Dicen que Charada es la única película que al maestro del suspense Alfred Hitchcock le hubiese gustado dirigir y que sin embargo no dirigió. Una única película en la que se aúnan misterio, ingenio, femineidad, elegancia y romanticismo a partes iguales. Una única película en la que unir a Stone, Donen, Mancini, Givenchy, Audrey, Grant y PAris.
Quizás sea cierto lo de Hitchcock y quizás por la unión de todos esos elementos para mí el último desfile del creador Jesús del Pozo, celebrando su 35 aniversario en el mundo de
la moda, me transportó a esa misma Charada, a ese mismo misterio, ingenio, femineidad, elegancia y romanticismo; y es que ya fuese el azar o pura sugestión, el desfile y todo lo que lo rodeaba contaba con todos los elementos necesarios de ese suspense que, sucediéndose unos detrás de otros, conformaron mi Charada particular, espectacularmente dirigida por Jesús del Pozo: una invitación confirmada in extremis, una primera conversación telefónica entre desconocidos, una dirección e instrucciones tomadas al vuelo y prisas, muchas prisas por abandonar IFEMA y llegar al hotel, prisas por ducharme y cambiarme de ropa, prisas por coger un taxi con el que cruzar de una punta a otra el mapa y prisas, ¡tantas prisas por no llegar tarde!, que al final terminé llegando antes... viéndome solo, entre el mercado y el magnífico showroom, rodeado de infinidad de pantallas en las que se evocaban los desfiles pasados de un creador que cumplía años como quien además de compartir un trocito de historia (la suya y de su moda) te ofrece una auténtica lección de cómo se hacen las cosas o, como se diría en el PAris de aquella mi Charada, una auténtica lección de savoir faire.
Y así, a la hora señalada, decidir entrar, preguntando por una mujer como se preguntaba en aquel anuncio de perfume de los 80's, sólo que en mi caso en lugar de Lou Lou yo preguntaba por Caline como quien también en esa misma década buscaba a Susan desesperadamente. Subir las escaleras y a cada peldaño acrecentarse el misterio como quien pasa las páginas de una novela o simplemente se deja atrapar por la trama de esa
Charada que, ahora mía, se convertía en orquídea disfrazada de beso y enmarcaba la desnuda sensualidad de un por aquel entonces todavía temprano Halloween con el que Jesús del Pozo nos daba la bienvenida al corredor, galería o pasarela acristalada con la que dividir dos mundos sin hacerlos del todo ajenos ni independientes y, a la vez, presentar al propio mundo las nuevas creaciones.
Y entonces sí, comenzar el desfile como debían comenzar los que el propio Givenchy, el de la Charada original, ofrecía en su atelier de PAris. Un desfile desnudo de artificios, con acordes de música en vivo y las obras, verdaderas obras de arte, pasando de forma tan cercana que pareciese que uno todavía pudiese aspirar el aroma de la genialidad que desprenden o que un solo movimiento de una de sus telas bastase para cortar el aire, deteniendo así el tiempo en la atmósfera y misterio creadas por Jesús del Pozo para unos espectadores, nosotros, convertidos a la vez en Ms. Marple, Hercule Poirot o en los propios diez negritos de la novela que uno a uno, amenzados de muerte, se lanzan a desvelar el misterio... un misterio encerrado en cremalleras, un misterio de sastrería magistral, de maniquies -que no modelos- que muestran las creaciones como si de patrones de papel y entretela aún se tratase quizás porque la perfección ya así es tan grande que no hace faltan más artificios, como tampoco hacen falta más colores que el blanco y negro con los que dar un tímido paso a sus derivados y leves toques rosas, lavanda o púrpura que finalmente llegan a estallar en rojo.
Era Charada, mi Charada. Era Halloween, un Halloween adelantado entonces y ahora ya pasado. Era un beso, un beso todavía no dado y que se desea robado más que regalado... pero sobe todo, era mirada, miradas cruzadas y sólo interrumpidas por el sonido de esas telas capaces de cortar el aire y la respiración y el de los tacones que, como si de columnas maestras se tratasen, sostenían bajo los puentes pequeñas bolas en las que, quizás, residiese toda la clave del misterio y que, como piezas de un puzzle, nosotros deberíamos componer, reconstruyendo 35 años de historia, moda y de razones para continuar.
Quizás sea cierto lo de Hitchcock y quizás por la unión de todos esos elementos para mí el último desfile del creador Jesús del Pozo, celebrando su 35 aniversario en el mundo de
la moda, me transportó a esa misma Charada, a ese mismo misterio, ingenio, femineidad, elegancia y romanticismo; y es que ya fuese el azar o pura sugestión, el desfile y todo lo que lo rodeaba contaba con todos los elementos necesarios de ese suspense que, sucediéndose unos detrás de otros, conformaron mi Charada particular, espectacularmente dirigida por Jesús del Pozo: una invitación confirmada in extremis, una primera conversación telefónica entre desconocidos, una dirección e instrucciones tomadas al vuelo y prisas, muchas prisas por abandonar IFEMA y llegar al hotel, prisas por ducharme y cambiarme de ropa, prisas por coger un taxi con el que cruzar de una punta a otra el mapa y prisas, ¡tantas prisas por no llegar tarde!, que al final terminé llegando antes... viéndome solo, entre el mercado y el magnífico showroom, rodeado de infinidad de pantallas en las que se evocaban los desfiles pasados de un creador que cumplía años como quien además de compartir un trocito de historia (la suya y de su moda) te ofrece una auténtica lección de cómo se hacen las cosas o, como se diría en el PAris de aquella mi Charada, una auténtica lección de savoir faire.Y así, a la hora señalada, decidir entrar, preguntando por una mujer como se preguntaba en aquel anuncio de perfume de los 80's, sólo que en mi caso en lugar de Lou Lou yo preguntaba por Caline como quien también en esa misma década buscaba a Susan desesperadamente. Subir las escaleras y a cada peldaño acrecentarse el misterio como quien pasa las páginas de una novela o simplemente se deja atrapar por la trama de esa
Charada que, ahora mía, se convertía en orquídea disfrazada de beso y enmarcaba la desnuda sensualidad de un por aquel entonces todavía temprano Halloween con el que Jesús del Pozo nos daba la bienvenida al corredor, galería o pasarela acristalada con la que dividir dos mundos sin hacerlos del todo ajenos ni independientes y, a la vez, presentar al propio mundo las nuevas creaciones.Y entonces sí, comenzar el desfile como debían comenzar los que el propio Givenchy, el de la Charada original, ofrecía en su atelier de PAris. Un desfile desnudo de artificios, con acordes de música en vivo y las obras, verdaderas obras de arte, pasando de forma tan cercana que pareciese que uno todavía pudiese aspirar el aroma de la genialidad que desprenden o que un solo movimiento de una de sus telas bastase para cortar el aire, deteniendo así el tiempo en la atmósfera y misterio creadas por Jesús del Pozo para unos espectadores, nosotros, convertidos a la vez en Ms. Marple, Hercule Poirot o en los propios diez negritos de la novela que uno a uno, amenzados de muerte, se lanzan a desvelar el misterio... un misterio encerrado en cremalleras, un misterio de sastrería magistral, de maniquies -que no modelos- que muestran las creaciones como si de patrones de papel y entretela aún se tratase quizás porque la perfección ya así es tan grande que no hace faltan más artificios, como tampoco hacen falta más colores que el blanco y negro con los que dar un tímido paso a sus derivados y leves toques rosas, lavanda o púrpura que finalmente llegan a estallar en rojo.
Era Charada, mi Charada. Era Halloween, un Halloween adelantado entonces y ahora ya pasado. Era un beso, un beso todavía no dado y que se desea robado más que regalado... pero sobe todo, era mirada, miradas cruzadas y sólo interrumpidas por el sonido de esas telas capaces de cortar el aire y la respiración y el de los tacones que, como si de columnas maestras se tratasen, sostenían bajo los puentes pequeñas bolas en las que, quizás, residiese toda la clave del misterio y que, como piezas de un puzzle, nosotros deberíamos componer, reconstruyendo 35 años de historia, moda y de razones para continuar.







las cosas cambiasen y el nerviosismo diese paso a la verborrea (decir conocimiento en mi caso sería decir mucho) y el tiempo volase de tal forma que lo que para mí no habían sido más que cinco minutos al final se convertiese en casi una hora de discurso.
Dicen que es el síndrome del estudiante y yo lo tengo, pero también tengo la suerte de haber podido entrevistar a
.. quizás no debería haber dicho esto porque, quizás (seguro), alguien, al leerlo, me puede tachar de hortera, de hacer primar el show o incluso el chunda-chunda sobre la ropa, pero bueno, ésto es lo que hay. Tal vez sea éste un buen momento para las confesiones y por eso, continuando con ellas, diré que: lo siento mucho pero este no es un blog de moda, de críticas sobre cortes, hechuras, costuras, tejidos y confecciones... a lo mejor lo parece o parece que eso es lo que se pretende pero no, lo siento pero no. Este es un blog de sentimientos, de los sentimientos que nacen y, que pese a lo que mucha gente piensa, pueden nacer de un desfile, de una pasarela en la que se unen y mezclan cuerpos, pasos, tejidos, cortes, hechuras, músicas y ritmos... y, por qué no, también ilusiones, muchas.
mal, enfermedad o dolencia que pueda aquejarnos... ¿la crisis?.
voz o cómo ésta se acelera y ralentiza con cada cuestión, sin poder conversar con ellos. Siempre me pasa lo mismo, la mayoría de las veces enviando un cuestionario, tratando de adivinar cuales pueden ser las respuestas y así hilar en la hipótesis una conversación que realmente nunca tendrá ni ha tenido lugar y esperando las respuestas como quien espera las calificaciones de un examen.
"Querido amigo,
que no es cuestión de negar aquí y ahora- pero tampoco se trata de elevarla a la categoría de verdad universal o única porque, lo mismo que existen los bloggers, también existe la alquimia, la magia de los
, el hostelero, el diseño y el patronaje de pequeña academia. Y eso, al final es bagaje, vida y experiencia de la que aprender, tomar y desechar constantemente.
Sans limites. Dicen que ese era el lema vital de Isadora Duncan, lema que llevó hasta su muerte o, quizás, la llevó a ella misma y, sin embargo -sans limites- esa misma ausencia de límites podría decirse que es la que ha devuelto la vida y esplendor al fabuloso
de blanco en su base, tan de entrada o salida de ciudades y pueblos de otro tiempo y a las que el cine nos tiene tan acostumbrados -como si de la propia Belle Epoque se tratase y como Belle Epoque se llama su restaurante- allí aparece el
ba revelando (y nunca mejor dicho) en imagen, en un cachito de tiempo capturado... un trozo de recuerdo cazado al vuelo al que sostener entre las manos.
Malta, que tal vez hayan estado en aquel mismo despacho sin yo saberlo o, sin haberlo estado nunca, sí han sentido la misma nostalgia que yo siento al pensar en aquella caja mágica y así, como maestros y magos que son a la vez, han decidido hacer sus trucos con otro prestidigitador, el famoso fotógrafo Rankin, entregándonos una serie limitada de 1000 botellas de su Fine Oak de 30 años, en las que no sólo la etiqueta se transforma en imagen, en instantánea Polaroid, sino que cada una de las botellas va acompañada del original, de ese pequeño trozo de papel, duro, de bordes blancos en el que la imagen de la
"Esta colección es el punto y final después de la Polaroid, para entrar de lleno en la era digital", dice Rakin, y yo me atrevo a decir que la era digital nos ha robado la impaciencia, el deseo contenido, la duda acerca de qué imagen nos entregará la cámara, el soplar sobre el papel viendo como a cada soplido las imágenes aparecen como si nuestro propio aliento exhalado pudiese dibujarlas... nos ha robado la magia a cambio de una inmediatez no siempre necesaria ni deseada que, sin embargo, ahora
HELLO!
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