¿Se imaginan la nada? Yo, de niño, pensaba en ella como si se tratase de una cosa que debía andar por ahí, pero que nunca se dejaba ver, más o menos como Dios, que "está en todas partes" menos detrás de las puertas, que era donde solía mirar cada vez que apagaba la luz de mi habitación y, antes de salir, retrocedía un paso girando la cabeza para comprobar si estaba al otro lado, vigilante. Pero nada, allí sólo había oscuridad. Un cura amigo de mi familia, que sabía muchos idiomas y nos amargaba las vacaciones con sus pasantías, me quitó de un plumazo -otro lo habría hecho de un reglazo- aquella manía oscurantista que me tenía obsesionado: "Te confundes niño si piensas que Dios va a permitir que tú lo veas. Él es la nada, el vacío de la Creación".
Las palabras del señor cura impactaron en mi espíritu infantil como una orden del Cielo y ya nunca volví a mirar de reojo al apagar la luz. Mi madre, que estaba en todo, me quitó el miedo a la oscuridad enchufando una lucecita verde frente a la cama. Es evidente que aquel cura tenía ideas "demasiado modernas", como decía mi abuela Pepita, que no aprobaba en absoluto aquella "peligrosa influencia de Don José sobre los niños". Por desconfiar, desconfiaba incluso de las apasionantes sesiones nocturnas de observación del cielo estrellado que a mi padre tanto le gustaban: "¿Os habéis fijado en aquella estrella que luce poco? Pues miradla bien, porque mañana puede haber dejado de existir". Las ideas de mi padre también eran "demasiado modernas" para mi abuela.
Años después, en clase de matemáticas, cuando el profesor apuntaba al vacío tridimensional de un cubo inscrito en una circunferencia que debíamos desarrollar en el plano, con todos sus ejes y líneas bisectrices, me dio por recordar otra de las teorías "librepensadoras" de Don José, que sostenía que Dios, cuando creo de la nada el Universo, y el mundo entero, "lo hizo en forma esférica porque le pareció la mejor manera de contrarrestar la fuerza cúbica, y por lo tanto ortogonal, de la inteligencia humana, que le salió imperfecta". La proyección que hice de aquella figura en el examen final no gustó a mi profesor, que desaprobó, con un suspenso inscrito en un gran círculo, la representación gráfica de su ejercicio de geometría: en el centro de la circunferencia pinté a un hombre erguido con los miembros en forma de estrella –un poco al modo de la cuadratura vitruviana de Leonardo da Vinci que había conocido por la portada de un libro que estaba leyendo mi hermano mayor–, cuyos vértices definían un prisma muy bonito.
Aquel nuevo arranque de ingenuidad trascendente vino a añadir a mi historial académico otro agujero negro de dimensiones galácticas. "¡Su empeño en descifrar las coordenadas de la nada le desvían de la recta vía", escribió el profesor en el margen del examen desplegando toda su pedantería. Pero aquella advertencia no hizo apenas mella en mi alma de gordito aventurero: los cambios existenciales que me aguardaban se me antojaban demasiado atractivos como para apearme de la nave espacial en pleno despegue. Por lo pronto, el suceso académico tuvo su influencia inmediata en mi repentina decisión de hacerme astronauta. Aprobé las matemáticas en septiembre y, en venganza, le envié al profesor una nota haciéndole único responsable de mi cambio de vocación: "Gracias, profesor X, por haber contribuido a desviar mi carrera hasta el gran cubo inteligente. Soy un hombre afortunado, bla, bla, bla… bla." Debo de añadir que mi abuela, para mi sorpresa, fue quien más me apoyó en ese momento crucial, sobre todo cuando mis compañeros empezaron a mofarse de mí llamándome "El estrellado sin causa", "El Chatarrero profeta", "El cubitero solitario" y otras lindezas por el estilo.
Hoy, a la vista del reciente descubrimiento de un colosal vacío cósmico de un diámetro de mil millones de años luz, desprovisto de toda fuente de energía conocida, que unos astrónomos de la Universidad de Minesota acaban de localizar en la remota constelación de Eridamus, mi decisión parece tomada "dentro de los límites de mi normalidad". Ser un pionero conlleva sus riesgos. Pero no nos desviemos, que me conozco y no doy acabado este micro relato en mil millones de años luz.
Convertida, como se pueden imaginar, en mi definitiva vocación, la búsqueda de la belleza primigenia vino a añadir a mi vuelo solitario una carga suplementaria de energía vital que necesitaba para mantener el rumbo fijo, hacia la total oscuridad. Verme, como me veo en este momento, a las puertas del centro geométrico de la Creación es excitante... Pego los ojos al parabrisas del puente y veo a un hombre muy hermoso, inscrito en un cubo perfecto, que me hace señas con los brazos y las piernas, y que me mira fijamente, en silencio. Confirmado, terrícolas de este lado de la habitación: el camino más corto hacia la nada es el que nos lleva a mirar hacia El Otro, sin miedo a la oscuridad. Meter la cabeza dentro del cubo será mi próxima misión.







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