Cuando abrí los ojos, mi corazón se disparó por un instante. Estaba ciega... o muerta. No veía absolutamente nada. Me llevé una mano a la cara, empapada en sudor, donde notaba algo extraño y pegajpin.jpgoso. ¡Mi sudario!

Aterrada, me lo arranqué de los ojos y suspiré: no era más que un antifaz de terciopelo que me protegía de la luz.

 Al rato abrí los ojos de nuevo, sólo para llevarme otro susto. Un rostro oscuro y redondo me contemplaba tras unos ojos severos que me recordaron a los de mi madre cuando me reprochaba en juanitA.jpgsilencio que ya no iba a la iglesia los domingos. Pertenecía a una mujer regordeta que sujetaba una gran bandeja con patas. La depositó en la cama, dejándome atrapada como una fiera en su jaula, aunque me moría de ganas de ir al baño.

-Buenos días. Mi nombre es Juanita. Si necesita algo toque el timbre de color verde -dijo, descorriendo bruscamente una cortina sin importarle que la luz del sol impactara en mi rostro. A mí me pareció que la tal Juanita lo hacía a propósito. Sin saber qué decir, le dediqué una sonrisa. Ella chasqueó la lengua y salió de la habitación.

audrey-hepburn-tiffany-sleep-mask.jpgHice a un lado la bandeja y un trueno bramó dentro de mi cabeza. Entonces era eso. Tenía resaca. Había llegado al hotel después de beber mucho y seguro que había tenido pesadillas, porque en mi cabeza hervían un montón de imágenes inconexas y absurdas.

Pero entonces me di cuenta de que no, aquello no podía ser un hotel. En los hoteles nadie le llevaba a una el desayuno a la cama sin pedirlo. ¿Qué estaba ocurriendo?

 

bandeja.jpg

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¿Qué es esto?
 

Monaco-to-catch-a-thief.jpgUnos minutos después, yo ocupaba el asiento del copiloto mientras Mortimer conducía, después de que Boy -quien me había sido presentado como su "asistente personal"- se esfumara. Boy no había sido muy simpático conmigo, pero qué importaba cuando me encontraba en un Ella_Fitzgerald03.jpgfabuloso descapotable tapizado en cuero blanco a la caída de la tarde, rumbo al corazón de la ciudad, con el pelo ondeando al viento, sintiéndome vaporosa y alborozada.

¡Estaba a punto de hacer mi entrada triunfal en Beverly Hills como pupila de un importante productor cinematográfico!

Mortimer encendió el equipo de música. Night and day, you are the one..., gorjeó la voz cristalina de Ella Fitzgerald, rNight_And_Day_(1946).jpgevoloteando entre nosotros dos como una brisa de verano. Se me arrebolaron las mejillas: Morty también adoraba a Cole Porter. Fabuloso. Era una señal.

Lo sabía. Mi abuelito tenía razón: la magia existía y ahora yo acababa de entrar en el país de los sueños. Era como estar dentro de un musical.

Me pregunté qué tal sonaría el apellido de mi protector unido a los nombres que siempre había soñado poner a mis futuros hijos.

Stella Marie McCallister. Beau Gabriel McCallister, canturreé para mis adentros. 

Como música celestial.

 

tv.jpg  

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¿Qué es esto?
 

Sofocada por los gritos de mi padre, la rabieta de mi hermana y la impavidez de mi madre, pensé en Jack Twist, mi querido abuelito materno, que pasó toda su vida siendo un viajante feliz que styles3.jpgrecorría el país en tren, maravillado por la diversidad de gentes y paisajes. Solía llegar tarde a sus citas porque lo que más le gustaba era pararse en un pueblo cualquiera para beber café y hacerse amigo de la gente.

Pero cada vez que su jefe amenazaba con despedirle, el abuelito Jack le decía que la vida era demasiado hermosa para recorrerla en línea recta, y le dejaba sin palabras. Una semana después de celebrar sus bodas de oro con la empresa, murió tras golpearse la cabeza al trman-face.jpgopezar bajando de un tren. 

Cuando era pequeña, él siempre me decía que sólo tenía que pensar en algo con mucha fuerza para conseguirlo, que la vida depositaba su magia en las manos de las personas que sabían ser felices, pues eran las únicas capaces de reconocerla y multiplicarla.

Acordándome de mi abuelo, cogí mi maleta y cerré para siempre la puerta de la casa de mis padres en Apathy, Massachussets.

 

...Y entonces adiviné lo que el señor McCallister estaba a punto de decirme.

 

tren.jpg

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¿Qué es esto?
 

De hecho, yo me consideraba prácticamente huérfana desdLittle%20Orphan%20Annie%20BBB%20cvr.jpge hacía dos días: cuando anuncié a mi familia que me disponía a coger gilda1.jpgtodo el dinero que había ahorrado durante cuatro años trabajando como camarera para irme a vivir a Hollywood y dejar que algún productor tropezara con mi talento e hiciera florecer mi (hasta entonces secreta, eso era cierto) vocación: ser actriz, convertirme en un instrumento al servicio de los sueños de la gente.

Homer, mi padre, ardió de furia y me acusó de abandonar a mi familia. Dijo que me repudiaba porque estaba faltando a mi deber de cuidar de ellos en la vejez.

Al parecer, el hombre había albergado esperanzas al ver que no me marché a la universidad a los 18 ni mostré jamás interés por encontrar marido en el pueblo, sino que continué viviendo en la casa paterna, dedicando todo mi tiempo a trabajar en el diner del centro y a ver inofensivas películas antiguas.

elvgren_a1_pilsner.jpgY en ese momento me enteré de que mi padre había llegado a comprar una casita con tres habitaciones junto al río, para trasladarse allí con mi madre y conmigo tras su jubilación. Me la imaginé como la casa de Ricitos de oro y los tres ositos, con sus camas simétricas y su vajillita de tres tamaños.

Aquella extraña idea debía de ser una costumbre de la Europa mediterránea, de donde procedían los padres de mi goldilocks--the-3-bears.jpgpadre, así que no se lo tuve muy en cuenta.

No me fue mejor con Trinity, mi hermana menor, quien me anunció que a partir de aquel instante me odiaría eternamente, pues acababa de echarle en los brazos la tarea de hacerse cargo de nuestros pobres padres.

En cuanto a Prudence, mi madre, no dijo si mi decisión le parecía bien o mal. Era una mujer que generalmente carecía de opinión y solía responder "no sé" cuando alguien le hacía alguna pregunta acerca de sus planes. Pero, a fuerza de no saber, Prudence se convirtió en una mujer que callaba y miraba al infinito impertérrita, emanando cierto tufillo a anís, mientras los demás discutían a su alrededor.

ruta 66.jpg 

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¿Qué es esto?
 

-Buenas tardes, señorita. ¿Se encuentra usted perdida? - me dijo el hombrecillo, tendiéndome una de sus manitas. suticase-emsago-768778199-main_Full.jpg

Entonces me di cuenta de que llevaba el plano del museo en la mano. ¡Oh, qué pueblerina!

-Claro que no, caballero -me apresuré a responder.

Pero entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde iba a pasar la noche. Había preferido ser espontánea y dejarme llevar, segura de que encontraría multitud de seductores hotelitos a mi paso. Y ahora mi osadía comenzaba a pesarme.

La verdad era que me sentía agradecida de que alguien se preocupara un poquito por mí.

-Bueno... lo cierto es que acabo de llegar a la ciudad. ¿Podría usted recomendarme un hotel agradable para pasar la noche? Mañana me dispondré a alquilar un apartamento, por supuesto.

05%20Hollywood%20Hotel.jpg-Hoteles no faltan en esta ciudad, señorita...

-Linda. Linda Lovejoy.

-Encantador. Señorita Lovejoy, lo primero que debe hacer usted es alejarse de esta calle abominable. No comprendo cómo el bulevar puede haber alcanzado semejante nivel de degradación.

-¡Oh, usted también lo percibe! Le confieso que me sentía tan desolada por lo feo que es todo que ahora ni siquiera sabía adónde ir. Me advirtieron de que Hollywood ya no es lo que era pero, verá, señor...

-Mortimer McCallister.

-Señor McCallister...

-Llámeme Mortimer. Sí, querida, la sola visión de estas cochambrosas aceras daña mis pupilas.

-Señor McCallister, dígame: ¿hay algún hotelito en las colinas apropiado para una dama? Después tendré que irme a vivir a otro sitio más modesto -confesé, sin poder evitar una caída de pestañas-, pero me gustaría tanto pasar al menos una noche amparada por las letras del cartel de Hollywood... He soñado con verlo de cerca desde que era una criatura.

El señor McCallister se quedó pensativo unos momentos, tirando de su bigotito con los dedos. El otro hombre, que al parecer se llamaba Boy y había presenciado toda nuestra conversación con el ceño fruncido, se dio la vuelta con las manos en los bolsillos y dejó escapar un sonoro "ay". Después, Mortimer deslizó la manita por su cabello, perfectamente engominado, y me sonrió:

-¿No tiene usted familia o amigos en la ciudad, querida?

hollywood.jpg

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¿Qué es esto?
 

El rubito se detuvo a pocos centímetros de mi cara y,pin.jpg sin presentarse ni sonreír, me habló con una voz ruda y desconsiderada que me hizo dar un respingo.

Me anunció que su compañero deseaba conocerme y me hizo un gesto con la cabeza para indicarme que le siguiera. Perpleja, obedecí.

En el asiento del copiloto había otro hombre. También llevaba un bigotito, pero el suyo era cuadrado y un poco ridículo. Con su traje a rayas y sus mofletes inflados, me recordó al señor Banks de Mary Poppins.

Aun así, tenía unos simpáticos ojillos que se achinaban cuando sonreíamorty.jpg y estaba rodeado por un aura de distinción que no pasó desapercibida para mi instinto de actriz.

El hombre me saludó agitando graciosamente la mano como una reina. A mí se me escapó una sonrisa y me acerqué al coche, confiada.

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¿Qué es esto?
 

A1.jpgEntonces tuve la sensación de que alguien me estaba observando. Miré alrededor y mis ojos se quedaron prendidos de un ivanity.jpgmpoluto descapotable de color blanco, estacionado al otro lado de la calzada. Yo había leído muchas revistas en mi vida y conocía bien las marcas de los coches. El sol se reflejaba en el capó,  cegándome, pero supe de inmediato que aquel era un Bentley. De los que ya no se fabricaban.

La puerta del conductor se abrió y de su interior emergió ungreat.jpga figura imponente. Era un hombre esbelto y bronceado, vestido con una camisa blanca muy bien planchada y un pantalón caqui.

Lucía un bigotito rubio que tenía el aspecto de una traviesa mazorca de maíz que se hubiera quedado pegada a su cara. Sentí ganas de mordisquearla. Era muy guapo y se parecía un poco al Gran Gatsby.

Mi corazón se aceleró cuando me di cuenta de que el hombre estaba cruzando la calle... y se dirigía hacia mí.

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¿Qué es esto?
 

Todo era tan descorazonadoramente feo a mi alrededor que alcé la mirada hacia el horizonte, en busca de belleza. Un majestuoso edificio dorado en la acera de enfrente captó mi 250px-Rolls-Royce_Spirit_of_Ecstasy.jpgatención y, rauda, crucé hacia el otro lado ignorando el tráfico. ¡El Teatro Egipcio! Lo toqué para comprobar que era real. Pero la verdad era que, visto de cerca, parecía un decorado de película, como si al darle una patada fuera a desmoronarse.

Sin ceder al desaliento, seguí pisando estrellas sin saber muy bien adónde me dirigía cuando, al doblar una esquina, un seductor edificio art deco me trajo inmediatamente a la memoria mis adoradas películas de amor y lujo de los años 40. Corrí hacia él: el Museo de Historia de Hollywood. Con mano temblorosa pagué mi entrada a una encantadora ancianita y me perdí por sus recovecos.

max factor.jpgAllí sí. Allí pude sentirme, por primera vez desde que descendiera del avión, Linda Lovejoy. La aspirante a estrella, la hermana de todas aquellas fascinantes mujeres que habían conquistado la ciudad antes que yo. Lloré de emoción ante los vestidos de Marilyn (aunque el frasco vacío de sus píldoras para dormir me produjo cierta inquietud), las fotografías de las premières en los años dorados, ¡el Rolls Royce de Cary Grant! Ah, cuántas damas habrían paseado en él camino de alguna sala de fiestas de Sunset Boulevard...

Admiré mi propio rostro enmarcado por las bombillas de los tocadores donde se habían maquillado las beldades rubias y morenas, dispuestas para embrujar al mundo desde la pantalla. Comprobé satisfecha que mis rasgos de pelirroja resplandecían, a pesar de las largas horas en avión. Sonreí, dedicándole mi estrella a los espíritus de todas aquellas leyendas que sin duda sobrevolaban el lugar. Soñé que se cogían de la mano y, rodeándome, me susurraban: "Eres una de nosotras".

Pero la única voz que oyeron mis oídos fue la de la taquillera, que se despidió de mí con un "Vuelva cuando quiera, querida, me encantará conversar con usted". Le prometí que lo haría. Estaba segura de que aqucary-grant-2.jpgella ancianita como sacada de una película de Frank Capra tendría muchas historias que contar sobre los años dorados... ¡Pero ahora me aguardaba el futuro!

Regresé a la calle bajo el sol achicharrante y me topé una vez más con aquellos espantosos comercios, el ir y venir de gente descuidadamente vestida, la luz que caía implacable sobre mi cabeza. La desolación me abatió por un instante.

Me quedé plantada en la acera sin saber qué hacer.

 

 

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¿Qué es esto?
 

Hollywood.jpgLo primero que hice al aterrizar en la ciudad de Los Angeles aquella mañana del mes de abril fue alquilar un pequeño coche de color rojo. Después conduje por la autopista Harbor hacia el norte, con los hombros firmes y la mirada fija en el futuro que se desplegaba ante mis pupilas. Conduje con fe ciega, ignorando el mapa de la ciudad, adivinando el rastro del cartel que estaba a punto de anunciar mi llegada a...

...¡Hollywood!

Pronto lo vi brotar en lo alto de las colinas, coronando la ciudad como el faro que tenía que regir mi existencia a partir de aquel día. Excitada, me desprendi del coche dejándolo en un aparcamiento público y pisé, por primera vez, el escenario que hasta entonces sólo había sido una nebulosa en mi imaginación.

Como por arte de magia, bajo mis pies fue apareciendo la interminable hilera de estrellas cosidas al Paseo de la Fama, que me fueron guiando como el camino de baldosas amarillas a la pequeña Dorothy. Cuando me di cuenta de que me hallaba sobre la de Bette Davis, me detuve y caí postrada de rodillas.

¡Ya estaba allí! ¡Lo había logrado! 

ruby_slippers.jpgLas lágrimas se escurrieron bajo mis pestañas hasta aterrizar delicadamente sobre las dos "t" doradas.

Heroica, me puse en pie de nuevo aunque mis piernas temblaban, y seguí caminando. Me encontraba desorientada por la emoción y por aquel sol de mediodía que se colaba por todas partes cegando mis ojos, y me obligué a prestar un poco de atención a lo que veía alrededor. Pero no encontré nada que mereciera la pena contemplar. Estaba rodeada de tiendas de souvenirs baratos, sex shops, minúsculos restaurantes chinos y estancos regentados por indios... La calle parecía muy sucia y muy pequeña.

¿Cómo era posible? Qué desolación.

 

oz2.jpg 

 

 

 

 

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