Y así acudieron al pueblo. Y en él encontraron un mensajero que se dirigía a Asturias. Y después del pago, este trotó en su corcel con el mensaje del caballero, en el que tanta esperanza había puesto. Y antes de partir le había dicho que esperaría su vuelta en un mes, por si hubiera contestación. Tras lo cual, la joven estudiante, Anjana y el caballero se dirigieron al mercado de abastos para allí comprar avituallamiento.
El caballero compró leche y sobaos y el pago lo iba a realizar con su moneda de oro cuando un mercader le vio y le dijo:
- Noble caballero, os ruego me mostréis esa moneda, cuyo brillo y cuyo oro son sin duda sin igual. ¿Os importa?
- ¿Por qué habría de importarme? Vuestra curiosidad será harta.
Y elevando la moneda con su mano comenzó a brillar de forma inusual, cegando a todos los que estaban a su alrededor, incluido el caballero. Y de tal explosión de luz, ocurrió un milagro, pues, todos los presentes se vieron agasajados con riquezas. Los harapientos con ricas ropas, los descalzos con zapatos, los mendigos con monedas que les llovían del cielo. Todos tras esa brillante luz de riqueza se encontraron satisfechos. Pero, la avaricia hizo presa de todos los presentes y se abalanzaron a él para quitarle la moneda.
- Es mía -decía uno-.
- No, mía -decía otro-.
Y se armó tal alboroto y algarabía que no tuvo más remedio que desenvainar el caballero su espada, a la vez que Rasputín gruñía y se interponía en el camino de estos.
- ¡Quietos todos! ¿Quién será de todos vosotros el valiente que caerá primero? ¿Tu, acaso, el de la barba cana? ¿O tu, el del bigote grasiento?
Y dando un paso atrás todos los presentes, le dejaron en paz, pues, nadie estaba dispuesto a morir, conformándose con lo ya obtenido. Y la joven estudiante y el caballero retornaron a la paz del hogar. Y cuando se dirigían por la senda obligada, justo al pasar al lado de la fuente, apareció un fauno y sobre él, a caballo, un duende, que se interpusieron en su camino.
- ¡Devolvedle la moneda a la muchacha! ¡Tampoco a vos os pertenece! Metisteis la mano y sacasteis la única moneda que no debisteis de tomar, La Dadora, cuyos designios están por encima de vuestras entendederas! -gritaba el duende con una vocecilla cortante como el silbo de un afilador-.
- ¡Se la di porque él me ayudo! -explicó Anjana-.
- ¡No podéis huir de vuestro destino, bella dama! ¡Tomadla ahora! -vocifero el duende, mientras el fauno bufaba-.
Y el caballero, lleno de estupor por lo incomprensible, tendió la moneda a esta, que tomándola, cayó al suelo y elevándose de este se trasformó entre chispeantes rayos dorados. Y bajando el duende de los hombros del fauno, de cuyos cuernos se sujetaba, se inclinó ante ella, al igual que el bípedo de pezuñas afiladas. Incluso Rasputín lo hizo y el caballero, pues era tal su belleza, que la dignidad de su presencia obligaba a ello.
- Alteza -dijo el fauno con voz caprina y continuó-, a vos os pertenece el reino de las riquezas y de los dones que apartará la miseria y la pobreza por allí por donde vayáis. Desde ahora seréis la Dama Dorada y en vuestra corona que ahora el duende os impondrá, ira incrustada la moneda mágica. Y vuestra grandeza será mucha, pues no hay en toda esta tierra corazón más noble y limpio que el vuestro para llevarla. Ese ha sido el designio y esa la razón. ¡Haced y será!
Y el duende, trepando por los brazos de la Dama Dorada, asentó en su cabeza la corona con la brillante moneda al frente. Y le avisó el fauno:
- Más, cuidaos de favorecer a aquellos que no lo merecen, pues, muchos serán los que os quieran poner de su lado para que los enriquezcáis. Si así actuarais, desaparecerá la corona y con ella vuestra nobleza, que no seriáis más que vagabunda por los parajes más tristes. ¡Y ahora partid, que el trabajo es arduo y el tiempo vuela!
Y el caballero maravillado por tal hermosura, todavía perplejo, vio como un corcel de majestuosa planta, de silla y aperos de oro, surgía como de la nada y vino a buscarla. Subiose y corales de oro saltaban de sus patas en chispeantes fulgores.
- Caballero -díjole la Dama-, debo de daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mi. Y esta es mi meta, que tal vez en ayudar a los demás me ayude a mi misma y pueda olvidar mis desgracias. Gracias por enseñarme eso, gentil caballero. Y podéis tomar otra moneda de oro del puchero, que con ello aún me halagareis más que en la primera ocasión. Playas de oro y ríos de aguas ricas renacerán para que los pueblos no pasen nunca más hambre, que en el reparto de las riquezas se encuentra la equidad de la vida.
Y tal cual terminó desapareció por la senda que conduce a la Utopía. Y el duende y el fauno también se volatilizaron. Y el caballero sintió la caricia de Rasputín en sus piernas. Y volvió a la casa con el propósito de esperar allí el tiempo que hiciera falta al mensajero, pues, en él, un pensamiento permanecía latente, el de la esperanza. Y de nuevo retornó a la soledad.







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