Rica, luminosa y dulce, la aromática mandarina tiene iguales aplicaciones culinarias que su gran hermana la naranja y las Rutáceas como parentela común.
La delicia desembarcó desde su Asia natal sobre suelo europeo hacia el siglo XIX, bajo el nombre de “mandara”. Muy friolera, puso semillas a la obra, colonizando y perfumando cómodamente su litoral mediterráneo.
Amplió familia maridando con la naranja y nació un hibrido, la mandora, que no sé bien que careto tiene y que los Chipriotas, sesudos instigadores de la cosa, describen como más acidulada y de tonalidad más sostenida.
Las clementinas, otro cruce suyo, son desprovistas de pepitas y más dulces si cabe. Así la clemenville (naranja amarga y mandarina), tangelos y demás tangerinas.
Con su cáscara se realiza un buenísimo licor, que se confecciona lavando y pelando 6 mandarinas, recogiendo su zumo y vertiéndolo en un bocal con las cáscaras, 100 cl. de ron blanco y canela desmenuzada.
Dejar macerar 4 semanas al fresco, retirar la canela, añadir 100 gr. de azúcar blanco en polvo, filtrar y embotellar. Tres semanas más tarde, todo listo para la degustación.

También se obtiene una maravillosa mus con 1 vaso de agua puesto a hervir con 100 gr. de azúcar blanco.
Apartar, batir 4 yemas de huevo hasta consistencia espumosa, mezclar con el agua azucarada durante 15’, añadir el zumo de ½ kilo de mandarinas, 4 hojas de gelatina derretidas y 2 cucharadas soperas de Grand Marnier o Coñac Napoleón (a base de mandarina también).
Verter en flaneros de porcelana individuales, dejar enfriar completamente y colocar a la nevera.
Decorar con trocitos de la fruta, almendras, nata montada, naranjas escarchadas y degustar con bizcochos de soletilla. Es delicioso.







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es de lo más refrescante gracias
excelente para la salud
en zumos es más dulce que la naranja
Las macedonias de mandarina saben mejor que las de naranja
muy digestivo
muy buenos los licores de fruta