En primer lugar gracias por los buenos deseos que recibimos. Nuestra intención es lograr un diálogo fluido que nos permita compartir vivencias en la tarea de la crianza, por ello esperamos vuestros comentarios y valoramos la confianza que en ellos nos trasmiten.
Cuando retomamos el hablar de nuestros niños, de inmediato aparece el registro de nosotros como padres o madres. Es casi imposible sentirlos, recordarlos, hablar de ellos, sin hacer referencia al vínculo que, desde lo más hondo, generan en nuestro interior, allí en lo más profundo y vital de nuestra existencia.
Quizá por eso, nos resulta a veces tan difícil saber cuál será la mejor opción para educarlos, para ponerles límites, para enseñarles lo bueno y lo malo, lo posible y lo prohibido. Es esta proximidad vincular que tanto nos aúna, la que a la vez nos desdibuja el discernimiento de cómo obrar cuando nuestros peques empiezan a imponerse, a querer dominar la situación, a elegir equivocadamente, ¿cómo hacer entonces para estar tan cerca de ellos sin caer en permisividades que acaban por dañarlos?
Los padres somos, ante todo, las primeras figuras encargadas de trasmitirles seguridad, papel que asumimos desde que nacen, respondiendo con total entrega desde el primer llanto.
Nuestras respuestas seguras a las primeras demandas le permitirán crecer con confianza, apoyándose en el adulto que los protege y contiene. Pero si esta seguridad titubea, o entrega la decisión final al niño, éste comienza a debilitarse, a sentir miedos, a recibir que el adulto no le responde como tal, y entonces ese primer sabor equivocado que le dejó el ganar el pulso, se le viene en contra. Ahora siente que no tiene límites, que el adulto próximo titubea, cede a su capricho, y a él no le queda otra salida más que manifestar con desbordes el desagrado que genera la falta de límites.
Nela Haedo
Psicóloga clínica







HELLO!
Canada
Rusia
Grecia
México
Escribir un comentario