Es sabido que los franceses siempre han sido un poco raritos por lo que se refiere a los asuntos relacionados con la muerte y los restos orgánicos que madame va dejando por ahí tirados. Pero lo que no sabíamos es hasta qué punto confundían la devoción por las santas reliquias o el coleccionismo de momias de todas la latitudes con la necrofilia más ramplona y morbosa. Lo digo porque últimamente, cada vez que abro un periódico o trasteo en una web, me topo con alguna noticia que pone en entredicho su tradicional credo cartesiano.
Y ahora, tras este vídeo de entrada que nos sitúa en el interior de la cámara mortuoria de Ramsés II en el Valle de los Reyes, veamos tres perlas que invitan a abrir un debate sobre lo que guardamos en nuestras vitrinas y relicarios: lo digo en plural, no vaya a ser que nos saquen los colores con algún huesecillo bajo sospecha, de Roncesvalles a Santiago de Compostela.
La primera que llegó a mis oídos está fechada a mediados de marzo y ponía en cuarentena la fiebre de la egiptología que tanto les ha afectado a nuestros vecinos a lo largo de la historia reciente, al menos desde que Napoleon arramblara con toda momia durmiente en sus campañas a lo largo y ancho del Nilo. Me la sopló mi compañera de blog, Stéfani Milla, en la oficina a la hora del desayuno: "¿Has visto lo de los cuatro vasos canopes de la tumba de Ramsés?", me dijo; yo tenía un café con leche en una mano y un bollo suizo en la otra, y mi "¿¡no!?" debió de sonarle a ultratumba, como no podía ser de otro modo a esas horas de resurrección en las que la carraspera matinera pide a gritos un café ardiente.
"Pues te va a interesar -prosiguió mi compañera–. Por lo visto, las famosas vasijas funerarias que conserva el Museo del Louvre con tanto mimo no guardan resto alguno de Ramsés: las vísceras del Faraón han resultado ser simples afeites cosméticos… ¡Pero si no hay más que verlas! Esa cerámica azul tan bonita no podía servir para guardar esas guarrerías. Ramsés se cuidaba". Asentí con la cabeza, me bebí el café y corrí a mi ordenador en busca de imágenes de Ramsés II. Confirmado, Stéfani, el Faraón era un presumido; y puestos a poner adjetivos à la page, casi te diría que era un cursisexual convencido del segundo milenio (a de C.), que es lo que se lleva ahora.
El segundo palo arqueológico les llegó a nuestros vecinos más o menos en paralelo, a principios de este mes. Y tuvo tanta repercusión en los medios que, visiblemente afectadas por la alarmante noticia de que los supuestos restos de Juana de Arco, que se conservaban en una urna de cristal de un museo de Chinon, pertenecían en realidad a una momia egipcia y un simple gato de compañía, las autoridades eclesiásticas de la archidiócesis de Tours se apresuraron a explicar que "la iglesia francesa nunca había considerado esos huesos como reliquias" y que mucho menos "han sido objeto de devoción alguna". ¡Ecuté cuisine!, que dirían Tip y Coll desde sus tumbas.
¿Y el tercero? Bueno, el tercero en realidad podría haber sido el primero de no haber mediado unos meses de arduas negociaciones entre las autoridades culturales de Egipto y Francia. ¿Recuerdan la historia de aquel avispado navegante, un tal Michel Diebolt, que intentó subastar si éxito por Internet, a mediados de diciembre, un mechón de pelo de Ramsés II por 2.000 euros? Pues las autoridades egipcias, que no tienen ni un pelo de tontas y están hasta el moño de tanta rapiña, se pusieron en guardia y acaban de anunciar que el rizo no sólo es auténtico (¡y menos mal, porque ya empezaba a dudar de la autenticidad de la real momia), sino que además va a regresar en breve a su lugar natural de descanso: la calva del inmortal Ramsés II.
Por lo visto, a un investigador que la sometió en su día a un tratamiento necrobiológico, allá por el año 1976, para evitar que un extraño hongo la devorase, se le olvidó reintegrarle unos pelillos de nada; y como había algunos restos que no cuadraban en el puzzle milenario, decidió guardárselos de recuerdo en una vasija casera, ni azul lapislázuli, ni nada, para que sus descendientes hiciesen con ellos lo más conveniente: traficar.
Y ahora que lo pienso, su forma de actuar guarda similitudes con una de las rarezas más sobresalientes de mi abuela Pepita, que heredó un calcetín manchado de sangre, perteneciente a un bravo antepasado militar que fue herido en una barricada de la Carrera de San Jerónimo de Madrid, durante las revueltas liberales, y lo conservó toda su vida en un jarrón azul de porcelana china (lo egipcio no se llevaba). Sólo que mi padre, que odiaba a muerte aquella prenda excesivamente familiar por la murga que le daba mi madre, cuando la herencia cayó en sus manos, decidió que lo mejor era enterrar el Calcetín de Don Perlinpín –como le decíamos–, con jarrón y todo, en la huerta que había detrás de la casa de vacaciones, junto a los restos mortales de todas mis pobres mascotas: conejos, pollos, periquitos… y de un gato llamado Napoleón (no es broma).

Pie de foto: Me dice Stéfani que el rizo de la foto está un poco seco; o sea, que los conservadores del museo de El Cairo deberían hacer algo urgentemente por rehidratarlo.

La respuesta a tus inquietudes arqueológicas está al alcance de la mano: Juan de Arco en realidad era la hija de Ramsés, que, como su padre no entendía las apariciones de Anubis que se le producían y que le hablaban de una nación de ciencia-ficción llamada Francia , le cortó los rizos y los guardó, y desde entonces el reino de Ramsés comenzó el declive. ¿No?
ole por tu abuela!!! el calcetín estaba ya dentro o era de los que pasaron en el 39?
al enterrar tal urna con dichoso calcetin, no os percatasteis de la existencia de algun resto ignorado de velazquez, no? es que este mes ando un poco mal de pelas, y con lo de ebay y estas cosas...