¿Con la murga a otra parte?

Hoy se decide si Santa Cruz de Tenerife se queda finalmente en silencio en su Carnaval 2007 o si recupera una fiesta popular con una tradición de 200 años declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad: el juez va a escuchar a los vecinos afectados por "el ruido" y a las autoridades locales que, en pleno período preelectoral, ya han apostado por el populismo como manera de afrontar el problema.

Los seis vecinos que vienen protestando desde hace un par de años por "el ruido insoportable producido por cinco focos musicales descontrolados: escenarios, quioscos, casetas, coches engalanados y terrazas", denuncian que existe una campaña personalizada orquestada por el Ayuntamiento contra los afectados. Su argumento es atronador.  Según datos de la policía local, en la pasada edición estos focos "superaron un volumen de 115 decibelios", cuando el máximo "ruido" permitido, según explica la polémica sentencia del Tribunal Superior de Justicia, no puede superar los 55 decibelios.

Decir que esta sentencia abre la puerta a "la prohibición de otras fiestas locales como los San Fermines" y que el objetivo es cargarse unas fiestas contra las que no pudo "ni la inmigración, ni las epidemias, ni el franquismo", como asegura el alcalde Miguel Zerolo, es hacer populismo del ramplón. Sus palabras sólo inducen a la desinformación y criminalizan a un grupo de vecinos "condenados al sonambulismo dos semanas al año" por dejación de sus funciones municipales en lo que atañe a los niveles de contaminación acústica urbana soportables.
Los vecinos insomnes de Tenerife no desean cargarse nada, sólo quieren descansar mientras los demás se divierten sin molestar, con toda la legitimidad que les otorga la tradición carnavalera y su derecho a expresarse y bailar en libertad.

Por desgracia, para caldear el ambiente, algunos tertulianos de medios de comunicación han alimentado aún más la confusión diciendo que España no es Suiza y otras obviedades por el estilo: ya sabemos que los suizos no contemplan ningún ruido que exceda el emitido por un reloj de cuco. No estamos ante una denuncia por "ruido excesivo" en el seno una comunidad de vecinos. El problema de orden público tiene aquí otras raíces. Cuando en las calles de tu pueblo van y colocan una orquesta o una batería de altavoces bajo el balcón de tu dormitorio es que alguien se ha vuelto loco en la comisión de fiestas de turno, en Pamplona y en Santa Cruz de Tenerife.

¿Qué tendrán que ver el sabor y la música de un carnaval centenario con los decibelios de un puñado de "terroristas acústicos" protegidos por sí se sabe quién? Y si hace falta un "sambódromo" para alejar "el ruido" –así le llaman sus defensores cuando deberían llamarlo música de baile, digo yo–, se llama a un arquitecto estrella para que lo haga bonito y aquí paz y después gloria, que ya habrá tiempo para apuntarse el mérito en unas futuras elecciones municipales.

Yo, como solución urgente a la crisis [¡pero si mañana es Martes de Carnaval!],  propongo trasladar el grueso de los decibelios del desfile al balcón de Don Miguel Zerolo, que es un hombre comprensivo y quiere mucho a su ciudad…

La gente sabe de lo que habla y demuestra una inteligencia natural que a usted no le adorna Señor Alcalde. Confundir el jolgorio tradicional de las murgas y pasacalles de su ciudad con el bacalao ensordecedor y foráneo de la megafonía de los quiscos comerciales que usted autoriza en la vía pública es "su" delito. Observe detenidamente este vídeo y cúrese en salud, que todavía está a tiempo: esto sí que es espíritu de carnaval.

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