"EL CABALLERO, LA ESTUDIANTE Y LA OLLA DE ORO" (44)



Descansó el caballero en casa de la joven como hacía mucho tiempo, que dormir en catre es reconfortante para el cuerpo. Y despertose de un humor excelente, pues todo su pensamiento se entusiasmaba con el poema que iba a enviar a la dama de sus sueños. Y la joven, ya levantada, púsole el desayuno y fue a buscar agua a la fuente para sus abluciones matinales.

Y cuando volvía de ella con el cántaro lleno a rebosar, este comenzó a moverse y lo dejo en el suelo asustada. Giraba como una peonza y subía y bajaba el solo. Y parando de sus cabriolas, el agua, como si de un ente mágico se tratara, le habló a Anjana con estas palabras: "No os asustéis, bella joven, que mi húmeda lengua no lo pretende. Solo quiero avisaros de que debajo de la fuente, a poco que escarbéis, encontrareis una olla de oro".

Y la joven perpleja, dejando el cántaro, corrió como alma que lleva el diablo a la casa en busca del caballero, para contarle tal maravilla. Y tartamudeando de los nervios y la impresión así hizo, con gestos de manos y de cuerpo de inquietante locura. Y al caballero pareciéndole todo aquello cómico, rió y así le dijo:

- Esta bien. No dudo de vuestras palabras; veamos que hay de cierto en lo que os ha contado el agua y saldremos de dudas. Más, no os asustéis por aquello que se escapa a la razón humana, que la magia se extiende en un mundo paralelo que a veces se manifiesta. Y brujas hay, como magos y duendes, trasgos y diablas; pero, su fin no es otro que el de ayudarnos y asustados recibimos esta, que el miedo a todo lo desconocido es libre -le comentó el caballero para tranquilizarla-.

- ¡Bus...bus...buscaré algo para cavar! -atinó a decir la muchacha-.

Y tomando ambos en aquella dirección, acompañados de Rasputín, que fue el primero en acercarse al cántaro para beber de él, el caballero examinó el recipiente viendo que no tenía nada anormal y caminando llegaron a la fuente y tomando la azadilla que había cogido Anjana, cavó en aquella parte que consideró más dura. Y al poco apareció el borde de una olla de unos dos litros de capacidad, que con cuidado extrajo y abrió, y estaba repleta de monedas de oro, relucientes como soles cegadores.

- ¡Una olla de oru! -exclamó Anjana-.

- Razón tenía quien os hablara, más, no entiendo el empeño, ¿o es qué acaso tenéis necesidad de él y de algún modo lo habéis solicitado?

- No, en absoluto -sentenció ella más excitada ahora tras el descubrimiento del que no apartó los ojos-.

- Entonces, queda claro que la Fortuna no siempre acude al más desfavorecido, ya que no es vuestro caso.

- Tomemos la olla y acudamos a mi casa, que con ella aquí, si viniera alguien, no tendríamos más que problemas.

Y así hicieron. Y ya en ella, la joven habló del reparto.

- No quiero parte alguna -respondiole el caballero-, que a vos pertenece.

- ¿No os importa el dinero?

- Para nada, Anjana, que mi sustento es poco y el dinero solo trae preocupaciones. Dicen que no da la felicidad, pero, ayuda a conseguirla y, sin embargo, el que lo tiene poco descansa y se encuentra malhumorado, pues siempre ha de vigilar que no le roben. Y te vuelves suspicaz y ladino y avaro, que ya en nadie confías. Prefiero otras riquezas, las del espíritu, que esas si me hacen feliz, aunque también son duras de conseguir, pues, en esta vida no hay nada fácil. ¿Para qué cargarme, pues, de más pesadumbre? Prefiero andar ligero.

- Tal vez tengáis razón. ¿Más, que hago ahora con tanto oro?

- Disfrutarlo y repartirlo si lo deseáis. No soy quien para saber de vuestros gustos. Tal vez, alguna vez hayáis soñado con algo que de él necesitaseis. Tal vez vaya siendo hora de realizar dichos sueños.

Y Anjana se quedó pensando.

- Tomad, caballero, al menos una moneda. Dadme ese gusto.

Y el caballero la tomó sin saber que con ella podría tener intendencia durante muchos meses. Y animando a la muchacha, ambos, tras guardar la olla en lugar seguro, bajaron al pueblo en busca de un mensajero que estuviera dispuesto a llevar la carta a la Dama Blanca.
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