Ahora que los investigadores de CSI de Detroit, o similar, se disponen a analizar los restos mortales de Harry Houdini para establecer científicamente las causas de su muerte: sus descendientes ponen en duda la versión oficial de su acta de defunción, fechada en 1926, que establece que "el maestro falleció a causa de una peritonitis vinculada a un brutal puñetazo en la boca del estómago durante una demostración de resistencia al dolor", ¡qué mejor que una postrera demostración de su fulminante poder para volatilizar de un gesto a todo bicho viviente!
Daría un millón, o dos, por ver desaparecer a la comitiva de policías, abogados, detectives privados, periodistas y otras partes interesadas, vil estirpe de los sospechosos de asesinato y cospiración para el crimen e interesados herederos de la familia Houdini incluidos, una vez que comprueben que la tumba del cementerio del barrio de Queens de la ciudad norteamericana que tuvo el honor de acoger su última actuación está ¡lógicamente vacía!
La habilidad del Gran Houdini para dar esquinazo a la muerte no entiende de fechas, ni de escenarios, ni de cadenas, ni de ataúdes cerrados a cal y canto. Por si se les había olvidado a los protagonistas de esta campaña de antropología forense, el suyo era un arte del escapismo por el escapismo, elaborado desde un más acá inmortal que se ríe a mandíbula batiente del más allá de los ingenuos mortales. Con la naturalidad de un rayo (aporto este vídeo como prueba nº1), todos ellos caerán fulminados en la nada houdiniana, he dicho.
La venganza del Gran Houdini
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