“Haced que un sueño devore vuestra vida y que la vida no devore vuestro sueño” (refrán chino)
A veces dos historias se entrelazan, cuajan y para siempre se enamoran. Así resultó entre el carismático Carlos Lozano y El Berrueco (*), joyita engastada en el corazón pétreo de la Sierra Pobre madrileña. El cuidadito pueblo nos acoge cumpliendo promesa de solita hermosura, primavera en la solapa, deslumbrantes frescores de acuarela y esplendorosas geometrías en vuelo tocadas de nieves rosáceas. ((*) Literalmente: Peñasco rocoso
Casi veinte años atrás, Carlos amarró su destino bajo sus delicados cielos goyescos, en una paz ajena a los artificios de una vana famosfera de amarillo corazón voluble, que ya sospechaba asfixiante. Con gran cercanía, extrema amabilidad y legendaria simpatía acude a nuestra cita, sonriendo como él sólo a pesar de los fatigosos quinientos kilómetros recorridos hasta alcanzar nuestros micros.
Subidos a la máquina del tiempo, nos explica sus preocupaciones de preservada intimidad y proyectos. Y evoca con ternura sus tiempos mozos y puntuales estancias familiares en esos parajes, condicionantes del resto de su trayectoria vital y preocupaciones ecológicas. Así la promoción televisiva del bello rincón serrano y asidua recuperación del burro ibérico, al alimón con su alcalde-amigo made in Berrueco, Jaime Sanz Lozano.
Posiblemente fue durante esos largos, aromáticos y cálidos veranos juveniles, recorriendo su camino de tiempo adolescente, que fluyó el sueño de Carlos sobre un largo barco de silencio índigo envuelto de vaporosas neblinas, el embalse de El Atazar.
Posiblemente también, resultaron claves esas limpias emociones de serenidad petrificada perfumadas de jara, tomillo y romero, canto cristalino de las aguas cercanas y dulces curvas de riberas vestidas de oros estivales. Y, en ese inasible mundo de reflejos, verdes armonías de transparencias y albas de miel, lógico desear su ventana propia, abierta para siempre a una colosal tranquilidad habitada de belleza conmovedora, la de una sierra tornándose violácea, rosa, gris o verde al compás de nubes peregrinas y luz opulenta con alma de impresionista.
Y lo consiguió su ansiado lugar en el mundo, nido modesto, treinta escasos metros cuadrados en sus albores, que sus indómitas energías ampliaron, mediante el triunfo lógico que su polifacético talento otorgó. Tiempos de esforzada lucha cotidiana y arduo sendero que recorrer, hoy recordados con una modestia loable en ese artista de impresionante envergadura, internacional proyección e inmensa discreción.
Empero y a la sazón, su previsora escala de valores supo ya estimar la incalculable valía del majestuoso entorno milagrosamente preservado, indefectible calor de las amistades trabadas y, como no, de una exquisita gastronomía haciendo de El Berrueco cita obligada del buen yantar tradicional, al cual su sibaritismo se sacrifica golosamente.
Como prueba gráfica, esa definitiva foto, pillado in fraganti erradicando en cocinas ajenas un humeante guiso igual de emblemático. Hablamos del rabo de toro, cuyos historial y suculencias serán carne del siguiente artículo.

A 1h de Madrid y en un clic, como llegar, visitar, caminar, restaurarse y albergarse
http://elberrueco.org/turismo.htm

A mí me gustaba mucho ese presentador, no pensaba que tuviera un perfil tan ecológico
ese pueblo está muy bien conservado y muy bonito
super bonito el artículo
viva el berrueco
muy poético