Esa receta, que se pronuncia como se estornuda, tiene cuna turco-griega y su ingrediente-estrella producto de los longevos Balcanes, verbigracia el yogur de cabra u oveja, cuyas extraordinarias excelencias sobre el tránsito intestinal desconcertaban a los sesudos investigadores del siglo pasado.
El bacteriólogo ruso Ilya Ilitch Metchnikov, Nóbel del 1908 en su categoría, por fin descriptó sus salutíferos mecanismos y llevando el bendito fermento a Occidente, fomentó una industria convirtiendo la panacéa en un alimento popular.
El yogur se presta con mucho gusto a nuestros arranques creativos y a la imperante filosofía wellness. Convertido en modernos placeres helados, sopas y ensaladas, generó un luminoso recetario que enriquece cotidianeidad y salud. Así ese tzatziki, integrante de los maravillosos mezze orientales, que consisten en medidas cantidades de manjares distintos presentados en diminutos platitos, permitiendo probar decenas... y centenares de sabores en un mismo ágape, emulando la costumbre de la atiborrada mesa romana antigua.

Esa salsita, muy dietética y saludable, aliña idealmente legumbres, carnes, panes y pescados.
Por su sabrosa frescura, aligera de paso menú y calores estivales. Además, se adecua a las prisas contemporáneas, haciéndose en 5' de la manera siguiente:
Pelar un pepino y cortarlo en finas y estrechos tagliatelli, reducir dos dientes de ajo en puré, cortar unas hojitas de menta finamente.
En un bol, mezclar esos ingredientes con unas gotitas de limón, dos yogures de leche de cabra tipo griego, 2 cucharitas de aceite de oliva.
Salpimentar a gusto, repartir en platitos hondos muy coloreados.
En latitudes turcas, la presentan entre pan pita y aceitunas, perfumada con ramitas de hinojo. Su versión india se llama raita. ¡Buen provecho yogurtino!






Ese día, el querubín Eros amaneció con los tirabuzones de punta y se acostó igual de rabioso rememorando sus motivos. Eran las mofas insoportables del metrosexual Apolo, sobre sus fallidas habilidades de miniarquero celestial.
China, al tanto del insólito asunto délfico, montó en su luna asiática un laurel de cosecha propia, al pie del cual la sesuda liebre sagrada sigue fabricando el elixir patrio de la Inmortalidad. Europa replicó con la palabra bachillerato derivando del latino bacca laureus, rama de laurel de bayas entregado a los doctos médicos al finalizar sus estudios.
El esfumado verano plagó platos y manteles de colores y nuestro organismo de deliciosas vitaminas propias de esa prolífica estación.
La col, de cualquier color, pelaje y forma, es una obra maestra de la ingeniería natural. Legumbre de gran personalidad, tiene como primos hermanos nabo, canónigos y rábanos. 
En el luctuoso ambiente londinense, los solidarios clientes del pub rechazaron beber de las alegres burbujas achampanadas día después de una irreparable desaparición regia que devastaría hasta su propia muerte a su amada soberana. En el arrebato, conceptuaron a su modo, responso y pesáme cocteleros comulgando con camposanto y ciprés afligidos. En efecto, algo más triste, sombrío e impactante se necesitaba al menú alcohólico, en consonancia con el tremendo evento que hundía a monarca, alcoba royal, demografía patria y nación en general.
La fúnebre novedad alcanzó a duras penas la categoría de clásico en el who’s who coctelero, bastante gentlemen indignados considerando shocking, sacrilegio o simply patético ese vergonzoso maridaje proclamado aterciopelado, entre plebeya cerveza y aristocrático champán, pero en fin, ahí está aparatosa, la cosa inverosímil entre fluidos irreconciliables y desde luego, bastante difícil de realizar, a pesar de la simplicidad que ostenta.
Sin embargo, no todas las especies se adecuan al consumo. Por tanto, informaros bien antes de consumirles. 
Melocotones asados con aromas de lavandula. Excelente maridaje y mejor recuerdo de luminosa mesa veraniega.
En el entorno sereno del las luminosas mañanas estivales, qué agradable desayunar un brunch convivial animado de colores y sabores venidos de afuera.
Desmenuzar y mezclar a fondo ½ paquete de galletas tipo María, integral mejor, con 100 gr. de mantequilla fina fundida. Repartir en un molde para tarta, a modo de zócalo.
Qué gusto, qué lujo, qué libertad bajo el sol dorado, piecicitos en libertad, recoger mariscos en la playa, actividad accesible y placentaria para todos. Otro recuerdo estival maravilloso, mientras haremos acopio de un botín delicioso, rápida y sabrosamente cocinado para deleitar a familia y amigos. En lasañas marinas, por ejemplo, cociendo al dente las láminas con mucho agua y su chorrito de aceite de oliva, mientras preparamos el relleno:
Otra opción veloz será freír dos cucharadas de mantequilla fina con dos cebollas picadas finamente, 1 cucharita de coriandre machacado, tomillo y laurel desmenuzados. Añadir 1 vasito de buen vino blanco, bastante nata espesa, 1 kilo de mejillones, coquetas u otras conchas de su elección o cosecha, mezclar delicadamente y cocer a fuego rápido. Cuando se abren, están listas. Servir con patatas fritas, los niños adoran esa receta. Añadir nata es opcional.
Es clarísimo que el Demonio se vale de mil triquiñuelas para seducirnos. Para muestra, así de adorable se presenta incluso en forma de mix, tan seductor como su espíritu insidioso cuya existencia reconoció la Iglesia en 1215 durante el cuarto Concilio de Letrán (Estado del Vaticano). Benedicto XVI, nuestro actual Papa, dio carpetazo al limbo cristiano pero no al pegajoso Diablo, que sigue con sus fechorías a lo largo y ancho el planeta.
La marca de la Bestia es el 666, que también se declina en un cóctel delicioso, directamente un vaso shooter, vertiendo sobre hielo y en cantidades iguales, whisky, sambuca y tequila, menuda bomba etílica.
El mercurio aprieta y una de las rehidratraciones expres es ese mix llamado Bimarros, que encantará a los fórofos cerveceros.
En efecto, los primeros panes eran papillas de cereales, hinchadas por fermentos desconocidos que pensaron venidos de un cosmos ajeno. La cosa contribuyó a la veneración secular de esa necesidad entonces básica.
¿Qué calor, verdad? ¡Don't worry, be smoothie! Los smoothies son la respuesta anglosajona a los lassi indios y su composición tan refrescante como la de esos primos hermanos, carente de alcohol y algunas veces con aporte melífero y azucarado (reductores de la acidez frutal). La diferencia está en las adjunciones láctea, bolitas de helado, jarabes diversos y se aromatizan únicamente con fruta fresca, cuando más exótica y variada mejor. En cambio, los lassi básicos se hacen con yogures, agua, hielo, se condimentan de especias, flores, fruta a menudo salpimentados.
Smoothie menopaúsico: mixar un yogur natural con leche de soja, miel líquida y leche. Los atrevidos añaden un tomate fresco.
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