¿¡Dónde están los niños, Mr Jones!?

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"Los ladrones tendrán tiempo para
descansar; los vigilantes jamás".
     (proverbio japonés)


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Si el otro día comentábamos la fiebre de robos al kilo, hoy nos toca hablar de sustracciones mucho más tradicionales, manejables y también bastante más lucrativas. ¿Quién no ha soñado alguna vez, en el transcurso de una visita a un museo, con descolgar de la pared una obra maestra de "bolsillo" que, de repente, te ha tocado la fibra sensible y algo más, y salir lo más rápido posible de allí con cara de sota atravesando salas y puertas plagadas de vigilantes, y una vez en casa poder colgarla y disfrutarla, por fin, a solas y para toda la vida?
Este sueño, en principio inofensivo y compartido por amantes del arte de todos los tiempos, es precisamente, según los expertos, casi la única justificación para que un egoísta patológico se decida a “encargar” ese cuadro único e insustituible que, por su fama universal, no podrá nunca compartir con sus amigos y mucho menos exhibir en público, consciente de que si la soledad es su gran recompensa, también es su máxima condena.

Tal sería el caso de la persona que está tras el robo de Niños del carretón, obra maestra de Goya sustraída el pasado miércoles durante su traslado al Museo Guggenheim de Nueva York, donde ayer noche los Duques de Lugo inauguraron la exposición "De El Greco a Picasso " con un vacío sonrojante en la pared –cuentan que los comisarios españoles de la muestra, Carmen Giménez y Francisco Calvo Serraller, compartían un cabreo monumental que apenas podían disimular ante sus altezas reales tras las obligadas sonrisas protocolarias– y sin que hasta el momento se sepa mucho, por no decir casi nada, del paradero de un cuadro que no es la primera vez que "desaparece": pintado originalmente en 1779 para decorar la sobrepuerta del dormitorio de los Príncipes de Asturias en el Palacio del Pardo, Niños del carretón ya fue robado en 1870 del depósito del Palacio Real de Madrid junto a otras cinco pinturas del artista aragonés.
 
El FBI, siempre tan reservado, ha enmudecido y lo único que ha dejado traslucir es que el robo se produjo en realidad el pasado miércoles 8 de noviembre, sin ofrecer apenas detalles del suceso. Pero, por lo oído, las cosas sucedieron al más puro estilo del Salvaje Oeste, en la autopista interestatal I-80, a la altura de Scranton, Pensilvania, cuando el conductor de la empresa de transportes hizo un alto en el camino (¿Para hacer pipí o hecho pipí al verse encañonado? ¿Se detuvo quizá por accidente o hizo una sospechosa parada técnica?) y cuando regresó al vehículo la preciosa mercancía que custodiaba había desaparecido del furgón con embalaje y todo.
Gerri Williams, portavoz local del FBI, ha confirmado que el transporte no estaba suficientemente vigilado, que se había constituido un equipo de doce agentes para recuperar cuanto antes el cuadro y que, por el momento, sentía no poder ofrecer más detalles por temor a entorpecer las investigaciones. Por no comentar, ni siquiera quiso hablar de la posible relación del golpe con la reciente desaparición de un Jackson Pollock y un Andy Wharhol de las salas del museo Everhart de Scranton. "Algo extraño pasa en Scranton," comentaron irónicamente los chicos de la prensa, que ya empezaban a escribir en sus crónicas su propia versión épica del suceso, con el aeropuerto cercano como vía más probable de escape de los bandoleros.

Una cosa es cierta en este tipo de casos: una vez consumado el golpe, el ladrón suele trasladar rápidamente el cuadro lo más lejos posible, lo que no es difícil si se cuenta con algún cómplice en la frontera del estado (esto no es una película de vaqueros, perdonad mi insistencia, pero lo parece), ya que, una vez enrollado, el lienzo apenas ocupa espacio –el Goya robado mide sólo un metro de ancho por metro y medio de alto–. Luego, pasado un tiempo prudencial y de manos del intermediario, la obra llega a casa un tal Mr. Jones, quizá dueño de un casino en Las Vegas,o en Macao, que el mundo es ancho y ajeno.

Mientras tanto, los que soñamos por soñar: “Los sueños, sueños son, como dijo Calderón”, seguiremos soñando, pero ahora poseídos por la ficción de que esos cuatro niños de Goya vuelvan a jugar en público –dos dentro de un carro, otro de pie tocando una trompetilla y otro vestido a la holandesa y tocando el tambor, para dar ritmo a la escena– cuanto antes, en la pared del museo de Ohio ante un grupo de turistas japoneses, que también tienen derecho a soñar con raptarlos a su modo, con sus cámaras digitales en ristre.
Los ladrones de tantos Munchs, Leonardos, Van Goghs, Caravaggios, Rembrandts, Degas y Goyas desaparecidos en acto de servicio –por citar sólo algunos de los cuadros de grandes maestros que figuran en la prestigiosa lista multimillonaria “The ten Top Art Crimes” publicada por el FBI–  no saben que tanta belleza robada ciega la vista. Al igual que los vigilantes jurados que las custodiaban, nosotros tampoco descansaremos hasta recuperarlas, Mr. Jones.  




Pregunta para navegantes
• ¿Es normal la cantidad de 50.000 dólares de recompensa que ofrece el FBI por el Goya robado, cuando el seguro la ha tasado, por lo bajo, en 1,1 millones de dólares?
• Ahora que los austriacos están devolviendo obras robadas por los nazis a los judíos, de Klint a Munch (¡qué exposición!), ¿por qué no podemos nosotros, los españoles, o los italianos, o los griegos, o los egipcios..., reclamar el patrimonio expoliado durante las guerras napoleónicas, las campañas de rapiña arqueológica, etc., etc?
• ¿Cuando se empezará a invertir en serio en la custodia de obras de arte?
• ¿Y cuál será la próxima de la lista, por aquello de seguir soñando?

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