
Mapaches en Saturno, Taxis
y Holly Golightly

Bueno, en primer lugar debo aclarar que no sé si un mapache en saturno encaja o no.
A mí me parece que no, que a primera vista, el planeta no tiene muchos elementos a franjas blancas y negras.
Diferente sería que cruzara un paso de peatones o se apoyase en Torre Picasso…



Digo esto porque hay situaciones en las que uno puede llegar a sentirse así, absolutamente descolocado, desubicado, absorto, incapaz de reaccionar e interpretar o reproducir los códigos de su alrededor.
A mí me pasa cada mañana al tomar el bus para ir al trabajo, que me siento como el mapache, y si bien no soy el único mamífero bicolor de la escena, hay otros (y en concreto una mapache) que la resuelven mucho mejor, demostrando que puede haber vida inteligente en otros planetas.
Para que me entiendan, intentaré describir los hechos.
No sé si han estado en Mumbai (yo no), pero me imagino que la situación no debe de ser muy distinta.

Me explico: 7.50 A.M. Una gran ciudad. Una marquesina de autobús.
De repente el bus gira la esquina, y conforme se va acercando a la parada, una multitud multicolor se va agolpando hacia donde suponen que abrirán puertas. En una milésima de segundo miles de personas te rodean. Como la marabunta, te sobrepasan amenazadoramente, y poco a poco te vas diluyendo entre la muchedumbre. Al igual que la marea, corres el riesgo de alejarte de la orilla (la acera) y aquello se convierte en una especie de documental de Félix Rodríguez de la Fuente sobre la supervivencia en la selva.
Al fin y al cabo somos animales, tenemos instintos, y todos, sin excepción, somos supervivientes.
Puede que se trate de un experimento para averiguar si desde el supuesto primer mundo se nos puede entrenar para ser capaces de tomar un transporte público en hora punta en India, o de un C.C.d.R.p.P.U. (Cursillo Camuflado de Rugby para Principiantes Urbanos), quién sabe.


Pues bien, entre toda aquella humanidad (si es que se puede llamar así), hay una chica increíble, que no sólo consigue llegar al interior del bus, sino hacerlo sin que se le despeine un solo cabello.
Servidor no puede decir lo mismo, y alguna vez se ha tenido que quedar en la calle al tener el bus que cerrar puertas por no caber nadie más en el interior del transporte.
Esta muchacha en cuestión (ojos azules inmensos, cabello muy rojo y metro setenta y pico largo) se ha convertido en una especie de ser misterioso y fascinador para mí (por cierto que ella parece no haberse dado cuenta de mi existencia) y si tuviera valor, le pediría poder fotografiarla, pues además es algo así como un nuevo icono de la moda. Combina a la perfección elementos dispares de cualquier década: desde leggins a faldas, pasando por boinas, gorros de lana, cazadoras sesenteras de cuero a, mi favorito, un chaquetón – capa de lana gruesa en blanco y negro (el uniforme de mapache).
Y así, de esa guisa, y con ese arte, me deja boquiaberto.
Andy (Warhol) decía sobre una amiga suya que, aunque fuera vestida de manera sencilla, en el momento en que ésta se disponía a llamar a un taxi, la situación podía cambiar por completo. Por lo visto, ese simple gesto delataba en ella su clase impecable.


No sabemos si el hecho de que su amiga tomase un “New York Cab” tenía algo que ver. Y es que según nuestro imaginario colectivo, esos taxis son “LOS TAXIS” (lo siento por los antiguos taxis londinenses) y aunque hoy día estén un tanto destartalados en su mayoría, siempre invitan a soñar.



Así que digo yo que lo que hace mi musa – mapache con el bus tiene más mérito aún, ¿no?
Sobre lo del imaginario colectivo mencionado, ahí tenemos innumerables secuencias memorables de películas y series para ilustrarlo, desde nuestra Carrie (que siempre tenía que volver en coche hasta la 73 con Madison porque tenía la costumbre de salir sólo por la zona baja) hasta la memorable secuencia en que Holly Golightly paraba un taxi de un silbido ante un patidifuso Paul Varjak para poder visitar en la cárcel de SING SING al jefe de la mafia.


A veces es así, por más que uno quiera aparentar lo que no es, o pasar desapercibido, ciertos detalles nos delatan. Y si no que se lo pregunten a los políticos, que por más que paguen a asesores a precios millonarios que les digan cómo mirar, cómo poner las manos, etc. difícilmente consiguen transmitir una pizca de confianza o interés por el ciudadano.
La clase, por lo visto, como la esencia de la persona, se acaba captando por más que se intente ocultar.
Y todo esto para concluir que, como de costumbre, el próximo día laborable mi musa seguirá demostrando su clase y pericia, mientras servidor intentará torpemente subir al bus.
Aunque quizá me consuele imaginando que ella es Holly y yo soy Paul. Que todos podemos serlo.
Porque de algún modo así es.





























HELLO!
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