
Le comento a Júpiter que si ha leído hoy lo del descubrimiento de las lagunas de gas metano en estado líquido en Titán, la luna de Saturno que está robando el protagonismo al viejo Marte por sus similitudes con la Tierra primitiva. Cierra los párpados y resopla un Big Bang de incredulidades como única contestación. “Los astrónomos dicen que Titán es el Peter Pan de nuestro Sistema Solar –le digo para despertar su curiosidad a sabiendas de que le ha pedido a los Reyes Magos un muñeco del pequeñito hombre imberbe que, cuando lo muerdes, canta a mandíbula batiente ‘Si acaso quieres volar, piensa en algo encantador...’–, un mundo que nunca llegó a hacerse mayor, lo contrario que Marte, que es un mundo tan oxidado como Júpiter. ¿Me captas?”
Luego, más tarde, a la hora del café, le despierto con la idea de organizar un vuelo a Titán, aunque sólo sea por ver como va a ser el medio natural de los descendientes de nuestros descendientes: “Pierdes el tiempo –me contesta–, su atmósfera es irrespirable, hace un frío de mil demonios: 180 grados bajo cero de media anual, y además tú no levantarías el vuelo ni un palmo de tierra con todo el turrón que has triturado últimamente”.
El golpe de malas pulgas de Júpiter me duró el primer duermevela de la siesta, en el que no dejé de preguntarme si los hombres de la NASA no estarían perdiendo el tiempo investigando un mundo insalubre, cuando deberían de buscar mundos posibles para solventar el asunto vital de ese día en que se apague el Sol. “¡Menos mal que aún nos queda un puñado de millones de años de luz solar como mínimo”, le digo en tono profesoral.
“Hoy sólo piensas estupideces –me contesta Júpiter, que tiene poderes mentales y sabe leer el pensamiento–. Los humanos perdéis el tiempo confiando en que la ciencia os resuelva vuestras crisis de importancia, cuando en realidad sois meras anécdotas en la historia del Universo. Yo no creo que tengamos que ir a ninguna parte, con lo bien que se está aquí junto a la chimenea”. “No haces honor a tu nombre aventurero –le respondo algo crispado– eres un perro burgués que no sabe mirar más allá de su propio hocico. ¡Esta noche te quedas sin galletita de espinacas!”
El resto de la tarde no nos dirigimos la palabra: él a lo suyo con su fuego y yo ensayando con el planisferio que me echaron los del banco, ‘De parte de Papá Noel’, en el buzón, que es como una carta astral sin instrucciones prácticas de uso: sólo te dicen lo básico, el pedazo de cielo que puedes ver cada día del año teniendo en cuenta que la cosa no deja de moverse, y dejan que te las ingenies con tus predicciones.
Esta madrugada, me dije pensando flojo para que Júpiter no captara mis ondas mentales, dirigiré la lente de mi telescopio a la constelación de Sagitario, que será visible por el este justo al amanecer, en busca de esa estrella doble, Pismis 24-1 (en la foto), que brilla como 200 soles a ocho mil años luz de la Tierra. Desde que la vi en un reportaje del primer ¡HOLA! del año (nº 3257, pág. 118) me ha dado por pensar que no está tan lejos. Esto último lo debí de pensar en alto, porque Júpiter volvió a resoplar. Ni caso.
Poco antes de las ocho, sonó otra vez el teléfono; ahora era una aseguradora ofreciéndome un ‘Plan de protección trágico’ (sic). “Lo siento –contesté entre balbuceos–, yo siempre he preferido la comedia. Pero dígame... ¿esa súper póliza de la que me habla cubriría un accidente de viaje interestelar para toda mi familia y mi perro políglota? ¡Ahhhhh, que podrían estudiarlo! Pues sabe lo que le digo..., que a la vista de como se están poniendo las cosas de ‘trágicas’ en este planeta, cuando tengamos montada la nave espacial que le hemos pedido a los Reyes Magos se la firmo encantado”.
“Todo va sobre alas –le digo a Júpiter nada más colgar el teléfono–. Ahora sólo falta que entre Peter Pan por esa ventana y te aplique un tratamiento antioxidante de choque. Y no olvides que sólo nos quedan unas horas para la cuenta atrás: ¡tras una breve escala para repostar combustible en Titán, Pismis 24-1 nos espera!







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