Miradlo bien, su nombre mueve todo y de todo, incluido ingentes cantidades de mármol, hasta elevar, por ejemplo, esa nívea maravilla india llamada Taj Mahal a la gloria de una llorada princesa muerta.
Esa vez, el pillo de Cupido tenía un complicado frente abierto en Inglaterra, concretamente entre fogones del londinense Savoy, regidos por Augusto Escoffier, gran tocado francés enamorado de la lírica y especialmente de una voz “de miel”, entonces salsa de todos los saraos y óperas del mundo mundial. El fenómeno, oriundo de las antípodas, pertenecía a la australiana Helen Mitchell, alias Nellie Melba, diminutivo recordatorio de Melbourne. Él, del menos exótico Villeneuve-Loubet, (cerca de Niza, Francia), era a la sazón, emperador de las cocinas urbi et orbi.
A primera vista kilométrica, nula posibilidad de affaire entre ellos, hecho que irritó profundamente al pequeño dios, ante la pasión desatada por esa dama de redondeces tan interesantes y canto angelical. A la sazón y afortunadamente, escuálidas féminas no se estilizaban y para muestra, las recetas hipercalóricas que dejó la época.
En ellas Cupido vislumbró una treta ideal y más desgranando las propuestas del Covent Garden, donde expidió Escoffier a disfrutar del Lohengrín wagneriano, cantado esa noche de 1892, por el curvilíneo objeto de sus suspiros. Al salir, transportado por música, singing lady y cisne mágico eje de la intriga, el chef decidió mudar su llama platónica en hito gastronómico. Así surgió en el mapa la “pêche Melba”, quien, aparte de deleitar al personal, tuvo un premio a tanto apasionado empeño: la posteridad. La receta actual sufrió bastante variaciones, pero básicamente queda igual, con guión helado de vainilla y delicias de melocotón.
En esa ocasión fue un postre-joya que maravilló Madame Melba, uno de esos manjares helados que la enloquecía y apenas se permitía para proteger sus áureas cuerdas vocales. Pero pasen y vean como Augusto solucionó la cosa y acertó. Primero, nació un majestuoso cisne de sus manos, pericia y un bloque de hielo. Entre las transparencias de sus alas, insertó un reluciente timbal de plata, en cuyo fondo deslizó un fino lecho de helado vainillado, tiernos orejones de blancos melocotones pochés en un afrodisíaco jarabe de olorosa vainilla.
A continuación, aterciopeló la superficie de una fina capa de frambuesas frescas, de rojo reventón bajo apoteosis de azúcar hilado. Emplatado y reflejado sobre bandeja de rica plata, fueron en realidad dos diamantíferos cisnes centelleantes bajo la caricia cimbreante de mil velas que agasajaron la diva fascinada en el Savoy en fiesta, entre aplausos, vítores, champán a raudales y el pequeño dios encantado sobrevolando el escenario.
Lástima que el discreto Cupido no desvele si la prima donna finalmente sucumbió al explícito homenaje. Empero, al año siguiente y menú del Carlton de Cannes, cuyas riendas culinarias dirigía el gran Escoffier, reapareció la memorable pêche melba, ya divino clásico gastronómico. La reclamaba una clientela entregada a una romántica historia de melocotones helados, determinada a no dejar mundo y mantel sin probar esa fresca sensualidad de incomparable sabor y elegancias, cuyo guión creativo cocinó el diosecito Amor. ¡Y que vivan las curvas y las mujeres reales!

qué bonito
una historia muy hermosa
me gustó el tema
muy dulce
un amor de historia
parece de película
me encantan esas historietas