Leo en la prensa de este fin de semana (diario ABC, página de gastronomía): “El cisne y otras aves escupen en la rocas una saliva que se vuelve dura, la gente va a sacarla con una navaja para hacer con ella una pelota exquisita: el nido de golondrina”. Al momento voy y se lo leo en alto a mi mujer, que está cocinando unas lenguas de pato a la cantonesa para ella sola: a mí me dan como cosa. “No vas a conseguir que dejemos de ir a cenar al chino (¡un domingo sí y otro también! ¿Se pueden imaginar mayor tortura china?). No me lo creo”. “Pues no te lo creas –le contesto–, pero que sepas que no lo digo yo, lo dice Martín Aw Yong, aquí lo tienes (le enseño la foto pero no la mira), un cantonés considerado el nº 1 de la cocina asiática. Y aún hay más recomendaciones del chef. ¿Qué te parece si llamamos al chino y les pedimos para esta noche unas manitas de oso? El Sr Aw insiste en que son lo más exquisito de la cocina de este gran país tan proclive a comerse todo lo que se mueve. Podríamos encargar un menú arriesgado en el que no pueden faltar los sesitos de mono al estilo Fumanchú, el perro colorado a la pequinesa y quizá unos ricos pulpitos vivitos y coleando, que por lo visto están riquísimos. ¿Qué me dices?”
Cinco segundos más tarde (una vez escaldadas las dichosas lenguas de cuá cuá), va y me contesta que “mucho mejor que esos repugnantes centollos con cabeza de cloaca máxima o que esas almejas saltarinas que no tienes reparos en comer en público. ¡Tendrías que verte con toda la cara pringada de restos arácnidos marinos en una marisquería!” “Bueno bien”, aventuro con voz grave en un intento desesperado de llegar a un acuerdo de restauración de última hora. “Vamos a hacer una cosa: esta noche te invito a comer al carnívoro africano que acaban de abrir en el centro comercial: al parecer tienen cocodrilo a la espalda, que me han dicho que sabe a pollo… No me mires así, con esos ojos de matahari esquizofrénica, ¡un día es un día!”
Esta madrugada, al despertar, recordé aterrado que un segundo antes estaba en la cocina de una nave pre-espacial china con vistas a un bonito criadero de aliens y que de la olla que presidía el lugar salía un repugnante vapor acidulce que me nublaba la vista. Luego me subía a una escalera de caracol que ascendía por una cesta gigante de empanadillas dim sum rellenas de solomillo de enemigo picadito, pero por más que me frotaba los ojos no alcanzaba a ver qué había dentro de la olla. Entonces sonaron unas campanillas de ruiseñor chirriante, seguidas de un gong sordo que dio paso a una bandada de golondrinas que levantó el vuelo todo alrededor y desapareció entre nubes. Me levanté de la cama y vi la luz del salón encendida. Empujé la puerta y entré en el interior del chino de la esquina: mi mujer estaba sentada en una mesa frente a un hombre calvo con gafas de sapo y rasgos orientales: era el Sr. Aw. Me acerqué al borde de la mesa, pero no me veían. Ella le decía en tono pedante: “Sus manos de oso están realmente fabulosas, son insuperables”. Él no respondía: sólo masticaba su salteado de oso y miraba fijamente al plato.
No pude aguantar más. Le agarré con fuerza del cuello y estrellé su rostro contra el infausto plantígrado. En ese instante se apagó la luz y me quedé profundamente dormido en el nido pelotero del puente Ming.

Pero si se comen todo lo que respira, cómo no van a ser la futura potencia mundial.
Hola a todos/as estoy encantada de poder compartir este espacio tan mega glamouroso con vosotros/as. Espero que podamos llegar a ser amigos.
Besitos aéreos: muack muack, nos vemos en HOLA.