Archivos Agosto 2009


Lo verde empieza en los Pirineos. Así rezaba el título de una película del llamado "destape" de nuestro cine y, así, como si de una premonición o boutade PF09-NICOLÁS_VAUDELET_08.JPGdel destino se tratase, podría llamarse la nueva colección del diseñador francés Nicolas Vaudelet para la firma Sevillana El Caballo porque -y las comparaciones son odiosas- si en aquella película y cual ideales revolucionarios, libertad, igualdad y fraternidad sólo se encontraban tras la cadena montañosa que nos separa del vecino galo precisamente ahora, y en el caso de El Caballo, ha tenido que ser de detrás de esas montañas y país de donde ha venido el nuevo aire, estilo y revolución de una casa, la sevillana, que en los últimos tiempos quizás pecaba en demasía del estatismo e inmovilidad propios de la sociedad y ciudad que la vieron nacer.

Y es que si Sevilla es luz, azahar, aceite, albero, coche de caballos, incienso, iglesia, Cristo y Esperanza, feria y manzanilla no es menos cierto que ella, Sevilla, también es una mirada constante al pasado, a la tradición y a lo que se supone que debe ser y a lo que jamás ha de serlo y es que si a la mujer del César no le basta con ser honesta sino que además ha de parecerlo a Sevilla, centro del Sur que la contiene y hasta mujer de España si se me apura, tampoco parece bastarle y por eso esa eterna mirada al pasado y a la convención cual cadena a la que se ata y freno que le impide avanzar.

Sin embargo, como en todo, no se puede generalizar y así, la familia Rodríguez Pineda, -sevillana pero emprendedora, clásica y artesanal pero también preocupada, renovada y con visión de futuro- lo mismo que fue capaz de lograr que de forma natural, la canana de cacería se convirtiese en cinturón, y el zurrón en bolso de diseño decidió un buen día alzar la vista no sólo, como dice el dicho, de Despeñaperros para arriba sino mucho más allá, haciendo que su caballo, El Caballo, saltase con ellos los Pirineos y quedase bajo los cuidados de las manos y mente creadora de Nicolas Vaudelet, increíble genio francés criado a golpe y bajo cobijo de Christian Lacroix, John Galliano en Dior, de Louis Vuitton, Givenchy y de Gaultier lo mismo que otros lo hemos sido a base de Cola-Cao, Nocilla y Petit Suisse que alimenta como un bistec pero que se conoce que para estas cosas del arte y de la moda tampoco es tan necesario o, al menos -y a mis propias pruebas me remito-, no tan efectivo.

Y así es como, aún conservando la tradición, la calidad y el acabado artesanal de los tiempos iniciales y aún volviendo la vista a la Sevilla de su compatriota Bizet, de cigarreras y bandoleros, Nicolas Vaudelet es capaz de ofrecernos un nuevo caballo cubierto de pelo de cabra y ceñido con pañuelos que recuerdan a mantas con las que pasar la noche en  la sierra o cinchas y hebillas como aquellas primitivas de la casa, de aquel El Caballo afincado en la calle Antonia Díaz, con las que pegar al cuerpo todo tipo de tejidos, desde la fina seda y gasa al punto con el que, aderezado de botas y plumas, llega a vestir a su novia... capaz de reinventar el peto campero, la mezcla y combinación de tejidos y hasta el sombrero Cordobés que, ladeado y alzado, casi parece hacernos un guiño y todo eso sin perder un ápice del glamour que se le supone y presupone a lo francés y que en Nicolas (simpático, modesto y hasta solitario y desapercibido en el kissing posterior al desfile) se confirma y convierte en dogma transformando cada relincho de este nuevo caballo en cantos de la propia Carmen -gitana, española y, a la vez, afrancesada- que cantando aquello de que L'amour est enfant de bohème, il n'a jamais connu de loi no hace sino recordarnos la propia naturaleza de su creador, enfant nada terrible pero sí bohemio, sin más ley que la de su propio savoir faire.

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¿Qué es esto?
 

No soy fan de Rosana, no la sigo y casi diría que, pese a haber bailado y cantado aquel Pa' Ti no Estoy hasta casi convertirlo en himno de mi despedida de mi vida en Sevilla y de Sevilla misma (como ahora podría utilizarlo para despedirme de otra vida, la robada o regalada en balde, que también vino y se fue por el Sur) últimamente hasta casi me provocaba cansancio o pereza el escucharla...

Y no me voy a quejar porque la vida no es fácil para nadie, porque cada uno tiene sus luces y sombras en ella y, en definitiva, por mucho que yo ahora dijera o dijese aquí que mi vida no es o no ha sido fácil al final siempre habrá quien me diga que me quejo de vicio, sólo me falta sarna para rascarme y me cambia de vida sin pensárselo dos veces porque al final, a cada uno le duele lo suyo, lo fácil es decir y decirse aquello de que cada palo aguante su vela y está claro que, con la vida de los demás, hacemos maravillas... así que lo mío, como tiene que ser, para mP_25906148_1582150.jpgí se queda.

No me voy a quejar, ya lo he dicho, pero aún sin hacerlo sí quiero decir ahora que hace muchos años que dejé de llorar, de llorar por fuera, como ha de hacerse, con lagrimones e hipidos; de llorar como uno aprende de pequeñito y sin saber muy bien cómo -por pura vergüenza, madurez o simple tontería- va olvidando el cómo ha de hacerlo hasta que un día se sorprende a sí mismo minusválido para el llanto, con los ojos, las lágrimas y la congoja desmemoriadas y desaprendidas, como enfermas de Alzheimer... y, aunque en mi caso la discapacidad llegó de una manera distinta (casi como un cambio climático sentimental o como el pozo que sobreexplotado termina secándose) pero, al final, también yo también me sequé; a fuerza de llorar y de no entender, a fuerza de golpes, de berrinches y por absoluta falta de cariño. Me sequé y por muy grande que fuese mi pena o muy fuerte lo vivido hacía tiempo, mucho, mucho... demasiado, el que llevaba sin derramar una lágrima y lo máximo que conseguía (a base de esfuerzo y casi concentración) era que se me anudase la garganta y se me llenasen los ojos como quien llena un cubo en la playa con cuidado de que, de vuelta de la orilla, ni una gota se derrame por el camino y, así, de esa misma forma, ni una sola lágrima rodaba por mi mejilla.

Sin embargo hace poco más de una semana que Rosana -cual Moisés bíblico separando las aguas del Mar Rojo- obró el milagro y, mientras yo regresaba de dejar casi 95 años de lucha y lucidez dormidos en una cama y en la emisora que llevaba en el coche comenzaba a sonar su "Llegaremos a Tiempo", mientras yo daba vueltas a una plaza buscando aparcamiento y al final trataba de aparcar al mismo tiempo que ella cantaba "que la vida son dos trazos y un borrón" comencé a llorar, a llorar sin consuelo, como lloran los niños y como -por mucho que nos empeñemos en olvidarlo- ha de llorarse siempre. A llorar por los 95 años suyos y los 33 míos. A llorar por lo vivido, por lo perdido, lo robado y lo regalado sin sentido. A llorar por los fracasos y los éxitos, por el amor y por el daño infringido o causado queriendo y sin querer. A  llorar por lo deseado que no es nada y lo despreciado que sí lo es todo. A llorar  por ser un niño arracancado de la teta y un adulto seco y vacío. A llorar, en definitiva, por todas las lágrimas no nacidas en tantos años de nudos en la garganta y cubos repletos en los ojos. Y por eso, porque ella y esa canción me han devuelto las lágrimas y el sosiego que dan las lágrimas derramadas, necesitaba compartirlo y regalarlos este trocito de tiempo que, al menos en mí, ha sido como un milagro que me ha pellizcado el alma y revuelto el corazón.

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