Roquefort-sur-Soulzon es un pueblo diminuto de casi setecientas almas, ubicado en el Macizo Central francés y cuna del famosísimo queso homónimo.
En su geografía accidentada, grandes movidas geológicas hundieron parte de la meseta de Cambalou, formando una red cavernosa dotada de continúa ventilación natural, humedad y temperatura invariables. Ideal para que prolifere el Penicillium roqueforti, microorganismo que fermentó un queso cabruno olvidado por un pastor dentro de esa montaña, refugio de sus rebaños.
Tiempo después, volviendo a su improvisada despensa, el hombre encontró el alimento manchado de venitas azul, sabor cambiado y sorprendentemente delicioso. Así nació entre entrañas terráqueas, un tesoro nacional enseguida rebuscado y copiado.
La hazaña hizo historia, brotando la primera apelación de origen con más patina, protección real sellada por un entusiasmado Carlos VI en el siglo XV. La medida brindó a su aldea natal el privilegio de su fabricación, enseguida proliferando infames sucedáneos. El Parlamento de Tolosa intentó castigar sin demasiado éxito a los osados imitadores, hasta que en 1925, Francia harta de tanta impostura e infinitos pleitos, legisle definitivamente su reglamentación.
Empero, allá por el siglo XII DJC, la cosa ya animaba bastante personal y manteles romanos, para glorificar sus excelencias con testimonios escritos. Al hilo de los siglos, impulsado y acuñado por su fan Diderot ”queso de los reyes y rey de los quesos” consiguió ilustrarse y turisteando por 70 países, confirmó su AOC, estatus acelerando una merecida fama planetaria. Para tal honor, su elaboración implica estrictos controles bacteriológicos de su exclusiva leche de cabra, inyección del hongo brindándole su sabor único y profusa salazón con sal marino. El resultado surte ese queso de carácter y calidad, cuya perfección extrema incluso le propinó el label A.B. (Agricultura Biológica).
Un ejemplar comme il faut nunca ostentará menos de tres meses de edad, durante los cuales, “olvidado” entre cuevas patrias, será naturalmente afinado por un viento húmedo penetrando entre “fleurines” o hendiduras milenarias rupestres.
Poca cantidad basta para aprovechar su imponente potencial energético (¡52% de materia grasa!!) y paladear su sabor inimitable. Así y siempre con moderación, podrá nutrir el músculo de sus proteínas y sumergir el esqueleto en un impresionante baño de calcio (200mg por 30g).
El sublime Roquefort detesta salir del armario y enfadado por bruscos cambios de temperatura, se vengará despiadadamente alterando en el acto sabor, color y textura.
Al contrario, su majestad exige un tacto exquisito derivando de su antañera condición real, como mantenerlo en su embalaje original y sacarlo de su fresco escondite sólo media hora antes de su consumición. Entonces y solamente entonces, será todo aroma, delicadeza y regia untuosidad.
Sauternes, Jurançon, Oporto y todos los blancos licorosos son sus compañeros báquicos predilectos. Unido a legumbres crudas, nueces, apio, tomates y pescados blancos es delicioso, mezclado con nata espesa compone salsas maravillosas y entre tortillas, suflés, pasta de hojaldre y patatas insufle aires renovados de excelsa sofisticación.
Con esas últimas ilustraremos nuestro Blogapetito, ideal para bajas temperaturas. Invitar cuatro barbas al ágape, mientras precalienta su horno a 200º. Lavar, pelar, secar y laminar finamente 1 kilo de patatas.
Aparte, rebozar 1 cebolla laminada en mantequilla, con ajo y tomillo. Mixar 3 yemas de huevo con ½ pote de nata espesa y 100gr. de Roquefort.
Añadir las patatas laminadas, salpimentar, mezclar a fondo y disponer en el plato para hornear. Proteger con un papel de aluminio la superficie, cocer a 180º entre 60-70’ , retirar la protección y terminar cuando se alcanza el deseado punto doradito gratinado. Es la bomba y vive la France.






Esa enjoyada señora es Margarita (de Saboya), esposa-prima de Humberto I, hijo del primer rey italiano, Víctor Emmanuel II y de María Adelaida de Habsburgo-Lorena. ¿Y que relación existe entre dicha deslumbrante royal y la humilde pizza? Universal, my friends, dado que se consagró una sobradamente conocida a su nombre, amen de una famosa anécdota.
Fue excepcional de belleza, ingenio y vivacidad, Jeanne Bécu. Lástima que erronéamente empleados, esos dones igualmente resultarían su trampolín y perdición. La rubia preciosidad, cuyos rizos un día de 1793 rodarían bajo la voraz cuchilla revolucionaria, nació en 1743 de una pobre costurera y del Hermano Ángel, monje descocado del parisino Convento Picpus.
La nueva Comtesse pisó oficial y ruidosamente la Corte gala en abril de 1769, con inusitado boato, vestimenta suntuosa y joyas como retablos. Las exclusivas cimas del poder siendo muy codiciadas, la ambición rubia, para mantenerse en el puesto, cuidó astutamente de libido y estómago reales, añadiendo encargos especiales a la royale cesta de la compra. Así pululó la coliflor, supuestamente afrodisíaca y predilecta de "La Francia", moto que brindaba al anciano monarca, definitivamente agotado entre sudadas sabanas palaciegas.
¿Qué recordarán las frutas rojas para hechizarnos tanto? La favorita de nuestra rúbrica, María Antonieta, responde para nosotros: la niñez. Otra vez una rosacéa, mudada a fruta olorosa, nos devuelve a esa tierna etapa y proustiana experiencia.
A la hora deliciosa del goûter (merienda) en la impoluta laiterie de propreté, se distribuía, todavía brillante de rocío matutino, el precioso botín en inmaculada porcelana helenística, entre bandejas de postres, quesos, nata y mantequilla obsequios de Blanchette y Lison, vacas reales del diminuto Petit Trianón.
A su fresca mesa florida excluyó la gula imperante y privilegiando la degustación en pequeñas raciones, alumbró otro concepto novedoso, la delectación. Gustativamente considerado, el regio menú revisado devino coloreado y sano, pero también, calco de una excelsa cocina de autor tan apreciada hoy día. Desgraciadamente, a la sazón resultó un escándalo socionacional, asícomo un pretexto de críticas suplementarias a la detestada inquilina del maravilloso Petit Trianon.
Desde su nacimiento, un 29 de diciembre de 1843, la aristócrata prusiana destacó por una inesperada sensibilidad artística. Torbellino vital, muy teatrera, la paradoxal soberana, autoproclamada republicana, fue políglota aparte de sobresalir en piano, órgano, canto, pintura, cuentos e interpretación y dar forma literaria a las folklóricas leyendas de su nuevo país, obra traducida a nueve idiomas que coronó la Academia Francesa.
Ducha en tecnología de su tiempo, Carmen-Elisabeth se prendió de un tren fantástico, cuyos lujos asiáticos despertaron su lado más soñador: el Orient-Express.
Por tanto la real escritora esperó expectante el 4 de octubre de 1883, fecha inaugurando su primer recorrido europeo uniendo el Gai París a Rumania mediante dos frenadas patrias, Giurgi y Bucarest. Astuta, les aprovechó para publicitar los encantos rumanos, empezando por el admirable Castelul Peleş, cuyos regios esplendores románticos abrió a los sofisticados viajeros del primero tour ferroviario europeo.
El bombazo social provocó un magno efecto llamada y despegó la leyenda del Orient-Express, tren de reyes y reyes de los trenes, sucesión de gabinetes móviles decorados por Lalique, rutilantes salones particulares, efluvios de grandes perfumes y gastronomía exquisita. Lo todo, camino del otro Oriente misterioso, mecido por enigmáticas volutas teíferas, ahora reales, mediante voluntad y gracia de una majestad rumana, literata, comediante y tragediante para más ínri.
¿Sabían que la fresa es un falso fruto y una auténtica rosa? En realidad, resulta el aumento de receptáculo floral, reserva nutritiva de esos 200 lunares aromáticos o eterios, verdaderos frutos del llamado genero Fragaria (familia Rosaceae), cuyos silvestres aspectos gustativos ya deleitaba mesa antigua e inevitable Luis XIV.
A continuación, se fue a la caza y captura de dulzura climática y fertilidad excepcionales, cosa encontrada a un tiro de Brest (Bretaña), concretamente en Plougastel, península del Finistère. Ahí, cruzándola con otras variedades europeas dieciochescas se consiguió la carnosa maravilla contemporánea que plagó olorosamente Europa. Hasta 1940 duró su edad de oro y de los lares que hizo prósperos, hasta que el paréntesis bélico amojame el mercado, quien, mediante unas técnicas mejoradas, reverdeció tal ave fénix en 1996. Por tanto, Plougastel y Francia agradecidos consagraron a la gloria de la resucitada maravilla un Museo de la Fresa y del Patrimonio (
La generosa fresa puede, sin embargo, desatar alergias que su mismidad tiene a humedad, agua y larga conservación. Empero, por su camaleónica capacidad gastronómica adora zambullirse en nata, crema, helados, salsa, agrumas y vinagre, emborracharse con champán, licores, tintos o blancos. En pocas palabras, gusta de sorprender al personal. Así en esa simplísima receta de nuestro Blogapetito, toda frescura, delicadeza y facilidad: fresas con habas sobre camita de lechuga y lonchas de pavo.
Seguimos con nuestros afanes de comer ligero y desde luego, uno de los manjares más idóneos es la Beta vulgaris var. cicla o acelga. Verde, que te quiero verde, debió de pensar su creador mediterráneo antes de verla ingresar el Capitulario De Villis, fiera ordenanza real del siglo VIII reglamentando estrictamente los cultivos de los huertos de un ducho jardinero, Carlomagno.
Cien maravillosos gramos de acelgas apenas surten 20kcal y cero colesterol, un derroche de fibras, potasio, hierro, yodo, sales minerales y magnesio. Sobresaliente en beta-caroteno, ácido fólico, vitamina A (esencial para huesos, piel, mucosas, defensas), reduce peso, depura sangre e hígado, aparte de cocinarse de mil maneras, hojas y pencas confundidas, cruda, hervida, guisada, rellenada, azucarada, rebozada, rehogada, en amor y compañía de carne, demás hortalizas, mariscos y pescados. Y bravo bravísimo, lo todo, a un precio módico.
“... En el subsuelo duerme la zanahoria de bigotes rojos” (Pablo Neruda)
Aliada de intestinos e hígado de los cuales regula la función, su jugo natural igualmente mejora las pieles atónitas o escamosas, estimula el tono general y ayuda en el penoso trance menopáusico.
enteros, 30 cl de nata líquida espesa, salpimentar, espolvorear un poco de nuez moscada rallada. Verter la mezcla en pequeños moldes de flanes (de porcelana mejor), repartir las legumbres escurridas, un poco de queso emental o gruyère, gratinar bellamente (25-30’).



¿Qué vínculo extraño une la última emperatriz francesa, Almodóvar y El Quijote? Respuesta: el top ten de las sopas frías, español por antonomasia, verbigracia el gazpacho. En un primer apartado, nobleza obliga y pamelones en ristre, andaremos de bodón parisino. Ese frío 20 de enero de 1854, la capital gala exulta y Cupido también: Luis-Napoleón III desposa a su adorada Eugenia Maria Ignacia Augustina Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick de la Platanaza, novena Condesa de Teba, alias Eugenia de Montijo.
Por tanto en julio de 1855 lujo, clase y magnificencia modificarán el destino del modesto pueblo ballenero mudado a ”playa de los reyes y reina de las playas”. Mientras la Corte retoza entre baños de mar, esa osada novedad, el sesudo Emperador-constructor modifica el litoral local. El resultado es un boom inmobiliario frente al verde y espumoso abrazo atlántico, ahora rendez-vous obligado de testas coronadas y tropeles de famosos pudientes acudiendo del mundo mundial.