Francia, 1863. Edison, Poincaré, Julio Verne, León Eloy, el Príncipe de Gales de turno y tropeles de mortales más comunes, aplaudan el vibrante elogio del literato Emile Zola, a un “elixir de juventud, cuyas virtudes estimulantes conservan la fuerza a los que la gastan y la devuelve a los que ya no la poseen”. ¡Como no, si cada vaso (legal) contenía el equivalente de una línea de cocaína pura!
El engendro, mezcla de vino de Burdeos y de hoja de coca, shutó a toda Europa incluido el inquilino vaticano, el Papa León XIII, entusiasta del mirífico brebaje “de los ángeles” que llenaba su santísima petaca. Por tanto el representante divino en la Tierra coronó de una mención especial a su genial inventor, el farmacéutico Angelo Mariani, quien haciéndose de oro, vendió su “tónico reconfortante” (¡!) hasta 1910.
Admirativos dibujantes publicitaron el milagro con un eufemístico “Ave Mariani”, explícito mensaje sobre su reiterado efecto estimulante cuidando de los “desordenes nerviosos, perturbadores e impotencia”. En pocas palabras, otra Viagra eficaz de nuestros marchosos antepasados y levitación general a granel.
Precursor de la Coca-Cola. Del otro lado del charco, otro médico-farmacéutico, John Styth Pemberton, gran herido de la Guerra de Secesión e ingente consumidor de la panacea francesa alivio de sus tremendos dolores, decidió crear su versión made in USA.
Así nació, un 8 de mayo de 1886 en su cocina de Atlanta, una verdosa receta casera del famoso French Tonic Wine, eso sí sin alcohol (la ciudad siendo “seca” desde la prohibición del mismo año) y sin cocaína después (1906). O es lo que dicen.
Por tanto se vendió la bebida reciclada, suerte de extractos de nuez de cola y vegetales, azúcar, cafeína, hojas de coca, como “jarabe” a la “Soda Fountain” de la Jacob’s Pharmacy de Atlanta. Un camarero, encontrándola un tanto espesa, la diluyó con agua burbujeante y habemus la Coca-Cola, ya todo un éxito, ¡vaya, si vendían
diariamente 13 vasos a 5 centavos y 35 dólares era el gran negocio anual!
Precavido, el tándem Pemberton-Robinson creó un logo mítico, dos “C” entrelazadas y una primera botella inspirada en las curvas femeninas, la llamada “La Dama del Fourreau” (vestido estrecho y ceñido). El primigenio eslogan “Delicious and Refreshing” evolucionó a la “Pausa que refresca”, asociando astutamente mediante un grafismo esplendoroso, el producto al lado optimista, relajante y simpático de la vida.
Dice su leyenda urbana,
entre otras, que la Compañía Coca-Cola es la más grande consumidora de vainilla natural y que su formula comercial, puro secretismo, la detienen dos personas que nunca viajan juntas, cada una conociendo solamente la mitad.
Juegos Olímpicos, churumbeles, bichos, música, juventud, senectud, novias en ciernes (última campaña de Coke Light), nadie escapa de la chispa de la vida, ni siquiera ese septentrional representante de la bondad, Papa Noël, resucitado en 1931 mediante Haddon Sundblom, genial dibujante sueco. Ahora orondo, con joviales rasgos humanos y fondo de armario modernizado, el esforzado icono navideño, bebiendo Coca-Cola en invierno para distribuir más velozmente los regalos, incitó el personal a emular sus energías renovadas.
Con esos mimbres, se consumió la bebida todo el año, ya se sabe que todo es más okay con un coke... Que lo digan a la “Million Dollar Baby” (en 1933) o pobre niña rica Barbara Woolworth Hutton, a la sazón icono de la riqueza, belleza y glamour del mundo mundial, tan adicta a la desgracia y a la Coca-Cola que podía distinguir, según el sabor de la pequeña botella, de cual fábrica mundial y ciudad provenía. ¡Chapeau y Chiwawa!

me encanta tu blog quilla
eso es un blog super interesante
qué bella historia la de la coca cola
increíb le super la historia
nice nice nice your article
que cosas se sabe esa y además escrib e bien
contenido y continente muy interesnates