Esta mañana he estado en la presentación de los nuevos productos de Bobbi Brown. (Prometo dedicarles un post, son interesantes). Era un evento en el que algunos maquilladores de la marca se ofrecían a mostrarnos sobre nuestra propia piel sus últimos productos poniéndose pinceles a la obra. La verdad es que una suerte poder contar con gente profesional y amable para ponerte guapa a primera hora de la mañana, para qué lo vamos a negar...
En pleno proceso de revoque de fachada, la maquilladora procedió a aplicarme corrector de ojeras. Que no es que no me hiciera falta, no, que me había acostado a las tantas, y encima, a las 4 de la madrugada mi hija decidió que dormiría mejor en mi cama dándome patadas en la cara que tranquila en su cuna, pero, claro, el corrector no es el tipo de producto que una se aplica fácilmente en el taxi, que es donde yo me maquillo habitualmente. (Cuando me maquillo, eso es).
Por tanto, se inició una previsible conversación sobre el corrector. "La verdad es que cambia la cara", decía ella (con razón). "Sí, pero es que por las mañanas no tengo tiempo", respondí. "Si son sólo cinco minutos", replicó.
Pues sí, son sólo 5 minutos. 300 segunditos de nada. Pero el quid está en que a mí no me basta ponerme corrector para salir de casa. Además, me ducho, intento desayunar, levanto a mi hija, me lavo los dientes, corro por la casa como gallina descabezada porque no encuentro nada... Y es verdad que todo lleva "unos minutos", pero es que se pone una a sumar, y no le dan los minutos para nada. O bien le dan para otras cosas. En mi caso, si me sobra tiempo, prefiero dedicárselo a mis rizos y a la tenacilla de Braun, que me deja una melena (casiiiii) como la de Gwyneth Paltrow. (Bueno, estoy exagerando en eso un poquito, pero es por justificarme).
Pero más allá del tiempo que lleve o no, me di cuenta de que ponerme corrector ME DA PEREZA. Entre estar 5 minutos más en la cama (o deambulando atontada por el pasillo) y el corrector, me quedo con lo primero. Porque, lo confieso, cada día estoy más vaga para eso de arreglarme.
Sí, me sé todos los trucos. Cuando me esfuerzo, hasta queda bien. Sé todas las cosas que hay que hacer para tener la piel más suave, las piernas mejor depiladas y el pelo más brillante. Pero no siempre lo hago. Porque prefiero dedicar ese tiempo a mirar al techo, a abrazar a mi hija mientras me indica que me apoye en la almohada y me dice "a-mir" (la traducción es "a dormir") o a dejar la mente en blanco. Que encima, eso me cuesta poco esfuerzo, que una ya no está pá ná...
Me parecen tan válidas las mujeres que se cuidan mucho como las que no se cuidan nada. Belleza de alto mantenimiento o minimalista, ¿qué más da? Lo importante es hacer cada una lo que quiera, cuando quiera. Tan negativo me parece la mujer que se tiene que cubrir por imposición y esconder su pelo, sus formas y su identidad, como sentirse obligada a enfundarse en una talla 38 cueste lo que cueste o estar siempre pluscuamperfecta.
La belleza es efímera, sí, pero el tiempo más. Y si tengo que elegir, tengo claro con qué me quedo: con esos segundos que se van sin darnos cuenta. Aunque sea para hacer el vago. Bueno, rectifico: sobre todo, si es para hacer el vago, ¡qué gran placer!
En pleno proceso de revoque de fachada, la maquilladora procedió a aplicarme corrector de ojeras. Que no es que no me hiciera falta, no, que me había acostado a las tantas, y encima, a las 4 de la madrugada mi hija decidió que dormiría mejor en mi cama dándome patadas en la cara que tranquila en su cuna, pero, claro, el corrector no es el tipo de producto que una se aplica fácilmente en el taxi, que es donde yo me maquillo habitualmente. (Cuando me maquillo, eso es).
Por tanto, se inició una previsible conversación sobre el corrector. "La verdad es que cambia la cara", decía ella (con razón). "Sí, pero es que por las mañanas no tengo tiempo", respondí. "Si son sólo cinco minutos", replicó.
Pues sí, son sólo 5 minutos. 300 segunditos de nada. Pero el quid está en que a mí no me basta ponerme corrector para salir de casa. Además, me ducho, intento desayunar, levanto a mi hija, me lavo los dientes, corro por la casa como gallina descabezada porque no encuentro nada... Y es verdad que todo lleva "unos minutos", pero es que se pone una a sumar, y no le dan los minutos para nada. O bien le dan para otras cosas. En mi caso, si me sobra tiempo, prefiero dedicárselo a mis rizos y a la tenacilla de Braun, que me deja una melena (casiiiii) como la de Gwyneth Paltrow. (Bueno, estoy exagerando en eso un poquito, pero es por justificarme).
Pero más allá del tiempo que lleve o no, me di cuenta de que ponerme corrector ME DA PEREZA. Entre estar 5 minutos más en la cama (o deambulando atontada por el pasillo) y el corrector, me quedo con lo primero. Porque, lo confieso, cada día estoy más vaga para eso de arreglarme.
Sí, me sé todos los trucos. Cuando me esfuerzo, hasta queda bien. Sé todas las cosas que hay que hacer para tener la piel más suave, las piernas mejor depiladas y el pelo más brillante. Pero no siempre lo hago. Porque prefiero dedicar ese tiempo a mirar al techo, a abrazar a mi hija mientras me indica que me apoye en la almohada y me dice "a-mir" (la traducción es "a dormir") o a dejar la mente en blanco. Que encima, eso me cuesta poco esfuerzo, que una ya no está pá ná...
Me parecen tan válidas las mujeres que se cuidan mucho como las que no se cuidan nada. Belleza de alto mantenimiento o minimalista, ¿qué más da? Lo importante es hacer cada una lo que quiera, cuando quiera. Tan negativo me parece la mujer que se tiene que cubrir por imposición y esconder su pelo, sus formas y su identidad, como sentirse obligada a enfundarse en una talla 38 cueste lo que cueste o estar siempre pluscuamperfecta.
La belleza es efímera, sí, pero el tiempo más. Y si tengo que elegir, tengo claro con qué me quedo: con esos segundos que se van sin darnos cuenta. Aunque sea para hacer el vago. Bueno, rectifico: sobre todo, si es para hacer el vago, ¡qué gran placer!















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