Archivos Septiembre 2007

crumble-pera-240907-01.jpgLa necesidad agudiza el ingenio y tal fue el caso de un dulce invento llamado “Crumble”, suculencia que nació del estricto racionamiento impuesto en la blanca Albión durante la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, brillando por su amarga ausencia en las cocinas británicas los ingredientes básicos (harina, mantequilla, nata) para confeccionar tartas, tortas y otras croustades, coblers y crisps (traducción del crumble en Canadá y EE.UU.), se recurrió a una masa “desmigable” (sentido literal del verbo “to crumble”), que en menores cantidades, igualmente satisfizo los apetitos ingleses de dulces antañeros.

Además, esos hedonistas teíferos notaron que el invento casaba maravillosamente con su adorada bebida nacional, por tanto se multiplicaron las recetas en un florilegio de crumbles de cereales, nutella, calabacines, roquefort, carnes, cordero u legumbres variadas. Así la cosa, lejos de desaparecer, amplió la propuesta y hoy, vamos a degustar una de ellas con una jugosa fruta estacional, la pera.

De fácil realización, es ideal para tocadas/tocados noveles que tendrán como único límite, su imaginación y placentario resultado, el aplauso unánime de sus encantados convites. Probar el crumble es adoptarlo, empero cuidado, resulta muy calórico y provoca bastante sed. Prever litros de té muy ligero y aromatizado para saciar al personal.

Precalentar su horno al termostato 7-8. Pelar y laminar 8 bellas peras de variedad William mejor, por más jugosas y sabrosas. Depositarles en unos moldes de porcelana para hornear, bien enmantequillados. Añadir unas cucharitas de chocolate negro fundido sobre su superficie.  En un cuenco hondo, mezclar 250 crumble-pera-240907-02.jpggr. de harina con 80 de polvo de almendra, 100 de mantequilla y de azúcar en polvo.

Trabajar hasta consistencia de una masa arenosa, que se depositará en la superficie de cada molde, cocer ½ hora y servir tibio, con nata montada, clotted cream inglesa y mucho, mucho té sin azúcar. El dúo pera-chocolate es siempre de agradecer.

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compota-manzana-240907-01.jpg

 

Ya llegaron las maravillosas tonalidades otoñales y su aromático cortejo de frutas sabrosas. Huele a tiempo de mermeladas y compotas, que llenarán cocinas y despensas tal translucidas gemas, de vivificantes colores y deliciosos sabores.

Así ese compotado de manzana, reina del huerto estacional. Es preceptivo elegir la variedad reineta, ideal para tal preparado y una cacerola de fondo muy espeso.

Pelar, despepitar y cortar 1 kilo y ½ de manzanas en daditos, cocer a fuego lento durante 40’ con una vaina de vainilla cortada transversalmente, añadir 100 gr. de azúcar moreno y dos cucharitas de polvo de almendra.

 Cocer unos pocos minutos más, según la consistencia que Ud. desea obtener.  Mixar a fondo, empotar y dejar enfriar al aire libre.

Degustar frío, tibio, acompañando de un pan de especias igual de afrutado, cuya receta se indica a continuación.

 

 

 

 

 compota-manzana-240907-02.jpg

 

 

Precalentar el horno a 250º.

En un cuenco grande, depositar 250 gr. de harina fina, 100 gr. de mantequilla, 1 paquete de levadura química, ½ yogur natural, 1 cucharita de canela en polvo, nuez moscada rallada, 1 clavo de olor machacado, 1 poco de jengibre y 4 cucharadas grandes de miel líquida.

Añadir unas frutas escarchadas en cubitos, mezclar hasta obtención de una masa bien lisa.

Hornear diez minutos a 250º, otras diez a 200º, otras diez a 180º y terminar con otras 15’, dejando entibiarse el pastel en el horno.

Sacar, desmoldar y esparcir en cortitos finitos sobre el compotado de manzanas avainillado, acompañado de nata montada, queso fresco azucarado, tés variados, chocolate caliente o infusiones. Es una suculencia muy energética.

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frambuesas-300707-01.jpg¿Qué recordarán las frutas rojas para hechizarnos tanto? La favorita de nuestra rúbrica, María Antonieta, responde para nosotros: la niñez. Otra vez una rosacéa, mudada a fruta olorosa, nos devuelve a esa tierna etapa y proustiana experiencia.

La reina cultivó frambuesas en su dominio del Petit Trianón, exquisito reflejo de su nato refinamiento, sencillos gustos existenciales y fugaz felicidad.  Después de penosos años arrancándose por pataletas en el codificado Versalles, alimentó su real rebeldía con románticas lecturas rousseaunianas y cotidianas nostalgias del verde Schönnbrunn infantil.

Así "l'Antoine" urdió un plan de independencia bucólica, encontrada a quince minutos escasos de las ostentaciones palaciegas. Al poco de ocupar en 1774 el vacilante trono galo, su finalmente comprensivo marido le regaló una libertad condicionada en forma de llave incrustada de 531 diamantes, clave con la cual emigró sine die al mágico retiro campestre, redecorado a su gusto por el arquitecto Richard Mique.

Del personalísimo criterio de la soberana nació el delicado estilo María Antonieta.  Côté jardin, en su preferido concebido “a la inglesa”, verbigracia libre recreación de Dama Naturaleza, recogía bajo nubes peregrinas y en familia fresas, moras y frambuesas escondidas como rojas alhajas entre flores y esmeralda hierba alta, tal como lo hacía en su amada Austria.

frambuesas-300707-02.jpgA la hora deliciosa del goûter (merienda) en la impoluta laiterie de propreté, se distribuía, todavía brillante de rocío matutino, el precioso botín en inmaculada porcelana helenística, entre bandejas de postres, quesos, nata y mantequilla obsequios de Blanchette y Lison, vacas reales del diminuto Petit Trianón.

Alrededor de blancas mesas marmóreas llevando su sello, en un entorno feérico, Madame Luis XVI, de vaporoso lino blanco vestida y coronada de flores campestres, degustaba con los reales infantes las primorosas frambuesas, hundidas en una suntuosa crema descubierta por Vatel en Maincy, llamada “Chantilly”, localidad donde el ancestro Luis XIV la probó y aprobó, durante un mítico festín celebrado en su honor y 1661.

Con tantos entusiasmos consumía esa peludita fruta color pasión en forma de fragante corazón, un pelín acidulado, que sus complacidos reposteros inventaron un recetario al respeto, plagando merengues, viennoiseries, tartas, bizcochos, panecillos con coulis, mus o mermelada de su predilecta.  Además, los modernos anhelos de la reina en materia de cocina aligerada, despojada de caza grasienta y pesadas viandas borbónicas, así como su medido apetito, igualmente modificaron la anticuada cocina francesa dieciochesca.

frambuesas-300707-03.jpgA su fresca mesa florida excluyó la gula imperante y privilegiando la degustación en pequeñas raciones, alumbró otro concepto novedoso, la delectación. Gustativamente considerado, el regio menú revisado devino coloreado y sano, pero también, calco de una excelsa cocina de autor tan apreciada hoy día.  Desgraciadamente, a la sazón resultó un escándalo socionacional, asícomo un pretexto de críticas suplementarias a la detestada inquilina del maravilloso Petit Trianon.

Mientras, en esa exquisita búrbuja de tiempo y para satisfacer su bermeja predilección estival, se crearon unos rosados macarons aframbuesados, deleite de ojos y papillas, se deslizaron las frutitas en su copa de champagne y platito acompañando su matutino chocolate de ámbar gris, violeta o triple vainilla. 

Muchos de esos rosados postres se pueden admirar en la bellísima película de Sofía Coppola, "María Antonieta".  Desde 1783, escoltada de esa dulzura vital despojada de etiqueta, casi reconciliada con su doloroso destino, vivió en el Petit Trianon un paréntesis intímo preservado y opacidad cómoda, intentando parar el reloj de un destino cuyo final trágico ya intuía. 

Acertó: tiempo e inquina sólo le concedieron dos lustros suplementarios de existencia, antes que su cabeza rodase bajo la afilada guillotina revolucionaria, el 16 de octubre de 1793, después de un pleito infame.

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glycine-230707-01.jpg

 

Jardín y gastronomía resultan una apuesta perfecta para componer una paleta de inolvidables platos de sabores y colores inesperados. La florifagia, o cocina con flores comestibles, integra cada vez más su maravilloso mundo a nuestro cotidianeidad y no sólo por sus evidentes cualidades decorativas, sino también por lo deliciosas y vitamínicas que ciertas especies son.

 

glycine-230707-02.jpgSin embargo, no todas las especies se adecuan al consumo. Por tanto, informaros bien antes de consumirles. 

Ante todo, no deben ser tratadas y lo más fácil es comprarlas en un herbolario o pedir su consejo al respecto.

Uno de los ejemplos más conseguidos serán unos buñuelos de glicina, esa fragante trepadora chinita, cuyas opulentas sumidades floridas recogerá matutinalmente, libres de rocío o de lluvia, o al crepúsculo, siempre por tiempo seco.

Despojarlas de sus posibles inquilinos, lavarles en agua fría, dejarlas secar al aire libre mientras mezclará 125gr. de harina, 15 cl. de leche, 1 cucharita de mantequilla fundada, 1 huevo y una pizca de sal.

Dejar la cosa enfriarse una horita, añadir un chorrito de cerveza para aligerar la masa, incorporar las flores, freír en aceite bien caliente, escurrir a tope, degustar con o sin azúcar en polvo y un buen vino blanco fresquito. También se puede realizar con flores de acacia. En ambos casos, éxito y sorpresa asegurados.

 

glycine-230707-03.jpgglycine-230707-04.jpgMelocotones asados con aromas de lavandula. Excelente maridaje y mejor recuerdo de luminosa mesa veraniega.

Pelar unos melocotones bien maduros y blancos, los más perfumados.

Retirar su hueso, cortarles en lonchas un poco espesas, depositarles con su jugo en una sartén con un poco de mantequilla fina y dorarles con grandes precauciones.

Rociar con un poco de ron, flambear, disponer en un plato bonito para hornear, distribuir un poco de miel de lavandula la superficie, introducir bajo el gril del horno hasta obtención de un delicado caramelo.

Al salir, espolvorear unas flores de lavandula secas y no tratadas, servir tibio con nata montada muy fresca.

Ramitos y sumidades floridas de esa planta hacen buenas migas con la carne de cordero. Añadirles con ajo, romero y laurel, salpimentar a gusto. Espolvorear la mezcla sobre la carne recto y verso antes de proceder a su cocción habitual.

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callas-170907-01.jpgLa vida es sufrimiento (María Callas)

New York, EEUU, 1923. En el Flower Hospital neoyorquino de la calle 106, nace una niña de once libras, un nevado 2, 3 o 4 de diciembre, las crónicas son sibilinas al respecto y todavía más, su madre que la rechazó con horror inmediata. Jorge, padre de la morena criatura, reaccionó con un descontento helado ante esa anomalía.

Al cabo de cinco días solamente, la familia aceptó dicha intrusa, de gravísima culpa ser fémina y cuya concepción sólo se planificó para sustituir al difunto Vassilios, su hermano muerto de tifoidea tres años antes. A esa molesta hembrita inesperada, le concedieron un nombre provisional, María, y tres años más tarde, que más remedio, la bautizaron por fin como Cecilia Sofia Ana María Kalogeropoulos en la pequeña iglesia ortodoxa de la calle 74.

Con una vida ya en forma de tragedia griega, raíz de su padres emigrados, la pequeña pagaría esa filiación a la cual no tenía derecho, empezando por llevar la canastilla azul destinada al chico que no fue y el humillante desprecio de una madre castradora que siempre la comparó con su hermana mayor, Jacqueline, tan delgada ella, bonita y soprano. María, para colmo, creció tal acneíco patito feo de casi cien kilos, miope, hinchada de candies, macaronadas y huevos batidos a granel, dieta materna que le provocaría una disfunción hormonal que nadie se molestó en remediar.

callas-170907-02.jpgComo peaje a su molesta presencia, compensaría su derecho a existir en la casa familiar fregando y mandada por mama Evangelia, que nunca le perdonaría su físico, condición y sexo. Pasó ocho penosos años a lo Cenicienta, cuando la ambiciosa progenitora y artista frustrada para más inri, detectó el excepcional don musical de María y el curioso magnetismo de su canto sobre la gente, que a veces, se amontonaba debajo de su ventana para oírla. Por tanto, la echó al maratónico coso de los concursos radiofónicos e implacablemente, quemando su niñez, utilizó su voz prodigiosa para salir de una vida mísera y matrimonio fallido.

Así, entre escoba y mocho, de cines en teatros, María aprendió canto y piano, camino de la highway del millón de dólares que su destino le depararía y que su ávido entorno tanto anhelaba. El Bel Canto por fin invadió su vida y hasta su final solitario la acompañaría. Entre tanta soledad y crueldad, como únicos amigos, tres canarios: Stephanakos, Elmina y David, ese último siendo su preferido. De hecho, vocalizaban juntos: María lo estudiaba, imitaba, mientras él le contestaba. Dedo índice sobre la garganta del pájaro, la joven descubrío los secretos anatómico-técnicos del tenor improvisado. Más tarde, dirá que su amigo a plumas le enseñó más que todos sus profesores del Conservatorio.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la ópera era moribunda, a falta de creaciones y artistas en condiciones. En ese panorama lamentable, sacando de sopor y butaca al personal, se alzó una voz fulgurante que evocaba, por su amplitud, pasión y potencia, la gloria de las legendarias Pasta, Malibran y Melba. Con esa opulenta herramienta, María lo cantó todo, de Norma a Brunehilde, pasando por Santuzza, Tosca, Gilda, Rosina, Medea, Mimi, Manon, Lady Macbeth, Angelica, Lauretta, Lucía, Butterfly, Carmen, Leonora, Turandot, Ifigenia y Abigail, mofándose de los abismales extremos vocales, quemando su garganta al fuego de su insaciable pasión, pero desempolvando a músicos tan universales como Bellini o Verdi y provocando la relectura de ciertas de sus obras.

Como resultado restituyó íntegra la línea vocal original de sus frescos trágicos, que sólo esperaban en el silencio de los siglos, la osadía de una interprete escrupulosa para resucitar en ignota consistencia, tempestuosas caballetas, bellísimos recitativos y suntuosos arias.

callas-170907-03.jpgAsí, su extraordinaria Casta Diva de una Norma fetiche que hizo histórica, cantada tal como la conceptuó Bellini, sería un escándalo cuando, en realidad, constituyó un milagro de lunar éxtasis místico cuyo inigualado esplendor envolvente eclipsa, desde años, cualquier otra interpretación.

Así ese lancinante Addio del passato de Traviata, al cual imprimó un increíble pianissimo de lacerante color enfermizo, agónico como la escuálida heroína verdiana devorada de tísis y consumida de redentor amor.

Seguirán master classes, recitales, conciertos, amorosamente dirigidos por Tullio Serafín para una indomable voz al borde de la ruptura, alcanzando alucinantes vibratos, inaudita fonogenía e inhumanas verdades psicológicas de desgarradora hermosura nostálgica, arrancadas desde su interior con vertiginoso sufrimiento, salvajismo y emoción de inconfundible timbre mágico.

Con ese cuerpo y ese alma torturados por la búsqueda de la perfección, con sus manos que también cantaban, una gestualidad y unos andares meditados definiendo cada situación y personaje, Callas, habitada (¿poseída?) por sus papeles, devino La Callas, asombrando al universo con su coloratura dramatica oscura e inaudita psicología interpretativa. La ópera, arte obsoleto, ridiculizado y démodé, reverdeció en una revolución radical capitaneada por la que unos llamaron “Divina” y otros, pasión callista, que treinta años después, sigue coleando y embrujando.

Además, el feliz advenimiento discográfico fijó en la memoria sonora pública esa posesiva, devoradora voz negra, de inquietante fiera herida muriéndose, llorando y apasionándose de verdad según tocaba. Con una genialidad dramática fuera de serie, María apareció de doliente Violeta tuberculosa, vestida de sangre, fuego y oro para la estética viscontiana, de pasolinianos harapos sombríos en su tremenda Medea o de púrpura adiamantada en una legendaria Tosca. Mediante su imperioso canto assoluto, levantó fervor, llanto u ira en los teatros de ópera, de nuevo llenos para admirar o recriminar al fenómeno de fabulosa potencia evocadora, electrizantes juegos de contrastes e incomparable técnica melodramática, hipnótizante star engullida viva por las desmedidas heroínas que interpretaba.  La hazaña, convirtiéndola en mito ambulante, acabaría costándole voz y vida.

Camino del cenit y del declive recogió flores, silbidos, aplausos, rábanos y cartas insultantes cuando fallaba un super agudo, se casaría con un avaricioso empresario italiano que la triplicaba en edad y meticulosaente la explotaría. Adorada, adulada o vilipendiada, perdió cuarenta kilos en menos de un año para acercarse a su ideal femenino, Audrey Hepburn y entregarse en plan sílfide adornada de chinchillas a un millonetí de oro que la enseñaría tal trofeo, despreciará su talento y jamás la amaría. Resultado de esa tempestuosa liaison, suerte de soap-opera mediática paseada sobre el suntuoso yate Cristina, entre jetsetters de pro, Garbo, Churchill, Karajan y Grace Kelly, fue un niño fallecido a las pocas horas de nacer. En gran secreto, María enterró sola, destrozada y en Milán, bajo el seudo de Omério Langrini, ese hijo que Onassis nunca aceptó y posteriormente, al hilo de los acontecimientos trágicos, tanto añoró.

En 1968, fin de otro acto: Jackie Bouvier Kennedy, viuda de América y del mundo mundial entra en su escena y deviene Jackie “O” (Onassis). Esa vez, María casi muere de verdad y con ella, la voz de Callas se apaga estrepitosamente entre dolor, horror y soledad. El milagro sólo resucitará entre grabaciones antiguas e imágenes de archivos. Enmudecida y rota, la diva, retirada del mundanal ruido en sus aposentos franceses, jugó un tiempo a la parisina chic, a las cartas con Ferruccio, su chófer y con su caniche Djennah regalo de Aristóteles, espiada sin tregua por paparazzi y demás buitres ávidos de escándalos y carnaza.

Empero, otro horrendo evento devolvería el infiel a su regazo: su hijo Alejandro desaparece, víctima de un accidente aéreo. María, más muerta que viva, se transformó en Penélope y mujer de Lot, paralizada por un destino cuyo presente ni le ocupaba ni importaba, excepto Onassis agonizando en el American Hospital donde, al momento cruel del último adiós, las autoridades le prohibirían la entrada. A la una de tarde, un 17 de septiembre de 1977 en su solitario piso parisino de la calle Henri Mandel, devolvió a las Parcas su alma agotada y semanas más tarde, helenos dioses compasivos recogieron sus cenizas en las olas del mítico Mar Egeo. Mientras, entre vivos, dos sórdidos ancianos patéticos, su madre Evangelia y exmarido Menegheni se disputarían tan contentos y vergonzosamente su millonaria fortuna. En el Olimpo, María la Divina, por fin libera y en paz, miró el penoso espectáculo con desprecio y encogiéndose de hombros,  siguió cantando para los cielos con destellos de gracia cristalina.

Homenajes planetarios, setenta grabaciones, un doble CD y un documental recopilan hoy su extenuante carrera, mientras en Milán, dos exposiciones (Trajes de Escena e Imágenes entre Bastidores), regentadas por la Scala le rinden homenaje. Pero Callas fue más, mucho más que eso, acaso ese cruce de "vera dolcezza" y "uccellino con potente voce d'aquila e aquila tremante" como intentó definirla Pasolini.  ¿Quien sabe?  Así son las hadas y nosotros, sólo mortales vislumbrando su luminoso cosmos superior, que a veces, un rutilante ser excepcional como María nos deja entrever.

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champagne-090707-01.jpg

 

Pronto vamos a despedir las mágicas noches cálidas preñadas de lujos, vestidos vaporosos y ensueño. Para festejar suntuosamente ese final estival y ser su propio sumiller de rompa y rasga,  nada mejor que unos cócteles achampanados declinando sus esplendores chispeantes en cromáticas delicadas de inesperados aromas.

Así, el exquisito champagne de rosa, obligatoriamente realizado con rosas frescas del jardín o de herbolario, indemnes de todo pesticida y no de floristería, por ser tratadas. En cada flauta o copa de cristal, colocar unos pétalos o un capullo entero (lavados), añadir 1 cucharadita de jarabe y agua de rosa y el vino en el momento de servir.

Armonizar el entorno con opulentos ramos de la flor, solapar escote  o melena con la misma, sacar su mantelería más fina, en su defecto existe un genéro de papel con maravillosos estampados de rosas e incluso impregnado de su perfume.

Otra propuesta refinada es el aromático Pinky Soho, realizado igual y directamente en el vaso, donde se deposita un litchi (en lata), licor o jugo del mismo y champagne rosé.champagne-090707-02.jpg

Y terminaremos con una fragante Violetera, compuesta de unas cucharadas de licor de violeta o de su jarabe para rebajar el nivel etílico, una pizca de Cointreau y champagne a granel.

Los aperitivos escoltando esos mix girlie (de extrema feminidad) incorporarán almendra y piñones, cuya fineza congenia maravillosamente con nuestras propuestas.

Por tanto tocan tejas, cocas y pétalos de flores cristalizados (simplísimos de realizar) para una velada inolvidable, de puro lujo.

champagne-090707-03.jpg

 

 

 

 

 

Rosas cristalizadas (no de floristería).  Elegir los más bellos pétalos, lavarles con precaución y dejarles secar.

A continuación, cortar la parte blanca amarga de su base. Aparte, calentar agua de rosa y mezclar a fondo con 60gr de goma arábiga, dejar enfriar.

Al cabo, hundir cada pétalo en ese sirope, dejarles escurrir sobre un gril, pasarles delicadamente por el azúcar en polvo y dejar secar un día o dos al aire libre. Es delicadísimo.

Naturalmente, para ensalzar las esencias patrias y aliviar su presupuesto, un cava de calidad puede perfectamente sustituir al carísimo champán galo.

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pavarotti-100907-01.jpg“Quiero salir de la púrpura del teatro.  El público me estremece” (LP)

Voz solar. Durante casi cuarenta y uno años, Luciano Pavarotti tiñó el universo lírico de verde, blanco y rojo, colores nacionales que despidieron ayer, mediante el ejército acrobático italiano, en el cielo de una enlutada Módena, a su hijo más universal y amado.

Cuando el tenorísimo abría sus inmensos brazos hacia las multitudes derretidas, nos fundíamos en ese gigantesco abrazo cariñoso que nos hacía creer, un attimo, que gracias al esplendor de su arte, el mundo podía ser más limpio, fraternal y hasta posible. Éramos suyos y era nuestro, el gran Pavarotti, como sus espectáculos eran para toda la familia y así lo recordaremos.

De esa experiencia y mundo superior sus víctimas salimos el alma impresa de un severo complejo de Stendhal, abducidos en el planeta pavarottiano, glorioso cosmos de embrujadora belleza ignota, definida por el filósofoso Bloch como “la magia sensorial del Eros cantado”. El director de orquestra Carlos Weiber, igualmente contagiado, lo expresó perfectamente: “Cuando Luciano canta, el sol se levanta sobre el mundo”.

Italia dio al mundo más artistas que lo soñado, reservando un trono accanto al sol a esa irrepetible criatura oronda, gargantuesca, generosa, dotada de una capacidad vocal torrencial, tan inusual que el mismo, sorprendido, la reconocía “bendecida por Dios”. Paseando ese regalo celestial por todas las geografías terráqueas, Luciano se convirtió en el excelso embajador de la genialidad y cultura italianas. Soltaba con inhumano potencial do y hasta re sobreagudos que hoy día ningún tenor puede emitir, pasaba de una ópera a otra burlándose de los vertiginosos abismos vocales, entusiasmando un público atacado por una enfermedad nueva, la Pavarottitis galopante.

pavarotti-100907-02.jpgDe hecho fue esa conmovedora desmesura que lo consagró, regalando al universo, con desconcertante facilidad, los asesinos nueve does de pecho del llamado “Everest de la lírica”, verbigracia el aria “Pour mon âme!” sádicamente colocados al principio de la obra donizettiana, “La Hija del Regimiento”. Muchos interpretes les gritaron. Él les cantó y ahí está toda su grandiosa diferencia.

La cosa, necesitada de un intenso calentamiento de la garganta y una agilidad fuera de serie, valieron al genio el título de “maestro de los contra-ut” y dieciete bises, jamás igualados hasta hoy. Ya Lucky Luciano y universal, fue el primer tenor cuya estatua de cera presencia el londinense Museo de Madame Tussaud y a recibir varios Grammys Awards por sus exitosas incursiones en rap, pop, gospel y jazz.

Además, dos records Guinness recompensaron los 165 bises cosechados a lo largo de su carrera, la más ingente cantidad de albúms clásicos jamás vendidos y una standing ovación de 67’ brindada en 1988 por la Opera de Berlín en delirio ante la perfección de su actuación. En fin, tutto fue desmesurado en la vida del genio.

Como todos los que tenemos sangre italiana, el pequeño Luciano mamó bel canto desde su cuna modesta mediante Fernando, su padre panadero, que cantaba implacablemente ópera a todo bicho viviente. El gigantesco Pavarotti sufrió toda su vida de una mala salud de hierro derivando de la terrible posguerra en una Italia devastada, cuya brutalidad jamás olvidó. Más tarde, esa fragilidad inesperada en un corpachón de 170 kilos que llegó a alcanzar, implicaría más de una cancelación repentina y trifulcas en los cinco continentes. Pocos supieron que, ya consagrado y viviendo entre opulencias, seguía traumatizado por su pasado doloroso, hasta pedir que se le embalara el resto de la comida no consumida en los hoteles, gesto que él mismo calificaba “de costumbre de pobre”. Era, simplemente, producto de las durísimas penalidades y privaciones antaño vividas con su familia.

Su consecuencia, de 1992 a 2002, mediante el War Child, serían siete conciertos humanitarios, “Pavarotti and Friends” destinados a los niños desfavorecidos y refugiados. Desarrolló la estrategia en su amada ciudad natal, Módena, que transformó en solidario “Hollywood italiano” y plagó de estrellas amigas, roqueras y rutilantes. pavarotti-100907-03.jpgCon tales mimbres coincidió ese niño grande con otra tifosa infatigable de la causa, Diana de Gales, quien rápidamente, lo envió a cantar para los niños bosnios. La Cruz Roja premió el conjunto de sus acciones benéficas en varias ocasiones.

Así fue tutto el maravilloso Pavarotti, como bien un día se lo gritó un adorador desde el gallinero como si de su nombre se tratara, rendido ante la calidez mediterránea de su timbre, su emocionante dicción y carismática nobleza de actuación. De hecho, la cosa tituló en 1989 un disco antológico, en 1989, empero al fenómeno le quedaba una asignatura pendiente: desempolvar y acercar la opera a las grandes masas. En pocas palabras, trasladar el género del palco al... parque, empresa titánica desatando pataleo y horror entre iracundos críticos y esnobs puristas elitistas.

Pavarotti, tomándoselo con humor, contestó formando en 1990 un trío de ases con Plácido Domingo y Joseph Carreras, convidando al mundo mundial a una histórica noche de ópera en las romanas Termas de Caracalla. La cosa se conoce como “Los Tres Tenores”.

Su grabación alcanzó los once millones de copias, afianzó el impacto mediático del género operístico que, del Met al Garnier, por fin se paseó de Hyde a Central Parks. Luciano había conseguido su apuesta, verificada en Paris y 1998, durante la famosa retransmisión de la serata futbalera que le volvería a unir con sus dos animosos compañeros cantarines. Así brindó al universo un atracón lírico seguido por dos mil millares de televidentes. Italia, conmocionada por su fallecimiento, decretó tres días de luto nacional para despedir con honores casi de Estado, a su Lucianone.

A nosotros, nos queda el resto de nuestros días para estar huérfanos de su mágica presencia y de esa gioia o alegría que nos ofreció, en el sentido espiritual del término. Sus exequias fueron un baño de multitud, avalanchas de flores, furtivas lágrimas y ovaciones, al son de la propia voz del fenómeno y de un sol luciendo crespón negro. Al Maestro, donde éste, le habrá gustado. Grazie, Señor Pavarotti y hasta siempre, amor con amor se paga.

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