Cócteles de cine: Marlène Dietrich

dietrich-120707-01.jpg“Tiene sexo, pero ningún género” (Kenneth Tynan, crítico de cine)

Berlín-Schöneberg, Alemania, 1903. Esa dulce niña de dos años que ya, en sus ratos libres apunta pose seductora y físico de ángel sería el más sulfuroso de su generación y de las salas oscuras, inflamando libidos de todos horizontes y pelajes con su enrevesada personalidad. 

Jean Cocteau, poeta y dramaturgo francés sintetizó lúcidamente el fenómeno, subrayando que ya su nombre, tal canto sadomaso, empezaba por una caricia y acababa tal latigazo.  Morbosidad emocionante que su pigmalión, Joseph von Sternberg, en el lecho con la deslumbrante susodicha, en cuerpo y alma experimentaba.

La cosa quedó de cine ante el mundo mundial cuando el realizador enamorado ajustó a su diva en ciernes top hat, magnéticas ligas y flipantes medias de la rolliza cabaretera Lola Lola.  En pocas palabras, nada menos que el papel estelar del mítico Blaue Engel (1930), primera película sonora alemana. 

Así, rompiendo como su contrincante Garbo con lo cinematográficamente correcto, Marlene, despreciando la hipócrita moralina al uso, se elevó al canon de mantis religiosa letal y femme fatale europea más provocadora, camaleónica e imprescindible del artisteo imperante. 

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Con gotitas de descarada ambivalencia perturbadora, litros de cáustico humor negro y mucho espejo, Marlene, ahora estilista de sí misma, esmeró la forja de su glamorosa leyenda andrógena, cuya hoja de ruta, empero, necesitó una urgente escandalera jamais vue y bastante montaje estético para arraigar su súbito estrellato. 

Una eficaz imagen valiendo mucho más que mil palabras, la star, siempre imaginativa, encontró el atril perfecto al cometido, abriéndole aposta una estudiada veda el 1 de abril de 1930, durante la première de Ángel Azul

Con grandiosa nocturnidad e histrionidad, ante expectantes mortales y carísimos visones, apareció todas facciones glaciales, paso lascivo envuelto de pieles inmaculadas y vestido de sirena, luciendo con premeditación un extravagante ramito de violetas donde las mujeres jamás lo hacen, horas antes de poner rumbo a los faustos hollywoodenses.

A la singular rubia teutona siempre le gustó dejar las cosas cuadriculadas, incluso crudas y al personal satisfecho, brindando con arrollador tronío y alegre desparpajo ingentes raciones de espectacular controversia sensual, pasando de convencional happy end moralista y aburridos prejuicios rutinarios. Así quedaron para anales, eternidad e imaginario cinéfilos, sus sarcásticas audacias y originales caprichos de rutilante divina bisexual.

Con esos mimbres desafiantes, Marlène aterrizó con sus volcánicas circunstancias y dos piernas perfectas,  tal huracanado viento platinado en la asombrada meca del cine, donde impuso un divismo gay-kitsch y diversificó sus estudios eróticos buceando en la devoradora bisexualidad de Dietrich.

Juncal, bellísima, paradójica y rebelde, conquistó desde su posición de ícono viviente, con despiadada flema irónica, falda o frac según tocaba, a otra divina lívida, Garbo, su propia amante Mercedes da Costa, Edith Piaf, Gary Cooper, John Wayne, Tyrone Power y James Stewart... Hasta que entre excesos multidisciplinares, superficiales cariños y saraos descocados surque en su solitario firmamento otra estrella de ojiazulada mirada helada e indescriptible acento francés, Jean Gabin, cuyo ego hetero domó durante un lustro, su insaciable sed conquistadora e inquieta sensualidad. 

Al irresistible actor galo lo persiguió incluso hasta el frente llameante, capeando en un tanque aliado un infierno de bombas, trincheras y minas durante la Segunda Guerra Mundial, donde su caballero andante combatiendo al odiado compatriota Hitler, la recibió entre cúmulo de improperios made in France y lógica estupefacción.  Cosas de la sin par Marlene, feroz anti-nazi y por fin presa de esa locura transitoria llamada amor

Huyendo de Alemania por evidentes incompatibilidades políticas, la dama se hizo norteamericana en '37 y trascendió las infamias de la contienda cantando gravemente un inolvidable “Lili Marlene”, cuyo inigualado halo misterioso conmovió incluso al mismísimo Mariscal Tito de la hoy extinta Yugoslavia.

En 1960, regresó a la madre patria donde recibió un welcome controvertido y en Wiesbaden, el escupido en plena cara de una agresiva señorita nostálgica de ideologías obsoletas.  Contestó al insulto con solita valentía, declarando que definitivamente, ella y sus compatriotas no hablaban el mismo idioma.  Después de una caída en Australia donde realizaba una gira, dio carpetazo a carrera y mundanal ruido, recluyéndose en su piso parisino hasta su último día, el 6 de mayo de 1992.

Su imponente fondo de armario (3000 prendas fastuosas y 400 sombreros de lo más fashion) se alberga en un museo del reconciliado Berlín, que, menos mal, le brindó excusas póstumas y plaza a su gloria.  Su deseado cuerpo de esplendor turbio, tal tesoro nacional recuperado, reposa  en el pequeño camposanto de Friedenau del natal Berlin-Schöneberg, muy cerca de su madre. 

No extrañará al personal que se le dedicara un insolente cóctel bitter sweet, todo hielo abrasador, lo que en esencia esa mítica señora fue. La cosa se hace en un santiamén y un shaker refrescado, rellenado de hielo, medio vaso de whisky o bourbon, 3 trazos de angostura o campari y 2 de licor de curasao.  Verter en un vaso vintage y decorar con cáscaras de limón y naranja. ¡Zum vohl (¡Salud!) y hasta siempre Marlene!

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6 comentarios

vaya tía qué vida

debía ser muy divertida

es una gran estrella

fue única

se inventó a sí misma me gustan sus pelís

gran mujer

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