La última cena de Diana y Dodi en el hotel Ritz de París debió ser satisfactoria. Ella sonríe y mira con simpatía al personaje que dialoga con su novio, que hace un gesto con la mano que parece indicar que está invitándole a pasar, o quizá sólo le esté diciendo que llame a su secretaria mañana, a primera hora, y que ella arreglará la cita. Los asuntos de negocios, por muy importantes que puedan parecer, han de esperar. Diana viste muy sencilla, casi como si se tratase de una inglesa romántica que está de paso por la ciudad: nada que ver con los recientes looks sexys y exagerados que tanto disgustaban a su ex–suegra, La Reina, a quien, por suerte, ya no tiene que agradar. ¿O sí? Dodi tiene prisa, le ha prometido a Diana que pasarán la noche en casa, frente a la chimenea, con champán y a lo loco. No hay tiempo que perder.
La cámara de seguridad del ascensor está estratégicamente situada: el juego de espejos nos invita a observar a Diana desde otros dos ángulos distintos. Si miramos a la izquierda, la vemos de perfil, con las gafas negras a modo de diadema, acentuando el movimiento de su característico corte de pelo natural, de chica que nunca parece lo que es. Más allá hay una sombra, la del hombre que pide algo: "¿qué querrá?", "esa cara me suena...", parece que piensa, aunque en el fondo a Diana le da igual. El reflejo de la derecha es más confuso, es doble, y no hay rostros, solo cuerpos: el de Diana dándose a sí misma la espalda y el del hombre inclinado, inquisitivo, una vez más. En conjunto, los reflejos cruzados invitan a sospechar que estos personajes no están solos. El suspense está servido. Hay algo más, sí…. ¡¡¡Ya lo veo!!!
¿A quién pertenece esa silueta borrosa, masculina sin duda, que se ve reflejada al fondo de la imagen central? La sombra es difusa, pero indica que un hombre de complexión gruesa observa la escena con interés particular. ¿Quién será? Desde luego no es un camarero, ni un cliente vestido a la altura de la etiqueta del gran hotel del número 15 de la place Vendôme. Si aproximo la lupa a este misterioso personaje con el torso ligeramente inclinado, intuyo una camisa a cuadros con cuello de pico, aunque también pudiera ser un jersey fino, de verano, estamos a 30 de agosto.
Puede que lo que vaya a decir ahora suene a fantasía, me da igual. Ese tipo es seguro un agente del M16 disfrazado de petrolero texano en París. ¿Quién iba a sospechar de un turista mirón a más no poder? Su es disfraz perfecto. Además, mi corazonada concuerda con algunas informaciones que leo en la prensa de hoy, que dan pábulo a la Teoría de la Conspiración defendida por papá Mohamed al Fayed. Señor juez instructor del caso, ese tercer hombre existe y debería comparecer inmediatamente ante el tribunal, aunque me temo que no le sea fácil llegar hasta su escondite.
¡Ah!, se me olvidaba. No creo que Diana esté embarazada. ¿Qué por qué lo afirmo así, categóricamente? No lo sé, pero el tercer hombre sí lo sabe, su trabajo es saber. Si aún está en este mundo, si todavía no ha sufrido un terrible accidente de tráfico, deberíamos hablar con él. Pegúntele, pregúntele al señor juez.

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