La vida es sufrimiento (María Callas)
New York, EEUU, 1923. En el Flower Hospital neoyorquino de la calle 106, nace una niña de once libras, un nevado 2, 3 o 4 de diciembre, las crónicas son sibilinas al respecto y todavía más, su madre que la rechazó con horror inmediata. Jorge, padre de la morena criatura, reaccionó con un descontento helado ante esa anomalía.
Al cabo de cinco días solamente, la familia aceptó dicha intrusa, de gravísima culpa ser fémina y cuya concepción sólo se planificó para sustituir al difunto Vassilios, su hermano muerto de tifoidea tres años antes. A esa molesta hembrita inesperada, le concedieron un nombre provisional, María, y tres años más tarde, que más remedio, la bautizaron por fin como Cecilia Sofia Ana María Kalogeropoulos en la pequeña iglesia ortodoxa de la calle 74.
Con una vida ya en forma de tragedia griega, raíz de su padres emigrados, la pequeña pagaría esa filiación a la cual no tenía derecho, empezando por llevar la canastilla azul destinada al chico que no fue y el humillante desprecio de una madre castradora que siempre la comparó con su hermana mayor, Jacqueline, tan delgada ella, bonita y soprano. María, para colmo, creció tal acneíco patito feo de casi cien kilos, miope, hinchada de candies, macaronadas y huevos batidos a granel, dieta materna que le provocaría una disfunción hormonal que nadie se molestó en remediar.
Como peaje a su molesta presencia, compensaría su derecho a existir en la casa familiar fregando y mandada por mama Evangelia, que nunca le perdonaría su físico, condición y sexo. Pasó ocho penosos años a lo Cenicienta, cuando la ambiciosa progenitora y artista frustrada para más inri, detectó el excepcional don musical de María y el curioso magnetismo de su canto sobre la gente, que a veces, se amontonaba debajo de su ventana para oírla. Por tanto, la echó al maratónico coso de los concursos radiofónicos e implacablemente, quemando su niñez, utilizó su voz prodigiosa para salir de una vida mísera y matrimonio fallido.
Así, entre escoba y mocho, de cines en teatros, María aprendió canto y piano, camino de la highway del millón de dólares que su destino le depararía y que su ávido entorno tanto anhelaba. El Bel Canto por fin invadió su vida y hasta su final solitario la acompañaría. Entre tanta soledad y crueldad, como únicos amigos, tres canarios: Stephanakos, Elmina y David, ese último siendo su preferido. De hecho, vocalizaban juntos: María lo estudiaba, imitaba, mientras él le contestaba. Dedo índice sobre la garganta del pájaro, la joven descubrío los secretos anatómico-técnicos del tenor improvisado. Más tarde, dirá que su amigo a plumas le enseñó más que todos sus profesores del Conservatorio.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, la ópera era moribunda, a falta de creaciones y artistas en condiciones. En ese panorama lamentable, sacando de sopor y butaca al personal, se alzó una voz fulgurante que evocaba, por su amplitud, pasión y potencia, la gloria de las legendarias Pasta, Malibran y Melba. Con esa opulenta herramienta, María lo cantó todo, de Norma a Brunehilde, pasando por Santuzza, Tosca, Gilda, Rosina, Medea, Mimi, Manon, Lady Macbeth, Angelica, Lauretta, Lucía, Butterfly, Carmen, Leonora, Turandot, Ifigenia y Abigail, mofándose de los abismales extremos vocales, quemando su garganta al fuego de su insaciable pasión, pero desempolvando a músicos tan universales como Bellini o Verdi y provocando la relectura de ciertas de sus obras.
Como resultado restituyó íntegra la línea vocal original de sus frescos trágicos, que sólo esperaban en el silencio de los siglos, la osadía de una interprete escrupulosa para resucitar en ignota consistencia, tempestuosas caballetas, bellísimos recitativos y suntuosos arias.
Así, su extraordinaria Casta Diva de una Norma fetiche que hizo histórica, cantada tal como la conceptuó Bellini, sería un escándalo cuando, en realidad, constituyó un milagro de lunar éxtasis místico cuyo inigualado esplendor envolvente eclipsa, desde años, cualquier otra interpretación.
Así ese lancinante Addio del passato de Traviata, al cual imprimó un increíble pianissimo de lacerante color enfermizo, agónico como la escuálida heroína verdiana devorada de tísis y consumida de redentor amor.
Seguirán master classes, recitales, conciertos, amorosamente dirigidos por Tullio Serafín para una indomable voz al borde de la ruptura, alcanzando alucinantes vibratos, inaudita fonogenía e inhumanas verdades psicológicas de desgarradora hermosura nostálgica, arrancadas desde su interior con vertiginoso sufrimiento, salvajismo y emoción de inconfundible timbre mágico.
Con ese cuerpo y ese alma torturados por la búsqueda de la perfección, con sus manos que también cantaban, una gestualidad y unos andares meditados definiendo cada situación y personaje, Callas, habitada (¿poseída?) por sus papeles, devino La Callas, asombrando al universo con su coloratura dramatica oscura e inaudita psicología interpretativa. La ópera, arte obsoleto, ridiculizado y démodé, reverdeció en una revolución radical capitaneada por la que unos llamaron “Divina” y otros, pasión callista, que treinta años después, sigue coleando y embrujando.
Además, el feliz advenimiento discográfico fijó en la memoria sonora pública esa posesiva, devoradora voz negra, de inquietante fiera herida muriéndose, llorando y apasionándose de verdad según tocaba. Con una genialidad dramática fuera de serie, María apareció de doliente Violeta tuberculosa, vestida de sangre, fuego y oro para la estética viscontiana, de pasolinianos harapos sombríos en su tremenda Medea o de púrpura adiamantada en una legendaria Tosca. Mediante su imperioso canto assoluto, levantó fervor, llanto u ira en los teatros de ópera, de nuevo llenos para admirar o recriminar al fenómeno de fabulosa potencia evocadora, electrizantes juegos de contrastes e incomparable técnica melodramática, hipnótizante star engullida viva por las desmedidas heroínas que interpretaba. La hazaña, convirtiéndola en mito ambulante, acabaría costándole voz y vida.
Camino del cenit y del declive recogió flores, silbidos, aplausos, rábanos y cartas insultantes cuando fallaba un super agudo, se casaría con un avaricioso empresario italiano que la triplicaba en edad y meticulosaente la explotaría. Adorada, adulada o vilipendiada, perdió cuarenta kilos en menos de un año para acercarse a su ideal femenino, Audrey Hepburn y entregarse en plan sílfide adornada de chinchillas a un millonetí de oro que la enseñaría tal trofeo, despreciará su talento y jamás la amaría. Resultado de esa tempestuosa liaison, suerte de soap-opera mediática paseada sobre el suntuoso yate Cristina, entre jetsetters de pro, Garbo, Churchill, Karajan y Grace Kelly, fue un niño fallecido a las pocas horas de nacer. En gran secreto, María enterró sola, destrozada y en Milán, bajo el seudo de Omério Langrini, ese hijo que Onassis nunca aceptó y posteriormente, al hilo de los acontecimientos trágicos, tanto añoró.
En 1968, fin de otro acto: Jackie Bouvier Kennedy, viuda de América y del mundo mundial entra en su escena y deviene Jackie “O” (Onassis). Esa vez, María casi muere de verdad y con ella, la voz de Callas se apaga estrepitosamente entre dolor, horror y soledad. El milagro sólo resucitará entre grabaciones antiguas e imágenes de archivos. Enmudecida y rota, la diva, retirada del mundanal ruido en sus aposentos franceses, jugó un tiempo a la parisina chic, a las cartas con Ferruccio, su chófer y con su caniche Djennah regalo de Aristóteles, espiada sin tregua por paparazzi y demás buitres ávidos de escándalos y carnaza.
Empero, otro horrendo evento devolvería el infiel a su regazo: su hijo Alejandro desaparece, víctima de un accidente aéreo. María, más muerta que viva, se transformó en Penélope y mujer de Lot, paralizada por un destino cuyo presente ni le ocupaba ni importaba, excepto Onassis agonizando en el American Hospital donde, al momento cruel del último adiós, las autoridades le prohibirían la entrada. A la una de tarde, un 17 de septiembre de 1977 en su solitario piso parisino de la calle Henri Mandel, devolvió a las Parcas su alma agotada y semanas más tarde, helenos dioses compasivos recogieron sus cenizas en las olas del mítico Mar Egeo. Mientras, entre vivos, dos sórdidos ancianos patéticos, su madre Evangelia y exmarido Menegheni se disputarían tan contentos y vergonzosamente su millonaria fortuna. En el Olimpo, María la Divina, por fin libera y en paz, miró el penoso espectáculo con desprecio y encogiéndose de hombros, siguió cantando para los cielos con destellos de gracia cristalina.
Homenajes planetarios, setenta grabaciones, un doble CD y un documental recopilan hoy su extenuante carrera, mientras en Milán, dos exposiciones (Trajes de Escena e Imágenes entre Bastidores), regentadas por la Scala le rinden homenaje. Pero Callas fue más, mucho más que eso, acaso ese cruce de "vera dolcezza" y "uccellino con potente voce d'aquila e aquila tremante" como intentó definirla Pasolini. ¿Quien sabe? Así son las hadas y nosotros, sólo mortales vislumbrando su luminoso cosmos superior, que a veces, un rutilante ser excepcional como María nos deja entrever.