Hoy es el primer día que no puedo compartir la mesa de esta redacción con Alfonso Muñoz Trujillo, fallecido el pasado miércoles 8 de agosto en el hospital de Cruces, Bilbao.
Hoy he echado a menos, en la cocina, su carrusel de sonrisas y comentarios cómplices a la hora del café, y luego, frente al ordenador, el constante ir y venir de lecturas chispeantes y fotografías casuales, ingredientes imprescindibles de las jornadas de "periodismo de estilo y vida", como solía decir, a las que me tenía (bien)acostumbrado.
Hoy, junto a su amiga Steffi, que ha guardado conmigo sus cosas en una caja marrón, hemos (pre)sentido una vez más que el calor humano de "El Turista Accidental", su heterónimo blogero, permanecía en sus carpetas de recortes de prensa minuciosamente ordenados, en sus blocs de notas y proyectos, en los descartes de sus producciones de cocina y viajes para los especiales de ¡HOLA!, en sus voluminosas agendas de colaboradores y amigos, en ese frasco semivacío de perfume Dolce &Gabbana "Pour homme" que siempre tenía a mano, en el primer cajón de su mesa, para regalar y regalar(se).
Hoy he vuelto a visitar algunos de sus blogs viajeros de hola.com y repasado los inolvidables reportajes de Chic y La Casa Marie Claire que tenía marcados en su colección personal de revistas.
Hoy he comido con César, su compañero de viaje, y juntos hemos observado, lentamente y en silencio, su mirada chispeante en una foto carnet ("¡Alfonso salía bien hasta en las fotos imposibles!") y recordado algunas de las famosas frases luminosas ("Alfonso tenía luz", oí decir a su hermana Begoña) que salían de su boca de forma natural, con arte y magia, que es como le gustaban a él las cosas de este mundo.
Hoy he tenido la fortuna de disfrutar, una vez más, de la sencillez y el buen gusto que ponía en todo lo que creaba.
HOY y SIEMPRE, gracias ALFONSO y hasta luego.
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