Nunca se sabe qué te puede aguardar durante un inocente paseo, a veces nada, en ocasiones de todo...y casi siempre, nada de lo que te esperas.
Los domingos por la mañana, momento en el que el común de los mortales tiene por saludable costumbre el permanecer en la cama todo lo que puede y un poco más, es también el instante preferido por mis dos hijos para obsequiarnos a su madre y a mí con su adorable presencia en horas a las que el sol aun no ha se ha dignado ni asomar la nariz.
Después de vestirlos, darles de desayunar y jugar un buen rato, vimos que todavía eran las diez de la mañana, por lo que decidimos velar por nuestra salud mental, y sacar a nuestros retoños a dar un paseo, tranquilo y sin mayores expectativas que las de pasar la mañana.
Como la hora era temprana, y el día festivo, las calles estaban bastante vacías, tan sólo gente que había salido a correr, a comprar la prensa o acudir a misa.
De repente, ante el zagüan de una tienda cerrada, y con una reja de hierro de por medio, mi hijo mayor llamó mi atención sobre algo que había en el suelo, justo delante de la puerta del comercio.
- ¿Qué es eso? -me preguntó.
- Parece un libro -contesté, mientras estiraba el cuello para ver mejor de qué se trataba.
Efectivamente, era un libro, boca abajo, algo viejo y sucio. Pero un libro...
Me agaché y estiré la mano para intentar alcanzarlo, pero estaba bastante dentro de la entrada de la tienda, y la reja me impedía alcanzarlo.
- Cógelo, papi, cógelo -me animó mi pequeño-.
- Ya lo intento, hijo, pero no llego. -dije mientras estiraba el brazo, la mano y los dedos, sin éxito.
A todo esto, atenta al interés que mis escuderos y yo demostrábamos por el misterioso libro, mi mujer (que es una santa) nos contemplaba con un semblante resignado...
- Te vas a manchar la camisa. O te la vas a romper.
- Casi llego -le dije mientras ponía todo mi interés en dislocarme el hombro.
- ¡Vamos papi, ya lo tienes casi, venga, más, más! -me animaban mis incondicionales-.
- Está muy sucio, a saber qué será -insistió mi santa esposa-.
- Eso mismo quiero, saberlo...
Cómo ya son años juntos y nos conocemos, con un suspiro resignado mi mujer cogió la sombrilla de la silleta de los niños, la desenroscó y me la alcanzó.
- Toma, con esto lo coges seguro -me dijo con la paciencia con que se le habla a un niño para que no coma tierra.
Efectivamente, con la punta de la sombrilla enganché el extremo del libro, y con un par de golpecitos lo puse al alcance de mi mano, que cogió el premio. Le di la vuelta para ver cuál era el título.
-¿Qué pone papi? ¿Es un cuento?
Hasta mi mujer (que es una santa) estiró el cuello para ver el nombre.
- ¿Qué pone ahí? ¿Pero qué idioma es? -dijo extrañada-.
Lo que ponía era algo así como "Pot să folosesc telefonul dumneavoastra"...
- Es...no se, parece bulgaro o rumano, o algo por el estilo -contesté muy bajito-.
Mi mujer cogió la sombrilla y empezó a enroscarla despacio en la silleta. Como me conoce -lo dicho, una santa-, me preguntó -no, afirmó- sin mirarme siquiera:
- Te lo vas a llevar.
- Con lo que ha costado cogerlo, me da cosa dejarlo, ¿no? -aventuré-.
- ¿Me lo estás preguntando? -me dijo con la voz más tranquila del mundo- ¿me estás preguntando si te llevas a casa, si metes en nuestra casa un libro viejo y sucio en una lengua que no sabes ni la que es y que no entiendes? ¿Me lo estás preguntando?
Vi que de refilón miraba la manga de mi camisa, que estaba hecha una pena (pero no se había roto), cuando mis hijos acudieron al rescate de su pobre padre.
- ¿Nos lo llevamos papi, verdad? ¿Nos lo llevamos mami? -dijeron ilusionados-.
...
Mientras escribo estas líneas, puedo ver en la estantería de enfrente, en la leja de arriba (muyyyyyyy arriba), el libro en cuestión, que resultó ser un método para aprender rumano, escrito en otra lengua que todavía no he averiguado cuál es.
Tras un periodo de cuarentena y previa fumigacion, el libro fue autorizado a permanecer en casa. Aquí está, claro, nunca se sabe cuándo se puede necesitar algo...
Tengo un buen amigo con el que comparto el gusto por almacenar de todo, ya que ¿quién sabe cuándo algo puede ser útil? Afirma que en la basura puede haber auténticos tesoros, de hecho, me cita a menudo la frase de un millonario americano que esgrimía la máxima de que "tus desperdicios son mis beneficios". Me preocupa seriamente el hecho que no encuentro argumentos válidos para desmontar tal afirmación...
Mi mujer (que, no se si lo he comentado, es una santa) me da ya por caso perdido, y creo que tiene la firme convicción que en los manuales de psicología, en el apartado "Síndrome de Diógenes", al lado, hay una foto mía.







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