Es innegable que para darse un buen atracón entre amigos cualquier pretexto es bueno. Pero una cosa es ponerte morado de lo que más te gusta –cochinillo u otras hierbas– con quién más te gusta y otra muy distinta intentar venderte lo más obvio de la carta de carnes, lo que ya sabías por tradición y oficio oral, como una nueva verdad avalada por nada menos que 35+40 catadores reunidos en dos tandas por iniciativa de un grupo de investigadores de la Universidad de Extremadura con más ganas de ponerse las botas que de investigar en serio.
Todo esto viene a propósito de la sentada que realizó hace justamente un año el grupo de morrosos catadores que decía, y que ha tenido que ser repetida el martes pasado “en aras del rigor científico”, como reza la noticia del acto resumida en un titular que no deja lugar a dudas:
“¡Esto es jauja!”, exclamó el mesonero tras leerla a los comensales. “Se lo voy a contar ahora mismo al señor cura”, respondió un espontáneo vestido de gris marengo desde la mesa de enfrente. “Elemental, mi querido carnívoro” , ironizó el camarero mientras me servía el último bocado de la fuente de cochinillo (“de crianza, oiga usted”) que me he regalado hace un par de horas como homenaje a mi agudeza (“no se te escapa una”, me decía mi abuela Pepita –¡bendita sea su memoria!– y yo venga a comer pulpo de roca a la gallega….) a la hora de destripar sabores.
Luego, a la hora del café, Carlitos De Diego (el mesonero que decía) sentenció que si para hacer ese descubrimiento tenían que reunirse tantos catadores ante tres clases de cochinillo (“uno del que vive y come a su bola”, “otro criado en régimen de cámping –sic–” y “un tercero del pensionado en cochiquera”), él se ofrecía ipso facto a hacer una demostración pública a los del Niu Yor Times en la Plaza Mayor sobre las “desconocidas virtudes gustativas de la trucha salvaje (cuando Carlitos las lleva en la carta sus clientes bucean en el plato como heliogábalos en acción) en comparación a las de esas otras que comen pollo a la fuerza, o peor aún: raspa de prima hermana liofilizada o similar. “Sólo me quedaría mi querido Manolo –me susurró al oído mientras me servía otro copazo de aguardiente– contactar con esa Universidad de sabios para que no me tachen de oportunista”. “Tú sin miedo –le dije antes de pagar la cuenta–, tú pégales un telefonazo y diles que tienes un río de truchas ibéricas para que vayan refinando el paladar”.
Aporto prueba documental de la óptima preparación física que demuestra el cochino en cuestión...







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