caliente… y te topas con él, que está radiante, estupendo, con aire de triunfador y te suelta, con una risita malévola, que se te ve estupenda… Esta especie es venenosa y mortal. Habría que aniquilarla.

Y de nuevo, esto es todo por hoy, espero que hayan disfrutado. Mañana la tercera y última entrega con cuatro nuevos tipos de ex. ¡Búsquenla en “Pastelitos Envenenados”!.
 

 

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¿Qué es esto?
 

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 Soportaría gustosa una docena más de desencantos amorosos, si ello me ayudara a perder un par de kilos
(Sidonie Gabrielle Claudine Colette)

¿Quién no tiene un ex en su vida? Seguro que quien más y quien menos, tiene alguno guardado en el fondo de su corazón… y de su teléfono móvil.

Nuestros amigos tienen ex, nuestros compañeros de trabajo tienen ex y salvo mi madre y padre (que no cuentan porque son de otra generación), tiene a un ex guardado en la manga.

Que conste que sobre este tema puedo hablar con conocimiento de causa, porque no tendré un yate atracado en una isla del caribe, pero desde luego, lo que sí que tengo son ex. Los tengo para dar y regalar, de todos los tipos, colores y formas; grandes, pequeños y medianos; tarados, cuerdos y temerarios; los tengo lunáticos, responsables y perturbados; enamorados y desesperados, los tengo maduros y verdecitos. Tengo información suficiente como para hacer una tesis doctoral en lugar de un artículo de blog.

Y con la sana intención de volver a sentar cátedra, en mi no modesta opinión, creo que los ex sólo sirven para incordiar. Por mucho que intenten convencerme de que se puede llegar a  tener una relación cordial y de amistad con ellos, que es lo adecuado y recomendable entre gente adulta, yo creo que se ha de hacer justo todo lo contrario: lo sano y adecuado para la salud mental de todos nosotros, los ex deberíamos de desaparecer y marcharse con tanta paz como la que se deja.

Sí, ya sé que muchos de vosotros os lleváis estupendamente con vuestras ex parejas, pero a mí eso no me vale… Yo también me llevo bien con algunos de mis ex y os aseguro que sus parejas están deseando que me pase una apisonadora por encima. No hace falta que nadie me diga, que no soy precisamente querida por ellas.

Dicho todo esto, voy a pasar a mencionaros, en esta primera parte del artículo, unos cuantos tipos de ex. Seguro que hasta les ponéis poner nombre y apellido.


El ex llorón depresivo: Es el que se encarga de recordarte día tras día que le has fastidiado la vida y que eres una hija de mala madre. Es el que te hace sentir culpable y te repite, una y otra vez, que nunca podrá superar la ruptura. De vez en cuando (gracias a su ya elaborado plan en hacerte sentir mal) consigue que te vayas a la cama con un gra remordimiento de conciencia, pensando en que verdaderamente le has destrozado y que no mereces vivir por haber sido tan mala y cruel. Sabes que te maldice en sus oraciones y que aunque le sorprendas con un matasuegras, guirnalda al cuello y bailando el chá chá chá como un desaforado, te dirá que en realidad no lo está pasando nada bien y cambiará automáticamente su cara a la de cordero degollado. Este tipo es muy dado a soltar lagrimitas y en cuanto te despistas y te pones cariñosa queriéndole decir “ya pasó, ya pasó…”, él ya te está metiendo la mano por debajo de la falda.


La ex incómoda: Es la ex novia de tu pareja, es esa maldita que nunca termina de echarse novio. La que se empeña en invitar a tu pareja a comer, a cenar, a desayunar… la que llama a horas intempestivas para decir “¡Fulanito!, no puedes ni imaginarte por dónde estoy: ¡en ese pueblecito tan mono al que me trajiste por sorpresa!, ¡no sabes cuanto me estoy acordando de ti… bueno… de nosotros!” (y yo de todos tus muertos, piensas). Es la que fue abandonada por él y nunca terminará de aceptarlo. La que de vez en cuando le lloriquea y le manda, despechada, un montón de fotos porque ella ya no las quiere tener… Y sabes que no te llega ni a la suela del zapato, pero te revuelve el estómago cada vez que se pone en contacto con él.
 

El ex peligroso: Es el que pone en peligro cualquier relación que tengas (por muy asentada que esté) porque sabes que él + copas + tonteo es = a acabar rememorando viejos tiempos en el catre. El que hizo contigo lo que quiso y el que sabe que aún puede hacerlo. Es el que más vale que no te ponga un dedo encima porque, aunque estés a un solo día de tu boda, como te toque, se te va a poner el culo en pompa y vas a tardar medio segundo en restregarte por su pierna. Es con el que aprendiste que es lo que NO quieres en una relación pero que sabes a ciencia cierta, que no tendrás otra relación con el que tengas mejor sexo. A esta especie hay que mantenerla lejos, muy lejos, es un bicho peligroso porque puede arruinar todo con sólo tocarte.

Y por hoy, esto es todo. En breve, la segunda entrega con nuevos tipos de ex. ¡No te los pierdas!.

 

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¿Qué es esto?
 

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Si hubiera un solo hombre inmortal, sería asesinado por los envidiosos
(Chumy Chúmez)

 

Soy una envidiosa. Es triste pero cierto.

Para no sentirme tal mal con este sentimiento que sufro a diario, me he dicho muchas veces eso de que es “envidia sana”. Pero no me lo creo ni yo, la envidia sana no existe: la envidia es insana por naturaleza. Y si no me creen, repasen conmigo los pecados capitales. Les recuerdo que la envidia ocupa el quinto lugar; eso no es ninguna tontería.

De pequeña envidiaba a una niña de mi clase porque tenía un soplo en el corazón: eso le hacía delicada y además podía saltarse la clase de gimnasia. A mí esa enfermedad me parecía lo mejor que te podía pasar. ¡Yo también quería tenerla!.

También envidiaba a los que se partían los huesos porque les ponían escayolas. Para mi desgracia, nunca me rompí nada, aún tirándome a conciencia desde la ventana de mi clase que estaba en un primer piso. Ilesa perdida me quedé (y castigada 3 meses sin recreo, lo cual, no era nada envidiable).

Sin mencionar lo que he envidiado los aparatos en los dientes, la deformidad del brazo de la hija del portero (no lo podía estirar del todo y a mí me gustaba como le quedaba) y hasta envidié, que a una vecina se le quemara la casa: entraron los bomberos en tropel a rescatarla y además, con lo que cobró del seguro, pudo redecorarla.

¿Soy un ser anormal o una envidiosa perdida? (que no una perdida envidiosa). Supongo que ambas cosas.

El otro día, mi compañero de cama, pasó una noche terrible: Se la pasó vomitando y con diarrea. Prácticamente hacía las dos cosas a la vez (para que luego digan que los hombres  no pueden). Así, a bote pronto, parece que una gastroenteritis con vómitos incluidos no puede ser nada envidiable, pero lo es… puede llegar a serlo... y mucho.

Se creía morir. Se levantaba cada cinco minutos, mareado, con sudores fríos, retorciéndose en la cama. Según él, estaba viviendo un calvario.

Por la mañana llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar y, el muy cruel, lo hizo nada más sonar mi despertador. Sinceramente, me puse verde de envidia (por lo que me puse zapatos rojos, combinaban muy bien).

¿¡Por qué tenía yo que madrugar y él quedarse en la cama todo el día!? ¡Yo también quería ponerme mala y no ir a trabajar! ¡Yo también quería!. Además, era justo lo que necesitaba para quitarme un par de kilos enquistados.

A mediodía le llamé para ver que tal se encontraba y con un hilito de voz, me contestó que muy mal. Que de su cuerpo ya sólo salía un liquidito, que no tenía nada más que expulsar, que tenía fiebre y que estaba enganchado a una botella de suero oral que sabía a rayos.

Un quejica, pensé, éste no sabe lo que es un dolor de ovarios. No hay un solo mes de menstruación que no desee con todas mis fuerzas que la naturaleza de un giro y que los hombres sufran dismenorrea crónica. Algún día de estos se cumplirá mis deseos y vendrá Paco con las rebajas.

Cuando llegué a casa, después de una larga y agotadora jornada laboral, me le encontré tumbadito en el sofá, viendo el Diario de Patricia, tapado con su mantita y reclamando mimos y atenciones. ¿Eso era estar enfermo? ¡pues yo también quería!.

- Él: La cena de anoche me sentó mal. Creo que el pescado estaba en mal estado
- Yo: No puede ser, yo cené exactamente lo mismo que tú
- Él: Pero a ti nada te sienta mal, aunque te comas un bocadillo de moho…

¿¡Por qué el tiene que tener un estómago delicado y yo no?!.  ¿Por qué? ¿Qué hice en mi vida anterior para que se me haya castigado con un tubo digestivo a prueba de bombas?

- Él: No te tomes mi suero que casi no me queda…
- Yo: ¡Yo también quiero tomarlo! ¡EGOISTA!

Esa noche él no cenó, pero yo me preparé una suculenta cena:

- Las sobras del pescado del día anterior
- Dos yogures caducados
- Un manzana pocha
- Un vaso de horchata (de una botella abierta desde antes de irnos de vacaciones)

Me senté a ver la tele y a esperar mi gastroenteritis.

- Yo: De esta me pongo mala seguro. Dame muchos besos con lengua, con suerte es vírico y me lo pegas.
- Él: Ya estás enferma, pero de la cabeza.

Mi enfermedad no llegó. Al día siguiente me desperté con la esperanza de encontrarme fatal, pero estaba como una rosa. Sin embargo, él seguía deshaciéndose en el baño.

Para colmo de males, al día siguiente, me llamó mi amiga.

- Ella: Me han dado un golpe en el coche por detrás. Me han puesto un collarín
- Yo: Jo, que suerte… siempre he querido llevar uno…

Seguro que me castigan los dioses y me pongo mala el jueves que tengo una súper fiesta.

 

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¿Qué es esto?
 

esclava-del-telefono-141107-01.jpg

 

Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda
(Martin Luther King)

 

Si algún enemigo de los que tengo, supiera que para tenerme en vilo tan sólo es necesario hacerme una llamada con número oculto, entonces se pasaría en día haciéndolo (que buena idea acabo de dar a alguno/a ¿eh?). 

Tristemente es así. Supongo que mi vida últimamente carece de fuertes emociones. Eso, o  que me he vuelto un ser completamente anormal, que también puede darse el caso.

No suelo despegarme de mi móvil, pero cuando lo hago, suena insistentemente.

Si espero una llamada y esa llamada no llega precisamente porque la estoy esperando, suelo usar un truco. Como ya sé que mi teléfono sólo suena cuando no estoy junto a él, lo que hago es que lo dejo en una habitación, y aunque esté sola en casa, pego un grito al aíre diciendo algo así como “¡me bajo a comprar!, tardaré en llegar, no me llevo el móvil…” pero en realidad, y sin que el teléfono lo sepa, me quedo tras la puerta esperando pacientemente. Entonces, suena y lo cojo a traición. ¡Ja! ¿Acaso se cree más listo que yo?

Os parecerá mentira, pero son muchas las veces que me ha funcionado. Probadlo y veréis.

Mi teléfono y yo tenemos una extraña relación. Si yo me meto en la ducha, entonces se pone a sonar como un desaforado. Un remedio  muy útil y que también practico a menudo, es dejar el teléfono en el salón, meterme en el baño con la puerta entreabierta, hacer como que me voy a la ducha (volver a pegar un grito al aire diciendo “¡voy a darme un largo baño!” también puede volver a valer), sentarme en el wc y esperar: Aproximadamente dos minutos más tarde, comienza a sonar.

Ninguno de estos trucos funciona si me llevo el teléfono al lavabo. Si lo hago, enmudece.

Hace unos días, me separé del teléfono. Era mediodía, y yo tan solo hice el inocente gesto de acercarme al despacho de mi jefe. Tarde en volver a mi sitio aproximadamente cuatro  minutos. Cuando regresé, mi teléfono tenía una llamada perdida de un número oculto.

Una tragedia. Que a mí me ocurra algo así, es la peor calamidad que me puede pasar. El mayor de los desastres.

Fue entonces cuando enloquecí.

Antes de perder la calma, lo que suelo hacer en estos casos, es llamar a las personas habituales: mi madre, mi padre, mi hermana, mi amiga… y entonces les pregunto “¿me has llamado?”, si la respuesta es “no”, entonces es cuando viene el problema.

Efectivamente seguí los pasos: hice las llamadas y usé  los trucos tradicionales (hasta me senté en la taza del váter de la oficina con la puerta abierta por si sonaba), pero nada. No hubo manera.

Intenté no pensar en ello y di el tiempo prudencial para que la persona misteriosa de número oculto, volviera a insistir. No hubo forma: una hora más tarde, la llamada aún no se había producido.

Comí, intenté hacer mis ejercicios de relajación, usé mil veces los trucos de las voces al aire, pero dieron las siete de la tarde y nada, que no sonaba la llamada misteriosa.

Tuve que tomar cartas en el asunto.

Desde la A a la Z llamé a todos y cada uno de mis contactos (bueno, alguno me salté, gente como “Fontanero”, “Información Telefónica”, “TeleChino”…) y nada de nada, que ninguno había llamado.

Este tipo de estupideces, no sólo me cuestan un dinero que luego se hace presente en la factura del teléfono, sino que además (y considerablemente peor), me hace perder la dignidad como persona.

Entre las llamadas que hice, tuve que hacer de tripas corazón y llamar a mis ex para preguntarles si me habían llamado (todo es posible, la posibilidad de que me llamaran para decirme que aún estaban locamente enamorados de mí, que cada día que pasaba era un sinvivir y que no conseguían olvidarme, podía ser una opción), pero la respuesta de todos fue que no. Y lo peor de todo es que sé, a ciencia cierta, que creyeron que les llamé como excusa para volver a ponerme en contacto con ellos. Panda de cretinos, parece mentira que no me conozcan.

Un día que prometía ser normal e incluso bueno, se convirtió en una pesadilla. Me fui a mi casa (caminando 4 kilómetros de nada, no fuera a ser que me sonara el teléfono en el metro) y me deprimí.

Sólo una vez sonó el teléfono, pero era mi amiga para preguntarme si ya había resuelto el caso. A esas alturas yo había hecho todo tipo de conjeturas, las cuales expuse con sumo detenimiento.

Conjetura # 1: Podía darse el caso que los del ¡HOLA! me hubieran llamado para decirme que dejara de escribir estupideces en el blog. Que años de gloriosa reputación en su revista para que yo, en cuestión de semanas, hubiera tirado todo al traste.

Conjetura # 2: Recuerdo a un tipo al que, hará cosa de dos años, le di mi número de teléfono y jamás me llamó. Puede que ahora, sintiéndose preparado, hubiera decidido hacerlo.

Conjetura # 3: Zapatero: Sí, podría ser que Zapatero (o un Ministro) que me hubiera llamado para agradecerme el magnifico trabajo que estaba haciendo para la humanidad escribiendo mis miserias en “Pastelitos Envenenados”.

Conjetura # 4: Llamaban para comunicarme que iban a darme el Premio Pulitzer, pero al no haber contestado el teléfono, se lo darían a otra persona.


Es por todo esto por lo que os comunico que, desde que recibí la maldita llamada con número oculto, tengo un tic en un ojo, sufro de insomnio y doy, constantemente, voces al aire diciendo que voy a hacer cosas que en realidad no hago.

Por favor, si fuiste tú el que llamaste con número privado, vuelve a hacerlo: prometo contestar.

Todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no?.

 

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¿Qué es esto?
 
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La mujer es un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo
(William Shakespeare)


La semana pasada me dio por ser una cocinitas, qué le vamos a hacer, fue mi aire de última hora.

De pronto me obsesioné con ser una perfecta ama de casa de los años 50. A pesar de que siempre he mantenido mi casa ordenada y limpia, en lo que respecta a la cocina, ella y yo nunca hemos sido grandes amigas: la uso lo justo y necesario para alimentarme de forma rápida y sencilla (o lo que es lo mismo: usando el microondas).

Pero tuve la imperiosa necesidad de invitar a un tropel de personas a cenar en mi casa. Y no quería que fuera una cena cualquiera: quería cocinar para ellos, demostrarles mis (desconocidas) dotes culinarias. Asombrarles con ricos y elaborados platos, exquisitos entrantes, deliciosos postres… quería verles chuparse los dedos, que se chuparan unos a otros y que me alabaran y me dieran las gracias por haberles hecho descubrir un sin fin de delicados y nuevos sabores.

Quería que vivieran un verdadero placer gastronómico. No podía ser tan complicado; cosas peores había hecho.

Después de horas consultando recetarios, libros de mi madre, recetas por Internet, etc,, decidí el menú: una cosa sencillita, “solamente” iba a hacer:

Entradas: Bocaditos orientales, Porridge y compota de frutos secos y albondiguillas Frikadeller (¿quién carajo sabía lo que era “Frikadeller”?, pero sonaba tan bien…)

Primer Plato: Filetes de pez espada al jengibre

Segundo Plato: Faisán asado con ciruelas y pasas

Postre: Strudel de melocotón y almendras y sorbete de arándanos rojos


Hice la lista de la compra con los ingredientes necesarios, tres cositas de nada: tan sólo eran 2 folios escritos por las dos caras.

La primera en la frente fue una vez llegué al hipermercado. Una vez obtuve el carro (conseguirlo no fue tarea sencilla), me di cuenta de que no sabía manejarlo. Después de estrellarlo contra 3 estanterías y atropellar los pies a dos señoras que me insultaron sin compasión, me dispuse a llenarlo con todo lo necesario.

Dos horas más tarde, lo tenía prácticamente lleno y segundos después, me di cuenta de que no había echado prácticamente nada de lo que necesitaba.

A partir de ahí, un baile de despropósitos. Me di cuenta de lo siguiente:

- No sabía diferenciar los tomates para ensalada del resto de tomates (maldito racismo)
- Parece mentira, pero los puerros y las cebolletas son prácticamente iguales
- El jengibre es el comestible mas feo del mundo
- No sabía dónde buscar el requesón (¿qué tenía que buscar? ¿un queso muy grande?)
- El carro se pierde con mucha facilidad
- ¡¿Por qué carajo tengo que cogerlo y pesarlo yo todo?! ¡¿Dónde están los fruteros de antaño?!

Y en medio de la sección de embutidos, entre chorizos y butifarras, tuve una crisis de ansiedad (soy muy dada a sufrirlas, que todo hay que decirlo).

No sé cómo ni por qué, comencé a cuestionarme mi vida:

- Si no era capaz de diferenciar mi carro del resto de carros y un día llegaba a ser madre, ¿cómo iba a diferenciar el carro de mi niño del resto de carros de los otros niños?.

- Si me confundí tres veces y cogí tres carros diferentes, ¿quién me garantizaba que, en un futuro, no iba a coger el carro de otro niño dejando al mío en manos de vete tú a saber quién?

- Si un día era madre y tenía que volver a hacer la compra ¿cómo iba a conducir dos carros a la vez?

Y sobre todo: ¡¿por qué el jengibre era tan feo?!

Pero a pesar de todas las inclemencias, yo seguí con mi plan de hacer una cena espectacular…. Y llegó el día D y la hora H.

6 horas antes  me dispuse a prepararlo todo. 2 horas después volvió a darme otra crisis de ansiedad.

Ahora me pregunto cómo se lo ha montado mi madre todo estos años para preparar cenas de nochebuena, navidad, cumpleños, etc y que le saliera todo tan rico y tan bien y, sobre todo, cómo nunca acabó ingresada en un psiquiátrico.

Ahora me pregunto cómo se lo montó mi madre para darnos de cenar y comer a todos, y que lo hiciera todos los días del año.

Ahora me preguntó por qué mi madre nunca insistió en enseñarme a cocinar.

No puedo describiros el horror que vivió mi cocina: fue digno de película de terror. Tampoco me siento capaz de haceros entender mi estado de nerviosismo, creerme si os digo que la niña del exorcista a mi lado era la Madre Teresa de Calcuta.

Lo que sí es verdad, es que he llegado a una conclusión: la cocina está hecha para los que saben hacer varias cosas a la vez: trocear alimentos y manejar diferentes fuegos; atender  el horno y batir huevos; fregar cacharros y hacer rebozados; limpiarte las manos y abrir la nevera; etc…

Es justo eso lo que debo de perfeccionar, porque yo hago cosas a la vez, pero no debo de hacerlo con toda la rapidez necesaria: hablo por teléfono y fumo a la vez; veo la tele mientras me pinto las uñas de los pies; camino por la calle y veo escaparates…
 
Esa noche mis invitados cenaron y efectivamente descubrieron nuevos sabores (principalmente a carbonilla). Pero no vamos a engañarnos, todo lo que puse fue una porquería y sólo el aspecto daba ganas de vomitar. No tuve grandes halagos ni me besaron los pies, pero agradecieron mi esfuerzo. Tan sólo un invitado se aventuró a decir algo desagradable y lamentablemente (y por los puntos que le han tenido que dar en el labio), no podrá usar la boca en las próximas semanas con normalidad.

 

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¿Qué es esto?
 

 

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Mal que me quieren mis comadres porque les digo las verdades; bien que me quieren mis vecinas porque les digo las mentiras
(Anónimo)


Quien tiene una vecina, tiene un tesoro… y más si tienes una vecina como la mía. Ella es francesa, parisina exactamente. El que sea una francesita instalada en Madrid no es que sea una ventaja… más bien diría yo que es un inconveniente. Sobre todo porque cuando me “alquilo” películas de su casa, no siempre tengo la opción de poder verlas en español. Pero esto algo que contaré más tarde.


Yo me instalé en la comunidad un año antes que ella, el antiguo propietario de la que ahora es su casa, me daba menos juego: directamente era un aburrido sin vida social. Sin embargo, mi vecina me ha brindado la oportunidad de pasarme largos y entretenidos ratos con la oreja pegada en la pared de mi salón escuchando las conversaciones con sus amiguetes y amantes. También para seguir sus orgasmos y la frecuencia con que los práctica. La verdad sea dicha, mucho, lo que se dice mucho, no lo hace la buena mujer.


Mi vecina, al igual que yo, tiene gato (aunque ella uno y yo dos) pero no es eso en lo único que coincidimos: ambas tenemos que salir de viaje con frecuencia. Cuando nos dimos cuenta del enorme favor que podríamos hacernos mutuamente cuidando de nuestros mininos cuando estuviéramos fuera (echarles comida, ponerles agua, cambiar la tierra…), felices nos dimos las llaves de nuestras casas y decidimos que cuando una no estuviera, la otra se haría cargo de los gatos. 


A mí, muy lejos de parecerme un incordio el tener que atender a Leo (que así se llama su gato), me parece un plan perfecto. Mi vecina me avisa, me da las llaves y al día siguiente ya estoy en su casa ocupándome del gatito en cuestión.


Ocupándome del gatito, de sus películas, de sus cd’s, de su ropa, de sus zapatos, de sus perfumes, de su sofá, de sus revistas y de todo de lo que pueda arramplar en su ausencia.

Qué interesante es la vida de los demás, sobre todo cuando la cotilleas de un modo clandestino. Si ella me permitiera fisgonear en su casa, no tendría gracia y  probablemente no lo haría. Pero es marcharse de viaje y no poder soportar la tentación de entrometerme en su intimidad.

Mi vecina tiene una colección de zapatos bastante exquisita y lo mejor de todo es que calza mi mismo número. Mi vecina tiene buen gusto para la ropa y tiene un vestido verde y negro de Dolce Galbbana que en cuanto no está y se lo deja, yo me lo planto y me queda de miedo. Mi vecina es tan astuta como yo, o más.

Ayer fui a su casa para ver que me “alquilaba” de su videoteca. Me llené de alegría y júbilo cuando comprobé que ya se había hecho con la última temporada de House.
Me fui rápidamente a mi casa con la nueva adquisición; me tiré en el sofá y cual fue mi desgracia al comprobar que el menú de todos y cada unos de los DVD’s de House, sólo me daba las siguientes opciones de idioma:

- Český
- Dansk
- Deutsc
- E۸۸hnika
- English
- Françai
- Nederlands
- Works
- Portugués
- Svenska

¿Y el español? ¡¿dónde está el español?! ¡¿Qué maldito idioma es el E۸۸hnika?!. Creía morirme, menuda mala pasada me había jugado la mala pécora. No sé a que francesa de tres al cuarto se le ocurre comprar todas las temporadas de House, en unos formatos que no te dejen ver los capítulos en mi idioma. Mi domingo echado al traste.

Pasé del inglés, no estaba yo para pensar… y teniendo en cuanta que sólo iba a entender los nombres de los protagonistas y a duras penas, opté por verme la serie en portugués. Fue un aburrimiento, así no tenía ninguna gracia.

Volví a su casa para devolver las películas y para ver si tenía otras opciones interesantes en su videoteca que tuvieran como opción el español, pero no, nada interesante, el resto de las pelis ya se las había “alquilado”.


De la forma más tonta me encontré en pijama, tumbada en su sofá y viéndome todos y cada uno de sus álbumes de fotos.

No solo descubrí que tiene una madre que se conserva muy bien y la sospecha de que ella se ha operado la nariz, sino que además comprobé ¡qué la jodia de ella asistió a una fiesta con un vestido mío!.

¡Já!, ¡lo sabía!, ¡sabía que ella hacía exactamente lo mismo que yo!, ¡sabía que yo no era la única descerebrada de la comunidad!. Ya la última vez que me marché de viaje sospeché que alguien había andado husmeando entre mis cosas; pero una amiga me convenció diciéndome que no todo el mundo era igual de descarada que yo. Sí, sí…  ya veo que el descaro no entiende de nacionalidades.

Lo malo no fue descubrir que se había puesto mi ropa: lo peor fue comprobar que a ella le quedaba mejor que a mí.

El domingo que prometía ser tedioso y lleno de capítulos en portugués, se puso harto interesante. Una vez comprobado que se había plantado uno de mis vestidos, me llevó a hacer un exhaustivo examen de cada una de las fotos de su colección. Comprobé, atónita, que en otra ocasión se había puesto mis sandalias negras de Farrutx. Una verdadera y sorprendente desgracia.

¿Cuántas cosas se había puesto sin mi permiso?. Por un lado me sentía orgullosa de mi armario, por otro, dolida y estafada; pero sobre todo me sentía impotente por no poder demostrarle mi resquemor. A ver quién era la guapa que le decía cómo había descubierto la engañifa.

Una cosa me llevó a la otra, y sin darme cuenta me sorprendí mirando en sus joyeros para ver que encontraba.

¿Qué creéis que encontré? Pues, buscando buscando, di con un par de pendientes míos. La verdad es que lo pendientes en cuestión me costaron cuatro perras y ni si quiera los había echado en falta… pero eran MIS pendientes; yo al menos le devolvía las cosas...

Mi vecina volvió de viaje y yo tardé poco y menos en llamar a su puerta. Ahí estaba yo; sonriente, con MIS pendientes en mis lindas orejitas; con sus llaves en la mano y dándola la bienvenida a su dulce hogar. Me faltó la tarta de manzana para ser la perfecta vecina cínica americana, pero no estaba dispuesta a cocinar para ella (amén de que no tengo ni idea de cómo se hace una tarta de manzana). Comprobé como, sorprendida y sin decir ni mu, miraba los pendientes... y  mientras yo me regodeaba en silencio, las dos hicimos mutis por el foro.

Ambas sabemos ahora que tenemos un pacto tácito. Nos “robamos” con permiso y lo consentimos, y como hay que cuidar al vecindario y a la mano que da de comer a tus gatos, he comprado la última temporada de “Las Chicas de Gilmore”, para que las “alquile” de mi casa cuando me marche de viaje. Además, he limpiado detenidamente todas y cada una de mis sandalias para que pueda ponérselas en mi ausencia.

Que disfrute de mi casa con salud, que eso haré yo con la suya.

 

 

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¿Qué es esto?
 

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De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes
(Jules Renard)


La mentira es humana y la piadosa, necesaria.
 
Con esta frase comienzo este artículo, este blog y con ella pretendo sentar cátedra.
 
Soy de la opinión que las parejas no deben de contárselo todo. Bien es verdad que la confianza y sinceridad son pilares básicos en una relación pero, creo sinceramente, que contarlo TODO a nuestra pareja o a un proyecto de ella, no es absolutamente necesario. Más bien todo lo contrario…
 
El tiempo, la convivencia y la confianza, nos harán rectificar o sincerarnos si el tiempo, y nosotros, lo creemos oportuno.
 
Pero ojo, que nadie se equivoque, mi intención no es invitaros a mentir, sólo os induzco a endulzar una verdad que necesariamente no debe saberse con total exactitud. O lo que es lo mismo: (venga, vale) mentir.

Y para ejemplo, un botón: Pongámonos en situación. Imaginemos que salimos con alguien, que esa persona nos gusta, que ha pasado el filtro de las primeras citas y que tienes la sana intención de volver a verle todo el tiempo que haga falta. De hecho, te sorprendes a ti misma queriendo pasar los fines de semana junto a él y porque, el otro día y sin darte cuenta, te pescaste haciendo limpieza en tu armario por si un día le da por dejar algo de ropa en tu casa.

Supón, también, que habéis salido a cenar, que la última copa la tomáis en casa, que os sentís pletóricos, encandilados e incluso enamorados y que, después de una velada llena de confesiones, donde os habéis contado vuestras inquietudes, miedos y hasta os habéis dado los nombres de vuestras primas lejanas, él a la luz de una vela, algo embriagado por todo el vino que habéis tomado, se atreve a preguntarte:

- ¿Con cuántos hombres te has acostado?

WARNING! ¡Es una pregunta trampa!, ¡no la respondas o al menos no lo hagas antes de haber meditado bien tu respuesta!. Recuerda que puedes guardar silencio, que cualquier cosa que digas puede ser utilizada en tu contra y que tienes derecho a un abogado y a tenerlo presente en el interrogatorio… Aunque, evidentemente, no es momento para llamar a ningún letrado y que se pase el resto de la noche con vosotros.

Por nada del mundo se te ocurra poner la mirada perdida mientras cuentas con los dedos y en voz baja: “sesenta y cuatro, sesenta y cinco, sesenta y seis…” mientras él te mira ojiplático.

Distrae su atención, simula un ataque de tos, derrámate la cera de la vela por el cuerpo, saca el perfumador de tu bolso y échate colonia en los ojos, incluso grita ¡fuego, fuego!. Haz cualquier cosa pero no digas, bajo ningún concepto, la verdad: ¿quién dijo que la omisión de la información era mentir?, seguramente un tipo con una novia inteligente que se negó a confesar que se había beneficiado hasta a el apuntador.

Piénsalo, digas lo que digas nunca debes darle la respuesta correcta porque ni él mismo sabe lo que quiere escuchar. Imagina que son 72 (que buena cifra, chica, tú sí que sabes pasarlo bien), pues, seguramente, le va a parecer algo desorbitado; pero igualmente si le dices 54, 31 ó 12. Cualquier número le parecerá que son demasiados. Además, te arriesgas a tener un número mayor al de él y eso, digan lo digan y por muy en el siglo XXI que estemos, no es tu mejor carta de presentación.

Si, por el contrario, dices “contigo sumáis dos”. ¿Dos? Pues ese número tampoco le gustará nada. Creerá que era demasiado inexperta y casta.

Y si, por un casual, se te ocurre decir “uy, tendría que contarlos, nunca me he puesto a ello”, pensará que son tantos que el resultado de la operación es igual a incalculable.

Todas sabemos que en algún momento de tu vida, antes o después, te has puesto con tu querida amiga, un lápiz, un papel y unas cuantas risas a anotar con cuantas se ha acostado cada una. A algunas de vosotras os saldrán nombres como “el fotógrafo”, “el del bar de los mojitos” o “Federico/Fernando/Felipe” porque eres incapaz de recordar como se llamaba. Pero no te preocupes, no serás ni la primera ni a la última a la que le pase eso. Ese tipo de despistes y confesiones déjalas para ti y para tu amiga, pero en ningún caso y bajo ningún concepto, lo compartas con él. ¿Para qué?.

También puedes hacer oído sordos a su pregunta, morderle el lóbulo de la oreja y poniéndote mimosa decirle: “miéntame Pinocho, miénteme”. Si tiene dos dedos de frente y la picardía que ti te sobra, sabrá que quieres añadirle a lista de los que tienen nombre, apellido y talla.

 

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