No sé que tipo de relación puede haber en que Michael Jackson y Farrah Fawcett hayan decidido dejar este mundo al mismo tiempo, tampoco me atrevo a opinar sobre por qué los dos han terminado sus días como iconos kitsch de un mundo raro, un mundo lleno de laca para el pelo y mascarillas contra microbios. Lo que sí puedo confirmar es que han muerto dos símbolos del siglo XX. La una lo era por haber demostrado en la tele que se podía ser detective y sexy, el otro, simplemente, por haber sido un genio de la música.
Precisamente ayer me acordé de él. Un vecino desaprensivo tenía puesto su equipo de sonido a todo meter, en verano, con las ventanas abiertas, y claro, todo el barrio supimos que era un fan fatal de Jacko, de "Billie Jean", de "Thriller"... Lo primero que pensé fue en mí mismo entregado a su misma pasión allá por el ochenta y poco. Luego quise quitar mérito al fenómeno pensando para mis adentros que en el fondo todo fue mérito de Quincy Jones, que bordó la producción de aquel disco. Luego que el tiempo separaría el grano de la paja y que pondría a cada uno en su sitio. Luego que no, que lo de este hombre no podía deberse simplemente a un productor adecuado en un momento justo, que ya de crío era digno de admiración, que incluso años después, sin Quincy, blanco como la leche y entregado a los ritmos de los 90 también era digno de admiración. Y ahí quedó mi reflexión veraniega. Hasta que hoy me he desayunado con la noticia de su muerte y, confieso, se me ha encogido un poquito el corazón. Aquí os dejo la semblanza que de su vida ha escrito el maestro Manrique en Elpais.com y dos perlitas de su talento. Poco más que añadir.
Pero en fin... el espectáculo debe continuar, ¿no?







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