Y mientras amanecía, con rojos y amarillos de pomelo ácido, el caballero guardó ambas espadas. Se levantó tumefacto, agotado, helado, herido en el alma y en el cuerpo. Y convencido de que la Dama Blanca le había mantenido engañado. ¡Ingenuo! -se decía-. Y la sangre le hervía en la misma proporción que sus pensamientos. Con el dolor del desamor que crecía más a cada minuto que pasaba, enfermándole, odiándolo todo y así mismo. Convencido y por ello preso y encadenado a su propia locura.
Y no dudando, escribió en una de sus cuartillas. Palabras de dolor. Palabras con filo, hirientes, tempestuosas. Palabras que hablaban de engaños y mentiras, del amor que se quiebra, de la dicha perdida. Cada vez con más convicción. Sin darse cuenta del engaño real en que le había sumido Rosa Negra. Y dejando la cuartilla sobre el espejo en el que se reflejaba la hoguera eterna, montó sobre Sayid y llamando a Rasputín partió presto, pues, sentía que no podía permanecer ni un segundo más en aquella cueva, en donde el amor había crecido hasta niveles insospechados y que ahora tanto dolor le infringía.
Y tal era su dolor, que según caminaba sobre los lomos del caballo, este se iba desbordando de su cuerpo, escurriendo por las patas del jaco y esparciéndose por el suelo dejando un arroyo de penas. Y de lágrimas, porque el sufrimiento era extremo y no podía contener estas, que a cada suspiro le seguía un puchero de llanto. Y en su cabeza comenzó a surgir la idea del error, del pensamiento aliviador, de la cordura que va abriéndose camino en la oscuridad del pozo. Y parando, cuando llevaba ya dos días andados sin dar tregua al día ni a la noche, volvió sobre sus pasos, con la intención de arreglar lo que estimaba irreparable, maldiciendo a la Rosa por sus infectas intenciones, pues, el caballero se había tragado el anzuelo hasta el estomago.
Y con el supuesto de llegar a tiempo de destruir esa cuartilla, en la que las formas se habían trasformado en odiosas, con falta de juicio e inmadurez asombrosas. Y viose tonto. Y ahora una nueva congoja se fue agarrando a su alma, la de darse cuenta del error cometido. Y así anduvo, hasta que llegó a su punto y allí se encontró a la Dama Blanca sumida en el llanto. Y al quererse acercar a ella, esta le alejó.
- ¡No os acerquéis más a mi! ¿Qué pretendéis con vuestra vuelta? ¿Causarme más dolor, más pena? ¿Por qué no habéis hecho caso de mis palabras habiendo sido sincera y honesta con vos? ¿Por qué de este modo tan cruel y satánico? La desconfianza ha cruzado la línea y os separa de mí por vuestra locura. Os dije que no me olvidaseis y lo habéis hecho. Mi corazón ya no os pertenece. Frío esta como la noche más fría. Gélido en vuestras alforjas. Y del mismo modo que me habéis mancillado, seréis correspondido, y no por mi, sino por la misma vida.
Y el caballero apesadumbrado, tomo el corazón de sus alforjas y se lo tendió a la Dama postrado de rodillas, pidiendo su perdón por la cobardía cometida. Más ella no atendió a razones, a pesar de que él insistiera en el engaño. Y aquella noche, el caballero durmió fuera, y la siguiente y la otra, sin encontrar el perdón de la Dama, que rígida en su posición no cambio ni un ápice sus palabras. Y trascurrida una semana, el caballero partió con un dolor nuevo en su corazón, el del arrepentimiento y la pena de haber perdido todo aquello que tanto le había emocionado: el amor echo carne.
Y ella al ver que partía salió a despedirle con sus mejores deseos.
- Dejadme que os escriba -le rogó el caballero-.
- Podréis hacerlo. Más difícil tenéis que cambie de opinión, que quien lo hace una, lo hace mil. Y ya no confío en vos. Difícil lo tenéis si es que intentáis que cambie de pensar.
- ¿Y adonde puedo hacerlo? -le preguntó él-.
- Al pie de esta montaña encontrareis una venta. Allí recogeré vuestros envíos. Id ahora con Dios. Os deseo lo mejor caballero. Dejadme con mi dolor, pues, mucho ha sido lo que he perdido y que no creo pueda recuperarlo. Muchas han sido mis lágrimas, que de tantas, la hoguera se ha apagado. Id con Dios, caballero y que el camino os devuelva la razón y el equilibrio.
- Os amo -concluyó el hidalgo, sintiéndose menos caballero, sintiendo lo perdido y lo nada ganado-.
Y dando la media vuelta con Sayid emprendió el camino donde le esperaba Rasputín ansioso de emprender la marcha, sabedor de que solo alejándose de allí podría aliviar las penas de su amo. Y el hombre se irguió en la silla y echo su rostro al viento para que este secara aquellas lágrimas que no podía ahogar.
(Continuará).







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