Y anduvo hasta la venta como alma en pena, que de penas iba sobrado. Solo la esperanza de poder escribir a quien amaba sin esperar respuesta. Rotos los corazones por el dolor del desamor que había vencido en el campo de batalla. Dura pelea para quien vivir no tenía sentido y para quien la muerte sería un alivio y dejar de sentir esa condena que el mismo se había buscado. Y un mar de dudas alcanzaba por los ríos y arroyos de la vida. Apesadumbrado, cabizbajo, con oxido en la armadura de tanta lágrima incontenida. Que ya la vida había dejado de tener el sentido de la aventura, pues, su alma se había apagado en la tristeza que da el haber rechazado y sentirse ahora correspondido en la misma medida.
Que hay errores que se pagan. Unos más que otros. Y si bien algunos de ellos no matan, este le estaba causando tal penar que estaba muriéndose de amor. Y a cada paso que daba y se alejaba de lo que más amaba, más opresión sentía en el vientre y en el pecho. Y el deseo de volver se acrecentaba. Más decidió dejar pasar el tiempo y dejar que la Dama, de algún modo, volviera a desear estar con él. Y que en ese deseo mutuo y en ese amor ya vivido, se volviera a construir de nuevo todo lo perdido. Que en definitiva la vida la construyen las mujeres y los hombres que caminan por ella.
Y ya en la venta se hospedo y allí estuvo esperando y escribiendo en aquellas cuartillas todo lo que sentía, que era mucho, mientras amarilleaban por las lágrimas y la espera. Poemas que pedían a voces la vuelta a lo perdido. Al tiempo aquel en donde solo veía por los ojos de ella y ella por los de él. Difícil lo tenía el caballero. Un caballero ahogado por la miseria de su propia sangre, sabedor que había perdido lo más amado por la insensatez de una reflexión no hecha a tiempo, que la impaciencia y la locura que esta conlleva, no son buenas para el espíritu de nadie. Y ahora se veía solo, sin el abrigo de tanto amor que se había derramado por todos sus sentidos. Y no eran añoranzas lo que sentía por la perdida, sino la misma perdida que le mordisqueaba las vísceras.
Y si alguna vez hubo un hombre arrepentido, este ha sido el caballero de la triste figura, que tanto tiempo sin encontrar el amor y ahora hallado, tenía que despedirse de él incapaz de retenerlo. Solo un milagro, si es que alguien cree en ellos, podía hacer volver a ambos por el sendero que un día anduvieron asidos de la mano, pues, el rechazo de la Dama, comprensible, era tal, que parecía que no iba a perdonarle nunca el tremendo error cometido. Y aunque el veneno añilado de la Rosa Negra todavía andaba entres sus venas y arterias, lo desestimaba a cada primer pensamiento, sabedor de que había sido por ello, por lo que se había alejado de la realidad soñada. Sueños hechos carne. Carne de mujer entregada en cada mirada, en cada beso y en cada abrazo y de todo ello no podía olvidarse el caballero ni darlo por perdido, que ya solo el amor le daba la vida requerida para continuar vivo, que ahora solo deseaba morir para no tener que sentir la inmensa pena que le abordaba a cada instante. Y olvidose de dormir y de comer, mientras el posadero y su hija no hacían más que servirle vino.
Sin embargo, este en vez de ayudarle a olvidar, más le abría las carnes y la mente y más le hacía ver con claridad lo mucho malo y enfermizo que había cometido. No en vano se repetía el caballero que era hombre. Y no hay mayor debilidad que la de un hombre que duda de si mismo en la inseguridad del descubrimiento de lo nuevo. En este caso del amor revivido. Que si bien esperaba recibirlo un día, su corazón no estaba lo suficientemente preparado. Y ahora era tarde. Tarde para enmendar un error que como un mal poso siempre flotaría por encima de las aguas más claras.
Y el vino le hablaba en los largos días y en las oscuras noches y le decía: "Estupido ser vivo que buscas en mi el olvido de lo encontrado y escupido. Date cuenta que solo refrescare la herida y que esta solo la cerrara la nueva entrega de la Dama. ¿Estas arrepentido? En cualquier caso, nunca te perdonaras a ti mismo. Esa es tu condena, que, aunque ella, vuelva a ti, las agujas de tu error seguirán clavándose en tus entrañas. Vino soy, que aunque te pueda aturdir y darte a veces la sensación de muerte, despertaras de nuevo, que mucho has de beberme para que acabe contigo. Y tu tiempo es más efímero que el mío, que guardado en pelleja he sobrevivido a muchos hombres. Encuentra la paz que necesitas y lucha por conquistarla de nuevo y piensa cada paso, no vaya a ser, que vuelvas a tropezar en la misma piedra".
Locura tras locura. Lágrima tras lágrima. Que el caballero no encontraba el consuelo deseado por más días que pasaban. Y por el contrario, el sufrimiento iba aumentando sin clarificarle las ideas. Y lo insoportable que se le hacía que la Dama Blanca también estuviera sufriendo el desamor en lo oscuro de su cueva, culpable él de tanta pena y zozobra. Y así pasaron los días, entre vino y cuartillas tintadas de letras y de palabras, porque el caballero había descubierto que este amor, en vez de ir camino del olvido, más crecía y más le atormentaba, por no ser correspondido en ninguna medida, con la esperanza ajada de que tal vez, en el futuro, pudiera volver a los brazos de la amada.
Y una mañana, decidido a dejar de beber, refrescose en el tonel de agua de lluvia que había en el patio de la venta y viendo su rostro reflejado en ella, se dio cuenta de que nada en su vida tenía sentido más que la Dama Blanca y que solo le alimentaba ese amor perdido, que debía recuperar a toda costa. Fiebres de amor le dieron cuando enterose que la Dama había bajado en más de una ocasión a preguntar por él al posadero y dejado una carta. Y tras leerla le entregó otra a este y partió de nuevo con su caballo y su perro a tierras de Cantabria. La Dama le estaba dejando partir.







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