Novedades en la categoría Insólito

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Releo y reveo en la página 52 del ¡HOLA! de esta semana la foto carnavalesca (sin el correspondiente permiso de Doña Cuaresma) que ilustra la noticia de la “sorprendente” participación de Víctor y Carmen Janeiro en la expo inaugural del Campeonato de Europa de Baile de Torremolinos. Hecho lo cual, solicito ayuda (des)interesada para discernir-entre-lo-im-propio-de-la-dis-torsión-i(r)-real-izable [tanto monta, monta tanto, ¿verdad monines?].


Ella (des)viste:
· Traje de baile complejo, con chaqueta-abrigo-de-cola. “La entelequia de la prenda de vestir”, apunta mi colega Steffi M. (¡es lista como las propias listas!). “De tropezonzón”, respondo.
· Estampado deco-cutre-lux: digno de mi tabla de panchar o, mejor aún, de la bolsa del pan de mi abuela Pepita (¡qué gran mujer!, insisto).
· Diadema de tres pisos de planta plaza de toros. ¡Si es de Todo a 0,09! Anoto posible confusión con soporte jabonero de a litro y medio de la bañera de Christine G. (otra perspizaz compañera de oficina y aguda analista rositóliga por la Universidad de Manchuria Exterior).
· Re-joyas de estilo (¡pero eso qué éh lo que éh!) (des)coordinado-caní. Ojo con los lóbulos pinjantes: peso-en-ex-ceso.  Advierto peligro moderado de desgarramientos.
· Atentos a las ballenas del corsé: sugieren una concentración de pliegues de marca mayor.
. Sonrisa: botox sin retoque. Gusta, pero no entusiasma.

El tra(viste):
· Careto fungo-torero a lo Raúl (atentos al giro de cabeza picantón y al peinado-con-re-peinado).
· Guantes tres tallas superiores de blanco nuclear increíblemente coordinado (¡otra vez!, “¡qué pereza, Ñoras, Ñores”) con el pantalón de camarero-de-corte-y-confección. ¿Cómo se logra eso?, digo por decir (el mío es de caracolillos)…
· Chaqueta petrolera altamente inflamable: Brent-de-a-104-$-el-barril (cotización del día). Se recomienda extintor al primer chispazo.
· Cierre de auto-máticos-mal-cosidos: véase la disconformidad de encuentros telares al nivel de la pantorrilla alta (léase entrepuerta).
· Otro cortocircuito visual de juzgado de guardia: “¿navegas o desfilas?, marinerito de mi amor” (esto es de una canción cubana que me cantó Cristina Y. esta misma mañana en-la-cocina-de-lectura-de-la-ofi. Pasa (digo, corre) Javier R., que tiene su muscha tela andalusí, y remata en alto: “Igualito que yo mismo en la primera comunión”. Así fue.
 · Zapatos: aquí se quedó escaso de volumen (justo al contrario que la diadema). “Ni pies ni cabeza”, remata Marina C. desde su ordenador.

Estas atribuladas reflexiones se resumen en una:

· ¡Si Pin y Pon levantasen la cabeza!

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¿Qué es esto?
 

Es innegable que para darse un buen atracón entre amigos cualquier pretexto es bueno. Pero una cosa es ponerte morado de lo que más te gusta –cochinillo u otras hierbas– con quién más te gusta y otra muy distinta intentar venderte lo más obvio de la carta de carnes, lo que ya sabías por tradición y oficio oral, como una nueva verdad avalada por nada menos que 35+40 catadores reunidos en dos tandas por iniciativa de un grupo de investigadores de la Universidad de Extremadura con más ganas de ponerse las botas que de investigar en serio.
Todo esto viene a propósito de la sentada que realizó hace justamente un año el grupo de morrosos catadores que decía, y que ha tenido que ser repetida el martes pasado “en aras del rigor científico”, como reza la noticia del acto resumida en un titular que no deja lugar a dudas:

“El cochinillo ibérico criado en libertad sabe mejor”.


“¡Esto es jauja!”, exclamó el mesonero tras leerla a los comensales. “Se lo voy a contar ahora mismo  al señor cura”, respondió un espontáneo vestido de gris marengo desde la mesa de enfrente. “Elemental, mi querido carnívoro” , ironizó el camarero mientras me servía el último bocado de la fuente de cochinillo (“de crianza, oiga usted”) que me he regalado hace un par de horas como homenaje a mi agudeza (“no se te escapa una”, me decía mi abuela Pepita –¡bendita sea su memoria!– y yo venga a comer pulpo de roca a la gallega….) a la hora de destripar sabores.
Luego, a la hora del café, Carlitos De Diego (el mesonero que decía) sentenció que si para hacer ese descubrimiento tenían que reunirse tantos catadores ante tres clases de cochinillo (“uno del que vive y come a su bola”, “otro criado en régimen de cámping –sic–” y “un tercero del pensionado en cochiquera”), él se ofrecía ipso facto a hacer una demostración pública a los del Niu Yor Times en la Plaza Mayor sobre las “desconocidas virtudes gustativas de la trucha salvaje (cuando Carlitos las lleva en la carta sus clientes bucean en el plato como heliogábalos en acción) en comparación a las de esas otras que comen pollo a la fuerza, o peor aún: raspa de prima hermana liofilizada o similar. “Sólo me quedaría mi querido Manolo –me susurró al oído mientras me servía otro copazo de aguardiente– contactar con esa Universidad de sabios para que no me tachen de oportunista”. “Tú sin miedo –le dije antes de pagar la cuenta–, tú pégales un telefonazo y diles que tienes un río de truchas ibéricas para que vayan refinando el paladar”.  

Aporto prueba documental de la óptima preparación física que demuestra el cochino en cuestión... 

 

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¿Qué es esto?
 

Leo en la prensa de este fin de semana (diario ABC, página de gastronomía): “El cisne y otras aves escupen en la rocas una saliva que se vuelve dura, la gente va  a sacarla con una navaja para hacer con ella una pelota exquisita: el nido de golondrina”. Al momento voy y se lo leo en alto a mi mujer, que está cocinando unas lenguas de pato a la cantonesa para ella sola: a mí me dan como cosa. “No vas a conseguir que dejemos de ir a cenar al chino (¡un domingo sí y otro también! ¿Se pueden imaginar mayor tortura china?). No me lo creo”. “Pues no te lo creas –le contesto–, pero que sepas que no lo digo yo, lo dice Martín Aw Yong, aquí lo tienes (le enseño la foto pero no la mira), un cantonés considerado el nº 1 de la cocina asiática. Y aún hay más recomendaciones del chef. ¿Qué te parece si llamamos al chino y les pedimos para esta noche unas manitas de oso? El Sr Aw insiste en que son lo más exquisito de la cocina de este gran país tan proclive a comerse todo lo que se mueve. Podríamos encargar un menú arriesgado en el que no pueden faltar los sesitos de mono al estilo Fumanchú, el perro colorado a la pequinesa y quizá unos ricos pulpitos vivitos y coleando, que por lo visto están riquísimos. ¿Qué me dices?”



Cinco segundos más tarde (una vez escaldadas las dichosas lenguas de cuá cuá), va y me contesta que “mucho mejor que esos repugnantes centollos con cabeza de cloaca máxima o que esas almejas saltarinas que no tienes reparos en comer en público. ¡Tendrías que verte con toda la cara pringada de restos arácnidos marinos en una marisquería!” “Bueno bien”, aventuro con voz grave en un intento desesperado de llegar a un acuerdo de restauración de última hora. “Vamos a hacer una cosa: esta noche te invito a comer al carnívoro africano que acaban de abrir en el centro comercial: al parecer tienen cocodrilo a la espalda, que me han dicho que sabe a pollo… No me mires así, con esos ojos de matahari esquizofrénica, ¡un día es un día!”

Esta madrugada, al despertar, recordé aterrado que un segundo antes estaba en la cocina de una nave pre-espacial china con vistas a un bonito criadero de aliens y que de la olla que presidía el lugar salía un repugnante vapor acidulce que me nublaba la vista. Luego me subía a una escalera de caracol que ascendía por una cesta gigante de empanadillas dim sum rellenas de solomillo de enemigo picadito, pero por más que me frotaba los ojos no alcanzaba a ver qué había dentro de la olla. Entonces sonaron unas campanillas de ruiseñor chirriante, seguidas de un gong sordo que dio paso a una bandada de golondrinas que levantó el vuelo todo alrededor y desapareció entre nubes. Me levanté de la cama y vi la luz del salón encendida. Empujé la puerta y entré en el interior del chino de la esquina: mi mujer estaba sentada en una mesa frente a un hombre calvo con gafas de sapo y rasgos orientales: era el Sr. Aw. Me acerqué al borde de la mesa, pero no me veían. Ella le decía en tono pedante: “Sus manos de oso están realmente fabulosas, son insuperables”. Él no respondía: sólo masticaba su salteado de oso y miraba fijamente al plato.
No pude aguantar más. Le agarré con fuerza del cuello y estrellé su rostro contra el infausto plantígrado. En ese instante se apagó la luz y me quedé profundamente dormido en el nido pelotero del puente Ming.   

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¿Qué es esto?
 
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Felizmente, parte de la familia Chaplin me persigue. Lo digo porque llevo varios días memorizando, junto a Hugo y Elías, las charlotadas de tres de los miembros de esta prodigiosa familia de payasos que lleva el circo en la sangre. Y mi felicidad es aún mayor, más inesperada, porque hacía tiempo que no lloraba de felicidad.

El primer acto de esta comedia transcurrió frente al ordenador, en el salón de casa de mis sobrinos viendo a Charlot hacer de las suyas en un delicioso documental que se acaba de recuperar de un archivo perdido: All at de Sea (1933). La escena es breve, aunque el corto original dura 15 minutos, y se desarrolla en la cubierta de un barco que sirve de escenario a varias imitaciones desternillantes: Jean Harlow y Greta Garbo con peluca-fregona y el Príncipe de Gales ojo avizor, de marinerito jefe saludón. Al final de la sesión de cine mudo, tras rebuscar en el escobero y en los armarios en busca de atrezzo, Hugo hizo de una diva y yo de otra, mientras que Elías iba de un lado para otro y se subía la camisa sin parar dejando a relucir una barriga más chaplinesca de lo que hubiese imaginado: ¡qué personalidad de movimientos!

El segundo acto se desarrolló en una sala de teatro: Victoria Chaplin y su marido Jean-Baptiste Thierrèe estrenaban en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un espectáculo inusitado: “Le Cirque Invisible”, al que acudimos en familia con una emoción que vio superadas todas las expectativas. A la velicidad del vértigo, vimos como la magia de esta pareja de circo nos invitaba a entrar en un espacio en el que poesía y humor componen una fábula prodigiosa, la de un mundo in-visible recorrido por metamorfosis encadenadas (Victoria) y chispazos de humor desternillante (Jean-Baptiste). Al final de la representación, era tal la emoción que sentíamos que hasta nos pareció normal que Elías, con sus tres años recién cumplidos, no parase de decir “¡¡¡mamá, como me gusta... viste los paraguas!!!”, al tiempo que no dejaba de aplaudir a Victoria como un poseso con las palmas enrojecidas. Hugo, que cuenta siete, se reía como loco rememorando las apariciones del pececito muerto, de las cafeteras con patas, de los conejitos lectores... mientras gesticulaba con ambos brazos con la malvada intención de tirar por tierra a todo el aforo. 

¿Y el tercero? Pues el tercero está protagonizado por otra hija de Chaplin y empezó justo antes del segundo. Geraldine iba a ver a su hermana Victoria al teatro; esto último lo supe luego cuando la vi en la fila de atrás. Recuerdo que la vi bajar por la calle de Alcalá, pero ella no se dio cuenta de que la seguía con la mirada, y también que vestía un traje rojo con una falda ancha que la hacía volar, y curiosamente no muy distinta a la de la muñeca rodante que llevaría a Victoria en uno de los primeros números de la noche. No me atreví a abordarla –se hubiera roto la magia–, me conformé con contemplarla sin más.

¿Y ahora el cuarto? Sí, aún hubo un cuarto. Pero todavía no sé muy bien quien lo protagonizó, si Victoria o Geraldine, Geraldine o Victoria. Lo que es seguro es que fue visto y no visto, y que tuvo como escenario, seis días después, la Plaza de Oriente. ¿Quién era aquella mujer que se deslizaba por la acera y que apenas alcancé a ver? “Sí…, es Geraldine”, pronuncié convencido en voz alta, mientras recuperaba aquella imagen suya que quedó clavada en mi memoria el día que vi “Cría Cuervos” (1975) en el cine, con mis padres y una hermana pequeña que se quedó sin hablar una semana. Aquella película nos hizo creer en los fantasmas. “¡No, es Victoria!” exclamé segundos después para mis adentros viéndola desaparecer tras una esquina. “Desaparecer es su gran habilidad”, continué. Aunque ahora que lo pienso..., a lo mejor era Charlot disfrazado de Greta Garbo. ¿O sería al revés?

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¿Qué es esto?
 

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¡Que me expliquen qué hace una famosa que dice no "comer animales de cuatro patas desde los 20 años" oficiando de cicerone para una serie de 13 capítulos producida por la televisión pública norteamericana sobre nuestras costumbres, encantos naturales y hábitos culinarios!

No dudo que su pasado castellano-manchego –es bien sabido que Gwyneth se ganó unos dólares de jovencita ejerciendo de canguro en Talavera de la Reina–, además de su belleza y buen gusto, pueda ser un buen gancho para que sus paisanos dejen de confundir de una vez Hispanic (latinoamericano) con Spanish (español), aunque sólo sea por situarnos respectivamente en el lado correcto del mapa. Geografías al margen, lo que más me llama la atención del pluriempleo periodístico de la actriz es que ella pueda representar la "pasión por lo español" como pretenden los productores de la serie.

Yo veo a Gwyneth oficiando más de guía turística por la Antártida, donde es bien sabido que está prohibida la caza y no existe gastronomía conocida. Una persona que asegura que no comer animales de cuatro patas (de los de dos patas no dice nada, pero por lo visto y oído hemos hemos de suponer que desde luego) y que se niega a probar el jamón, y por lo tanto todos los derivados del cerdo, no puede hablar de nuestros ¿malos? hábitos culinarios ancestrales y mucho menos darnos a conocer.

¿Se apuestan algo a que la serie en cuestión (literal), que se estrenará el próximo otoño en EE UU, va a liar mucho más las cosas al otro lado del Atlántico, de modo que los del norte vayan ahora a confundir también ham (jamón) con jam (mermelada)?

Para su próximo bolo publicitario, propongo que la contraten para promocionar un nuevo producto made in Spain: la ham jam. Osea, mermelada de jamón a granel de venta en las mejores gasolineras del ramo. No podría negarse apelando a su buen corazón y amor por los animalitos, porque siempre habrá un científico coreano que logre lo más difícil: sabor a ham sin ham, cerdos españoles (Spanish) aparte. Cosas más raras hemos comido.  

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¿Qué es esto?
 

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Es sabido que los franceses siempre han sido un poco raritos por lo que se refiere a los asuntos relacionados con la muerte y los restos orgánicos que madame va dejando por ahí tirados. Pero lo que no sabíamos es hasta qué punto confundían la devoción por las santas reliquias o el coleccionismo de momias de todas la latitudes con la necrofilia más ramplona y morbosa. Lo digo porque últimamente, cada vez que abro un periódico o trasteo en una web, me topo con alguna noticia que pone en entredicho su tradicional credo cartesiano.

Y ahora, tras este vídeo de entrada que nos sitúa en el interior de la cámara mortuoria de Ramsés II en el Valle de los Reyes, veamos tres perlas que invitan a abrir un debate sobre lo que guardamos en nuestras vitrinas y relicarios: lo digo en plural, no vaya a ser que nos saquen los colores con algún huesecillo bajo sospecha, de Roncesvalles a Santiago de Compostela.

La primera que llegó a mis oídos está fechada a mediados de marzo y ponía en cuarentena la fiebre de la egiptología que tanto les ha afectado a nuestros vecinos a lo largo de la historia reciente, al menos desde que Napoleon arramblara con toda momia durmiente en sus campañas a lo largo y ancho del Nilo. Me la sopló mi compañera de blog, Stéfani Milla, en la oficina a la hora del desayuno: "¿Has visto lo de los cuatro vasos  canopes de la tumba de Ramsés?", me dijo; yo tenía un café con leche en una mano y un bollo suizo en la otra, y mi "¿¡no!?" debió de sonarle a ultratumba, como no podía ser de otro modo a esas horas de resurrección en las que la carraspera matinera pide a gritos un café ardiente.

"Pues te va a interesar -prosiguió mi compañera–. Por lo visto, las famosas vasijas funerarias que conserva el Museo del Louvre con tanto mimo no guardan resto alguno de Ramsés: las vísceras del Faraón han resultado ser simples afeites cosméticos… ¡Pero si no hay más que verlas! Esa cerámica azul tan bonita no podía servir para guardar esas guarrerías. Ramsés se cuidaba". Asentí con la cabeza, me bebí el café y corrí a mi ordenador en busca de imágenes de Ramsés II. Confirmado, Stéfani, el Faraón era un presumido; y puestos a poner adjetivos à la page, casi te diría que era un cursisexual convencido del segundo milenio (a de C.), que es lo que se lleva ahora.

El segundo palo arqueológico les llegó a nuestros vecinos más o menos en paralelo, a principios de este mes. Y tuvo tanta repercusión en los medios que, visiblemente afectadas por la alarmante noticia de que los supuestos restos de Juana de Arco, que se conservaban en una urna de cristal de un museo de Chinon, pertenecían en realidad a una momia egipcia y un simple gato de compañía, las autoridades eclesiásticas de la archidiócesis de Tours se apresuraron a explicar que "la iglesia francesa nunca había considerado esos huesos como reliquias" y que mucho menos "han sido objeto de devoción alguna". ¡Ecuté cuisine!, que dirían Tip y Coll desde sus tumbas.

¿Y el tercero? Bueno, el tercero en realidad podría haber sido el primero de no haber mediado unos meses de arduas negociaciones entre las autoridades culturales de Egipto y Francia. ¿Recuerdan la historia de aquel avispado navegante, un tal Michel Diebolt, que intentó subastar si éxito por Internet, a mediados de diciembre, un mechón de pelo de Ramsés II por 2.000 euros? Pues las autoridades egipcias, que no tienen ni un pelo de tontas y están hasta el moño de tanta rapiña, se pusieron en guardia y acaban de anunciar que el rizo no sólo es auténtico (¡y menos mal, porque ya empezaba a dudar de la autenticidad de la real momia), sino que además va a regresar en breve a su lugar natural de descanso: la calva del inmortal Ramsés II.
 
Por lo visto, a un investigador que la sometió en su día a un tratamiento necrobiológico, allá por el año 1976, para evitar que un extraño hongo la devorase, se le olvidó reintegrarle unos pelillos de nada; y como había algunos restos que no cuadraban en el puzzle milenario, decidió guardárselos de recuerdo en una vasija casera, ni azul lapislázuli, ni nada, para que sus descendientes hiciesen con ellos lo más conveniente: traficar.

Y ahora que lo pienso, su forma de actuar guarda similitudes con una de las rarezas más sobresalientes de mi abuela Pepita, que heredó un calcetín manchado de sangre, perteneciente a un bravo antepasado militar que fue herido en una barricada de la Carrera de San Jerónimo de Madrid, durante las revueltas liberales, y lo conservó toda su vida en un jarrón azul de porcelana china (lo egipcio no se llevaba). Sólo que mi padre, que odiaba a muerte aquella prenda excesivamente familiar por la murga que le daba mi madre, cuando la herencia cayó en sus manos, decidió que lo mejor era enterrar el Calcetín de Don Perlinpín –como le decíamos–, con jarrón y todo, en la huerta que había detrás de la casa de vacaciones, junto a los restos mortales de todas mis pobres mascotas: conejos, pollos, periquitos… y de un gato llamado Napoleón (no es broma).


 pelos.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pie de foto: Me dice Stéfani que el rizo de la foto está un poco seco; o sea, que los conservadores del museo de El Cairo deberían hacer algo urgentemente por rehidratarlo.

 

 

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¿Qué es esto?
 

Ahora que los investigadores de CSI de Detroit, o similar, se disponen a analizar los restos mortales de Harry Houdini para establecer científicamente las causas de su muerte: sus descendientes ponen en duda la versión oficial de su acta de defunción, fechada en 1926, que establece que "el maestro falleció a causa de una peritonitis vinculada a un brutal puñetazo en la boca del estómago durante una demostración de resistencia al dolor", ¡qué mejor que una postrera demostración de su fulminante poder para volatilizar de un gesto a todo bicho viviente!

Daría un millón, o dos, por ver desaparecer a la comitiva de policías, abogados, detectives privados, periodistas y otras partes interesadas, vil estirpe de los sospechosos de asesinato y cospiración para el crimen e interesados herederos de la familia Houdini incluidos, una vez que comprueben que la tumba del cementerio del barrio de Queens de la ciudad norteamericana que tuvo el honor de acoger su última actuación está ¡lógicamente vacía!

La habilidad del Gran Houdini para dar esquinazo a la muerte no entiende de fechas, ni de escenarios, ni de cadenas, ni de ataúdes cerrados a cal y canto. Por si se les había olvidado a los protagonistas de esta campaña de antropología forense, el suyo era un arte del escapismo por el escapismo, elaborado desde un más acá inmortal que se ríe a mandíbula batiente del más allá de los ingenuos mortales. Con la naturalidad de un rayo (aporto este vídeo como prueba nº1), todos ellos caerán fulminados en la nada houdiniana, he dicho.

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¿Qué es esto?
 

Antes, mucho antes de que Romeo y Julieta o los Amantes de Teruel sellasen sus destinos con un pacto de amor eterno, una pareja de enamorados de la edad de piedra decidió fundir sus cuerpos en un abrazo que se ha prolongado desde hace 6.000 años.

La arqueóloga Elena Menotti no se lo podía creer cuando su equipo descubrió en Valardo, una barriada industrial del norte de Mantua (Italia), los restos de una pareja de enamorados enterrados en una necrópolis neolítica. "Nunca me había conmovido tanto un descubrimiento", declaró al diario La Republica. También señaló que, por el buen estado de las dentaduras, "se trataría de una pareja de jóvenes". La posición de los esqueletos, unidos en un tierno abrazo, hace suponer que el enterramiento esté relacionado con algún rito funerario desconocido: "Tras el fallecimiento de uno de los dos, el otro habría decidido seguir sus pasos en señal de sacrificio", aventura la descubridora. A falta del análisis definitivo de los restos, todas las hipótesis, incluida la del suicidio romántico, permanecen abiertas.

Olvídense de su aspecto fosil y prueben a contemplar durante unos minutos la imagen de los Novios de Valardo: sus miradas paralelas, sus cuerpos entrelazados en una madeja... Experimentarán un bienestar de origen conocido y vivificante.



restos_esqueletos_hallados_Mantua_unidos_abrazo_datados_hace_5000_6000_anos.jpg
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¿Qué es esto?
 

Paul_Wolfowitz.jpg  

Esta mañana creí encontrar la ocasión de vengarme a gusto de todas las humillaciones textiles sufridas en mis largos años de convivencia matrimonial y, delante de mi mujer, tuve el valor de enfundarme los calcetines más andrajosos que tenía. Pero al final me salió el tiro por el agujero del calcetín. Vean hasta qué extremo.

Me sientan fenomenal. Es la ventaja de tener un buen fondo de armario, que siempre encuentras un roto para un descosido, le dije sin esperar respuesta; la galleta se le acababa de derrumbar sobre la taza de café y la motita de masa fibrosa que había salpicado su nueva blusa de seda salvaje me daba una ventaja de unos segundos para seguir parloteando... Mira qué bonitos son, de canalé años 60, como a ti te gustan. Me los regalaste en aquellas fabulosas rebajas de Sepu y, ahora que lo viejo arrasa, he pensado que me van estupendamente con aquellos zapatos tan originales que compramos para el baile de carnaval.

Llegado a este punto del monólogo, con ella agarrada al bote de Cebralin, no había marcha atrás. El riesgo es el riesgo…
Sabes, esta mañana he oído por la radio que el Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, también es un enamorado de la moda 'vintage', como nosotros. ¿Te acuerdas que le vimos por la tele hace poco en la peli aquella tan simpática de Michael Moore, atusándose el pelo después de humedecer el peine a salivazos. Pues ahora ha ido aún más lejos en su natural desparpajo, igualito que su ex-jefe Bush, que es un experto en desconcertar a las visitas de Estado posando los zapatos tejanos sobre la mesa; lo que te contaba…, resulta que el tío se ha paseado tan pancho por una mezquita turca con unos calcetines más o menos como los míos: con dos tomates de campeonato. Imagínate la cara de los pobres ministros turcos, que esperaban que les condonara la deuda. ¡No sabían con quién se las gastaban!

"¡Todavía sigo vivo!", me digo. "¡Qué elocuencia!", exclamo entre dientes. No responde…, está entregada. La última parrafada de fragmentación y salgo por la puerta de atrás.
Por cierto, ¿dónde está mi pantalón 'casual friday' que me compré en aquel mercadillo de Portobello? Hace tiempo que no lo veo. Y me gustaría llevárselo a la modista para que le eche unas piezas. 'Hay que controlar el gasto y rebajar la deuda', como diría el tío Paul, porque la última Visa en llegar ha sido un poco textil de más. ¿No crees? (sudor frío)

Ahora viene la traca final. La mancha de galleta se resiste y mi mujer está empezando a dar muestras de una sobredosis de Cebralin. Me aparto unos metros sanitarios, termino de vestirme y…
Me reconocerás al menos que la política del señor Wolfowitz "del exhibe tus miserias y nadie te pedirá cuentas" es efectiva. ¿No cuentan que pasó en pocos años de contable cualificado en embajadas del Tercer Mundo a Subsecretario de Defensa con George Bush, su maestro zen de estilo, y que ahora todos le besan los pies en el Banco Mundial?
Mira, para no discutir vamos a hacer una cosa: ¡tú no renuncias a la Segunda Oleada de Rebajas y yo me presento en el despacho del jefe con esa camiseta italiana 'super fashion', de sietes y agujeritos, que tan poco te gusta, me descalzo y pido ese aumento de sueldo que aseguras que me deben. Además, tú siempre has dicho que el 'vintage' es para las grandes ocasiones...

Oye… y si no te lo suben, quítate además los calcetines
, le oí gritar desde la cocina cuando huía por la escalera.

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¿Qué es esto?
 

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Un niño de cuatro años mata a 443 pollos a gritos.

Este titular que está corriendo por internet me recuerda que hoy todavía no he liquidado a nadie. La única persona con la que he cruzado unas palabras, la cartera, me entregó un paquete postal que estaba esperando con avidez: un micrófono direccional garantizado por la NASA, y a mí siempre me han enseñado que no hay que tomarla con el mensajero.

Miento… También me crucé con una página no apta para irascibles, de esas de pinchar y salir a toda prisa si no quieres convertirte en el visitante número nosecuantos nueves de nosequé qué lista de candidatos a ser infectados vía congratulations! por un "¡¡¡** troyano mil rayos, bozuku, ectoplaspa y belcebú maldito**!!!", como diría el Capitán Haddock a grito pelado. En la foto que la encabezaba se veía a Rafael Amargo y había un destacado en el que el bailarín (o lo que sea eso) se justificaba por no querer "gordas, bajitos y graciosos" en su cásting para la gala del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. "¡Aún encima se disculpa el tío!", dije en voz alta, muy alta, para despertar al gran amante de la radio que duerme detrás del tabique de mi estudio.

Pero volvamos al sorprendente titular que motiva este blog. Analicemos el caso como si fuese un "sucedido verídico", incontestable:

Un repartidor de butano llamado Xu detiene su camión a la puerta de una granja  de pollos de una remota región del este de China (Jiansu). Al Señor Xu le acompaña su hijo, un niño aparentemente normal, pero con poderes. En la granja hay un perro suelto, de esos que no paran de ladrar y echar espumarajos por la boca. La mala suerte ha querido que el Señor Wang, el granjero, haya olvidado ponerle la cadena. Aún así, el repartidor decide bajarse de la cabina para entregar las bombonas. En ese momento, el chaval se asusta y empieza a berrear como un descosido al verse sólo ante las fauces del can, que insiste en demostrar que está allí para algo [no como mi Júpiter, que ya puede entrar un meteorito por la ventana que no se altera]. Al momento, el llanto de terror enmudece al animal, que vuelve con el rabo entre piernas por donde vino, como si hubiese percibido el peligro.
El Señor Wang se disculpa con el Señor Xu, que resta importancia al incidente, calma al niño como puede y vuelve también sobre sus pasos. Minutos más tarde, se escuchan más gritos, pero ahora de desconsuelo: son del granjero, que solloza desesperado por el incomprensible fallecimiento de sus 443 pollos.
Días después, el 24 de septiembre de 2006, el hombre decide acudir a los tribunales, que dictan sentencia a su favor cuando comprueban que la muerte de las aves no se debe a una intoxicación, ni a un contagio masivo de gripe aviar u otra enfermedad infecciosa. Los veterinarios coinciden en que los pollos murieron del estrés provocado por el "sonido anormal" que emitió el niño. Los testigos lo confirman y aclaran que el llanto se coló en el gallinero por la ventana; unas aves perecieron en el momento, otras se pisotearon entre sí y tuvieron una agonía terrible. La sentencia es ejemplar: el Señor Xu ha de pagar al Señor Wang 1.800 yuanes (alrededor de 180 euros) en concepto de indemnización.


Hasta aquí el cuento chino.

Ahora viene la idea maquiavélica para hacerme con el grito mortal –los Reyes Magos me echaron una grabadora capaz de registrar los sonidos del silencio gracias a mi nuevo micro ultrasónico– y pasar a la acción: las próximas vacaciones me voy a China, le alquilo el perro ladrador al Señor Wang y grabo al niño ultrasónico. Si un grito sordo como el de Edvard Munch (imagen superior) puede originar huracanes psicofónicos devastadores –los incrédulos no tienen más que escuchar a Tom Jones en la escena final de Mars Attacks! y comprobar que el arma secreta de Tim Burton para acabar con los marcianos es efectiva–, ¿qué me impediría a mí ahora silenciar de por vida los taconazos de todos los señores amargos por el bien de las gordas y gordos de este mundo, entre los que me incluyo a gritos? Y, de paso, me cargo también a mi vecino, que estoy hasta el moño de sus largueros y tirachinas de medianoche.

Y colorín colorado... 

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