La semana mágica de los Chaplin

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Felizmente, parte de la familia Chaplin me persigue. Lo digo porque llevo varios días memorizando, junto a Hugo y Elías, las charlotadas de tres de los miembros de esta prodigiosa familia de payasos que lleva el circo en la sangre. Y mi felicidad es aún mayor, más inesperada, porque hacía tiempo que no lloraba de felicidad.

El primer acto de esta comedia transcurrió frente al ordenador, en el salón de casa de mis sobrinos viendo a Charlot hacer de las suyas en un delicioso documental que se acaba de recuperar de un archivo perdido: All at de Sea (1933). La escena es breve, aunque el corto original dura 15 minutos, y se desarrolla en la cubierta de un barco que sirve de escenario a varias imitaciones desternillantes: Jean Harlow y Greta Garbo con peluca-fregona y el Príncipe de Gales ojo avizor, de marinerito jefe saludón. Al final de la sesión de cine mudo, tras rebuscar en el escobero y en los armarios en busca de atrezzo, Hugo hizo de una diva y yo de otra, mientras que Elías iba de un lado para otro y se subía la camisa sin parar dejando a relucir una barriga más chaplinesca de lo que hubiese imaginado: ¡qué personalidad de movimientos!

El segundo acto se desarrolló en una sala de teatro: Victoria Chaplin y su marido Jean-Baptiste Thierrèe estrenaban en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un espectáculo inusitado: “Le Cirque Invisible”, al que acudimos en familia con una emoción que vio superadas todas las expectativas. A la velicidad del vértigo, vimos como la magia de esta pareja de circo nos invitaba a entrar en un espacio en el que poesía y humor componen una fábula prodigiosa, la de un mundo in-visible recorrido por metamorfosis encadenadas (Victoria) y chispazos de humor desternillante (Jean-Baptiste). Al final de la representación, era tal la emoción que sentíamos que hasta nos pareció normal que Elías, con sus tres años recién cumplidos, no parase de decir “¡¡¡mamá, como me gusta... viste los paraguas!!!”, al tiempo que no dejaba de aplaudir a Victoria como un poseso con las palmas enrojecidas. Hugo, que cuenta siete, se reía como loco rememorando las apariciones del pececito muerto, de las cafeteras con patas, de los conejitos lectores... mientras gesticulaba con ambos brazos con la malvada intención de tirar por tierra a todo el aforo. 

¿Y el tercero? Pues el tercero está protagonizado por otra hija de Chaplin y empezó justo antes del segundo. Geraldine iba a ver a su hermana Victoria al teatro; esto último lo supe luego cuando la vi en la fila de atrás. Recuerdo que la vi bajar por la calle de Alcalá, pero ella no se dio cuenta de que la seguía con la mirada, y también que vestía un traje rojo con una falda ancha que la hacía volar, y curiosamente no muy distinta a la de la muñeca rodante que llevaría a Victoria en uno de los primeros números de la noche. No me atreví a abordarla –se hubiera roto la magia–, me conformé con contemplarla sin más.

¿Y ahora el cuarto? Sí, aún hubo un cuarto. Pero todavía no sé muy bien quien lo protagonizó, si Victoria o Geraldine, Geraldine o Victoria. Lo que es seguro es que fue visto y no visto, y que tuvo como escenario, seis días después, la Plaza de Oriente. ¿Quién era aquella mujer que se deslizaba por la acera y que apenas alcancé a ver? “Sí…, es Geraldine”, pronuncié convencido en voz alta, mientras recuperaba aquella imagen suya que quedó clavada en mi memoria el día que vi “Cría Cuervos” (1975) en el cine, con mis padres y una hermana pequeña que se quedó sin hablar una semana. Aquella película nos hizo creer en los fantasmas. “¡No, es Victoria!” exclamé segundos después para mis adentros viéndola desaparecer tras una esquina. “Desaparecer es su gran habilidad”, continué. Aunque ahora que lo pienso..., a lo mejor era Charlot disfrazado de Greta Garbo. ¿O sería al revés?

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1 comentarios

Pura poesía
Lloramos de risa y de ternura, y de compasión y entendimiento cuando Chaplin, más pobre que las ratas, se come una bota como si fuese un osobucco... Y muchas otras. Que viva la estirpe del genio del bigotito con bastón y bombín.

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