Y cuando estaba dando las últimas paladas, mezclados barro y sangre y lágrimas, un fuego fatuo salió de la primera y sorprendió al temeroso caballero. Y como en otras ocasiones, trasformose el fuego en la Rosa Negra.
- ¡Esa es el alma que quiero! ¡Negra como la noche, oscura como un abismo! ¡Esa alma ponzoñosa y vengativa, esa que sabe disfrutar de su momento de gloria! ¡Esa que me convida al placer por el placer, al orgasmo infinito, a la bestialidad plena! ¡Esa alma que no entiende de amor ni de entrega! ¡El alma que odia, que se satisface con el dolor ajeno! ¡El alma trasgresora, la vil, la repulsiva! ¡Dádmela y os haré eterno!
Y el caballero clavando su rodilla derecha en tierra, se postró ante la diablesa.
- ¡Oh, mi mal amado! ¡Cuánto placer me aporta el veros humillado! ¡Cuanta esclavitud en vuestro gesto! ¡Cuánto de malo tiene vuestra ofrenda! ¡Me corro solo de veros!
Y cuando se inclinaba ella para tomar su rostro y que ambos se mirasen a los ojos, el caballero, en rápido movimiento, asestó tal golpe con la pala en la cabeza a la diablesa, que rodó por el suelo.
- ¡Mal me hallo! -gritó el caballero. ¡Pero, peor debería de estar para entregarme a vos! ¡Si me queréis, que sea muerto, si es que de algo os valiese!
- ¡Vivo, cabrón, vivo os quiero! No tengo prisa. El tiempo esta de mi parte y soy paciente. Os denunciare por vuestros crímenes y os pondré a la Justicia detrás vuestra. No encontrareis respiro ni de día ni de noche. Solo espero vuestra desesperación, pues soy vuestra única salvación, pero, a cambio, me daréis vuestra alma. ¡Arrogante cerdo! ¡Mala madre os parió y más me obligáis a sacar mis peores armas! ¡Hasta la vista!
Y desapareció en la callada noche y el caballero rendido cayó al suelo, quedándose dormido y Rasputín tumbose a su lado para darle abrigo.







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