diarrea-verbal-060508-01.jpgHay una cosa más terrible que la calumnia: La verdad
(Charles-Maurice Talleyrand Périgord)

 


No sé qué habré podido tomar últimamente que me ha producido, como efecto secundario, diarrea verba e incontinencia oral. Bien es verdad que nunca he sido muy de callarme las cosas aunque, bien es verdad también, que siempre me ha gustado hacer uso de la diplomacia. Pero es que de un tiempo a esta parte, carezco del talento de adornar las palabras y tengo la imperiosa necesidad de decir las cosas tal y como las pienso. Así, sin anestesia ni nada. A pelo.

Vamos, que si antes alguien sufría de halitosis y a mí me tocaba hablar con esa persona largo y tendido, podía hacérselo saber con decoro y disimulo mientras le metía en la boca un puñado de caramelitos de menta. Pero ahora, debido al terrible efecto secundario que sufro, no puedo disimular ni una décima de segundo. Según me aguanto la respiración y hago como que me abanico, le hago saber que su aliento huelo peor que la comida de tortuga.

La semana pasada tuve que hacer unas compras de urgencia y me metí en uno de esas tiendas que abren los 365 días del año (venga, vale, si insistís os diré que la tienda en cuestión era el OpenCor de la calle Fuencarral de Madrid). El caso es que nada más entrar me topé con una enorme estantería con ideas para regalar en el Día de la Madre...

Cual fue mi sobresalto al comprobar que entre tanta horterada tipo cojines en forma de corazón, estuches de maquillajes, aparatos de electromusculación para elevar glúteos y reducir tripa, bisutería barata y CD's de Eros Ramazzotti, no se hallaba ni un solo libro. Creerme, ni uno solo. Es que ni por error.

Mi problema es que se me ha dotado, entre otras cosas, de una muy buena memoria y, recordé, que para el Día del Padre, esas misma estantería se había llenado de máquinas de afeitar, radios despertadores y libros. Muchos libros.

No pude más que sacar a la feminista que llevo dentro (y que, todo hay que decirlo, suelo tener oculta) y mientras echaba espuma por la boca, maldecía en arameo y ante la mirada estupefacta del dependiente de metro y medio que le tocó soportarme, exigí hablar con el encargado... Y ya puestos, con el encargado del encargado.

Parece ser que, para el encargado de tres al cuarto, a nosotras, mujeres, madres y no madres, lo que más nos gusta hacer en nuestro tiempo libre es abrazar cojines de rayón, enchufarnos a la gimnasia pasiva mientras escuchamos al llorica de Eros Ramazzotti y nos pintamos las sombras de azul celeste. Valiente imbécil.

Daros por defendidas. Porque después de soltar todo tipo de improperios le hice saber que si no añadía un solo libro en la estantería (tal y como hizo para el día del padre) íbamos a salir en los papeles.

Al día siguiente tuve que ir para comprobarlo. Podéis estar tranquilas, nuestro honor está a salvo. No eran muchos los libros que el imbécil había ordenado poner, pero menos daba una piedra. Súper Kiku, defensora de los derechos humanos, había hecho su buena acción. Por el rabillo del ojo pude comprobar como el encargado no me quitaba ojo, creo que con cara de "pobrecilla, está loca" pero esa noche dormí como una bendita.

Pero ése es sólo un pequeño ejemplo. Mi necesidad de decir lo que pienso y de aderezarlo con palabras malsonantes,  ha ido mucho más allá.

Si antes alguien se atrevía a comentarme que tenía mala cara, corriendo me iba al baño e intentaba solucionarlo. Pero ahora, soy otra, y el destino hizo que la misma petarda de siempre se cruzara en mi camino para volver a decirme que no tenía yo mi mejor fisonomía. Como dios me quedé cuando le solté algo sobre su analfabetismo incurable y que hiciera el favor de comerme el miembro viril que desgraciadamente no tenía.

Decir palabrotas es una gran terapia. Os lo recomiendo con vehemencia... Según echo un sapo y una culebra por la boca, siento que me quito tres kilos de encima y que soy invencible y todopoderosa. Tenemos una lengua rica en lo que a tacos se refiere ¡hagamos uso de ésta riqueza lingüística!.

Hoy, que visto un precioso vestido globo de Lurdes Bergada, alguien ha tenido a bien el decirme que era raro y de harapienta. Craso error. Haciendo uso de mi riqueza lingüística malsonante y gracias a su comentario desacertado,  por fin he podido decir absolutamente todo lo que pienso de ella, empezando por reconocer que fui yo y solamente yo, la que le bauticé con el apodo de "Repu la cerda".

Está feo decirlo, pero cuando ha roto a llorar, sólo he podido sonreír de medio lado y encenderme un cigarrillo. Hay placeres que no se pagan con dinero.

En fin... que voy a darme una vuelta por el blog de Sheila Morataya, a ver si se me pega algo de bondad...

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¿Qué es esto?
 

 

hasta-el-utero-de-ser-mujer-090408-01.jpgPara tener buena salud lo haría todo menos tres cosas: hacer gimnasia, levantarme temprano y ser persona responsable
(Oscar Wilde)


   
Llevo treinta y pocos años haciendo de mi existencia una película... o mejor dicho: un peliculón. Dependiendo del día puede ser una peli porno, un dramón, una comedia, un melodrama o, incluso, una de terror. He tenido temporadas en las que he llegado a concentrar todas las categorías en tan solo 24 horas. Soy así de intensa, que le voy a hacer.

Y es que siempre he sido muy dada al melodrama. Creo que ver Lo que el viento se llevó siendo yo un renacuajo, me creó un trauma hasta ahora insuperable. Desde entonces, mi pose preferida cuando se me lleva la contraria, es ponerme la mano en la frente, echar la cabeza para atrás y simular un desmayo la mar de vaporoso.

Mis problemas (si es que se le puede denominar así a lo trivial) han ido dependiendo del momento. Sobrellevar una adolescencia, los estudios, el trabajo, convertirme en "alguien"... El amor, el amor, el amor. Tener una casa, cargar con una hipoteca, pagar facturas. Trabajar, trabajar, trabajar... Conseguir dinero para más tarde gastármelo a mi antojo. Viajar, viajar, viajar...

Y mis relaciones, siempre centro y eje principal de mi vida, las que me han hecho tomar decisiones tajantes, locas e incluso divertidas. Mi principal fuente de problemas, de energía y alegrías. Encontrar el amor, perderlo, reencontrarlo, vivirlo, llorarlo, odiarlo...

El amor, viajar, el dinero, el amor, el trabajo... Uf. Yo que siempre he pensado que llevaba una vida intensa, nunca imaginé que lo mejor estaba por llegar...

El caso es que siempre he tenido algo entre manos de lo que preocuparme. Si no tenía dinero, tenía amor, pero si tenía amor y dinero entonces no tenía el trabajo adecuado. Cuando creía tenerlo todo, me buscaba alguna inquietud... y si no la encontraba, me la inventaba.

Y resulta, que de un tiempo a esta parte, mi vida era plena y yo estaba encantada de que así fuera. Había llegado el momento de disfrutar de lo que, en teoría, tanto me había costado encontrar y lograr.

En el amor no podía estar mejor, el dinero no era algo de lo que tuviera que preocuparme, mi trabajo el aceptable, físicamente me veía mejor que nunca, las uñas no se me rompían y mi pelo estaba la mar de brillante. ¿Acaso se le puede pedir más a la vida?.

Y un día, de la forma más tonta, me veo haciéndome un reconocimiento ginecológico de rutina. Y ese día, de la forma más tonta también, siento en mis carnes que algo no marcha del todo bien.

Días después, sin comerlo, beberlo y mucho menos esperarlo y mientras me doy cuenta de que no me está gustando nada la cara de la ginecóloga. Sólo pude oír: bla bla bla, no te preocupes, bla bla bla, cáncer de útero, bla bla bla, células atípicas, bla bla bla, no tienes de lo que preocuparte...

¡¿Qué no tengo de lo que preocuparme?! La enfermedad más grave que he sufrido, ha sido una resaca de espanto y ¿¡tú me dices que no tengo de lo que preocuparme!?.

Estaba claro que no sabía con quien hablaba, si he logrado hacer un drama, remover cielo y tierra por algo infinitamente menos importante, con esto, te aseguro que yo, reina de la tragedia, puedo montar el número más grave de la historia del celuloide.

Y así fue...

Yo, adelantándome a los acontecimientos, poniéndome en lo peor, lamentándome por mi sensatez al no haberme quedado embarazada con 16 años (o, en su momento, de la persona no adecuada) y llorando por los rincones, no supe como canalizar todo eso.

No, mi útero no por favor. Eso es un golpe bajo.

Durante estos días, sólo he sabido buscar información sobre lo que tengo (craso error, demasiada información no es buena), lamentarme y lloriquear. Pero, oiga usted, mis dramas también tienen un límite y ya me he agotado de ser la Magdalena. Por fin he conseguido afrontar que lo que tengo, ni es nuevo para la medicina, ni es nada que no tenga solución, ni tiene porque convertirse en algo irreversible.

Así que, como Ave Fénix, resurjo de mis cenizas y ya estoy (casi) preparada para todo lo que me echen. Me esperan tiempos de estar abierta de piernas más de lo que me gustaría y en escenarios y situaciones no idílicas... pero ¿quién dijo que la vida era fácil?.

"A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"

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¿Qué es esto?
 

arriba-el-antiglamour-270208-01.jpe

Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia
(Umberto Eco)

 

No sé ni me importa quién ha sido la actriz más elegante en la ceremonia de entrega de los Oscar y la verdad es que me interesa bien poco quién era el diseñador del horrible vestido de Anne Hathaway.

Sin embargo, como carezco de principios, no puedo más que pararme a ver las fotos de las celebridades… y es entonces cuando me agarro un cabreo yo sola que no se lo salta un gitano. Parece que nos olvidamos del motivo de tanto despliegue de trapos. ¿Qué importa si la película era una ful de Estambul? Parece que lo que importa de verdad es si a Calista Flockhartle le hace falta un cocido o si el color del vestido de Amy Adams era el perfecto para su color de pelo y piel.

Creo que este año he superado mi propio récord viendo instantáneas de la ceremonia y, para colmo de males, sólo he podido asquearme viendo el cuasi morreo que se pegan Javier Barden y su madre: ¿Alguna vez alguien les ha hablado de lo que es el complejo de Edipo?. Hombre, por dios, que los demás también tenemos estómago…

El caso es que a mí ver ese tipo de fotos y/o revistas de belleza me hacen mucho mal. Dañan mi autoestima profundamente. Si un día salgo de casa viéndome más bonita que un San Luís y luego me veo uno de esos reportajes, cuando voy al baño y me miro en el espejo, sólo puedo ver el granazo que está a punto de salirme o comprobar que la celulitis que yo creía haber combatido, ahora se ha vuelto más evidente que nunca.

Y ya no digo nada si me veo un “Especial Culos” que de año en año saca alguna que otra revista, o me chupo un reportaje de la Pasarela Cibeles. Ipso facto me veo como una vaca polaca y tengo que comerme tres tabletas de chocolate y un litro de helado para combatir la depresión.. y claro, eso efectivo, lo que se dice efectivo, no es.

Sin embargo, las fotos que me ponen, las que me hacen sentir una tía estupenda, son las del tipo Britney Spears comiendo pollo con las pezuñas y limpiándose los dedos en un vestido de Chanel. A Sarah Jessica Parker sin maquillaje o la celulitis de Scarlett Johannson (porque tiene, que lo he visto yo). Es entonces cuando me siento humana, dichosa y maciza.

Dicho todo esto, reclamo reportajes más humanos, que alimenten mi ego (y el de más de una que me consta que es como yo). Fotos de mujeres de andar por casa. Reclamo el que semanalmente nos nutran con reportajes del tipo “Pierce Brosnan en la playa con Keely Shaye donde nos muestra orgullosa sus carnes como un cachalote en el agua” o, como el reportaje de nuestra querida Heidi en Trendencias mostrando a Katie Holmes con las tetas por la cintura.

Eso sí, pueden ahorrarse a Pilar Bardem morreando a su hijo…

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¿Qué es esto?
 

 

san-valetin-y-los-topicazos-110208-01.jpg

No me digas que me quieres. Demuéstramelo
(Omage Jossy)

 

Tengo un novio que es más rojo que un clavel… y eso, aunque no lo parezca, me repercute muchísimo en el puñetero día de San Valentín.

Yo, sinceramente, creo que se hizo rojo para no tener que regalarme nada en el día de los enamorados. Es más, voy a atreverme a ir más lejos: creo que a los hombres se les educa para ser rojos y, de este modo, no tener que regalar nada en el día de San Valentín.

Esta teoría tiene, evidentemente, sus excepciones: aquellos tipos que mandan flores y compran regalos, suelen ser los que se han criado entre mujeres, los huérfanos de padre y los hijos de progenitores muy de derechas. No me pregunten por qué, es así y punto.

Al final, siempre es la misma historia…  no sé como me lo monto pero yo siempre le acabo escuchando la misma cantinela chirriante sobre el capitalismo, el dinero, la industria, el comercio, etc.

Y, que quieren que les diga, no me lo trago… y no me lo trago porque, entre otras cosas, cuando termina de soltarme el rollo y yo aún estoy ojiplática intentando encontrar la relación entre el pobre San Valentín y Karl Marx, el colega va y se marcha a trabajar a un banco. Sí señores, han oído bien: a un banco.

He de reconocer que siempre he tenido muy mala suerte en lo que al día de San Valentín se refiere. Siempre me han tocado los rojos que, si no lo eran, se volvían unos pocos días antes del 14 de febrero en anticonsumistas radicales, activistas ecológicos y altermundistas que, sin saber lo que era, quedaba bastante bien como excusa para no comprarme una jodida y puñetera rosa roja.

Hasta la punta de la boina estoy de escuchar lo que sigue:

- El día de San Valentín es un invento de los Centros Comerciales

- No te sorprendo el día de San Valentín porque ya te sorprendo todos los días

- Prefiero hacerte regalos otros días sin que venga a cuento

- Para mí todos los días es el día de los enamorados


¡Anda ya!, eso se lo cuentas a otra que yo ya te tengo calado. Todas esas frases estarían geniales si fuéramos un poco consecuentes con lo que decimos y, entre otras cosas, tampoco compráramos en los Centros Comerciales en Navidad, Reyes, rebajas, el día de la madre, el día del padre y el día de la madre del cordero.

Por otra parte y en lo que se refiere a las sorpresas, ¿cuántas sorpresas crees que me das el resto del año? Hummm, déjame pensar: NINGUNA.

Y sí, queda genial eso de que para ti todos los días es el día de los enamorados pero da la casualidad de que para mí, el día de los enamorados es el 14 de este mes y, tomando la cita con la que empiezo este artículo:  No me digas que me quieres. Demuéstramelo. Y si me lo demuestras con un viaje de fin de semana, con una de esas piezas de bisutería que tanto me gustan o con un ramo de flores reventón, tu testimonio tendrá más credibilidad.

Y, para finalizar, comunicaré a todos los interesados, que los ramos de flores gustan más si con ellos, la beneficiaria, consigue dar mucha envidia al resto de mujeres que la rodean.

Es decir, si le llevas un ramo de flores a casa, estará bien, pero si se lo mandas a la oficina donde todas sus compañeras puedan verlo y envidiarlo, entonces estará mucho mejor. Que a ti te parezca una horterada no es asunto suyo. A ella le gusta y punto.

Feliz Semana de los Enamorados.

 

 

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¿Qué es esto?
 

todos-tenemos-un-precio.jpg

Todo hombre tiene su precio, lo que hace falta es saber cual es
(Joseph Fouché)


Feministas, lesbianas activistas, moralistas coñazo, predicadores, catequistas, defensores de los derechos humanos, reformadores y/o todo aquel propenso al escándalo: dejad de leer aquí. Éste es un artículo escrito en forma de opinión personal y como siempre, caricaturizado y satirizado. La gente con tendencia a echarse las manos a la cabeza, mejor que deje de leer ahora y evitaremos comentarios desagradables.

A los amantes de la sátira, pasen y lean.

Hace unos días, en una cena que organizó una amiga, una de sus invitadas (una chica a la que yo sólo conocía de tan sólo dos o tres ocasiones), nos contó algo… y lo hizo llena de lágrimas. Ése “algo” que nos relató, me ha tenido reflexiva este fin de semana.

La amiga de mi amiga es una persona muy formada, habla perfectamente cuatro idiomas, tiene una ingeniería y es, cuanto menos, inteligente. Esta chica trabaja en una multinacional norteamericana…y a ésta chica su jefe, le ha hecho una proposición deshonesta. Resumiendo: el Director General de la empresa donde trabaja, le propuso que a cambio de favores sexuales, ella sería ascendida de forma automática y le daría unas condiciones laborales y un suelo con el que ahora no cuenta ni por asomo.

Esta chica contestó que, por supuesto, no iba a acceder a tal vejación. Se va a despedir de la empresa y pretende tomar medidas legales. Intentará demostrar lo indemostrable y quiere dejarse el pellejo en hundir a ese maldito cabrón. Ésta chica, no para de llorar y tiene un disgusto que no se lo salta un gitano.

La verdad es que la veía llorar y se me partía el corazón. Pero que conste que, sintiéndolo mucho por ella, yo, desde aquí, quiero hacer un llamamiento a ese señor y también al Presidente y Director General de mi empresa:

¡YO QUIERO TENER UN JEFE ASÍ!

Sí, yo quiero un jefe así, de hecho ahora mismo es lo que más deseo. No puedo dejar de pensar en ello. ¡Yo le cambio mi jefe por ese Director General a la voz de ya!.

Si me pongo a analizar, me doy cuenta de que el día que menos trabajo, hago 9 horas. Lo normal es que me tenga que comer un sandwich o una ensalada en mi puesto de trabajo. Lo más normal es que no pueda bajar a la calle a tomar un café y, el día que lo hago, mi móvil no deja de sonar. Lo normal es que haga 12 horas diarias y, os aseguro que como siga mucho tiempo así, yo acabo con camisa de fuerza y unas gafas de culo de botella de dejarme los ojos frente al ordenador.

Tengo un trabajo en el que mi teléfono no para de sonar (¿sabéis lo que estresa eso?). Me entran una media de ochenta e-mails diarios que debo dejar contestados. Mientras, suelo tener una reunión cada dos días de mínimo cuatro horas en las que me suelen caer marrones por doquier que me fastidian el planning hecho. Por otra parte, he de hacer viajes relámpagos que me consumen cada vez más (viajes que me hacen estar pringada todas las horas del día salvo en las que estoy durmiendo que, todo hay que decirlo, suelen ser muy pocas).

Hago una media de 25 horas extras al mes que, por supuesto, no me pagan. Mi sueldo es bastante miserable y tengo más responsabilidades y disgustos de los que debería. Eso sin contar que las vacaciones las cojo cuando lo decide mi jefe, que mi despacho da a un patio interior lleno de ruidos y que si caigo enferma, igualmente tengo que sacar el trabajo.

Y digo yo…: ¿todo eso puedo solucionarlo con una mamada felación?. Por favor, lo SUPLICO, que alguien me diga cómo, cuándo y dónde he de hacerlo. Chupo y hago lo que sea necesario. No quiero perder esa grandísima oportunidad de oro a cambio de un ascenso, mejores condiciones y, por descontado, más dinero.

Por favor, Presidente y Director General de mi empresa, escúchenme bien: hay un señor de una multinacional norteamericana que hace proposiciones muy interesantes y que nada tienen que ver con las tonterías que ofrecen ustedes tipo “apartamentos de verano o clases de idiomas”, ésas ofertas se las pueden meter ustedes por donde les quepa, a mí me interesa infinitamente más lo que ofrece el otro señor.

Yo hago el favorcito una y tres veces, no me importa, de hecho prometo poner todo el interés y buen hacer que pongo a diario en este trabajo. Supongo que por mucho que tenga que chupar y por muy lento que sea, va a ser imposible que me tire las 12 horas que de media echo aquí.

También pueden sodomizarme como hacen ahora, pero háganlo de forma literal. ¿O les parece qué no es suficiente forma de dar por el culo sodomizar el domingo que me llaman mientras estoy en el cine, la llamada urgente de las once de la noche de un lunes o el viaje que me ponen cuando yo ya tenía un fin de semana planeado?

Por favor, háganlo literalmente y, a cambio, dejen que me vaya de vacaciones cuando quiera, pueda salir a mi hora y desconectar los fines de semana con un sueldo digno.

¿Por abrirme de piernas un rato van a darme mi merecido ascenso?. Ok, perfecto, acepto el trato. Abro lo que haga falta y hasta les hago las piruetas de El Circo del Sol. Tanto ustedes como yo, nos vamos a ahorrar un montón de trámites y problemas. Cuándo ustedes me digan, quedamos para los frotamientos y para firmar mi nuevo contrato. Si tengo que esperar a que me lo den por mis propios méritos, puedo morirme del asco; así que hagámoslo por el camino fácil: follando haciendo el amor. A mí me parece una idea estupenda.

¿Ustedes consideran que tengo un sueldo digno?. Si tenemos en cuenta que paso tanto tiempo trabajando que no me queda tiempo a gastar dinero, entonces sí. Pero si por una mamadita felación a mí me triplican el sueldo, les aseguro que va a ser la mejor que les hayan hecho en la vida. Ya me encargaré yo de gastar mi dinero en psicólogos si hace falta, ustedes no se preocupen por eso.

A mí me parece que tal intercambio de favores es un trámite estupendo y lo tomo como un camino rápido y fácil: una forma de atajar. Yo ya sé cuanto valgo y si yo no pongo en duda mis cualidades e inteligencia para desarrollar un trabajo con un buen cargo y un buen sueldo, que nadie lo haga por mí… y si alguien lo pone en duda, a mi plim, ya me encargaré yo de demostrar mi valía profesional.

Medítenlo, piensen que no todas están dispuestas a esto, y porque dentro de unos años dejaré de ser atractiva y ya me habré cansado de demostrarles, durante doce horas, cinco días a la semana, todo lo que valgo. Si no lo hacen ustedes, tendré que echar mi currículo en una multinacional norteamericana y cruzar los dedos para que me acepten: o arrodillarme y hacer de tripas corazón.

Ya saben donde estoy: al fondo a la derecha, en el despacho interior de la cuarta planta. Espero impaciente sus proposiciones deshonestas.

A sus pies.

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¿Qué es esto?
 

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El secreto de un matrimonio feliz es perdonarse mutuamente el haberse casado
(Sacha Gvitry)

 

Casarse es una ordinariez y celebrarlo, aún más.

Lo mismo da que se case Paulina Rubio, Eva Longoria o tu prima Pili la de Cuenca, al final, siempre es más de lo mismo. Da igual lo original que se quiera ser celebrando el bodorrio porque, casarse, hace centenares de años que dejó de ser innovador. Rara será la vez que nos encontremos con algo que no hayamos visto antes.

Varían los presupuestos, el lugar y los novios (a veces ni eso), pero los denominadores comunes siempre están ahí: las tías, las abuelas, las adolescentes vestidas de mujer y las mujeres vestidas de adolescentes. Los tobillos hinchados, los chales, las gasas y, como no, el satén. El sudor que corre por la doble capa de maquillaje, los tacones insoportables y el dolor de pies. El borracho de siempre, los amigos gritones, las apariencias y el cotilleo. Las flores naturales, los pelos enlacados, los moños de peluquería de barrio y las medias reductoras.

Los éxitos del verano (del verano del 78, del verano del 85, del verano del 06…)

No puedo olvidarme de las copas, de las barras libres y de la comida en abundancia. Ni de las perlas, las manicuras, los litros de perfume y los bronceados de última hora y, como no, del invitado especial en todas las bodas: del niño que siempre llora en mitad de la ceremonia.

Cientos y miles de fotos que quedaran para la posteridad, despliegues de cámaras digitales, de sonrisas falsas, familiares reencontrados y coches recién salidos del auto lavado.

Puedes hacer una boda multitudinaria o en petit comité, puedes celebrarlo en una masía, en un castillo o en un salón de bodas chapado a la antigua. Puedes creerte innovador y celebrarlo en la playa o en el ático de un hotel. Podrás celebrarlo con vistas a la ciudad, en una casa rural o en un restaurante de lujo. Puedes hacer que salga una tarta del techo llena de bengalas o contratar a un cantante de moda para que amenice la fiesta. Podrás sentirte una persona dichosa, pero la historia se escribe así: ella tendrá sus dudas el día de antes y él tragará saliva en el altar.

Recolectarás dinero o lo perderás, harás un viaje hortera a Cancún o te inclinarás por el turismo de “aventura” yendo a Birmania. Pondrás tu foto de boda en un marco de plata o, creyéndote el más moderno, pondrás un montón de ellas en un marco digital. Amargarás la vida a tus colegas enseñándoles las fotos de la ceremonia olvidándote de que ellos también estuvieron allí. Creerás que una larga vida llena de niños, felicidad y domingos por la mañana con tostadas te está esperando pero, hagas lo que hagas, y sientas como te sientas, estarás cometiendo un desacato a tu independencia y libertad. Habrás firmado (en el 99% de los casos) un régimen de bienes gananciales que significa que, en caso de ruptura, tendrás que dividirlo todo entre dos.

Podrás pretender que los invitados te paguen el convite y también el viaje de novios, pero no estarán para pagarte el abogado que llevará tu divorcio. Podrás darles los mejores langostinos y el menú más elaborado, pero cenarás solo el día que descubras el móvil de tu pareja llenito de mensajes cariñosos que no iba dirigidos precisamente a ti.

A mí, personalmente, no me gustan las bodas, me gustan más los divorcios. He vivido más divorcios que bodas y, estos últimos, me resultan mucho más alentadores y positivos. A los que se casan, ya saben lo que les espera: una vida (en teoría) juntos. El divorciado no sabe que hacer con su vida y un montón de planes y recomendaciones le rondan por la cabeza. La persona casada ya sabe (también en teoría) con quien se va a despertar sea cual sea el día de la semana. El divorciado no lo sabe ni lo quiere saber.

Reconozco que para nosotras es muy tentadora la idea de vestirse de princesita y de ser el centro de atención, pero no es buena la idea de pasar por eso a cualquier precio. Aunque os suene a loca de atar, os recomiendo lo que yo hice hará cosa de un par de años: me compré mí propio vestido de novia sin ningún ánimo de casarme.

Me enteré de que una tienda de alta costura ponía en venta, a muy buen precio, vestidos de novia de la temporada anterior de, nada más y nada menos, Lorenzo Caprile y allí me planté, con mi santa impaciencia, a probarme todo lo que me pusieran por delante. ¿Por qué renunciar a tener mi propio vestido de novia sólo porque no quiero casarme?.

Fue una de las mejores adquisiciones que he hecho en mi vida: me satisfizo todo lo que yo pretendía y vistió mi desmedido antojo. De tarde en tarde me lo planto y me estoy un rato con él: me miro al espejo, me recojo el vestido a lo Sissi y puede que hasta haga alguna reverencia gratuita a alguno de mis gatos cuando me los cruzo en el pasillo. Si tengo que hacerme la cena, pues me la hago con el vestido puesto, porque el día que decido ponérmelo, me cuesta mucho quitármelo. A veces me pongo a ver la tele con el o puede que hasta ponga una lavadora. Hago todas esas tareas aburridas que se tienen que hacer pero que, hechas vestida de blanco y de largo, se tornan de un ligero color púrpura.

Puestos a confesar, revelaré que el vestido de marras no sólo me ha servido para hacer tareas domésticas: en un par de ocasiones ha sido partícipe de divertidos jueguecitos sexuales que pocas novias, el día de su noche de bodas y con un marido borracho en la cama, habrán podido disfrutar.

Con todo esto te digo, a ti, mujer, que no te cases por vestirte de blanco o en su defecto para comprarte un gran trapo. Si es eso lo que quieres, cómpralo, póntelo y disfrútalo. Siempre y en cualquier caso, te saldrá más barato.

Con todo esto te digo, a ti, hombre, que no te cases porque tengas beneficios fiscales. A la larga, esos beneficios se volverán contra ti y se convertirán en horribles monstruos que no te dejaran salir de casa.

Pero que nadie se equivoque, yo estoy a favor de la vida en pareja, del compromiso y de las tostadas con mermelada de fresa los domingos por la mañana, pero no de la necesidad de un acto hortera y poco original, ni de la obligación de firmar un contrato, ni de dar a quien no se lo merece y a quien se ha convertido en un agua pasada, lo que siempre ha sido tuyo.

Y el gustito que da decir que NO a la pregunta ¿quieres casarte conmigo?. Seamos originales, señores. El NO también existe.

(Ah, y ¡Feliz 2008!)

 

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¿Qué es esto?
 
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Lo que me gustaría es que te encontraras con una persona que te tratara como tú me trataste a mí, pero más me gustaría que esa persona pudiera ser yo.
(Anónimo)


Tengo días que me siento Lucifer. Y no es que haga nada del otro barrio: aún no me ha dado por robar las pensiones de la tercera edad ni por maltratar animales (dios me libre). No fabrico cócteles molotov en mi casa y nunca he echado cicuta en la sopa de nadie (aunque ganas no me han faltado). Manifestarme me da pereza y los sindicatos ni te cuento.

Si cojo el transporte público, y aunque tenga un dolor de pies que se me refleje hasta en el ojo izquierdo, cedo mi asiento a embarazadas y personas mayores.

Pero oiga usted, una tiene su paciencia y, cuando la sobrepasan, suelo tener una ligera tendencia a convertirme en Satanás.

Bien es verdad que sacarme de mis casillas es relativamente sencillo. Por ejemplo, basta con que me des golpecitos en el brazo mientras me hablas o que invadas mi espacio vital (hay que evitar, en la medida de lo posible, hablar tan cerca de tu interlocutor que se pueda averiguar por el olor del aliento, que se cenó la noche anterior).

Pero si hay algo que realmente me desquicia, es que me interrumpan cuando estoy en pleno proceso creativo. Una vez lo puedo soportar, dos también, pero a la décimo cuarta, los ojos se me inyectan en sangre y echo tanta espuma por la boca que parezco un extintor.

Creerme si os digo que una hiena a mi lado, es como un ternerito.

Intentar trabajar una mañana desde casa es poco menos que imposible. No sólo porque los malditos carteros comerciales llaman al telefonillo cada 5 min. y porque todos los empleados del gas, agua, teléfono y un tropel de mensajeros, llaman a mi puerta, sino porque un día tuvimos la brillante idea de poner teléfono fijo en casa y nos castigaron con un número heredado que, para más INRI, acaba en 00 y es como la centralita del teléfono de la esperanza.

Así que me inspiración suele verse truncada con frases del tipo:

- No, se ha equivocado

- No, está llamando a un domicilio particular

- Lo siento, esto no es una clínica

- Que no, señora, que no me sé el teléfono de ninguna inmobiliaria

- Que no, joder, que esto no es ningún centro comercial

- Siento ser yo quien se lo diga, pero sus dedos marcando en el teclado deben ser como pollas, porque es la tercera vez que ha marcado mal el número…

- ¿Yo? ¿grosera yo?


En un ataque de desesperación, pensé que lo mejor era seguirles la corriente. Ya que no podía luchar contra las equivocaciones, me aliaría con ellas. De ese modo, al menos pasaría un rato entretenido y comprobaría cuán lejos podía llegar con mis dudosas dotes de actriz.

Y sí, pasé un día entretenido, pero ahora no sé que hacer con todas estas citas. Creo que en mi vida, tuve una agenda tan apretada (amén de que jamás me he sentido tan polifacética).

- El próximo miércoles tengo que hacer una citología vaginal a las 10:00 hrs. Por la tarde, haré una colposcopia y dos ecografías abdominales

- El jueves por la mañana una resonancia magnética y una prueba de contraste

- Tengo un recado para el Sr. Molinero: que el Sr. Aguilar Fischer no podrá asistir a la cena del día 22

- El día 21, a eso de las 12:00 hrs, Dª Consuelo Girones vendrá a buscar su pedido de langostinos y gambas… y no sé como hacerlo, porque las quiere tan buenas como las del año pasado

- También tengo reservado el Salón Giralda de un hotel

- Y tengo que mandar un presupuesto de calendarios para el 2008 antes de mañana a las 12:00 hrs.

Sólo un señor me cazó, enseguida supo que yo no era una trabajadora de Iberdrola, la verdad es que me entró la risa, no lo pude remediar.

Mira que listos son cuando quieren, ¿eh?

 

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¿Qué es esto?
 

la-hortera-navidad-131207 01.gif

Lo que hay de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de desagradar
(Charles Baudelaire)


Es una línea muy delgada la que separa la elegancia del mal gusto. Y esta línea, en Navidad, se atraviesa con mucha facilidad.

Todos los años, por estas fechas, acabo traumatizada por lo mismo de siempre: por las miles de personas que se van a la Plaza Mayor de Madrid a comprarse pelucas.

Señores, por dios, ¿qué tiene de navideño ponerse una peluca?. ¿Tiene algo que ver con el niño Jesús? ¿con los Reyes Magos? ¿con Papa Noel, quizá?.

Algo se me escapa, y muy probablemente sea el sentido del humor que hay que tener para caminar por la calle hecha una payasa. Y sí, efectivamente tengo muy acusado el sentido del ridículo.

Familias enteras se pasean customizadas por el centro de Madrid convirtiendo sus calles en la Freak Parade. Y yo, cada vez que me cruzo con una peluca, un sudor frío me recorre la espalda y un instinto asesino se apodera de mí.

¿Acaso es tan difícil no ser grotesco?

Desde aquí, solicito al Alcalde que exija a los puestos tradicionales de la Plaza Mayor a vender única y exclusivamente belenes, figuritas, luces de navidad, abetos, pinos, villancicos, etc…. Estoy segura de que, entre todos, podemos hacer una ciudad mejor.

Supongo que este trauma tiene mucho que ver con el que mi padre, por estas fechas y cuando contaba yo con la bonita edad del pavo, me fuera a buscar al colegio con un gorro de Papa Nöel. Yo corrí como una desaforada; pero en dirección contraría.

Y cambiando de tercio pero sin irme demasiado del tema, os hablaré de algo más: el espumillón.

Yo oigo la palabra espumillón y me viene automáticamente a la cabeza Chencho, al que seguro que recordáis de la película de La gran familia. Chencho, aquel niño de apenas 2 años, allá por los años 60, se pierde el día de Navidad entre la multitud de la Plaza Mayor mientras que el abuelo –el maravilloso actor Pepe Isbert- le buscaba desesperadamente llamándole con su voz enronquecida — "¡Chencho!, hijo mío, ¿dónde estás? ¡Chencho!...".

Es una extraña asociación de ideas: Espumillón igual a Chencho.

Y no es que esté en contra del espumillón, nada más lejos, lo que me horroriza es el mal uso de éste.

El pasado puente de diciembre, mientras nosotros decorábamos nuestro árbol de navidad (sin espumillón y superando traumas), mi amiga Maite me llamó desconsolada: había discutido enérgicamente con su pareja.

¿Qué creéis que ocurrió?

Pues que él quiso poner espumillón alrededor de los cuadros. Valiente hortera.

Por supuesto, le aconsejé que por ahí no pasara, por el espumillón en los cuadros, no. ¡Nunca!.

¿Acaso hay algo peor que eso?

 

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¿Qué es esto?
 

estas-deplimida-141107-01.jpg

Nunca mates una mosca sobre la cabeza de un tigre
(Proverbio Chino)


Suntuoso, así se llama el chino cacique de mi barrio. Si conoces Madrid y conoces el distrito centro, sabrás de lo que hablo. Mi chino Suntuoso tiene en la misma calle: Alimentación Suntuoso I, Alimentación Suntuoso II, tienda de Fotografía Suntuoso, tienda de Moda Suntuoso y tienda de ¿todo a euro? Suntuoso.

Mi chino me salva la vida cada dos por tres. ¿Qué a las tantas de la noche quiero chocolate? ahí está Suntuoso. ¿Qué me he quedado un domingo sin comida para los gatos? ahí está Suntuoso. ¿Qué de pronto un día me despierto necesitando fervientemente una regadera para regar las plantas que no tengo? ahí, una vez más, está Suntuoso.

Suntuoso es maravilloso, su propio nombre lo dice. Suntuoso es celestial, tiene todo lo que necesites y a la hora que lo necesites. Es un chino fantástico que si no tienes lo que buscas, te lo consigue. Si le preguntas si tiene tabaco mientras tiene gente en la tienda, te dice que no, pero cuando comprueba que nadie le escucha, te pregunta qué tabaco es el que quieres y te lo saca de una bolsa de plástico que tiene guardada dentro de una mochila.

Pero hoy Suntuoso ha sido un chino muy malo: me ha dejado abatida para el resto del día. Suntuoso me ha metido el dedo en la yaga, en la que escuece, en esa yaga en la que no quieres que nadie te meta el dedo… Suntuoso me ha puesto en ridículo delante de un montón de clientes. Se ha portado muy mal. Fatal.

Es por la noche, en Madrid hace frío y mi teléfono hace cosas muy raras: sólo recibe llamadas de amigas, padre, madre y hermanas. No sé que le pasa que no entran llamadas ni mensajes de hombres (mi padre no cuenta). El teléfono se ha empeñado en mortificarme. Yo no hago otra cosa que mirarlo, agitarlo e ir a las opciones del teléfono y comprobar, una y otra vez, que no tengo nada bloqueado que haga que los maromos que están en mi agenda, les impida el comunicarse conmigo. Pero nada… mi teléfono sólo suena para llamadas sin relevancia.

A eso de las 23:30 hrs he decidido que tenía una urgente necesidad de visitar a Suntuoso y hacer algo de compra: avituallamiento que hasta ese momento no me había dado cuenta que necesitaba y que, de pronto, he pensando que tengo que adquirir ya que si no lo hago, moriré.

He cogido de sus diferentes estanterías todo lo que necesitaba, lo he soltado todo sobre el mostrador sin que se me cayera nada y, cuando me disponía a pagar y mientras me metía todo en sus bolsas recicladas de El Corte Inglés, me ha dicho:

Suntuoso: Estás deplimida, ¿eh?
Yo: ¿yo? ¿Pol qué? (es que ya hablo algo de chino)
Suntuoso: No, pol nada… ja ja ja ja ja

¿“ja ja ja ja ja”? ¡Chino Maldito! ¡¿por qué tienes que reírte de mí?! ¡¿En qué notas que estoy deplimida?!, ¡¿sólo porque llevo: tres tabletas de chocolate, una tarrina de medio litro Häagen Dazs de vainilla con nueces de Macadamia, una tarrina de medio litro de Häagen Dazs de chocolate con trozos de chocolate, un paquete de mini Donuts, un paquete de Donetes, un litro de batido de Okey de fresa y una caja de galletas Fontaneda Hob-Nobs 60% Avena, trigo y chocolate negro pero integrales para no engordar?! ¡¿Sólo porque me lleve todo eso y te haga millonario, me tienes que decir a la cara, sin pudor ni compasión, que estoy deplimida?!.

Suntuoso, eres el chino más malo sobre la faz de la tierra, eso no se hace a tu clienta VIP: la que te anima a abrir un restaurante de comida a domicilio, la que te llena la caja registradora, la que te preguntas que estás viendo en la tele china, la que te recomienda que te eches un champú anticaspa y la que siempre se acuerda de ti cuando tiene algo urgente que comprar… ¡Eso no se me hace! Y menos, chino maldito, cuando tienes la tienda llena de gente mirándome con cara de “es verdad, pobrecilla, está deplimida”.

Ha conseguido que salga de la tienda sintiéndome fatal, casi a punto de llorar; cargada como una mula, muerta de frío, viendo como la gente lo pasa bien y viendo, también, como mi maldito móvil sigue sin sonar en forma de llamada o mensaje de hombre… Pero… aja-já… Aún me quedaba algo que decir, dos palabritas que iba a entender muy bien. Yo nunca me callo y mucho menos cuando he sido humillada.

Llena de valor he dado media vuelta, he entrado en la tienda y después de dejar todas las bolsas en el suelo, me he acercado a Suntuoso y le he dicho en voz baja y al oído para que nadie nos oyera:

Yo: ¿Tienes tabaco?
Suntuoso: Sí, ¿el de siemple?
Yo: El de siemple

 

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¿Qué es esto?
 

 

los-ex-tercera-071107-01.jpg

Un millón de palabras no te traerían de vuelta, lo sé, lo sé porque lo intenté.
Tampoco un millón de lágrimas, lo sé, porque las lloré...

 


Y hoy, la tercera y última tanda sobre los ex. Espero que os haya servido de ayuda o al menos, que hayáis pasado un rato entretenido. Espero, igualmente, que hayáis aprendido que el ex perfecto no existe y que es mejor obviar a esa persona con la que un día se compartieron fluidos, tiempo, dinero, casa, coche, perro y televisor.

El ex novio, novio de tu amiga: Fue tu novio durante un tiempo y de pronto, por esos avatares del destino (o porque ya no te aguantaba más), acabó siendo el novio de tu amiga. Hay que ser fuerte para soportar este tipo de ex, se puede caer en la trampa de preguntarse a diario qué tiene tu amiga que no tengas tú. Lo primero que hay que pararse a pensar es si ella es una amiga de las buenas o una simple conocida que te trae al fresco. En el primer caso, más vale que aceptes pronto la relación porque si no, acabarás haciendo doblete y tendrás a un ex novio y a una ex amiga. Por una cuestión de salud mental, hay que olvidar que una vez tuviste contacto físico con él, de lo contrario, correrás el riesgo de quedarte idiotizada de por vida. En reuniones y cenas, evita hablar todo lo que puedas, porque si eres como yo y perteneces a esa especie que tiene la boca como la de un buzón, creerás que todo lo que dices tiene doble sentido. Como cada vez que os veis, tus nervios te traicionan y no dejas de hacer el memo ni un solo instante, a nadie le sorprende que ya no esté contigo y esté con ella… Resumiendo: este ex no debería de existir ya que puede acabar con los nervios de cualquier persona. Demasiado estresante para soportarlo de por vida.

El ex laboral: ¡Qué malo es tener un ex que trabaja contigo, qué malo!, otro para mandar a la hoguera y otro que debería estar totalmente prohibido. A este no te lo quitas de encima ni con agua caliente. Estás condenada a sufrirle hasta que uno de los dos cambie de empleo (y tal y como están las cosas, cualquiera deja un trabajo así como así). No puedes engañarle diciendo que no puedes quedar porque tienes una reunión (una sola llamada de teléfono y sabrá que es falso), no puedes utilizar como excusa para no verle que estás de trabajo hasta las cejas, porque lo más seguro es que se pase por tu despacho y te pille ojeando el Elle… no puedes utilizar ninguna excusa laboral (que siempre son perfectas) porque lo más probable es que te pille… Lo peor de tener un ex así es que te toca verle en todo momento. Cuando estabais juntos os encontrabais en el ascensor y saltaban chispas, ahora, si coincidís (porque ya te cuidas muy mucho de que no sea así), decides que mejor te subes dieciocho pisos a patita por eso de que quien mueve las piernas, mueve el corazón. Solución: ignorar que un día tuviste algo con esta persona y someterte a un lavado de cerebro que te permita olvidar que mantuvisteis una relación. Ya sabes eso de “donde tengas la olla no metas la…”


El ex legal*: No es que sea un ex legal porque sea muy buena persona, es que la ley dice que es tu ex… si lo dijo un juez, no vas a ser tú el que lo ponga en duda. Un divorcio no tiene por qué ser algo traumático si mandas a tu ex a tomar viento y con un poco de suerte no le vuelves a ver. Los traumas vienen cuando algo te sigue encadenándote a él o ella. No hay que olvidar en ningún caso que esa persona te hizo perder el tiempo de una forma excepcional y se quedó con tus mejores años. Sí, vale, que también hubo momentos mágicos donde los dos os sentíais andar por las nubes: pero se os picaron las muelas de tanta dulzura y eso terminó. Si os andáis quejando que de que tu ex marido o tu ex mujer os siguen amargando la vida, es hora de arrancar de raíz a ese cáncer. Desaparece de su vida, sácalo del mapa, conciénciate de que se acabó y manda tejer un felpudo en el que ponga “Capri c'est fini”. Comienza tu nueva vida nueva sin esa persona y disfruta del no tener que rendir cuentas a nadie. Olvídate de todas esas tonterías que llevas escuchando toda la vida de paz, cordialidad, educación y buenos modales. Vete al mejor bufete de abogados y sal del juzgado cantando a voz en grito esa terrible canción de Pimpinela que tanto juego puede dar: “Vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta […] Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios, que no te desean […] Vete, olvida que existo, que me conociste y no te sorprendas…”. Prepárate para todo y ármate de valor: ¿qué a tu ex le da por ir a bares de alterne y gastarse todo el dinero en el Casino Gran Madrid? ¿qué se gasta un pastizal en un deportivo descapotable y biplaza? Pues bravo por él, al fin y al cabo nunca dejaste de fastidiarle hasta convencerle en comprar el maldito monovolumen. No hagas mala sangre de eso, tú puedes dedicarte a inyectarte botox por todo tu cuerpo y a dormir desnuda sin el miedo de que ese asqueroso barrigón te ponga la mano encima. Si por el contrario, a ti te da por hacer turismo sexual en Cuba y tirarte a todo lo que tenga nuez, pues ¡ole, ole y ole!… pero nunca, en ningún caso, compartas tus nuevas aficiones con tu ex, ni las entenderá, ni las querrá saber: no puede existir amistad entre dos persona que primero se enamoraron, luego se alimentaron de pasión, más tarde firmaron una hipoteca, luego un matrimonio y por último, dejaron de quererse para después pasar a desearse poco menos que la muerte.


(*)Estos consejos no son aplicables si el matrimonio tiene hijos, ahí ni me meto que son palabras mayores.

 

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