Un cuento chino

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Un niño de cuatro años mata a 443 pollos a gritos.

Este titular que está corriendo por internet me recuerda que hoy todavía no he liquidado a nadie. La única persona con la que he cruzado unas palabras, la cartera, me entregó un paquete postal que estaba esperando con avidez: un micrófono direccional garantizado por la NASA, y a mí siempre me han enseñado que no hay que tomarla con el mensajero.

Miento… También me crucé con una página no apta para irascibles, de esas de pinchar y salir a toda prisa si no quieres convertirte en el visitante número nosecuantos nueves de nosequé qué lista de candidatos a ser infectados vía congratulations! por un "¡¡¡** troyano mil rayos, bozuku, ectoplaspa y belcebú maldito**!!!", como diría el Capitán Haddock a grito pelado. En la foto que la encabezaba se veía a Rafael Amargo y había un destacado en el que el bailarín (o lo que sea eso) se justificaba por no querer "gordas, bajitos y graciosos" en su cásting para la gala del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. "¡Aún encima se disculpa el tío!", dije en voz alta, muy alta, para despertar al gran amante de la radio que duerme detrás del tabique de mi estudio.

Pero volvamos al sorprendente titular que motiva este blog. Analicemos el caso como si fuese un "sucedido verídico", incontestable:

Un repartidor de butano llamado Xu detiene su camión a la puerta de una granja  de pollos de una remota región del este de China (Jiansu). Al Señor Xu le acompaña su hijo, un niño aparentemente normal, pero con poderes. En la granja hay un perro suelto, de esos que no paran de ladrar y echar espumarajos por la boca. La mala suerte ha querido que el Señor Wang, el granjero, haya olvidado ponerle la cadena. Aún así, el repartidor decide bajarse de la cabina para entregar las bombonas. En ese momento, el chaval se asusta y empieza a berrear como un descosido al verse sólo ante las fauces del can, que insiste en demostrar que está allí para algo [no como mi Júpiter, que ya puede entrar un meteorito por la ventana que no se altera]. Al momento, el llanto de terror enmudece al animal, que vuelve con el rabo entre piernas por donde vino, como si hubiese percibido el peligro.
El Señor Wang se disculpa con el Señor Xu, que resta importancia al incidente, calma al niño como puede y vuelve también sobre sus pasos. Minutos más tarde, se escuchan más gritos, pero ahora de desconsuelo: son del granjero, que solloza desesperado por el incomprensible fallecimiento de sus 443 pollos.
Días después, el 24 de septiembre de 2006, el hombre decide acudir a los tribunales, que dictan sentencia a su favor cuando comprueban que la muerte de las aves no se debe a una intoxicación, ni a un contagio masivo de gripe aviar u otra enfermedad infecciosa. Los veterinarios coinciden en que los pollos murieron del estrés provocado por el "sonido anormal" que emitió el niño. Los testigos lo confirman y aclaran que el llanto se coló en el gallinero por la ventana; unas aves perecieron en el momento, otras se pisotearon entre sí y tuvieron una agonía terrible. La sentencia es ejemplar: el Señor Xu ha de pagar al Señor Wang 1.800 yuanes (alrededor de 180 euros) en concepto de indemnización.


Hasta aquí el cuento chino.

Ahora viene la idea maquiavélica para hacerme con el grito mortal –los Reyes Magos me echaron una grabadora capaz de registrar los sonidos del silencio gracias a mi nuevo micro ultrasónico– y pasar a la acción: las próximas vacaciones me voy a China, le alquilo el perro ladrador al Señor Wang y grabo al niño ultrasónico. Si un grito sordo como el de Edvard Munch (imagen superior) puede originar huracanes psicofónicos devastadores –los incrédulos no tienen más que escuchar a Tom Jones en la escena final de Mars Attacks! y comprobar que el arma secreta de Tim Burton para acabar con los marcianos es efectiva–, ¿qué me impediría a mí ahora silenciar de por vida los taconazos de todos los señores amargos por el bien de las gordas y gordos de este mundo, entre los que me incluyo a gritos? Y, de paso, me cargo también a mi vecino, que estoy hasta el moño de sus largueros y tirachinas de medianoche.

Y colorín colorado... 

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4 comentarios

se dice que España es uno de los paises mas ruidosos de la tierra, y es que el ruido esto es la sucesion de sonidos que se separan de la armonia que clasificamos como musica, puede provocar inluso homicidios multiples, vease el caso del vecino creo que londinense, que se cargaron a los de enfrente por los gritos de una criatura y es que no todas las criaturas, y esto enlazando con china utilizan los mismos métodos contra las aves domésticas, mi hermano a la tierna edad de dos años se encerraba en el gallinero y ayudándose de un palo, pala, u otras armas mayores se enfrentaba a aquellas hordas desde luego no masonicas,paralelismos de las civilizaciones.

Querido D. Manuel: yo haría muchas cosas con ese grito del cuento chino que usted se quiere apropiar, por ejemplo, darle los buenos días con él a mi jefe, llamar al camarero rezongón, reconvenir al conductor que toca el claxon por costumbre, achantar al individuo que escupe en las aceras, a los que roban carteras en el metro en hora punta... Se me ocurren muchas más cosas, pero odio tanto el ruido
–entendido como todo aquello que no quiere oírse y se oye por obligación–, que prefiero guardarme el arma-grito para mejor ocasión. Creo que se la pediré prestada para el próximo y amargo estreno para el que tengo entradas.

pepe

me supera la ansia comercial. creo que es el por el frio. que tal si enfrascamos la cinta-grito en un empaque de lo más diseñi (llamar a mariscal?), y venderlo en ebay? "lo último en destruccion masiva". chorros de pasta tejana, y seria solo el principio...

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